Único
Una brisa se coló en mi ropa, haciendo que me congelase hasta los huesos.
Mi respiración agitada se filtraba por el entretejido de mi bufanda colorinche, formando vahos. Me reí, era divertido.
Las puntas de mi pelo azabache iban a parar a mi boca o tapaban mi visión, necesitaba un gorrito, uno en específico, el de Cher en Ni idea. Me enamoré apenas lo ví. Ivy dijo que me lo iba a hacer en la clase de taller de costura que estaba tomando.
Las calles desoladas poco a poco iban tomando vida a medida que pasaba pedaleando sin parar, lanzando el periódico matutino en cada casa como toda una experta.
Los autos estaban todos empañados y el pasto, al que le faltaba una cortadita, estaba húmedo por el rocío.
El sol se desperezaba a lo lejos y unos cuantos de sus brazos lograron alcanzarme, apaciguando un poco el frío matutino.
El invierno estaba en su apogeo, después de la semana siguiente, las clases comenzarían.
—Buenos días Señor López —le grite al anciano que vivía en una de las tantas casas que debía parar, ya se estaba yendo de regreso luego de tomar el diario. Era algo gruñón, siempre me contestaba enfurruñado, era chistoso, sabía que por dentro era un algodón de azúcar.
Algunos de mis “clientes” eran amables y otros no tanto, había quienes salían de sus casas a recibir la entrega y quiénes no conocía ni su rostro. La mayoría eran ancianos y también vivían familias.
Seguí mi camino, recibiendo agradecimientos y “ten un lindo día”.
Llegando casi al final de mi recorrido, paré del todo, tomé uno de los rollos, lo puse debajo de mi axila, baje de la bici y me arrimé a un poste de luz cercano, apoyándola.
—¡Pero miren nada más, la jovencita diligente volvió! —dijo una voz temblorosa y dulce a mis espaldas. Voltee encontrando a su dueña.
—¡Tata! ¿Qué haces afuera con este frío? —La rete, era todo un caso, más testaruda que un pingüino intentando volar—. Ya te dije que esperes en la puerta, mira si te pegas otro palo. Encima andas en pantuflas.
Pase mi brazo libre por su espalda, obligándola a ir de regreso a su hogar. Note que tenía algo en sus manos, una lata grande y redonda, azul. Una imagen de las masitas danesas acaparaba la parte superior, la tapa.
—¿Qué vas a arreglar? —pregunte curiosa. Caminamos a paso lento, estaba tan concentrada en sus propios movimientos que seguro no me escucho.
Entramos y un calorcito placentero nos recibió. Cerré la puerta detrás de mí, mientras Tata se sentaba en su silla mecedora. Al lado tenía una mesa abarrotada de lana y agujas grandes. Saque al gato negro grande y gordo del sillón mullido frente a ella, me senté y coloque a Michi en mi regazo. Su ronroneo no tardo en aparecer, que se fue intensificando con los mimos que le daba.
—Toma es para vos —me pasó la lata. Lo abrí sabiendo lo que me esperaba, lleno de agujas e hilos de todos los colores y que no falten los botones también—. ¿Qué...?
Quedé estupefacta, no lo podía creer. Tata empezó a carcajear de lo lindo, casi ahogándose por la maldad (¿o sería lo contrario?) que había hecho.
El recipiente estaba lleno de masitas, unas mitad chocolate y vainilla y otras eran de jengibre y limón, era un paraíso.
—Jaja... Ay, que manera de reír, tenías que haber visto tu cara. —Su risa fue disminuyendo, suspiraba para calmarse—. Quería probar una nueva receta que ví en la sección del diario de la semana pasada y pensé “¿no sería irónico ponerlas donde se supone que van, pero no?”
—Ay Tata tus travesuras siempre me sorprenden. —Solté una risita, le pase el rollo que traía y luego agarre una de las masitas, las marmoladas— ¡Oh, están riquísimas! —sus labios se elevaron en una radiante sonrisa, formando arrugas alrededor—. Aunque nada superará las de jengibre y limón, esas son un manjar.
