El hijo Secreto del príncipe

Summary

¿El padre de su hijo... y va a llevar su corona? El príncipe Ohm no podía olvidarse de Fluke Natouch, quien desapareció después de que él tuviera que romper la relación por un contrato matrimonial que había firmado. Cinco años después, se encontraron inesperadamente y se quedó atónito; Fluke tenía un hijo e, indudablemente, era de él. Fluke quería que Ohm entrara en la vida de su hijo, pero recelaba. Él no había tenido más remedio que alejarse porque la familia de él lo había considerado indigno de ser su príncipe y si bien esa reunión había avivado las llamas de la pasión, ¿podía confiar en que esa vez el vínculo fuese tan fuerte que demostrara que todo el mundo había estado equivocado?

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11
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n/a
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18+

Capitulo Uno




Fluke entró en su banco, en el centro de Santa Fe, con su pequeño hijo agarrado de la mano.


Ese mes había habido un problema técnico con el pago automático de las nóminas y su empresa había tenido que darle un cheque. Ese tipo de recados con un niño de casi cinco años no era lo que más le divertía. Además, ya trabajaba de contable y prefería que Miks hiciera algo que le divirtiera cuando estaban juntos.


Se había acostumbrado a estar con Fluke cuando trabajaba de cuidador de niños para pagarse los estudios universitarios. Había estado con él desde que nació. Al año anterior habían tenido que adaptarse los dos porque había terminado los estudios por fin y había encontrado un empleo con un sueldo aceptable.


—¿Cuánto falta, papá?


Era un calco total de su padre biológico y algunas veces le desesperaba que se pareciera tanto. Cualquiera que conociera al príncipe, lo vería reflejado en Mila.


—Un poco más —Fluke sonrió a su hijo—. Solo hay tres personas por delante de nosotros.


—¿Luego podemos tomarnos un granizado?


A su hijo le encantaban los granizados, aunque siempre acababa manchado de arriba abajo.


Fluke suspiró para sus adentros por lo que se avecinaba, pero asintió con la cabeza.


—¡Bien!


—No grites, estamos en un sitio cerrado.


—De acuerdo, papá —concedió su hijo con resignación.


Se oyó un revuelo y Fluke se dio la vuelta. Un grupo de hombres impecablemente vestidos y evidentemente poderosos estaba saliendo al vestíbulo.


Uno de los escoltas que los acompañaba discretamente le resultó conocido. Él hombre alto giró la cabeza y Fluke lo reconoció un segundo antes de que sus ojos se encontraran con los ojos marrones del hombre que había estado seguro de que no volvería a ver... el príncipe Ohm de Thitiwat, el hijo segundo del exrey de un pequeño país y el hombre que le había roto el corazón y había abandonado a su hijo. Él abrió los ojos como platos al reconocerlo también.

Los recuerdos de la última vez que se vieron se adueñaron de Fluke como si fuesen una película espantosa que no podía dejar de mirar.


Los dos se conocieron en la universidad. Él tenía veintitrés años y le faltaba un curso para sacar el máster en Administración de Empresas. Fluke tenía diecinueve años y estaba en el primer curso de esa carrera. Se chocaron en un pasillo, a Fluke se la cayeron los libros y él se los recogió. Sus miradas se encontraron y para Fluke fue como si lo hubiese atropellado un tren. No sabía que era un príncipe ni que los hombres que lo observaban a una distancia prudencial eran sus escoltas.


Él sonrió y sus dientes resplandecieron bajo sus maravillosos ojos marrones. Media alrededor de un metro noventa y le sacaba casi una cabeza aunque Fluke midiera un respetable metro setenta. Era guapo y musculoso y Fluke se había quedado sin respiración, y sin habla.


A él, que Fluke no pudiera ni hablar, pareció gustarle.


—Supongo que esto es tuyo —había comentado él entregándole los libros.


Fluke se había limitado a asentir con la cabeza y tomarlos.


—¿Eres nuevo?


Estaban a finales del primer semestre, pero Fluke había vuelto a asentir con la cabeza.


—¿Quieres salir a tomar algo conmigo?


—Sí —había conseguido contestar Fluke.


Si bien ese recuerdo era agridulce, los que llegaron después fueron los más que le dolieron. Habían salido juntos durante casi un año completo y se habían ido a vivir juntos, en contra de la opinión de sus padres, el verano después del primer curso.


Aunque él le había contado desde el principio que había tenido que firmar una especie de contrato medieval para acabar casándose con la hija de otro rey, Ohm había actuado en todo momento como si no pudiera vivir sin Fluke. Había sido atento, cariñoso e increíblemente apasionado. Fluke se había hecho ilusiones por su comportamiento, no por sus palabras.


Hasta que llegó el mazazo.


—¿Qué has dicho? —le había preguntado Fluke sin poder creérselo ni entenderlo.


—Mi padre quiere que cumpla el contrato —había contestado Ohm— . Tenemos que romper y vas a tener que irte a vivir a otro sitio.


—No, no puedes decirlo en serio...


—Fluke —había replicado Ohm en un tono apesadumbrado—, ya sabías que esto iba a pasar.


—No —Fluke había sacudido la cabeza gritando por dentro—. Quieres hacer al amor todos los días, quieres hablar conmigo cuando estamos separados, no quieres casarte con una princesas...


Cuando le pidió que fuera a vivir con él, Fluke había pensado que ese contrato no era un inconveniente y él no había vuelto a hablar de ello. Fluke se había obligado a pasarlo por alto y a concentrarse en el presente. Amaba a Ohm y aunque él no había usado ese verbo nunca, sus actos hacían que Fluke creyera que era tan necesario para él como lo era él para Fluke.


—No se trata de que quiera casarme con Fluke. Hice una promesa y tengo que cumplirla.


—¿Qué? Firmaste un contrato hace cinco años, cuando todavía eras un niño.


—Espero que no. Tú tenías la misma edad cuando empezamos a salir.


Fluke ya tenía veinte años en ese entonces, pero, al parecer, no había aprendido nada. Él tenía veinticuatro y tampoco había aprendido gran cosa si iba a casarse con una mujer a la que no amaba por el honor y la empresa de su familia.


Había llorado y no se sentía orgulloso al acordarse de que le había rogado que se lo pensara mejor. Sin embargo, el príncipe Ohm había permanecido frío y distante. Le había ofrecido que viviera un año en el piso sin pagar renta, pero a Fluke le había parecido una especie de pago por los servicios prestados y se había dado cuenta de que habían acabado de verdad.


El corazón se le había desintegrado por un estallido de dolor. Se marchó esa misma noche y volvió a casa de sus padres con el rabo entre las piernas.


Las cosas tampoco salieron bien con ellos, pero esos recuerdos no iban a atosigarlo en ese momento. Dejó de darle vueltas a la cabeza y se concentró en el presente, en el contacto de la mano de su hijo, en las voces de los demás clientes del banco...


Por orgullo, debería ser el primero en desviar la mirada al saber lo que se avecinaba. