🎙️ [ARCHIVO DE AUDIO NÚMERO 01]
Fecha: 13 de Octubre, 03:14 AM
Duración: 14:48 min
El chasquido estático de la grabadora rompe el silencio.
Al otro lado del micrófono se escucha el zumbido lejano del tráfico de la autopista. Después, una respiración irregular, pesada, como si a Mara le costara recordar cómo se hace algo tan sencillo como respirar.
—¿Esto está grabando? Creo que sí… El piloto rojo parpadea, así que supongo que bastará.
Silencio.
—No sé por qué estoy haciendo esto. Debería estar durmiendo. Mañana tengo clases en la universidad y son las tres de la mañana, pero aquí estoy, hablándole a una grabadora como si tuviera algo interesante que contar.
Se oye un pequeño golpe, seguido del roce de un objeto contra la madera.
—Ni siquiera sé por qué he sacado el teléfono de repuesto. Supongo que mis manos se han cansado de escribir. De escribir en papeles que terminan en la basura porque las lágrimas emborronan las palabras antes de que consiga terminar una frase.
Una inhalación temblorosa.
—O quizá sea porque hablarle a un vacío es más fácil que escribirle a alguien que podría llegar a leerme. Cuando hablas sola, el silencio se rompe, aunque sea para llenarlo de ruido. Y, de alguna manera, resulta más fácil desmoronarse delante de un teléfono que hacerlo delante de otra persona.
Una pausa.
—¿Tú qué crees?
Se ríe brevemente. Es una risa pequeña, rota, que desaparece antes de convertirse en algo parecido a la alegría.
—Qué estúpida soy. Preguntándole cosas a un aparato. Como si fuera a contestarme. Como si alguien fuese a escuchar esto algún día.
Se oye el roce de una manta. Probablemente la lila, esa de pelo suave que Mara siempre tiene cerca.
—Aunque, pensándolo bien, ¿quién querría escucharme?
Silencio.
—Últimamente me he dado cuenta de que el tiempo cambia muchas cosas. Demasiadas, si me preguntas. Esa maldita palabra que todo el mundo utiliza como si fuera una medicina universal. El tiempo lo cura todo. El tiempo pone cada cosa en su sitio. El tiempo te enseña a vivir.
Resopla.
—Una mierda.
—Si algo he aprendido durante estos últimos años es que el tiempo también te enseña a dejar ir.
Su voz se vuelve más baja.
—Sin quejas. Sin explicaciones. Sin arrepentimientos.
Una pausa breve.
—Y sin sentirte culpable por alejarte de alguien que, supuestamente, debería quererte. Aunque sea familia. Aunque compartas su sangre. Aunque hayas pasado media vida intentando convencerte de que, algún día, las cosas serán diferentes.
Se escucha un roce de tela.
—Al final, supongo que todo se reduce a buscar un poco de felicidad. O algo mucho más sencillo, incluso: paz mental. Esa tranquilidad que la gente parece tener tan fácilmente, esa que te permite acostarte por la noche sin sentir que llevas una guerra entera dentro del pecho.
Silencio.
—Esa frase no deja de repetirse en mi cabeza.
Su voz adquiere un ritmo mecánico, como si recitara algo que necesita aprenderse de memoria.
—Una vez. Otra. Y otra más.
—Tengo que dejar ir.
—Tengo que dejar ir.
—Tengo que…
Se interrumpe.
—Mi cabeza lleva horas repitiéndome lo mismo. Como un mantra amargo que intenta convencerme de que lo que he hecho hoy con Sofía y Valentina era necesario. Que ya tocaba. Que, por una vez en mi vida, he hecho lo correcto.
Una respiración profunda. El aire tiembla al salir.
—Como si fuera lo correcto…
Se le escapa una risa amarga.
—Y una puta mierda.
Un sollozo ahogado.
—Joder. Qué fácil resulta escribirlo en un papel, ¿verdad? O grabarlo aquí, decirlo en voz alta y fingir que, por haberlo pronunciado, ya pesa un poquito menos.
Silencio.