—Lo sé, mi niña. —Era agradable pasar tiempo con ella, siempre tenía una historia alocada para contar de sus travesuras de joven, aunque con las de ahora no se queda atrás, o solo nos sentamos en los mismos lugares y jugamos unas partidazas de ajedrez.
—¿Pero qué...? —Esa voz que siempre me reta o da palabras de ánimo y amor, apareció de la nada.
Me va a matar.
Le di una sonrisita de pena.
Llevaba puesto su delantal y traía consigo un plumero. Seguro escucho voces y vino a curiosear.
—Hola, mami. —Su cara y los brazos en jarra lo decía todo.
—¿Qué andas haciendo? ¿No deberías de estar trabajando?
—¡Ay, deja a la nena tranquila! Solo se dió un descanso. —Tata salió a defenderme, moviendo sus brazos para hacer énfasis en sus palabras.
—Doña Rosa, no la malcries tanto que ya está bastante grandecita. —Se acercó y empezó a darme suaves caricias—. Macarena, ¡estás helada!
Sus manos empezaron a frotar mis brazos de manera brusca.
—Ma, ma, ya está, estoy bieen. —Ya estaba empezando a fastidiar. Me llevó hasta el caloventor de Rosa y obligó a que ponga mis manos lo más cerca posible del calor.
—Ah, hija, antes de salir de casa ¿cerraste el gas, no?
La mire con cara de pocos amigos, sabe perfectamente que jamás saldría de casa sin ver que esté todo apagado y cerrado con llave, pero siempre tiene que hacer esa pregunta tonta.
—Si, ma. —respondí fastidiada. Un silbido sonó a los lejos, en la cocina—. ¡Ma, la pava!
Abrió los ojos asombrada y corrió.
—Puta madre, el agua para el mate. —grito, ya era tarde. Se le fue el agua.
—Ah, bueno, me voy yendo. —Saludo con un beso en el cachete a Rosa y luego voy donde mi mamá que está cebando el trigésimo mate de la mañana, eso seguro.
—¿Ya te vas? —Solo la mire a los ojos tratando de contener una sonrisa y supo mi próxima parada—. Oh, esta bien. Pero me llamas cuando estés por irte eh.
Me apunto con el índice para luego agarrarme y darme un abrazo de oso asfixiante. Y me llenó de besos.
Cuando por fin me soltó, salí pitando a la puerta principal, grite un último saludo en general.
—Aaaah, las masitaaas. —Volví sobre mis pasos y las tomé de la mesa.
Y, ahora sí, mi segunda casa favorita a visitar.
Ya no hacía tanto frío como antes. Si, hacía un poco de fresquito, pero era pasable. El sol estaba en un punto donde daba en la mitad de las casas, iba a ser un lindo día, bastante, teniendo en cuenta que estamos en pleno invierno.
Tome del manubrio mi bici y la levante. Metí la caja dentro de la canasta de mimbre, que me la hizo Rosa.
Hice una pequeña caminata para agarrar velocidad y me subí en ella.
Pedaleé lo más rápido que me daban las piernas. Ya podía escuchar como se quejaba porque estaba yendo tarde.
Divisé su casa, era imponente, una de las pocas nuevas edificaciones, dos pisos con habitaciones amplias, baños en ambos pisos y un patio enorme.
Me recliné hacia adelante, me sujeté con fuerza y eleve la cadera, casi parándome sobre la bici, y así, con el envión, logre quedar frente al patio delantero en un santiamén.
Me bajé de manera atolondrada, por poco me mato, safe de pedo, mi cara quedó a escasos centímetros del suelo, me recompuse del susto, agarre el último periodico en la canasta e hice un trotecito hasta la puerta.
Trate de regular lo mejor que pude mi respiración, aplaste un poco mi pelo para que no se vea tan desordenado, las ventajas de tenerlo corto es que no necesita mucho para que quede prolijo. Aunque el garrón fue que mi mama casi se muere al verme con las tijeras en manos aquella vez. Y, bueno, lógicamente me quiso asesinar. Además… me hice un chiquero.
