Crear nueva lista
Compartir con tus amigos
Personalizar legibilidad

Terranova

Todos los derechos reservados ©

Sinopsis

En algunas casas, el pasado nunca termina de morir. Tras cinco años de restauración, Eva y Dante finalmente se instalan en la Mansión Terranova, una antigua propiedad en el departamento de Cordillera, Paraguay. Para Dante, arquitecto y responsable de devolverle la vida a la casona, la mansión representa el mayor logro de su carrera. Para Eva, sin embargo, hay algo en sus pasillos silenciosos que le provoca una inquietud difícil de explicar. Una puerta que no aparece en los planos. Marcas inexplicables en los muros. Pasos que recorren los corredores durante la madrugada. Y una historia que parece haber sido borrada deliberadamente. Mientras Eva intenta descubrir qué se esconde detrás de las paredes de Terranova, Dante comienza a comportarse como un hombre que reconoce algo que debería resultarle imposible. En un país marcado por las heridas de una dictadura, algunas verdades permanecen enterradas por una razón. Y quizá haya puertas que nunca debieron abrirse. TERRANOVA El pasado no siempre busca ser recordado. A veces, busca testigos.

Estado:
hace 5 días
Capítulos:
1
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

CAPÍTULO 1 El eco entre las paredes

La primera vez que Eva sintió frío dentro de la Mansión Terranova, el termómetro exterior marcaba treinta y dos grados.

No se lo dijo a Dante.

Él estaba demasiado ocupado contemplando las columnas de la fachada como para advertir que su esposa llevaba varios minutos mirando las ventanas del piso superior. La luz de la tarde resbalaba sobre los cristales, devolviendo el reflejo de los árboles que rodeaban la propiedad. Desde el camino de grava, la casona parecía recién salida de una fotografía antigua: blanca, simétrica y orgullosa de sus años.

Cinco años de trabajo habían devuelto a la mansión una belleza que muchos consideraban irrecuperable.

Cinco años de presupuestos que se disparaban, contratistas que desaparecían a mitad de una obra, paredes que ocultaban tuberías imposibles y discusiones sobre materiales que, según Dante, eran esenciales para preservar la estructura original. Cinco años en los que Eva había aprendido a distinguir el sonido de una sierra eléctrica del de una perforadora, y el humor de su marido según la cantidad de café que llevara encima.

Ahora, por fin, todo había terminado.

Dante dejó caer la última caja sobre la grava y se enderezó con una mueca de dolor. Se llevó una mano a la espalda antes de apartarse de la frente un mechón de cabello claro.

—Cinco años —dijo, mirando la fachada—. Cinco años de mi vida.

—Y una cantidad indecente de dinero.

—Una inversión, querida.

—Eso dijiste cuando se cayó el techo de la galería.

—Era una inversión en experiencia.

Eva soltó una risa breve.

Dante sonrió, satisfecho de haber conseguido que lo hiciera, y volvió a contemplar la casa.

Las columnas neoclásicas, restauradas hasta recuperar su blancura original, enmarcaban la entrada principal. En el centro del patio, la fuente de piedra volvía a funcionar después de décadas de abandono. El agua descendía por sus niveles con un murmullo constante, y las hojas de los árboles proyectaban sombras sobre el pavimento recién reparado.

Para Dante, aquello era mucho más que una vivienda. Era la obra más ambiciosa de su carrera, la demostración de que una estructura podía sobrevivir a sus propietarios, a sus modas y hasta a sus peores años.

Para Eva, la mansión era hermosa.

También le parecía demasiado quieta.

—Es más grande de lo que recordaba —comentó.

—Tiene casi el doble de superficie que nuestra casa anterior.

—No me refiero a eso.

Dante giró hacia ella.

Eva seguía mirando las ventanas superiores. Tenía los brazos cruzados sobre el pecho, aunque el calor hacía brillar el sudor en su frente. Su cabello negro, corto y desfilado a la altura de la mandíbula, se movía apenas con la brisa.

—Cuando veníamos durante las obras, siempre había alguien trabajando —explicó—. Los albañiles, los electricistas, los carpinteros... Nunca estaba realmente vacía.

—Ahora tampoco lo estará. Nos tienes a nosotros.

Ella lo miró y sonrió con esfuerzo.

Dante se acercó para besarle la frente.

—Además, tenemos electricidad, agua caliente y un sistema de seguridad que costó más que mi primer automóvil. Si algo se mueve aquí dentro, lo sabremos.

—Qué tranquilizador.

—Soy arquitecto. Mi trabajo consiste en hacer que las cosas permanezcan donde deben estar.

Eva apoyó la cabeza un instante contra su hombro.

No le dijo que, desde que habían bajado del automóvil, tenía la impresión de que alguien los observaba desde una de las ventanas.

Tampoco le dijo que, por un momento, le había parecido ver una cortina moverse detrás de un cristal que ambos sabían que estaba vacío.

---

El vestíbulo olía a madera encerada y pintura reciente.

El aire era considerablemente más fresco que el del exterior. Dante atribuyó la diferencia al grosor de los muros y a la orientación de la casa, aunque Eva no estaba convencida de que eso explicara por qué tenía las manos heladas.

El suelo de roble reflejaba la luz de los ventanales. Sobre sus cabezas se elevaba una cúpula decorativa, restaurada siguiendo los planos originales que habían conseguido después de meses de trámites.

Cada paso producía un eco prolongado.

Eva dejó las llaves sobre una mesa provisional. El sonido del metal contra la madera viajó por el vestíbulo y regresó desde algún lugar del piso superior.

Un segundo después, escuchó otro tintineo.

Más suave.

Como si alguien hubiera dejado caer unas llaves en otra habitación.

Se volvió hacia la escalera.

—¿Qué pasa? —preguntó Dante.

—Nada. Creí escuchar algo.

Él levantó la vista hacia el techo.

—La acústica es extraordinaria. Tendremos que acostumbrarnos.

Desplegó los planos sobre la mesa y los sujetó en las esquinas con dos pequeñas herramientas que había sacado de una caja.

—Mira esto. ¿Recuerdas cuánto tuvimos que reforzar la cimentación? La estructura original era mucho más sólida de lo que esperábamos. Piedra caliza, concreto armado en las intervenciones posteriores... En algunos sectores tuvimos que usar perforación diamantada para instalar el cableado.

Eva se inclinó sobre el plano, más por complacerlo que por verdadero interés.

—¿Y las modificaciones de la planta superior?

—Las habituales. Algunas divisiones internas, instalaciones nuevas, restauración de molduras. Nada que afectara los elementos portantes.

Ella recorrió con la mirada las líneas del dibujo.

—¿Y el ala este?

Dante apoyó el dedo sobre una sección rectangular.

—Esa parte fue modificada antes de que compráramos la propiedad. Según los registros que conseguimos, cerraron algunos accesos para reforzar la terraza superior. No encontramos los planos completos de esa intervención.

—¿No te pareció extraño?

—Me pareció una molestia administrativa.

—Dante.

—Eva, si te contara todas las cosas extrañas que he encontrado en edificios antiguos, no terminaríamos de cenar esta noche. En una casa de esta edad, los documentos rara vez coinciden con la realidad.

Señaló otra parte del dibujo.

—Lo importante es que la estructura está estable.

Eva habría respondido, pero una corriente de aire le rozó los tobillos.

Era fría.

No una brisa que hubiera entrado por una ventana abierta, sino un hilo de aire helado que parecía desplazarse desde el fondo del vestíbulo.

Se apartó de la mesa.

—Voy a mirar el ala este.

—No te pierdas. Todavía no hemos terminado de instalar las luces.

—Es un pasillo, Dante.

—Un pasillo de una casa enorme. Técnicamente, tienes muchas posibilidades de perderte.

Ella le hizo un gesto despectivo con la mano y siguió caminando.

