1. No la tocarás (Hamza, 11 años de edad)
—¿Podemos retrasarlo un poco más? —oigo que murmura mi madre.
La risa burlona de mi padre inunda la habitación causándome más tensión. Mi padre no se ríe, nunca, por nada, a menos que sea para burlarse de alguno de nosotros.
—No, y no me importa lo que digas. Es mi hija y yo, que soy quién manda aquí, digo que se va a Marruecos.
¿Norah? ¿A qué va a ir a Marruecos?
No creo que hablen de Ikhram, ya que tiene un año y sola no podría ir a ninguna parte.
Normalmente vamos todos en verano, ahora hace ya dos años que no vamos porque nació Ikhram y era demasiado pequeña para hacer un viaje en coche tan largo, pero papá ya dijo el otro día que este año no lo podíamos retrasar.
Como mi padre está hablando, mi madre baja la cabeza y escucha, asume lo que él le dice porque sabe que no se va a discutir más sobre el tema.
Me callo y trago saliva, levanto mi vaso de agua para beber a ver si así se me quita el sabor amargo que tengo en la boca. Me molesta muchísimo que mi padre no deje nunca hablar a mi madre, que ella siempre tenga que hacer lo que él dice. Me causa una sensación que es como si tuviera fuego en mi tripa.
—Pero, por favor, tiene quince años. —susurra mi madre mirando la mesa.
No, mamá, no.
No.
Oigo el suspiro de mi padre, como si estuviera cansado y sé lo que vendrá.
—Hamza, vete a tu cuarto.
No…
No…
Mi padre pega un puñetazo a la mesa que hace todos los vasos y platos tintineen haciendo ruido.
—¿No me has oído? ¡A tu cuarto! ¡Ahora! —su voz va subiendo de tono.
Si me quedo… Sé lo que pasará, ya pasó el otro día y todavía me duele al lado del ojo. Me levanto despacio de la silla y le oigo resoplar. Está muy cabreado y parece que este enfado va aumentando. Cuando salgo del comedor, giro hacia mi cuarto, que comparto con Amin, Ibrahim y antes también Malek, pero me escabullo por el pasillo y me voy hacia la habitación de Norah.
Cuando entro me la encuentro acostando a Ikhram en su cama, rodeándola de mantas dobladas y de almohadas.
—Está cabreado. —la informo.
Ella tapa a Ikhram con una mantita y alza la mirada mirándome con miedo.
—¿Mamá ha intentado defenderme?
Asiento y me apoyo en la puerta. Estoy esperándolo, así que subo mis hombros, bajo mi cabeza y espero…
Papá grita.
Un vaso de estrella en la pared que justo da en la habitación de Norah.
Los quejidos y gritos de dolor de mamá empiezan.
—Hamza, ven. —me pide Norah.
Voy hacia ella todavía encogido, temblando y muerto de miedo. Cada vez que papá se enfada, me hacen irme a mi cuarto, pero se creen que todavía soy pequeño y no me doy cuenta que mamá está dos o tres días dolorida después de cada enfado suyo.
—¿Norah? —pregunto aguantándome las lágrimas.
—¿Qué? —ella también se traga sollozo.
No sé si hacer la pregunta, tengo miedo de la respuesta.
—¿Por qué te vas a Marruecos?
Ella traga saliva y un golpe en la pared nos hace dar un brinco, papá sigue gritando y Norah rompe a llorar.
—Porque voy a casarme…—solloza.
¿Qué? ¿Norah? ¿Con quién?
—¿Qué?
A lo mejor no la he entendido bien, está llorando y hay mucho ruido.
—Q-q-que papá me manda a Marruecos, a casarme.
El corazón empieza a latirme acelerado. Ella no puede estar de acuerdo con esto, tengo once años, pero no soy imbécil, sé que ella no puede estar bien con esto porque no hace mucho me dijo que, si papá la dejara, querría estudiar enfermería. Si se va a Marruecos, si se casa allí, no hará nada de esto…
—Pero…
Me estoy ahogando, el ruido del comedor es cada vez más intenso, los gemidos de mamá suben de volumen y puedo oírlos a pesar del llanto de Norah. Ikhram se revuelve en la cama y Norah intenta calmarla.
—D-d-dice que me a casar con un amigo suyo, que tiene mucho dinero y que ya me toca…—a medida que va hablando veo que está destrozada por la decisión de mi padre— Un día también se lo hará a ella, cuando tenga mi edad, también se lo hará.
Me quedo mirando a Ikhram, que vuelve a estar dormida. Es tan pequeña…
—Ojalá hubiera nacido chico, Hamza, ojalá. —se tapa la cara con las manos y sus hombros tiemblan.
No es justo.
Ese fuego que tenía en el estómago va aumentando. Tengo mucho calor, noto el cuello de mi camiseta mojada, pero no sé si es porque estoy sudando o son las lágrimas.
—No lo hagas, Norah. Dile que no. —suplico.
Niega con la cabeza mientras sigue llorando, sus manos tiemblan mientras se tapa la cara.
—No puedo, ya lo he intentado y me ha mandado callar.
Si mi padre se lleva a Norah para casarla allí con un amigo suyo, ese amigo debe tener…
—¿Cuántos años tiene el hombre con el que quiere casarte?
Ella se encoje de hombros, se destapa la cara e intenta limpiarse la cara.
—Cuarenta y pico.
¡No!
Norah…
Estoy llorando, no puedo parar. Todo el rato que he intentado aguantarme los sollozos, pero no puedo, no puedo porque sé que Norah terminará igual que mamá.
—Acabaras como ella…
—Lo sé…
Veo a mi hermana tan destrozada que, a pesar de ser ella la mayor, voy hacia ella y la abrazo. Sus sollozos son tan pronunciados que, mientras me abraza, me sacudo con ella.
—Norah, no lo hagas…—suplico de nuevo.
—¿Y qué hago? —solloza—Si le planto cara, si le digo que no otra vez, me va a pegar
Lo sé y eso todavía me hace arder más el estómago. A veces mi padre me pega y normalmente es porque dice que no le respeto lo suficiente, pero a mamá y a Norah les pega porque dice que no son obedientes.
¡Y siempre hacen lo que él dice!
—Tienes que prometerme algo, Hamza.
No puedo ver bien, tengo lágrimas acumuladas en mis ojos, pero alzo la cabeza para mirar a mi hermana mayor que tiene la mirada fija en el bebé que duerme tranquilamente en su cama.
—Prométeme, si un día temes que le vayan a hacer lo mismo, te la llevarás de aquí.
¿Dónde? ¿Dónde me la llevo?
Y….
—¿P-p-p-por qué no te escapas? —tartamudeo
Parece que el ruido del salón está bajando un poco, eso me deja oírla un poco mejor.
—¿Y dónde voy? —niega con la cabeza y le pasa el dedo por la nariz a Ikhram — Soy menor y nadie me ayudaría a escapar.
Yo sí y a lo mejor Malek también la ayudaría. Él se casó y ahora vive en París, pero Malek se parece mucho a papá.
—Quizás si llamamos a Malek…
Ella pone cara de pánico y niega rápido con la cabeza.
—No, porque se chivaría. Se lo diría en seguida.
Sí, a lo mejor tiene razón.
—Yo te ayudo a escaparte, Norah. Dime lo que quieres hacer y te ayudo.
Se acerca a mí y pone una de sus manos en mis mejillas.
—Solo quiero pedirte una cosa.
Alzo la cabeza, esperanzado de haberla hecho cambiar de idea, pero cuando veo sus ojos llorosos y su labio inferior temblar, sé que no.
—Dime que tú nunca serás como ellos, Hamza. Tú eres distinto, siempre has sido distinto.
Parpadeo para apartar las lágrimas. Papá siempre me dice que soy un blando, que no tengo sangre en las venas, y… es que a mí no me gusta discutir, no me gusta ver a mamá triste, no me gusta ver a Norah obligada a hacer cosas.
—No lo seré.
—Y la cuidarás. —señala a Ikhram con la cabeza.
Quiero llorar, quiero gritar, porque lo va a hacer, se va a ir, pero antes quiere asegurarse de que cuidaré de Ikhram.
—Claro que lo haré.
—No dejarás que le pase lo mismo que a mí. —remarca
Niego con la cabeza mientras me encojo, siento como si alguien me hubiera pegado muy fuerte, porque no quiero que mi hermana se vaya y, ella, de alguna manera, se está despidiendo de mí.
Yo soy el quinto, el quinto hijo de mis padres y a pesar de que soy un chico, con quién mejor me llevo es con mi hermana mayor. No me gustan mis hermanos mayores, no me llevo bien con ellos desde hace un tiempo. Siempre les hablan mal a mamá y a Norah y no me gusta.
