No se supone que me elijas (GL)

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Summary

Las gemelas Naiara y Nerea Garza V-Miller corren por un mismo sueño... hasta que aparece Amaia, y de pronto la línea de meta ya no está en la pista, sino en el corazón. Su vínculo parecía inquebrantable... pero ella las mira como nunca nadie lo había hecho, ninguna de las dos estaba lista para perderse en los ojos de la misma chica.

Genre
Lgbtq
Author
soypey
Status
Ongoing
Chapters
73
Rating
5.0 1 review
Age Rating
18+

🏁 Piloto 🏁

Hay una sensación que todos conocemos, aunque pocos admitimos, es esa mezcla vértigo y deseo, entre miedo y adrenalina justo antes del impacto.

Es ese instante en el que sabes que te vas a estrellar... y aun así, sigues acelerando.Y no, no estoy hablando de autos.

A veces creo que mi vida empezó mucho antes de mí. Empezó en una pista, en un auto que yo no manejé, en una victoria que no fue mía, en una caída que tampoco lo fue... comenzó con mi mamá.

Ella nos decía que la diferencia está en hacia dónde miras... Yo la miraba a ella, y mi hermana me miraba a mí, crecimos así, nunca fuimos rivales, nunca podríamos serlo, podíamos compartir la meta, pero no la ruta. Mamá decía que eso nos salvaría: caminos distintos, mismo latido. Compartíamos el sueño, la presión, las victorias, los miedos y las derrotas como si fuéramos una sola persona dividida en dos cuerpos...

Pero ninguna de nuestras mamás nos advirtió de lo otro, no nos explicaron que lo que te puede romper no siempre viene del asfalto... a veces llega con una sonrisa.

Estoy hablando de ella.

No sé que me atrapó primero, si lo hermoso de sus ojos o su forma de mirar como si todo lo que veía fuera nuevo, como si cada detalle escondiera algo hermoso que los demás no veíamos y, por alguna razón, yo estuviera dentro de eso.

Amaia no se parecía a nadie, era curiosa, dulce, distraída de una manera que te hacía querer quedarte mirando. Hablaba de cosas simples con una pasión que te envolvía. Y cuando reía... ¡Dios! No había ruido de motor que pudiera competir con la sensación que su risa me provocaba al escucharla.

Mi madre solía decir que la pista te enseña a vivir rápido... lo que nunca dijo es que también te enseña a amar así.

Desde la primera vez que la vi supe que estaba perdida...

Fue en nuestro debut conjunto —aunque en series diferentes—, el fin de semana más importante de nuestras vidas. Las luces del circuito parecían distintas esa tarde, habían cámaras, patrocinadores, periodistas y medios de comunicación, y la sensación de que todo lo que habíamos soñado estaba a punto de empezar.

Recuerdo el olor a caucho, la sensación del aire antes del arranque, el casco presionando mi respiración, la cuenta regresiva en los audífonos... y de seguir pensando en ella.

La había visto apenas unas horas antes.

Fue en la zona de hospitalidad, donde los equipos están con los patrocinadores y personas importantes que parecen no saber exactamente qué están haciendo ahí. Yo estaba con mamá, respondiendo preguntas, fingiendo calma mientras los fotógrafos buscaban ángulos que no brillaran con el sudor.

Yo necesitaba aire.

Me alejé con el traje atado a la cintura, caminé por un pasillo lateral donde el vidrio dejaba ver la línea de meta al fondo, una pantalla con repeticiones y un par de sofás casi vacíos, quise sentarme, pero fue entonces cuando la vi.

No sabía quién era, no portaba credencial de algún equipo, tenía un pase dorado colgándole al cuello —VIP—, llevaba el cabello suelto, un top blanco y unos jeans, sostenía una botella de agua, estaba merodeando por ahí, tenía una curiosidad que desentonaba entre tanto falso interés, no miraba los autos, ni los pilotos, ni los medios, ella solo... miraba el movimiento de todo, como si tratara de entenderlo.

Cuando pasé junto a ella, se giró, quizá por inercia, y nuestras miradas se cruzaron, no duró más de dos segundos, pero hubo algo en esa mirada que como dije, me atrapó.

—Perdón —murmuró como si se disculpara por haberse interpuesto en mi camino.

—No pasa nada —respondí y sonreí sin pensarlo.

Me vió la sonrisa y la devolvió. Me pregunté qué clase de persona llega a un debut en zona VIP y no le pide ni una foto a la estrella.

Seguí caminando, pero, por alguna razón, no pude dejar de mirar atrás.

Esa fue toda la historia o al menos eso creí.

La parrilla, las luces rojas, el casco cerrándose como una puerta a todo lo demás. Yo repetí los pasos que había ensayado mil veces, y, aun así, ella se coló en el intercom de mis pensamientos. El arranque fue perfecto, la primera curva me devolvió el cuerpo, y el resto fue inercia.