A medida que se alejaba, el ruido de la fuente del patio desapareció. También el murmullo del tráfico distante y el canto de los pájaros.

El corredor del ala este conservaba parte de su aspecto original. Las paredes estaban revestidas con un tono gris claro, y las molduras de madera habían sido limpiadas sin sustituir las piezas antiguas que todavía se encontraban en buen estado.

Al fondo, detrás de una arcada, había una puerta.

Eva se detuvo.

No recordaba haberla visto durante las obras.

Era de lapacho oscuro, con vetas profundas y un marco más ancho que el de las demás puertas de la casa. Unos herrajes de hierro, oscurecidos por el tiempo, reforzaban sus bordes.

Lo extraño no era su antigüedad.

Lo extraño era que no parecía formar parte de la pared.

Eva se acercó despacio. Sobre la madera se distinguían pequeñas marcas, como arañazos superficiales. El pomo, de hierro cilíndrico, estaba limpio en el centro, mientras que el resto de la puerta conservaba una fina capa de polvo.

Alguien lo había tocado recientemente.

—Dante.

Su voz sonó más alta de lo que pretendía.

Escuchó los pasos de su marido acercándose por el pasillo.

—¿Qué ocurre?

Eva señaló la puerta.

Dante llegó a su lado y frunció el ceño.

Durante unos segundos, ninguno de los dos habló.

—¿Estaba aquí antes? —preguntó ella.

Dante no respondió inmediatamente. Sacó del bolsillo los planos doblados que llevaba consigo y buscó la sección correspondiente.

—Según esto, aquí debería haber un muro.

—Eso ya me lo habías dicho.

—No, me refiero a que debería haber un muro completo. No una puerta.

Se acercó y examinó el marco. Pasó los dedos por una de las uniones de la madera, después por la pared contigua.

—¿Y si es una puerta antigua que quedó oculta durante las reformas?

—No estaba en el inventario.

—Quizá el inventario estaba incompleto.

Eva lo observó.

—¿No dijiste que habías revisado todo?

Dante cerró los planos con más fuerza de la necesaria.

—Dije que había revisado los documentos disponibles.

No parecía enfadado. Parecía concentrado en una idea que no terminaba de encajar.

Eva volvió a mirar el pomo.

—Está limpio.

—¿Qué?

—El hierro. Alguien lo ha tocado.

Dante se inclinó para examinarlo. Pasó el pulgar por la superficie y miró el polvo gris que se había adherido a su piel.

—Podría ser de los trabajadores.

—¿Por qué habrían dejado una puerta oculta sin decirte nada?

Él no contestó.

Eva extendió la mano.

—No la abras —dijo Dante.

Ella se detuvo.

No había sido una orden pronunciada con autoridad. Había algo más en su voz, una urgencia que no combinaba con su expresión.

—¿Por qué?

Dante miró el marco.

—Porque no sabemos qué hay detrás. Podría ser un hueco estructural, una cámara de instalaciones o una escalera en mal estado. Primero voy a revisar los planos.

Eva bajó la mano, pero el frío que emanaba de la puerta ya le había alcanzado los dedos.

Entonces escuchó un ruido.

Tres golpes.

Toc. Toc. Toc.

No provenían del pasillo.

Venían del otro lado de la madera.

Dante levantó la cabeza.

Ambos permanecieron inmóviles.

El silencio se prolongó unos segundos.

—¿Escuchaste eso? —susurró Eva.

Dante miró la puerta, después el techo y finalmente el suelo.

—Puede haber una tubería suelta.

—No hay tuberías en esa pared.

—No lo sabemos.

Eva lo miró fijamente.

—Tú mismo dijiste que aquí había un muro de carga.

Dante no respondió.

Ella volvió a extender la mano.

Esta vez, él no intentó detenerla.

El pomo estaba tan frío que le dolieron las yemas de los dedos. Lo giró lentamente.

La puerta cedió.

No hubo un chirrido largo ni un estruendo dramático. Solo un quejido breve de las bisagras y el roce de la madera contra el suelo.