Toco la puerta con mi puño un par de veces y la abro, entrando al salón.
Voy para el comedor y solo me encuentro con el señor Martinez sentado en la punta de la gran mesa rectangular de madera con unos papeles, libros y carpetas plegados frente suyo, leyéndolos concentrado y anotando en un cuaderno. En cuanto me vio, juntó todo y los apiló, dejándolos a un costado.
—Buenaaas. —Nos saludamos con un beso en el cachete, bueno, más bien chocamos las mejillas eh hicimos ruido—. ¿La Ivy? —pregunte buscándola con la mirada, mientras le daba el diario.
—Debe seguir durmiendo, por acá todavía no apareció.
Corrí una de las sillas de los costados, sentándome.
Martinez me miró por sobre los lentes, lamió su dedo índice y empezó a pasar las páginas hasta llegar a las últimas, y me las paso.
Me levanté de un salto y fui hasta el modular que estaba junto a las escaleras. Abrí el segundo cajón a la derecha y agarré una de las lapiceras. Volví a la mesa y me puse a ver qué tocaba hoy.
«Uuf, sí, crucigramaaas, mis favoritos» pensé emocionada.
Empecé a mover las piernas hacia adelante y atrás de manera dispareja, rozando el suelo con mis zapas, al tiempo que leía las consignas e iba resolviendo.
Pispie la sección de chistes y horóscopo, pero me dije que tenía que esperar a mi mejor amiga.
Su papá estaba enfrascado chusmeando las noticias de Clarín, hacía caras, arrugaba la nariz, negaba con la cabeza o bufaba, seguramente alguna que otra noticia lo molestaba.
Me acordé de las masitas, así que agarre y abrí el taper, el aroma inundó todo el ambiente provocando que nuestras panzas gruñeran. Me carcajee y Roberto sonrió. Le ofrecí, sacudiendo el recipiente, haciendo sonar el contenido. Él tomo gustoso una de jengibre.
Era raro que a estas horas no estuviera acompañado de su café mañanero, bah se lo habrá tomado ya.
El chirrido de una puerta abriéndose llamó mi atención, levanté la mirada y vi a Marta, la mamá de Ivy, entrando al comedor desde la cocina. Estaba llena de tierra, hasta en la frente tenía, el jardinero no le sirvió de mucho. Una sonrisa enorme iluminaba su rostro.
—¡Roberto, no sabes, los tomates agarraron! —Se estaba acercando a su marido peligrosamente y él la sacó de vuelo—. Hola, cariño. —Me saludó y se lo devolví.
—Marta, ¡Marta, la loza!
—Uy, bueno, después paso el trapo. —Tiro el brazo hacia atrás quitándole importancia— ¡Roberto! ¿No ofreciste un mísero té a la niña? —le dió un manotazo con uno de los guantes de jardinería en el hombro.
—Sabe que puede servirse lo que quiera, es una hija más.
Un teléfono sonó, venía del estudio de Roberto, salvado por poco. Fue casi corriendo a contestar.
—Ah, este caso lo está volviendo loco. Aunque llamar un sábado es pasarse. —comentó Marta, no tenía ni idea de que hablaba, pero imaginaba que debía de ser sobre el trabajo, su marido era un abogado civil y comercial. Ella era profe de biología en la secundaria Carrasco— ¿Qué querés tomar? Oh, creo que Susana compró facturas, las habra guardado en la despensa, ahí las busco.
—La verdad que está para un mate cocido con leche. —respondí, frotando mis manos, saboreando la bebida caliente—. Después voy a seguir con el matecito, cuando se levante Ivy... Voy a ir a despertarla.
Marta se fue a preparar el desayuno y yo subí las escaleras, al segundo piso, donde estaban las piezas.
No podía creer lo dormilona que era.
De la primera habitación a la derecha se escuchaba murmullos, Nico debía de estar estudiando para algún parcial de la facu, iba a la de derecho, seguiría los mismos pasos que su papá.
De la segunda habitación no se escuchaba absolutamente nada... Bueno, decir eso era una mentira blanca, los ronquidos de mi mejor amiga se escuchaban hasta en el pasillo.
Abrí la puerta decorada con su nombre, mucho brillo y guirnaldas, que sospecho que robo de la decoración navideña.
Estaría todo a oscuras si no fuera por el velador rosa con pompones, siempre duerme con al menos una luz prendida, por mínimo que fuera, y si veíamos una peli de terror y yo me iba a mi casa, ella lleva su colchón a la pieza de su hermano. Yo suelo ir a la cama de mi mama si me da mucho miedo o escucho ruidos. Y si me quedo a dormir, dormimos juntas, abrazadas.
Prender la luz no serviría de nada. Así que saco mi mejor arma, tirarme sobre ella.
—¡Levantateee, yegua! —Le grite en el oído a través del cubrecama y la zarandee hasta que sacó los brazos.
—¡La concha de tu hermana, Macarena! —gritó en respuesta, y ahora la atacada era yo, me estaba dando manotazos en la cara la hija de su madre.
Me atrapo entre sus brazos y nos volteó, quedando ella encima de mi. Algunos de los mechones de su cabello moreno, rebeldes, se habían salido de la trenza que tenía hecha. Sus ojos grises, con ojeras y lagañas me miraron con enojo por irrumpir su preciado sueño. A pesar de tener la cara marcada por la almohada, estaba bonita, como siempre.
—Tu mamá está preparando el desayuno y ya es tarde para andar vagoneando.
—No te creo nada, ¿qué hora es? —Achinó los ojos para leer la hora en el reloj de la pared frente a su cama, desde lejos se le dificultaba ver con claridad, trate de taparle la visión. Me va a matar—. Pero, Macarena Rossi, son las DIEZ de la mañana.
Sip, fue un placer vivir, aunque fue corta mi estadía en la tierra, la disfrute. Te amo mamá, cuida mis libros y mi bella Family Games.
Toca sacar mi otro As bajo la manga, cosquillas.
Empezó a reír y a retorcerse, cuando dejó de estar molesta y tener una sonrisa en sus labios carnosos, la deje tranquila.
Ivy fue la primera en levantarse, luego tomó de mi brazo tironeandome para ayudarme a pararme.
Salió de la pieza para el baño.
Yo mientras, me senté en la silla de su escritorio y chusmee las revistas de moda y crochet que tenía sobre el.
Un cuaderno abajo de todo llamó mi atención. Era EL cuaderno, su nombre en la tapa sobresalía, hecho con tela brillosa y fucsia, estaba pintado con un violeta oscuro y estaba lleno de brillantina rosa, alrededor tenía tul violeta claro. Era donde plasmaba sus ideas de moda o que quería imitar. Era regordete, ya no daba a basto. Ya sabía que le regalaría el próximo cumple.
La cinta de rosa claro que marcaba la página que estaba usando estaba casi al final, lo abrí en ese lugar. Vi algo de lo que no estaba enterada todavía, no me comento nada de nada. Eran posibles diseños para su vestido de quince y de decoración para el salón y la torta, y distintas paletas de colores.
La lista de invitados estaba en una hoja suelta de matemáticas, y lo que seguramente no debía saber, lo leí sin querer, es que mi nombre estaba resaltado en celeste, lo que en Ivy siempre significaba importante. Estaba primera en la lista de personas a las que darle mi velita de quince.
Ay, siento que voy a llorar.
Escuché pasos acercándose, cerré el cuaderno y volví a dejarlo donde estaba lo más rápido que pude. Mi corazón palpitaba descontrolado.
La puerta que estaba entreabierta rechino, la cabeza de Nico se asomo y yo suspire aliviada.
—El mate cocido con leche está en la mesa, si no te apuras me voy a comer todas las medialunas con dulce de leche.
—Hola Nico, yo estoy bien, gracias por preguntar, ¿y vos como estas? —Él siempre lograba sacar mi lado más sarcástico. Era como un hermano mayor, así que me trataba como tal. Era burlón y a veces odioso, aunque sus lentes hacían que pareciera menos menso de lo que es realmente.
Empezó a copiarme, a hacer caras y moviendo las manos exageradamente.
Agarre una de las almohadas que se cayó en la pelea con Ivy y se la tire. Casi le dio en la cara, pero logró atajarse con la puerta.
Se fue riendo.
Ivy volvió ya espabilada y activa, con su pelo ya peinado y acomodado en una coleta. Seguía en su pijama de tonos rosa y lo iba a estar hasta que la retasen.
Bajamos y tomamos el desayuno ya todos juntos. Susana había regresado después de amamantar a su hijo, Juancito, y se había encargado del desastre que había hecho Marta. Ahora el pequeño dormitaba tranquilo en su cochecito, parecía no hacer caso al ruido. Lo que le esperaba al pobre, su mama era joven como la mía y la de Ivy, lo iba a llevar de aca para alla, su mamá no iba a dejar de ir a fiestas, se va a tener que acostumbrar a la música fuerte, gritos y juntar dos sillas para dormir, cuando no de mas y su mama no le de bola por bailar.
Los patrones de Susanita, o sea, los papás de Nico e Ivy, siempre dejaban que se quedarán los críos en su casa si no tenían niñera o con quien dejarlo, así fue como conocí a mi mejor amiga. Mi mamá solía trabajar acá, en esta misma casa, y cuando Rosa no podía cuidarme, me traía consigo. Siempre fuimos mamá y yo, nunca supe quien era mi padre, me da curiosidad quien es o quién fue, pero me da cosa preguntar. Lo único que sé es que mis abuelos biológicos echaron a mi mama por quedar embarazada joven. Por suerte logró encontrar gente buena y que estuvo dispuesta a ayudarla. Desde que entró al barrio, se ganó la simpatía de todos e hizo amigos.
Ivy y yo chillamos al escuchar la intro de Wannabe de las Spice Girl, en Aquí está tu hit, nuestro programa de televisión de música favorito, conducido por Vero Lozano. Tenía absolutamente todas las canciones nuevas, recién salidas del horno, y también llevaban a los artistas a entrevistas y cantaban en vivo. El otro día casi nos desmayamos al ver a Alejandro Sanz en el programa.
Después de cantar a los gritos con micrófonos invisibles y bailar al ritmo de la música, nos pusimos como locas a buscar la grabadora, iban a pasar No se si es amor de Roxette, y esa no la teníamos guardada y la necesitábamos. Nos pusimos a discutir y resultó en que Nico la tenía en su pieza, le empezamos a gritar que moviera el culo y que la buscara. Lo hizo con paja, pero lo hizo y tuvimos nuestra preciada Roxette en el Casete.
El teléfono de la casa sonó, Marta atendió, era para nosotras, Valen y Caro nos llamaron para ir a la plaza a tomar unos mates. Ivy fue corriendo a cambiarse, al tiempo que yo preparaba la mochila a llevar. Puse a calentar agua en la pava, agarre uno de los mates y bombillas que estaban en la alacena, la yerbera y la azucarera, ambas estaban llenas por suerte, siempre hago cagada cuando repongo, por alguna razón el azúcar desaparece y termina con yerba, todavía no se porque pasa.
—Eu, no vuelvan tarde que tenemos que ir al asalto de Tomi. —Nos recordó Nico, cuando su hermana volvió. Como tenía licencia de conducir íbamos a ir todos juntos, Tomas era su amigo, pero como las dos vivíamos pegadas a ellos como garrapatas, nos invitaban a sus fiestas cada tanto.
Telefoneé a la casa de Rosa para avisarle a mi mamá que iba a salir.
Nos abrigamos y salimos. La parada del cole estaba en la esquina, así que no nos tomó nada de tiempo.
El banquito tenía tablas salidas y se bamboleaba para los lados por el peso, nos sentamos con cuidado y esperamos.
El bondi tardó un rato largo. Hice pasar a Ivy primero y subimos, saludamos al chofer y pagamos el boleto. Arranco al toque, no nos dejó ni agarrar el conchudo.