—Te lo prometo. —susurro
Asiente con la cabeza, nos quedamos mirando el uno al otro, creo que nos estamos despidiendo con los ojos. Está todo tan en silencio que oímos cómo se abre la puerta de la habitación de mis padres. Mi padre se ha ido a dormir, pero seguro que mi madre no.
Dándole una última mirada a Norah, salgo de su habitación para irme a la mía sin que me vean. Cierro su puerta con un clic silencioso y correteo por el pasillo, cuando paso por delante de la puerta del salón miro hacia dentro. Mi madre anda encogida recogiendo la mesa, lo poco que queda entero, ya que la mayoría son cristales en el suelo.
—No entres, te vas a cortar.
Sabe que estoy aquí, así como seguramente sabía que yo no estaba en mi cuarto.
—¿Te ayudo? —pregunto.
Niega con la cabeza mientras amontona los platos.
—No, vete a tu cuarto antes de que salga y te coja.
Tiemblo de pensarlo y voy hacia mi habitación, un gemido me hace pararme. Mamá está dolorida. Voy hacia el comedor de nuevo y, con cuidado de no pisar los cristales, entro para ayudarla.
—Te he dicho que te vayas a tu cuarto.
Ya lo sé, pero te ayudo rápido y me voy.
—Te duele, quiero ayudarte.
Suspira y niega con la cabeza.
—Vete ahora mismo, no quiero que os toque a vosotros, así que hazme caso de una vez.
No quiere que nos pegue, pero…
—¿Y por qué dejas que le haga esto a Norah?
Mi madre se queda petrificada con los platos en la mesa, su mirada baja en dirección a la mesa llena de ruinas de lo que un día fue nuestra vajilla.
—No puedo hacer nada. —solloza en un susurro— Nada.
—Cógela y vete. —propongo— Coge a Norah e Ikhram y corre.
—No puedo…—solloza.
La bola de calor que había en mi estómago crece y crece, estoy tan enfadado que la ayudo a llevar todo a la cocina y me voy a mi cuarto. Cuando me tumbo en mi litera miro las barras que hay encima de mí, me siento así, enjaulado.
Tardo mucho en dormirme, muchísimo, oigo a mis hermanos llegar, pero sé que, si les hablo, si les comento lo que me preocupa y lo enfadado que estoy con papá, se lo contarán y será peor. Me quedo toda la noche pensando y pensando, tengo como un sonido de runrún que va por dentro de mi cabeza y no me deja tranquilo.
Al día siguiente me despierto cuando oigo el llanto de Ikhram. Salgo al comedor frotándome los ojos y veo que mi madre y Norah están encerradas en la cocina, están cocinando algo y tienen el extractor encendido, por eso no oyen a Ikhram.
Voy hacia la cuna que hay en medio del comedor y la cojo en brazos.
—¡Hey! ¡Hola, tú!
Ella deja de llorar en cuanto me ve, a veces papá la coge y ella sigue llorando, eso hace que él la sacuda para que pare y mamá se gira para no verlo.
—Ven, vamos a buscar a mamá.
Cuando voy hacia la cocina con ella en brazos, levanta su mano e intenta cogerme la nariz con sus deditos pequeñitos. Me hace reír.
—Oye, no te pases, esa nariz es mía.
Le encanta que le hable, no sé por qué, pero siempre que lo hago se ríe de mí, como ahora.
—Mamá.
Ellas se giran asustadas porque no me habían oído. Me da una rabia que siempre estén así, asustadas, dando brincos cuando oyen a alguien.
—No la había oído, dame.
Mamá la sienta en una trona e intenta darle una cosa pringosa, de color naranja, pero Ikhram no quiere. Las dejo ahí y cojo una botella de agua, me voy al salón y me siento en una silla que hay delante de una ventana, mirando la calle.
El fuego que ayer sentía en el estómago no ha parado, sigue ahí, como cuando quemas un papel y la llama se apaga, pero los bordes siguen rojos porque todavía está encendido. Me siento igual, necesito hacer algo porque además del calor que recorre mi cuerpo, tengo ese sonido dentro de mi cabeza que no para.
—Mamá, ¿puedo salir un rato?
Ella, que sigue peleándose con Ikhram para darle eso de comer, esa cosa que, por cierto, tiene una pinta asquerosa, me mira.
—¿Dónde vas a ir?
A hacer algo, a apaciguarme a…
—A correr un rato, ¿puedo?
Por favor, dime que sí, que me dejas salir un rato de esta casa, porque siento que me ahogo.
—Vale, pero vuelve en un rato, no sé a qué hora volverá tu padre.
No puedo reprimirme.
—Ojalá no volviera nunca.