Detrás había una escalera descendente.

Dante sacó una linterna táctica del bolsillo y proyectó el haz hacia el interior. La luz reveló peldaños de piedra que se perdían bajo el nivel de los cimientos.

Las paredes eran de piedra caliza sin revestimiento. A intervalos regulares aparecían argollas de hierro ancladas a la mampostería.

Eva sintió que se le cerraba el estómago.

A la altura de los hombros, sobre la pared izquierda, había una serie de surcos paralelos. No eran marcas aisladas producidas por herramientas. Algunos terminaban en pequeñas astillas de piedra, como si alguien hubiera intentado abrirse paso a través de la roca.

Dante iluminó el suelo.

Había una franja oscura junto al primer peldaño.

Parecía barro.

—No bajes —dijo.

Eva no se había movido.

—¿Qué es este lugar?

Él dirigió la linterna hacia el fondo. El haz se perdió antes de alcanzar el final de la escalera.

—No lo sé.

Fue la primera respuesta sincera que le escuchó dar en toda la tarde.

Entonces, desde la oscuridad, llegó un sonido metálico.

Una cadena arrastrándose sobre piedra.

Eva retrocedió.

El ruido se detuvo.

Durante un instante, solo se escuchó la respiración de ambos.

Después llegó algo más.

Una voz.

No distinguieron las palabras, pero sí el tono: bajo, ronco, agotado. Alguien había pronunciado una frase desde algún punto de la escalera.

Dante apagó la linterna.

El corredor quedó a oscuras.

—¿Por qué hiciste eso? —preguntó Eva, casi sin voz.

Él no respondió.

En la oscuridad, el aire pareció volverse más frío.

Eva escuchó una respiración al otro lado de la puerta. Era irregular, entrecortada, demasiado cercana para proceder del fondo de la escalera.

Entonces una palabra llegó hasta ella.

No supo si la había escuchado con los oídos o si su mente la había construido a partir de los sonidos anteriores.

Pero creyó oír su nombre.

Eva.

Dante encendió la linterna de golpe y la agarró por los hombros.

—Sal de aquí.

Ella no se resistió. Retrocedió hasta el pasillo mientras él cerraba la puerta. El golpe de la madera contra el marco resonó por toda la planta.

Durante unos segundos, Eva no pudo apartar la mirada del pomo.

Dante permaneció delante de ella, respirando con dificultad.

—¿Estás bien?

Eva intentó contestar, pero tuvo que tragar saliva antes de poder hablar.

—Había alguien ahí.

—No lo sabemos.

—Escuché una voz.

—Escuchaste sonidos en una cámara cerrada durante décadas. No sabemos cómo está construida ni si comunica con otra parte del edificio.

—Dante, alguien dijo mi nombre.

Él la miró.

Por primera vez desde que habían llegado, no parecía tener una respuesta preparada.

Luego bajó la vista hacia su mano.

Todavía sostenía la linterna, pero los dedos le temblaban.

—Mañana voy a traer a un especialista —dijo—. Nadie vuelve a abrir esa puerta hasta que sepamos qué hay detrás.

Eva asintió.

Antes de marcharse, volvió la cabeza una última vez.

En la madera oscura, justo a la altura de sus ojos, había aparecido una pequeña mancha húmeda.

Una marca que no recordaba haber visto antes.

No se lo dijo a Dante.

---

La noche cayó sobre el departamento de Cordillera mientras terminaban de instalarse.

Las luces exteriores iluminaron los jardines y la fuente central, cuyo murmullo llegaba amortiguado hasta el comedor. La mansión había recuperado su aspecto elegante, pero las habitaciones todavía estaban medio vacías. Había cajas apiladas junto a las paredes y muebles cubiertos con telas protectoras.

Cenaron en silencio.

Dante había preparado algo sencillo y había abierto una botella de vino que guardaban desde hacía tiempo. Intentó hablar de los trabajos pendientes, de la distribución de los cuadros y de la posibilidad de convertir una habitación del piso superior en un pequeño estudio.

Eva respondió cuando correspondía.

Sin embargo, seguía pensando en la voz.

Y en la expresión de Dante cuando la había escuchado.

—Quiero preguntarte algo —dijo finalmente.

Él dejó la copa sobre la mesa.

—Adelante.

—Cuando compraste la propiedad, ¿investigaste su historia?

Dante cortó un trozo de comida.

—Lo necesario.

—Eso no responde a mi pregunta.

Él dejó los cubiertos.

—Sabía que perteneció a una familia vinculada con el régimen de Stroessner. La propiedad pasó por varias manos y estuvo abandonada después de 1989. Consulté los registros de dominio, los planos que se conservaban y los documentos que nos entregaron durante la compra.

—¿Y los archivos de la Comisión de Verdad y Justicia?

Dante levantó la mirada.

Eva notó el cambio, aunque fue apenas una pausa.

—¿Por qué me preguntas eso?

—Porque acabamos de encontrar una escalera con argollas de hierro y marcas en las paredes. Porque escuchamos algo ahí abajo. Y porque no creo que una habitación así se construya para guardar escobas.

Dante se recostó en la silla.

—No he dicho que fuera una habitación.

—¿Entonces qué era?

Él miró hacia la puerta del comedor.

Desde allí se veía una parte del vestíbulo, iluminado por una lámpara de pared.

—No lo sé, Eva.

—Pero tienes una idea.

Dante tardó en responder.

—En aquella época hubo propiedades privadas utilizadas para reuniones y actividades que no siempre quedaban registradas de manera oficial. Eso no significa que esta casa fuera una prisión clandestina.

—Tampoco significa que no lo fuera.

—No. Tampoco.

El silencio que siguió fue distinto al de la tarde.

Eva se llevó la copa a los labios, pero no bebió.

—¿Por qué compraste esta casa?

Dante frunció el ceño.

—Te lo he explicado cien veces. La estructura, la ubicación, las posibilidades de restauración...

—No te pregunto por qué era una buena inversión. Te pregunto por qué la elegiste.

Él se quedó inmóvil.

Por un momento, Eva creyó que iba a responder algo que nunca le había contado.

En cambio, Dante tomó su copa y bebió un sorbo.

—Porque estaba a punto de perderse —dijo—. Porque nadie quería hacerse cargo de ella. Y porque pensé que podíamos devolverle la vida.

Eva bajó la mirada.

—¿Y si hay cosas que no deberían recuperarse?

Dante no contestó.

Cuando terminó la cena, recogió los platos y los llevó a la cocina. Ella lo observó desde la mesa.

Al pasar junto al vestíbulo, él se detuvo frente a la arcada que conducía al ala este.

No entró en el pasillo.

Tampoco miró hacia las escaleras.

Se limitó a permanecer allí unos segundos, con una mano apoyada en la pared.

Después apagó la luz y subió al dormitorio.

Eva no supo qué había estado haciendo.

---

A las tres y treinta y tres de la madrugada, Eva abrió los ojos.

No recordaba haber soñado.

La habitación estaba oscura, salvo por la claridad azulada que entraba desde los ventanales. Dante dormía de lado, con una mano bajo la almohada y la respiración profunda.

Eva permaneció inmóvil.

Había escuchado algo.

No sabía qué la había despertado, pero tenía la certeza de que el sonido había sido real.

Entonces volvió a oírlo.

Tac.

Un paso.

Tac.

Otro.

Tac.

El ruido procedía del pasillo.

Era el sonido seco de una bota sobre el parqué. No se parecía al crujido de las vigas ni al golpe irregular de una tubería. Tenía un ritmo constante, deliberado.

Alguien caminaba por la planta superior.

Eva miró a Dante.

—Dante —susurró.

Él no se movió.

Los pasos continuaron.

Tac. Tac. Tac.

Se acercaban lentamente al dormitorio.

Eva sintió que se le tensaban los músculos de las piernas. Quiso despertar a su marido, pero algo en la cadencia de aquellos pasos la mantenía escuchando.