—Pero luego llega el momento de apagar la pantalla. De quedarse a solas con una misma. Y entonces vuelve todo.
—La cabeza. El pecho. Ese infierno que no se ve desde fuera.
Su respiración se vuelve irregular.
—Duele.
—Quema.
—Escuece.
—Como si alguien me hubiera dejado una quemadura abierta por dentro y cada pensamiento fuera sal sobre la herida.
Un silencio prolongado.
—Estoy cansada de sentirme así.
La grabadora registra una respiración temblorosa. Durante varios segundos no dice nada.
—Mi abuelo…
Su voz cambia. La dureza se atenúa, sustituida por algo frágil.
—Acabo de acordarme de algo que me decía mi querido abuelo Mateo. Había una palabra japonesa que utilizaba mucho. Me la enseñó cuando yo era pequeña, cuando todavía creía que las estrellas nunca se apagaban y que los domingos olían a tarta recién hecha en la cocina de mi abuela.
Una risa suave, casi imperceptible.
—Qué tiempos aquellos.
Se oye el roce de una manga contra una superficie.
—La palabra era Setsuna Hanabi.
Pronuncia el nombre despacio, con cuidado, como si temiera estropearlo.
—Setsuna Hanabi.
—Los fuegos artificiales duran apenas un instante. Aparecen en mitad de la noche, iluminan el cielo con una intensidad que casi duele mirar y, cuando intentas acostumbrarte a su luz, ya han desaparecido.
Una pausa.
—Solo queda el humo. Y el cielo vuelve a quedarse oscuro.
Se oye un tintineo metálico. El sonido de un reloj de bolsillo al moverse.
—Mateo decía que algunas personas eran así. Fuegos artificiales. Personas que llegaban a tu vida para brillar durante un instante y después se marchaban, dejándote con el recuerdo de algo hermoso que nunca volverás a tocar de la misma manera.
Su voz se quiebra ligeramente.
—Decía que no todas las luces estaban destinadas a quedarse. Que algunas solo podían existir durante un segundo.
Silencio.
—Cuando era pequeña, pensaba que aquello era precioso.
Una exhalación temblorosa.
—Ahora ya no estoy tan segura.
—Tengo veinticuatro años. Veinticuatro. Y, si me preguntas qué he hecho con ellos, creo que no sabría darte una respuesta.
El reloj vuelve a tintinear.
—A veces pienso que toda mi vida ha sido eso. Un destello diminuto en el taller de mi abuelo, entre el olor a lavanda y a madera recién cortada. Un instante de felicidad que ni siquiera supe apreciar mientras lo tenía.
Traga saliva.
—Y después…
Silencio.
—Nada.
—Un humo frío flotando en una habitación vacía.
Durante varios segundos solo se escucha la respiración de Mara.
—No sé en qué momento me convertí en esto.
Una pausa.
—A veces miro la pantalla apagada de mi teléfono y me pregunto en qué momento dejé de reconocerme. Cuándo fue la última vez que me miré al espejo y vi a alguien a quien conocía.
Su voz se vuelve casi inaudible.
—¿En qué puto momento me volví así?
Se escucha un llanto breve.
—Invisible.
—Un fantasma.
—Eso es lo que siento que soy ahora. Un fantasma que sigue caminando porque su cuerpo todavía no se ha enterado de que algo dentro de él dejó de vivir hace mucho tiempo.
Silencio.
—¿Para qué me han servido estos veinticuatro años?
—Estudio Criminología en la Universidad de Leiden. Tengo trabajos que entregar, clases a las que asistir y una lista interminable de cosas que, en teoría, debería estar haciendo a mi edad.
Se ríe sin humor.
—Se supone que ahora debería estar descubriendo el mundo. Equivocándome. Saliendo con amigos. Haciendo planes absurdos que probablemente nunca cumpliré. Debería tener esa prisa por vivir de la que hablan las canciones, esa sensación de que el futuro es una puerta abierta y de que todavía queda tiempo para cruzarla.
Una pausa.
—Mis hermanas parecen entenderlo perfectamente.
