—Totalmente Diferentes—EDITANDO

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Summary

Park Yvette es una mujer totalmente diferente a la categoría en la cual según la sociedad, las mujeres deben de estar. Ella no es sumisa ni mucho menos callada, reservada o algo parecido. Un hombre no es algo que necesita como apoyo en su vida, si lo necesitará, será para que este debajo de ella, mordiendo una almohada a causa del placer que ella le esté otorgando. Han Si-U es un joven de apenas 20 años, con una vida dura a causa de los tratos dados de sus progenitores hacia su persona. Ambos tendrán que convivir juntos, un matrimonio arreglado. Ambos son totalmente diferentes. Ella con un carácter fuerte, complejo y dominante. Él con una personalidad sensible, tímida y delicada.

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18+

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Park Yvette conduce a una velocidad no permitida por las calles de Seúl, ese día, siendo un sábado por la noche, debe de ir a casa de su padre para una cena importante, que según su progenitor, no puede faltar.

Bufa con una mueca adornando sus carnosos labios, no sabe la razón por la cual decidió ir, en lugar de dejarlo plantado como muchas veces suele hacerlo.

Los carros le bocinan por la manera en que se mete entre ellos como si nada, ignorando todas las maldiciones que los conductores le gritan, la pelinegra continúa con su labor de conducir hasta la gran mansión de su progenitor.

Después de casi 30 minutos en la carretera, por fin, Yvette llega a su destino. Baja con elegancia, esa elegancia tan natural en ella, con su vestido negro ceñido a su cintura, la espalda al aire libre y una línea recta desde su muslo izquierdo hasta su tobillo, hace parte del vestido negro.

Una coleta alta como peinado, logrando que sus ojos color miel se vean más seductores, sus pomposos labios pintados con un labial mate color carmesí.

No lleva ninguna joya en sus orejas, sin embargo, en su cuello adorna un delgado collar, pero no largo, logrando que se adapte específicamente a su delgado cuello.

Caminando con sensualidad, la joven adulta entra por aquellas dos puertas empujándolas suavemente, su vista se posa por todo el lugar, viendo que nadie hay allí, Yvette suspira con cansancio para emprender camino hacia el comedor que queda más adentro de aquel sitio.

Su hogar no es nada comparado al de su padre, a ella le gustan las cosas de un color neutro o mejor dicho, en blanco y negro. En cambio, su progenitor prefiere las cosas brillantes. Ni siquiera ha llegado al comedor y la cabeza ya le duele por tanta luz que posee la mansión.

Debió quedarse en casa, con todo alrededor a oscuras, mientras veía la ciudad desde su Penthouse, con una copa de vino en su mano, pero no, ahí se encuentra, parada en la entrada que da paso al comedor con una mirada sin expresión alguna.

—Hija.— Es el saludo que su padre le da

Una pequeña reverencia es dada por la pelinegra hacia el adulto hombre, logra visualizar que él no está solo, sino que también hay dos personas de casi la misma edad de su padre, y un joven también.

Sus tacones hacen eco en el pulcro piso, camina con lentitud atrayendo con su presencia las miradas de dos personas más, sin contar la de su padre, quien la mira con orgullo.

—Buenas noches.— Su voz es suave pero con un toque frío

—Buenas noches, señorita Park.— Saludan los dos adultos mayores

Ella no vuelve a responder, simplemente se sienta al lado de su padre, las tres personas, aparte de ellos dos, están sentados al frente de ella.

—¿Para qué querías que viniera?—

Así es ella, directa al grano.

—Comamos primero.— Es lo que responde Park mayor

—¿Para qué me citaste aquí, padre?—

Su voz suena firme, dándole a entender al mayor de la casa, que no dará su brazo a torcer hasta que responda.

Su padre carraspea para poder hablar.

—Quiero que te cases- —

—Ya hemos hablado de eso, padre.— Le interrumpe ella —No te metas en mi vida, yo decido si casarme o no. Así que deja de meterte- —

—Quiero que contraigas matrimonio con el chico que está sentado en frente de ti.— La interrumpe su mayor

Una carcajada sin ninguna pizca de gracia sale de los labios de la joven mujer, debió haber escuchado mal.

—Me estás jodiendo.— Dice Yvette con su delicada mandíbula apretada

—¡Yvette!— El grito de su padre asusta a los invitados —Tu vocabulario no es el apropiado para dirigirte a tu padre.—

—Oh, vamos, no puedes salir con esas cosas de un momento a otro y esperar a que yo simplemente aplauda. ¿O sí?—

Ninguno de los dos dice nada más, el ambiente se vuelve tenso al punto en que las tres personas que también prosiguen allí, se remueven incómodas.