No era solo que alguien caminara por la casa.

Era la impresión de que estaba buscando una habitación.

El sonido se detuvo al otro lado de la puerta.

Eva dejó de respirar.

Pasaron varios segundos.

Después, una vez más, tres golpes.

Toc. Toc. Toc.

Los mismos que habían escuchado frente a la puerta del ala este.

Dante se removió en la cama.

Eva se volvió hacia él.

—¿Dante?

Él abrió los ojos.

Durante un instante, ambos se miraron en silencio.

Entonces llegó un roce desde el otro lado de la puerta, como una mano que se deslizaba lentamente por la madera.

Dante se incorporó.

—Quédate aquí —dijo.

La frase fue tan inmediata que Eva no tuvo tiempo de responder.

Él salió de la cama y se acercó a la puerta. No encendió la luz. Apoyó la mano sobre la manija y permaneció quieto, escuchando.

El roce cesó.

Desde algún lugar de la planta baja llegó un sonido metálico.

Tres golpes lentos.

Toc.

Toc.

Toc.

Dante cerró los ojos.

Eva lo miró.

—¿Qué hay debajo de esta casa?

Él tardó tanto en responder que ella pensó que no lo haría.

Cuando finalmente habló, no miró a su esposa.

Miró hacia el fondo del corredor, donde la oscuridad ocultaba la entrada al ala este.

—Mañana —dijo—, vamos a revisar todos los documentos que tengo.

Eva esperó.

—Y después nos iremos de aquí.

La última frase fue apenas un susurro.

No sonó como una decisión tomada por un hombre que acababa de encontrar algo inexplicable.

Sonó como una promesa que llevaba años intentando cumplir.

¡Cuéntale a CASIOPEA lo que piensas sobre este capítulo!
Me encanta

0

Me encanta

Divertido

0

Divertido

Picante

0

Picante

Suspense

0

Suspense

Emotivo

0

Emotivo

Profundo

0

Profundo

Alentador

0

Alentador

Impactante

0

Impactante

Bien escrito

0

Bien escrito

Trama absorbente

0

Trama absorbente

Buenos personajes

0

Buenos personajes

Diálogos potentes

0

Diálogos potentes

Otras recomendaciones

Mixología

Jaqueline Leal: Me encantó, como lectora no puedo más que agradecer tu esfuerzo y tus ganas de salir adelante a pesar de pasar momentos difíciles nos diste una gran historia gracias 🥰🥰🥰🥰

Leer ahora
Dame Una Oportunidad ~ kookmin

Ana: Me gustó,al principio llore,mil gracias por la historia

Leer ahora
Odio a mi jefa

Majo Me: Excelente, me enganchó tanto la historia que la terminé en un día. Y la volvería a leer. Cada personaje te deja atrapada, a veces me perdí de la perspectiva del personaje que me tenía que devolver. Jajaja del resto muy bien

Leer ahora
Marido y mujer, ¡solo en papel!

Claudia: Hgytvbggghhhhhh Hu yhhhhhhyh

Leer ahora
Un amor puerta a puerta

Jul: La historia es buena. Y esa Olivia para tener 3 años es tremenda jajaja

Leer ahora
Señorita Drammer | gl

Claumvp: Una historia que me atrapó desde el primer capítulo, no pude parar de leerlo y ya quiero leer la segunda parte.Amor y venganza, mentiras y verdades inesperadas.

Leer ahora
Nuestra Última Navidad

Ivanna: Ha sido una travesía sin precendetes el leer esta historia. Me ha gustado de principio a fin y de fin a principio, sin duda creo que sin esto yo no podria haber avanzado en un capitulo complicado de mi vida. cada dia que pasa recuerdo esta obra y me siento identificada con el hijo y su complicada si...

Leer ahora
Era pagarte, no amarte

Clexa: En mi opinión, la historia es sencilla y rápida de leer, además de que el desarrollo está bastante interesante. Y la escritura me parece bastante correcta.

Leer ahora