CAPÍTULO UNO
Aquel hospital parecía concebido para que la gente se sintiera incómoda, con sus paredes blancas y estériles y sus rígidos e incómodos asientos azules. En el silencio de la sala de espera, el parloteo de las enfermeras rebotaba de pared a pared, y los pitidos y chasquidos de las máquinas resultaban insoportables. Tanto el pasillo como la sala estaban llenos de gente asustada o llorando. Jeon JungKook se encontraba en un lugar en mitad del espectro. Dos semanas atrás, su madre había sido ingresada con insuficiencia hepática, y estaba en la lista de espera para un trasplante, pero su situación era bastante grave.
Si Jeon Somi sobrevivía el tiempo suficiente para recibir otro hígado, la operación les iba a costar unos doscientos mil dólares.
La madre de Jungkook se había jubilado anticipadamente de su puesto como maestra para cuidar de su esposo cuando éste fue diagnosticado con cáncer, y Jungkook apenas conseguía subsistir como cajero de supermercado. Somi tenía el seguro más barato, y no había forma de que pudiesen pagar el elevado deducible. Estarían endeudados para el resto de sus vidas. Sin la operación, su madre moriría, y Jungkook no iba a dejar que aquello ocurriera. Ya había perdido a su padre cinco años atrás.
No iba a perder también a su madre.
-Sr. Jeon. Su madre está despierta, por si quiere ir a verla.- La enfermera le dedicó una cálida sonrisa y Kook tomó una respiración profunda y asintió con la cabeza.
Las puertas dobles emitieron un zumbido y se abrieron, y Jungkook las atravesó con rapidez. Se sabía el camino de memoria. Quince pasos en línea recta. Giro a la izquierda. Siete pasos más. Giro a la derecha. Durante un momento, se quedó inmóvil mirando a través de la puerta de cristal. Su madre estaba conectada a varias máquinas, y aquello atormentaba a Kook por las noches. Cada vez que cerraba los ojos para intentar descansar, el recuerdo de los pitidos la torturaba. Aunque era consciente de que estaba observando a su madre, no podía evitar recordar a su padre. ¿Qué le había dicho su madre en aquel momento?
No tengas miedo, cariño. Las máquinas no dan miedo. Le están ayudando. Hacen que se sienta mejor.
Kook no creyó entonces a su madre, y ahora no tenía a nadie para tratar de convencerla. Cerrando los ojos y los puños con fuerza, contó hasta diez. Durante aquellos segundos, trató de apartar a un lado su miedo y ansiedad. Cuando volvió a abrirlos, había una sonrisa en su rostro. Abrió la puerta y entró.
-Buenos días, mamá. ¿Cómo te encuentras hoy? Somi volvió la cabeza y sonrió débilmente.
La madre de Jungkook tenía un precioso cabello azabache y unos bonitos ojos azules, pero en aquel momento su pelo reposaba sin lustre sobre la almohada y sus ojos tenían un aspecto apagado. Contemplar a su madre era casi como mirarse en el espejo.
Últimamente, el propio cabello azabache y ojos azules de Kook parecían tan marchitos como los de Somi. Su madre, aunque conectada a todas aquellas máquinas, conservaba su agudeza mental. Nunca se le pasaba nada.
-¿No has dormido bien? Tienes ojeras, cariño. -Contestando una pregunta con otra. Muy típico.- Kook comenzó a arreglar las ropas de la cama de su madre.
-¿Tienes sed? ¿ Quieres un poco de agua? Somi asintió con la cabeza y Jungkook tomó el vaso que había junto a la cama, acercando la pajita a los labios de su madre.
Tras dar unos pequeños tragos, le hizo señas para que retirara el vaso.
-Ya basta. Cuéntame algo.
-¿Qué quieres que te cuente? Anoche, una mujer de unos sesenta años vino a la caja con lubricante, cinta adhesiva y nata batida. Parecía aterrorizada. Su madre rió, e inmediatamente comenzó a toser.
-Te lo estás inventando.