Nos acomodamos como pudimos en los asientos cerca de la puerta de la parte de atrás.
Ivy se echó una siestita apoyada en mi hombro y yo saque la sopa de letras que me había robado de ella, de la mochi.
En media hora estuvimos en la plaza San Martin. Ya había bastante bochinche, peques correteando y sus padres persiguiendolos.
Encontramos a Caro y a Valen porque andaban saltando y gritando nuestros nombres. Nos abrazamos apenas llegamos a ellas.
—Vamos a llamar a las casas para avisar que estamos. —Informó Ivy. Fuimos juntas al telefono publico mas cercano, pusimos unas monedas en la ranura, agarró el auricular y marcó el número de su casa, después de decirles que estábamos bien, dijeron que después hablaban con mi mama, cortamos y volvimos con las chicas.
Nos sentamos frente a Caro y Valen en el pasto haciendo canastita.
—¡Trajimos el mateee!
Sacamos todo y nos pusimos a prepararlo. Primero la yerba y dar vuelta el mate para sacar el polvillo, ponerlo derecho, dejar caer un chorrito de agua caliente, esperar, otro chorrito, ahora toca la bombilla, un poco de azúcar y finalmente, cebar bien con un chorro generoso. Y listo, espumita blanca arriba y el hilito de vaporcito saliendo del mate. Chupe la bombilla hasta que subió el agua y cuando estuvo en mi boca, trague el líquido caliente, una sensación de satisfacción y calor recorrió mi cuerpo.
La ronda del mate empezó y como en cualquier juego de mesa, cebe desde la derecha.
Caro había llevado su videocasetera y sacó el arsenal: su bolso lleno de casete. Puso la que decía Boys, ahí estaban parte de los cantantes solistas hombres y boybands, no organizaba por géneros musicales, mezclaba todo, así que siempre andábamos adivinando qué canción íbamos a escuchar.
Valen sacó el mazo de cartas y se puso a mezclar.
—¿Jodete? —preguntó con una ceja arqueada, como si no supiera la respuesta ya. Todas la miramos con cara de obviedad. Al terminar, fue repartiendo a cada una una carta, hasta llegar a siete todas.
Uy, que buena mano, tengo un comodííín, pensé.
Después de Caro le tocaba a Ivy y luego a mi y por último a Valen.
A mitad de la partida tuvimos que parar. Bryan Adams se dejó de escuchar, para dar pie a un zumbido molesto. El reproductor se trago la cinta. Entramos en pánico.
—¡Ya, ya, paren carajo! Tiene solución. —Nuestra salvadora, bendita sea Ivy, sacó un lápiz de la mochila, al tiempo que Caro sacaba el casete, estaba todo enrollado. Ivy metió la punta filosa del lápiz dentro de uno de los agujeros y empezó a girar con cuidado, rebobinando la cinta para que quede en su lugar.
Volvimos a poner el casete y la voz melodiosa de Adams fue un alivio para nuestros oídos.
Seguimos jugando al Jodete por un rato, luego pasamos al Chinchón.
El tiempo pasó volando.
El cielo ya oscureciendo, hizo que nos apuraramos a tomar el cole para volver cada una a sus casas y poder pegarnos un baño y alistarnos para la fiesta.
Hoy me vestí fachera, tenía una pollera corta negra, una blusa con escote brilloso y mis bucaneras negras. Para mi pelo, solo me puse una de mi colección de hebillas, unas plateadas (mis favoritas para salir), recogiendo solo los extremos de adelante.
—Ma, ya le avise a los chicos, en cualquier momento me pasan a buscar. —le comentó al tiempo que voy hacia ella, que está en la cocina preparandose un guiso de lenteja. Hizo una banda, como siempre, tocará frizar.
—Bueno, hija, ya sabes. —Y ahí está, va a empezar con el palabrerío que me da cada vez que salgo a algún lado—. Si lo haces, usa protección, no seas como tu madre, eh. Sabes que no te lo voy a negar, sos joven y queres experimentar y lo entiendo. Solo… cuídate ¿Si?