—Sofía y Valentina caminan por la vida como si el mundo tuviera la obligación de apartarse para dejarlas pasar. Piden, exigen, se enfadan y continúan adelante. Como si nada pudiera alcanzarlas.
Su respiración se vuelve pesada.
—Yo, en cambio, siento que camino con un bloque de hormigón atado al pecho.
—Y cada día pesa un poco más.
Se oye el crujido de una puerta y, después, el sonido de un interruptor.
—Antes de encender la grabadora fui al baño. Arrastré los pies por el pasillo, porque tenía tanto mareo que hasta caminar en línea recta me parecía un esfuerzo absurdo.
—Encendí el fluorescente.
Pausa.
—Y me miré al espejo.
—Estaba sucio, desgastado por el tiempo. Tenía alguna mancha que debería haber limpiado hace semanas. Pero no fue eso lo que me llamó la atención.
Su voz baja.
—Fue la chica que había al otro lado.
—Se parecía a mí. Tenía mi pelo, mis ojos, mi cara.
Silencio.
—Pero no la reconocí.
Una respiración entrecortada.
—No me reconozco.
—Tenía la piel pálida, los labios agrietados y unas ojeras moradas que ni tres capas de corrector conseguirían disimular. Parecían quemaduras. Como si llevara semanas sin dormir, aunque quizá eso tampoco estaría tan lejos de la verdad.
—Me quedé mirándola durante un rato. Después le pregunté:
Una pausa.
—«¿Dónde estás, Mara Holland?».
Se escucha una risa pequeña.
—Y el espejo me devolvió mi propia voz.
—Nada más.
Silencio.
—A veces pienso que eso es lo peor. Que puedo hacerme todas las preguntas del mundo y seguir sin encontrar a nadie al otro lado.
Se oye una vibración lejana.
—Las llamadas de mi madre. Sus exigencias. La matrícula de Sofía. Las reclamaciones de Valentina. Los correos del trabajo, uno detrás de otro, todos marcados en rojo, todos reclamándome una perfección que ya no soy capaz de ofrecer.
—Todo el mundo necesita algo de mí.
Su voz se vuelve más firme, aunque no deja de temblar.
—Pero ¿alguien se ha parado a pensar si todavía queda algo que pueda dar?
Silencio.
—¿Se han olvidado de que soy su hija?
—¿Su hermana?
—¿O es que nunca me han visto como algo más que eso?
Una pausa.
—Un cajero automático con pulso.
—Un recurso financiero al que pueden recurrir cada vez que sus propias vidas empiezan a desmoronarse.
Se oye un golpe seco contra la mesa.
—Pero hasta los cajeros se quedan sin dinero.
—Y yo también tengo una fecha de caducidad.
Un zumbido agudo interrumpe la grabación. El teléfono principal vibra sobre el escritorio.
—Ahí está otra vez.
La vibración continúa unos segundos antes de detenerse.
—Mi teléfono principal. Latiendo contra la madera como si tuviera más vida que yo.
—Seguro que es otro mensaje. Otra reclamación. Otro recordatorio de que mi cuenta está a punto de quedarse a cero después de pagar la hipoteca de la casa de mis padres.
Suspira.
—No voy a mirarlo.
—Hoy no.
—Estoy harta de mirar cifras. De hacer cálculos. De contar lo que entra y lo que sale mientras intento convencerme de que, si me esfuerzo un poco más, si trabajo unas horas extra, si renuncio a otra cosa, quizá consiga que todos estén satisfechos.
Silencio.
—Me he cansado de sostener sus vidas mientras la mía se va a la mierda.
—Y lo peor es que lo estoy haciendo en silencio.
Una respiración profunda. Después, un susurro.
—Joder… Yo solo quería que alguien me abrazara de verdad.
Pausa.
—Sin pedirme nada después.
—Sin recordarme lo que debo.
—Sin hacerme sentir que tengo que ganarme el derecho a descansar.
Se escucha un pequeño sollozo.
—Merezco algo mejor.
Silencio.
—Deserve.
Pronuncia la palabra en inglés con una lentitud extraña, como si necesitara escucharla para creerla.