Cuando crucé meta, el grito se quedó atrapado bajo el casco. No por el resultado —bueno, sólido, limpio—, sino por saber que, si giraba la cabeza, allá arriba, detrás del cristal, quizá la encontraría, pero lo hice, me dio pánico confirmar que la quería ver.

Esa noche dormí poco, no por los nervios sino por la sonrisa cortita de una desconocida.

Nunca pensé que volvería a verla, pero el destino —o la mala idea del destino— tiene sentido del humor. Dos semanas después, estaba frente a mí, en un evento cerrado de patrocinadores , con la misma mirada encantadora y con la voz más linda que había escuchado.

La tía Aura nos presentó, dijo que Amaia acababa de mudarse a Nueva York, que estaba por empezar la universidad y que no entendía nada de carreras, aunque después de vernos correr, tenía demasiadas preguntas.

—No entiendo casi nada —dijo—pero me encantó. No puedo creer lo rápido que todo se siente desde afuera.

Recuerdo que mi hermana se adelantó a responderle, y yo apenas pude sonreír. En ese momento no me pareció raro, no me pareció nada en realidad... solo pensé que Amaia parecía interesada, curiosa, amable y que mi hermana —como siempre— tenía ese encanto natural que hacía que todo el mundo quisiera hablarle.

Me quedé callada observándola, apenas podía escuchar lo que decían, porque mientras ellas hablaban, yo veía el brillo en los ojos de Amaia, la forma en que jugaba con el borde de su vaso, cómo se reía con esa risa que hacía que no notara nada más que a ella y pensaba en ese momento fugaz antes del arranque, y en cómo el destino —o lo que fuera— había decidido traerla de vuelta.

Y lo peor... es que no sabía que no era solo mi historia la que acababa de empezar. No lo supe entonces, pero esa fue la primera grieta, el punto exacto donde todo empezó a moverse...

A veces el peligro no es una curva cerrada sino una recta demasiado larga.

Después del evento empezamos a verla más. La tía la traía a algunas reuniones; decía que “era muy curiosa” y en efecto, Amaia hacía preguntas, tomaba notas, se perdía mirando detalles que a los demás les aburrían, como la luz encima de la mesa de telemetría, el movimiento de las manos del mecánico mayor, incluso del sonido que hacen los neumáticos cuando se enfrían.

Las noches con eventos terminaban siempre igual una camioneta negra que recogía a Amaia y a las tías en la entrada, un saludo con la mano desde la ventana baja, y nosotras dos viendo cómo se alejaba, mi hermana y yo nunca dijimos nada ¿Qué íbamos a decir?

Recuerdo la primera vez que me di cuenta de que la estaba buscando en los reflejos, en el vidrio de la ventana, en un vaso de agua, en algún espejo... pero también recuerdo la primera vez que noté que mi hermana la buscaba en el mismo lugar.

Fue en una foto.

Un fotógrafo amigo captó un momento en el que las tres reíamos, Amaia en medio, mi hermana a un lado, yo al otro, nada extraordinario, hasta que lo vi con calma, yo la miraba a ella, mi hermana también.

Aquella noche, mientras me lavaba los dientes, repetí en silencio una frase de mamá: “Misma meta, no el camino”. Me miré a los ojos y no supe cuál era cuál, si Amaia era la meta o el camino al amor, pero si fuera la segunda... ni mi hermana ni yo podríamos compartir el mismo camino.

Si alguien me hubiera preguntado entonces, habría dicho que estaba todo bajo control. Que solo era una chica encantadora en un mundo que a veces se siente demasiado falso de lo que debería. Que lo mío era una emoción bonita pero pasajera, de esas que te iluminan el pecho y luego se van.

Pero no se fue.

Amaia no tenía la mirada de quien juega con fuego. Tenía la mirada de quien enciende una luz y no sabe que hay gasolina alrededor. Su ternura era peligrosa sin proponérselo. Le gustaba entender, y por eso se acercaba, hacía preguntas, buscaba detalles.

Desde la primera vez que la vi supe que estaba perdida...—tal vez por eso no lo vi venir— porque ella no era como ninguna de las chicas que había conocido—o tal vez no quise verlo— y yo... no era la única que lo había notado.

O tal vez no quise verlo porque, en el fondo, sabía perfectamente que había un problema... uno enorme. El tipo de problema que no se esquiva, solo se acelera hasta que ya es demasiado tarde... Mi hermana y yo la dejamos entrar. Yo creí que podía manejarlo... Ella también.

Mi hermana también se había enamorado de ella.

No lo vi venir y si lo hubiera hecho... de todas formas habría seguido acelerando.


¡Feliz 2026! Mi gente de Inkitt, por fin les traigo la historia de NO SE SUPONE QUE ME ELIJAS.

Les dejo el videito de publicidad, oficial, una disculpita cuando lo subí no estaba en Inkitt.

https://www.youtube.com/watch?v=xhhrM4KT6SI