—¡No digas eso! —se queja mi madre.
Ikhram mete las manos en el cuenco en el que está la crema, poniéndolo todo perdido y se me escapa la risa. Norah, que está de pie delante de los fuegos, se ríe y me acompaña a la entrada.
—Coge esas mías, te irán mejor.
Me quedo mirando lo que me está señalando. Son unas Nike negras, bastante viejas, pero… Las levanto y miro el número, treinta y ocho, como yo. Claro, ella es mayor que yo, pero tiene los pies más pequeños. Las cojo, me voy a mi cuarto y me cambio. Me pongo un chándal de color azul y las Nike de mi hermana.
—Piensa en lo que te he dicho. —dice mi madre antes de que salga por la puerta.
Le digo que sí, me quedo mirando a Ikhram, que tiene la cara naranja de la cosa que le estaba dando mi madre y me sonríe. Le tiro un beso que la hace reír y me voy.
Corro y corro sin parar, voy por los callejones de Santa Coloma de Gramenet, los que están próximos a mi casa. Algunos de ellos ya los conocía, otros no los había pisado nunca, pero cuando ya hace un rato que estoy corriendo, me los aprendo de memoria.
Vuelvo a casa completamente empapado de sudor, es verano y hace mucho calor, me meto en la ducha, salgo de la ducha justo cuando mi padre llega, miro la hora a la que llega, casi la una del mediodía. Toda la semana que llega alrededor de la una, eso quiere decir que, vaya donde vaya, tengo que estar aquí antes.
Todo el verano repito la misma rutina, corro, miro por la ventana de mi casa. Cada día voy más y más rápido, y como tengo el tiempo contado, me doy cuenta que cada día puedo ir más lejos y cada día encuentro un recorrido diferente para volver, incluso me he marcado el recorrido más rápido en mi mente, porque a veces no me doy cuenta y se me hace tarde, por lo que tengo que volver rápido a casa.
La primera semana de septiembre es el cumple de Norah, hace dieciséis años y lo celebramos en casa, como siempre. Ikhram ya empieza a andar por si sola, a pesar de que a veces se cae y entonces hace eso que me da tanta penita, saca los morritos y se pone a llorar. Estamos acabando de comer cuando mi padre habla.
—El lunes te vas a Marruecos.
Se me cae el vaso de las manos, tiemblo y ardo por dentro.
¡No!
Mi hermana baja la cabeza, se queda mirando la mesa. El comedor que, hace un momento, estaba impregnado de risas y gorgoteos de Ikhram, se queda en silencio. Mis hermanos miran hacia los lados, como si esto no tuviera nada que ver con ellos.
¡Es nuestra hermana!
—¿Me has escuchado? —repite mi padre.
—Sí, papá. Está bien.
¿Cómo que está bien? ¿Cómo que está bien? ¡No está bien!
Me quedo mirando la jarra de agua que hay delante de mí y deseo con todas mis fuerzas, tirársela a la cabeza. Alguien me da una patada por debajo de la mesa, alzo la cabeza y me quedo mirando la cara de mi madre, que me ruega en silencio que no diga nada.
¡No lo tendría que decir yo! ¡Lo tendrías que decir tú!
Aprieto mis puños con fuerza, con rabia, debajo de la mesa. Estoy tan enfadado, tan furioso, que tardo en darme cuenta de que hay algo mojado en mi mano. Cuando miro hacia abajo veo que Ikhram está intentando meterse uno de mis puños en la boca.
—No, cochina, eso no se hace. —la riño.
La cojo y la siento en mi regazo, ella palmea y se ríe, mientras que todos los demás estamos en silencio.
—¿Quién es la chica de papá? —le pregunta mi padre a Ikhram.
Ella, que estaba en su mundo de bebé, parloteando y gorgoteando, niega y se hace hacia atrás, hasta que pega su espalda a mi pecho.
—¡No! —chilla.
Mi padre cabecea, se sirve un vaso de té y la mira con una sonrisa que me da miedo.
—Ya te pondré en tu sitio a ti también.
Si las miradas pudieran matar, mi padre no habría vivido más, porque le miro fijamente un montón de rato hasta que él me mira de vuelta.
—¿Qué? ¿Quieres decirme algo?
Sí.
—No.
Asiente y sigue bebiendo, como si no nos estuviera destrozando la vida a todos. Pero internamente me hago una promesa, una de muy sagrada y que pienso cumplir hasta el último día de mi vida.
No la tocarás, porque no te voy a dejar hacerlo.