-Jamás te mentiría- juró Kook, poniéndose la mano sobre el corazón. –Y eso fue lo único interesante que pasó. Un grupo de menores intentó comprar cerveza, y un vagabundo entró a descansar un rato. Somi frunció el ceño.
-Suena peligroso. ¿Le echaste?
-¿Echarle? Claro que no. Era inofensivo y no me molestó. A veces le regalo un sándwich y una refresco con vitaminas.
-Y seguro que le metes en el bolsillo zanahorias y plátanos para después- dijo Somi tomando la mano de Kook entre las suyas. -Siempre has sido muy amable. Intentado cuidar de la gente. Cuidando de a mí. Kook sintió una opresión en la garganta.
-Las enfermeras hacen la mayor parte del trabajo. Yo sólo vengo cuando puedo a darte un beso en la frente.
-Ojalá no tuvieras que hacerlo, Kook. Eres joven y hermoso. No deberías pasar tu tiempo con una mujer enferma como yo. No deberías estar en un hospital. Tendrías que estar disfrutando de la vida.
-No lo hago por ti- bromeó Jungkook con el ceño fruncido. -Estoy aquí para conocer a un médico. Hay unos cuantos muy guapos. No me puedo decidir entre el alto y rubio y el bajito y musculoso. Su madre rió, pero antes de que pudiera decir nada, entró una enfermera.
-Sra. Jeon, es hora del baño y de tomar la medicina. Kook dio un paso hacia atrás.
-Voy a por un café mientras te bañas. Luego vuelvo.
Tras cerrar la puerta de la habitación, sintió cómo las lágrimas le inundaban los ojos y, antes de perder el control por completo, se apresuró hacia el ascensor. Una vez allí, se desahogó. Las lágrimas le corrían por las mejillas y respiraba con dificultad.
Sabía que su madre no tenía un lugar prioritario en la lista de donantes, y lo más probable era que muriese antes de que encontraran un órgano que fuera compatible. Cuando las puertas del ascensor se abrieron, Jungkook se secó el rostro y tomó una respiración profunda. Sintiéndose más tranquilo, se dirigió a la cafetería del hospital. Aún le quedaban varias horas hasta su próximo turno. Le temblaban las manos, y el café caliente le salpicó la muñeca, por lo que lanzó un lamento y dejó caer la cafetera.
-¡Cuidado!- Unas manos masculinas atraparon el recipiente por el mango. -No te lo eches por encima- dijo el hombre, con un marcado acento francés.
Kook levantó la vista y parpadeó. El desconocido que se encontraba enfrente, era increíblemente apuesto. Musculoso. Con una penetrantes mirada gris. De mandíbula cuadrada. Y espeso cabello rubio. Era mucho más alto que él, y Jungkook dio unos pasos hacia atrás. Aquel hombre dominaba la estancia, y su serena presencia la sobrecogía.
-No era mi intención asustarte- dijo con una sonrisa encantadora. -Sólo quería evitar que te quemaras.
-Gracias- susurró Kook. -Estoy demasiado cansado.
-Ya veo.- Le quitó la taza de las manos y le sirvió un café. Luego se sirvió a sí mismo y volvió a colocar la cafetera en su sitio. -¿Quieres algo más?
-Perdona, ¿trabajas aquí?- Kook lo contempló extasiado.
No tenía el aspecto de alguien que trabajara en un hospital. Su rostro podría adornar la portada de una revista, y su cuerpo pedía a gritos ser acariciado.
-No. He venido a visitar a alguien. Te vendría bien comer algo.
Kook se dio cuenta de que le estaba mirando fijamente y enrojeció al instante. Estaba allí visitando a su madre, y él probablemente estaría visitando a alguien en su lecho de muerte, y ahí estaba teniendo fantasías sexuales con él de.
-Un sándwich- murmuró.
-¿Quieres un sándwich? Jungkook asintió en silencio y el hombre la miró de forma extraña.
-¿Por qué no te sientas ahí y te lo traigo?- Lo tomó de la mano y lo condujo a una mesa.