—Discúlpennos un momento.— Habla el padre de Yvette

Posteriormente de haber hablado, padre e hija se encaminan al despacho del mayor entre ambos. La joven Park lo sigue sin rechistar nada, ni siquiera da una mirada a las personas que se encuentran allí, tampoco sabe quienes son, así que no es de su incumbencia involucrarse.

Cuando ambos están ya en el despacho del señor Park, Yvette se dirige hacia el gran ventanal que da vista hacia el bonito jardín, el cual su madre solía cuidar tanto.

—Sus padres me deben mucho dinero.— Comienza a relatar su padre —Así que decidieron darme a su hijo hasta que puedan reunir todo el dinero prestado que les di.—

Si tan solo lo estuviese viendo, Yvette se daría cuenta de que no todo lo dicho, es verdad.

—¿Quién en su sano juicio vende a su hijo para soldar una deuda?— Su pregunta es hecha con dureza

Porque por su mente no puede procesar lo que su mayor ha dicho. Aunque luego niega ella con su cabeza, reconociendo que la gente puede hacer eso y mucho más. La sociedad está tan perdida, a su parecer, que no sabe por qué aquello le ha sorprendido.

—Es únicamente hasta que ellos me paguen, hija.— Persuade el señor Park

—Puedes dejarlo aquí hasta que te paguen.— Ella se encoge de hombros —No es necesario que lo amarres a mí.—

Porque ella sabe como es y se conoce perfectamente bien para saber que no querrá cuidar de aquel chico que ni siquiera el rostro le ha visto.

—No es conveniente que lo deje aquí, sabes muy bien que no permanezco siempre en este lugar.—

—Sabes bien como soy, padre. Dudo mucho que él se adapte a mí, no soy mujer de casamiento y muchos menos por algunos meses.—

Yvette cruza sus delgados brazos en su pecho.

—Adáptalo a ti entonces.— Toma asiento él

—¡Park Jung-Su!— Gruñe Yvette con irritación

El mencionado suspira, claro que sabe quién es su hija, su personalidad es casi igual a la de él. Claro que él es serio y frío como ella, pero no hasta el punto en que la contraria puede llegar a serlo.

Solo él y su difunta esposa saben lo difícil que fue criarla, sin embargo, reconoce también que tiene una pizca de calidez en su corazón. Una que no muchos son dignos de apreciar.

—Yvette no te estoy pidiendo el cielo o algo por el estilo.—

—Por supuesto que no.— Ella le da la razón —Estás pidiéndome algo mucho peor.— Se acerca hasta él —Casarme va mucho más lejos que darte el cielo, Jung-Su.—

El hombre se aprieta el puente de su nariz, suspirando luego. Juzga que por la postura de ella, será difícil convencerla de que se case.

—Hablas como si pudieses dármelo.— Su ya adulto rostro es puesto en la palma de su mano derecha —No es fácil dar el cielo a la gente, hija mía.—

Park Yvette relame sus labios, sus brazos permanecen cruzados en su pecho.

Piensa…

Y detesta estarlo haciendo.

Ella no es de estar reflexionando las cosas, cuando dice no es no, pero ahí se encuentra, viendo las posibilidades de lo que ese matrimonio puede causar.

Y la mayoría serían negativas.

Su libertad será abstenida, tendrá que cuidar a alguien más, su dulce hogar no será únicamente para ella, las salidas a aquel club serán detenidas.

Un gruñido sale de su garganta.

No hará tal barbaridad…

—No.— Decide ella —No lo haré.—

—Piénsalo al menos.— Ruega el señor Park

Y diciendo aquello, sale del lugar, dejándola sola y con muchos pensamientos en su cabeza. No es que deje que su padre decida por ella.

Pero, ¿por qué está considerando la idea?

—Agh.— Gruñe —Jodida mierda.—

La pelinegra también sale del paraje, aunque no da muchos pasos a causa de unas voces que se escuchan cerca del baño que hay por aquel pasillo. Acercándose un poco, Yvette logra visualizar a los dos adultos que venderán a su hijo y al muchacho que mantiene su cabeza agachada.

—¿Acaso eres estúpido?— Escucha decir Yvette de los labios de la mujer —¡Ni siquiera saludaste a tu futura esposa!—

Aquel castaño de un brinco en su sitio.