—I deserve better.
Una respiración temblorosa.
—Esa frase se me quedó clavada en la cabeza cuando Sofía y Valentina se marcharon hoy, dando un portazo. Me quedé mirando la puerta cerrada, preguntándome si de verdad había hecho algo tan terrible como para merecer que me trataran así.
—Y, por primera vez en mucho tiempo, pensé que quizá no.
—Quizá merezco amor sin condiciones. Merecería que alguien me preguntara si he comido, si he dormido, si estoy bien. Merecería poder encender el teléfono sin sentir miedo de descubrir cuánto dinero me van a arrancar ese día.
Su voz se debilita.
—Merecería que alguien me mirase y viera a Mara. No lo que puedo pagar. No lo que puedo resolver. No lo que puedo sacrificar.
—A mí.
Silencio.
—Pero mi cuerpo ya no responde como antes.
—Todavía recuerdo lo que sentí ayer, cuando me dio aquel ataque de pánico. No sé explicarlo sin que parezca exagerado. Fue como si algo me hubiera cerrado el pecho desde dentro y me hubiese robado todo el aire.
Traga saliva.
—Era horrible. Salvaje. Como ser un animal acorralado en una esquina oscura, convencido de que va a morir y sin saber hacia dónde escapar.
—No piensas con claridad. No razonas. Solo quieres huir de tu propio cuerpo, hacer cualquier cosa para conseguir que el aire vuelva a entrar.
Una pausa larga.
—Cuando llegué a casa, prácticamente a gatas, tenía las manos entumecidas y el corazón golpeándome el pecho como si quisiera escapar de mí.
—¿Y sabes qué encontré al abrir el bolso?
Silencio.
—Un mensaje de reproche.
Su voz se quiebra.
—Ni siquiera me preguntaron qué me había pasado.
—Ya no me queda fuerza para seguir fingiendo que no me afecta.
La grabación permanece en silencio durante varios segundos.
Desde el ordenador comienza a sonar una canción a volumen muy bajo. La voz de Junhee se mezcla con las melodías melancólicas que Mara suele escuchar cuando no consigue conciliar el sueño.
—Supongo que, a estas horas, la música es lo único que me mantiene un poco a flote.
—Para algunos serán canciones estúpidas. Para mí son algo más.
—Sad Song, da P1 Harmony. Las canciones de Junhee, como At Least, I Tried o Medicine. Las baladas de EXO que dejó sonar una y otra vez hasta que ya no sé si estoy escuchando la música o intentando esconderme dentro de ella.
Una pausa.
—A veces pienso que mi vida entera se ha convertido en una canción triste que nadie quiere escuchar.
—Y, aun así, sigo buscando algo que me ayude a aguantar un día más.
Su voz se vuelve casi inaudible.
—Al menos lo intenté, ¿sabes?
—Lo intenté de verdad.
—Busqué una medicina para esta cabeza. Para este cansancio. Para esta sensación de estar desapareciendo poco a poco mientras todo el mundo sigue exigiéndome que me mantenga en pie.
Silencio.
—Pero no sé dónde encontrarla.
Se oye el roce de la manta lila.
—Si algún día alguien encuentra este teléfono y decide escuchar todas estas grabaciones… si es que llego a grabar alguna más…
Respira hondo.
—Solo quiero que recuerde una cosa.
Una pausa larga.
—Que yo también estuve aquí.
—Que, antes de convertirme en todo esto, fui una niña que creía en las estrellas, en las tartas de los domingos y en las historias que le contaba su abuelo.
Su voz tiembla.
—Que alguna vez fui feliz.
—Que alguna vez fui Mara.
Silencio.
—Y que, aunque nadie lo recuerde, yo también fui una pequeña Hanabi.
—Una luz diminuta que intentó brillar en mitad de la noche.
Una última respiración entrecortada.
—Aunque solo fuera durante un instante.
Se escucha el roce de la tela. Después, el tintineo del reloj de bolsillo.
Un clic seco.
FIN DEL ARCHIVO DE AUDIO N.º 01
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