Jungkook se aferró a su café y se sentó en la silla. Cuando él se alejó, le dio un sorbo al vaso y se reprendió mentalmente a sí mismo. No era el tipo de chico que se quedaba sin habla delante de un hombre, pero tampoco era del tipo que atraía a especímenes como aquel. Aunque no importaba. Dudaba que regresara. Tras tomarse el café, sacudió la cabeza y se puso en pie.
-¿Te vas sin comer?- El atractivo desconocido le cerró el paso entregándole un sándwich en un plato. -Es de jamón y queso. El favorito de los coreanos. Kook sacudió la cabeza y sonrió.
-Gracias. ¿Cuánto te debo?
-Por favor.- Él rubio levantó una mano y se sentó. –Con un poco de compañía me conformo. No tuvo más remedio que dejar que se sentara con él.
-Me llamo Jungkook.
-Kim Taehyung.- Extendió la mano como si fuera a estrechársela, pero atrajo su mano hasta sus labios y le rozó los nudillos. Kook se estremeció.
-¿Kim? ¿Es un apellido coreano? ¿Porqué tienes asentó Francés?
-Mi madre es de Francia, mi padre de Seúl, se conocieron en uno de los viajes de mi padre - informó, con una sonrisa. -Es agradable estar volver después de mucho tiempo.
-Seúl es hermosa, que bueno que has regresado.- Kook desenvolvió su sándwich y le dio un bocado. Tenía hambre y no se le ocurría qué más decir.
-¿Estás aquí con tu esposo?- Le preguntó Taehyung con voz delicada. -Tienes aspecto de estar aquí por alguien cercano.
-Mi madre. Está en lista de espera para conseguir un nuevo hígado. Sólo han pasado un par de semanas, pero seguramente nos queden meses, porque está bastante abajo en la lista. Por lo visto, no está lo bastante enferma.- Cuanto más hablaba, peor se sentía.
No quería llorar delante de esté Dios Griego, por lo que giró rápidamente la cabeza y se puso a resolver problemas de matemáticas en su mente. Se le daban muy mal, y haciendo unas sencillas operaciones se distraía. Uno más uno es dos. Dos más dos es cuatro. Cuatro más cuatro es ocho. Ocho y ocho, dieciséis. Dieciséis más dieciséis es treinta…treinta y dos.
-Es una pena. Lo siento mucho. He oído que es un hospital excelente, estoy seguro de que tu madre está en buenas manos- dijo Taehyung.
Jungkook se aclaró la garganta y lo miró.
-¿Y tú? ¿Estás aquí por tu esposo?
-No estoy casado. He venido a visitar a un amigo. Tengo una deuda que saldar.
No estaba casado. No tenía por qué decírselo. ¿Le habría dicho a posta que estaba soltero? ¿Le había preguntado él porque quería saberlo?
-Una deuda, ¿eh? Espero que viva lo suficiente como para que puedas hacerlo. Tan pronto como las palabras salieron de su boca, se avergonzó de ellas. -Lo siento. No me he expresado bien. Espero que tu amigo esté bien.
-No hace falta que te disculpes. Y no te preocupes, no morirá hasta que esté listo. De eso estoy seguro.- dijo, y una expresión sombría se asomó a su rostro, aunque desapareció rápidamente.
-El poder del pensamiento positivo. He estado leyendo unos cuantos libros sobre eso. Por lo general, soy una persona bastante positiva, pero últimamente es un poco duro. Jungkook terminó de comer y miró al reloj.
-Taehyung, gracias por el sándwich, pero me tengo que ir. Tengo que despedirme de mi madre para ir a trabajar.
El rubio se puso en pie y asintió con la cabeza.
-Por supuesto. Yo también debería ir a ver a mi amigo.- Le puso una mano en la parte baja de la espalda y la acompañó al ascensor.
Kook casi se olvidó de respirar. Se dijo a sí mismo que probablemente fuera una costumbre francesa, pero le pareció un gesto muy íntimo. Demasiado íntimo para un desconocido.