A veces me da pena estas conversaciones, pero que si yo, cosas de mamás.
La charla, terminó con la bocina del auto de Nico. Le di un abrazo a mi mama y sali de casa.
Ivy estaba de copiloto, se bajó y tiró su asiento para adelante, así podía subir yo y sentarme junto a Valen en la parte de atrás. Caro no podía venir porque a sus padres no les gustaba que saliera de noche.
Nico tocó la bocina varias veces a modo de saludo a mi mamá, y empezó a manejar para la joda.
En el trayecto los cuatro cantamos las mismas canciones absurdas de siempre.
“Vamos en un auto feo, pi pi pi, pero no me importa, pi pi pi, porque llevo torta pi pi pi”.
Valen llevaba unos jeans y una remera con volados blanca. Ivy, tenia puesto un vestido negro al cuerpo, parecia una diosa, con su cabello rizado en una trenza de lado.
Piel morena de Thalia sonó en mi cabeza y no pude dejar de pensar en lo guapa que está.
—Bueno señoritas, llegamos.
Bajamos del auto tratando de no tropezar y rompernos la jeta. La casa de Tomi era bastante grande y estaba llena de gente. El bumbum de la música a todo lo que da se escuchaba desde el inicio de la cuadra. Algunos pibes estaban fumando un porro o un pucho en la entrada.
—Hola guapaaas, ¿quieren una pitada? —Uno se nos acercó. Nico al toque lo mandó a volar.
Entramos a la casa de dos pisos, buscar al cumpleañero para saludarlo sería un quilombo, así que nos fuimos metiendo en lo que sería la pista de baile improvisada, la sala.
Era un mundo de gente, pero había espacio para bailotear.
—Voy a buscar algo para tomar, ya vengo. —Le avise a Ivy, estábamos las dos solas, Valen se fue a ligar con alguno que vio y Nico estaba por ahí.
Me acerqué a una de las mesas largas que estaban contra la pared, ahí estaban los saladitos (chizitos, papitas, palitos y sanguchitos de miga) y las bebidas alcohólicas.
Agarre dos vasos de plástico y servi de la cerveza que estaba abierta, una Quilmes.
De regreso a la pista, lo ví. A Tomi. Cerca de las escaleras. Apretando. Apretando con un chico. Quedé paralizada, ¿cómo era eso posible? Dos personas del mismo género besándose en lo oscuro, pero a simple vista.
Sacudí la cabeza, volviendo en mí.
Seguí mi camino hacia Ivy, pero Luciano, un compañero de clases, se metió en medio.
Ya había pegado el estirón y me sacaba una cabeza y media, pelirrojo, pecoso, atractivo.
—Ey, Maca ¿Cómo estás? —saludo dándome un abrazo, no llegue a devolverselo, fue apresurado y torpe.
—Colo, que haces. —le sonreí nerviosa. Nunca hablamos en clases, pero siempre lo encuentro mirándome.
—Yo ah, eh, quise charlar con vos, eh pero bueno, nunca encontraba el momento y eso.
—Ah sí, claro, ¿de qué querías hablar? —Quería terminar la conversación y volver con Ivy, rápido.
La canción pasó a un lento. Y nos pusimos a bailar, casi le tiró la cerveza encima.
Luciano se me pegó bastante, puso una de sus manos en mi rostro y acercó su cara a la mía, poco a poco, asegurándose que yo quería chaparlo también.
Lo dejé, nuestros labios se juntaron y cerré mis ojos. Pero no era esto lo que quería. No.
Una imagen se interpuso en mi mente, Ivy, sonriendome.
No.
No.
No puede ser.
La escena de Tomi y el chico, vino a mi como un flashback.
Sí. Ay Dios, sí, a ella la quería.
Quería que los labios carnosos de Ivy me besaran.
Estaba chapando al equivocado.
Me separé de Luciano y me disculpé, salí corriendo, tirando los vasos.
Ahora todo tenía sentido. Me gustaba mi mejor amiga. Y era un problema.