—L-Lo siento, madre.— Su voz apenas y es un susurro

La mujer de labios pomposos prosigue en su sitio, con los brazos cruzados y sus ojos fijos en las tres personas.

—Mujer, déjalo.— Por fin se mete el canoso hombre —Hijo escucha, debes de saber comportarte para que ella acepte casarse contigo. ¿Entiendes?—

La suavidad con la que aquel hombre habla y el consuelo que da, tocando los hombros del más joven, es la de un padre que se preocuparía por su hijo.

Entonces, ¿por qué el chico se ve más incómodo e intimidado que antes?

Ya todos están otra vez reunidos en la mesa, comiendo tranquilamente.

Padre e hija intercambian miradas de vez en cuando, mientras los demás invitados comen como si de la casa de ellos se tratase o mejor dicho, solo dos de tres.

Porque ese joven de cabellos castaños oscuros, apenas y ha probado bocado e Yvette ya puede visualizar el dolor de cabeza que le dará cada vez que tenga que comer junto al chico y este juegue de esa manera con la comida.

—¿Trajiste maleta?— Habla Yvette con un tono frío

Todos dejan de comer, su padre la ve con los ojos un poco abiertos. Y como no, si ella ya había dado su respuesta tiempo atrás.

Los padres del castaño la miran con los ojos y la boca abierta, una mueca de asco surge de los labios de la pelinegra, cuándo observa que ni siquiera pudieron tragarse lo que ellos tienen en la boca.

—Te están hablando, Si-U.—

Un codazo, un poco brusco, es dado al mencionado.

—¿E-Eh?—

—Este niño.— Gruñe la madre del joven

—¿Trajiste tus cosas?— Vuelve hablarle ella

Le caen mal aquellos dos adultos que tiene el joven por padres. No los conoce, pero en la mirada de ellos, Yvette puede contemplar la codicia por el dinero.

—Y-Yo…— Traga saliva viéndola de reojo —Sí, sí traje mis c-cosas.— Tartamudea

El matrimonio Han lo ven con rabia contenida, les causa tanta vergüenza tener un hijo tan poco varonil, según ellos.

—Recógelas, nos vamos.— Dictamina la pelinegra para enseguida levantarse

—¿Te lo llevarás?— La voz de su padre se escucha sorprendida —Dijiste que- —

—Me lo llevaré, que pasen buena noche.— Ella sale del lugar sin voltearse una segunda vez

Necesita estar en su jacuzzi con una copa de vino en su mano mientras escucha un poco de Jazz.

“Debo haber perdido la cabeza.”

Acaba de hacer la tontería más grande de su vida, supone ella.

Había dicho que no, que no se casaría con aquel muchacho que debe de ser mucho menor que ella, no obstante allí está, esperándolo recostada en la puerta de su Mercedes mientras lo ve despedirse de sus padres.

—Jodida mierda.— Gruñe bajamente Park

El silencio en el lujoso auto es matador, cualquiera que estuviera allí junto al pelicastaño y la pelinegra, creería que son un matrimonio a punto de darse al divorcio por algún engaño.

Porque la joven adulta no habla para nada desde lo dicho en el comedor, y el castaño no ha levantado su rostro en ningún momento.

Además, la manera tan maniática en que la otra conduce, no permite que el joven logre articular palabra alguna, sus huesudas manos se aferran al cinturón de seguridad con fuerza. Siente que en algún momento se estrellarán y morirán.

“¿Cómo alguien puede conducir de aquel modo?”

Si-U no siente movimiento alguno, no obstante, no logra abrir los ojos, su respiración es rápida y sus manos tiemblan un poco.

—¿Piensas quedarte allí toda la noche?— Yvette indaga ya fuera del auto

Hace ya alrededor de cinco minutos que llegaron, pero el castaño sigue aferrado al cinturón como si su vida dependiera de ello.

Abriendo por fin sus ojos, Si-U mira alrededor y prosigue a quitarse el cinturón con manos temblorosas.

—Vamos, te mostraré en donde vivirás por ahora.—

—¿Por ahora?—

Esa voz logra que Yvette se detenga por un momento, su ceño se frunce por un milisegundo.

Suave.

Delicada.

Así podría describir Park Yvette la voz de Han Si-U.

Algo poco común en la mayoría de hombres, pero para ella…

Para ella es algo que le gusta, una de muchas cualidades que le gustan de un hombre.

Una suave voz.

Una delicada voz.

Solo espera poder controlarse.

Los nombres de los personajes son coreanos, al igual que el país en donde se desarrolla la historia.