-¿Qué piso?- preguntó él, entrando en el ascensor.
-Cuarto- contestó él chico automáticamente.
Tenía aquel número grabado a fuego. Primero, habían llevado a su madre a la sala de urgencias del primer piso. Después, fue trasladada a la sexta planta para ser sometida a unas pruebas. Luego, al segundo piso en la UCI. Y ahora se encontraba ingresada en el cuarto piso.
-Yo también- dijo él rubio, pulsó el botón y apoyó la espalda contra la pared. -¿Estás solo? ¿Dónde está el resto de tu familia?
-No tengo a nadie más. Somos sólo mi madre y yo. Mi padre falleció hace unos años y no tenemos más familia.
-Eres un chico muy fuerte- murmuró Taehyung. -Y tan delicado a la vez.
El ascensor emitió un pitido y las puertas se abrieron.
-No estoy seguro de si eso es un cumplido o no- dijo el chico con una carcajada. -Gracias por la compañía. La necesitaba.
-El placer es todo mío. Jungkook le dedicó una nerviosa sonrisa y se detuvo en el puesto de enfermeras.
Él joven abrió la puerta y Jungkook fue a despedirse de su madre.
-Lo siento, Sr. Jeon, pero le acabo de administrar su medicación para el dolor. Me temo que está dormida, pero le diré que ha vuelto para despedirse- dijo la enfermera con una alegre sonrisa.
Jungkook asintió débilmente. A través del cristal, pudo ver el pecho de su madre subiendo y bajando lentamente. Tenía un aspecto muy tranquilo. Él chico permaneció allí unos minutos y tocó el cristal. Somi seguiría durmiendo cuando terminara su turno, por lo que no podría hablar con ella hasta la mañana siguiente. Todas las noches, Jungkook temía que su madre muriese antes de regresar. Dándose la vuelta, se alejó de la habitación y se dirigió a la sala de espera. Tan pronto como las puertas se cerraron detrás del chico, oyó unos gritos.
-¡Código azul! ¡Tenemos un código azul! ¡Trae el carro de paradas y llama a la Dra. Son!
Jungkook se giró e intentó abrir las puertas, pero no cedieron.
-¡Eh! ¡Eh!- gritó, corriendo hacia el puesto de enfermeras.
La Dra. Son era el médico de su madre, pero el puesto estaba vacío. No había nadie para dejarla entrar.
-¡Que venga alguien! ¡Por favor!
-¡Jungkook!- Unas manos fuertes la agarraron por detrás. -Jungkook, no es tu madre- le susurró Taehyung al oído. -No es tu madre.
-¿Cómo lo sabes?- exclamó. -¿Cómo lo sabes?
-Confía en mí. Lo sé. Respira hondo, alguien vendrá enseguida y te confirmará que no se trata de tu madre, ¿de acuerdo?
Reconfortado por su fuerte y cálido abrazo, Jungkook cerró los ojos. Treinta y dos y treinta y dos son sesenta y cuatro. Sesenta y cuatro y sesenta y cuatro son…ciento veintiocho.
-Sr. Jeon. ¿Está bien? Jungkook abrió los ojos de golpe y miró fijamente a la enfermera.
-El código azul, ¿era mi madre?
-No.- respondió la mujer con una cálida sonrisa. -Su madre está descansando tranquilamente. Taehyung lo soltó y Jungkook asintió con la cabeza.
Pasándose una mano por el rostro, tomó una respiración profunda y exhaló lentamente. No era su madre. Sin tan siquiera mirar a Taehyung, se dirigió al ascensor. Tras pulsar el botón con furia, apoyó una mano en la pared y esperó. Le pareció que pasaba una eternidad hasta que las puertas se abrieron. Al entrar en el ascensor, se chocó con alguien. Un chico rubio lo empujó y maldijo al salir. Sus zapatos resonaron con fuerza sobre el suelo de baldosas. A Jungkook no le importó. Cerró la puerta y se abrazó a sí mismo. Tenía ganas de dejar el hospital.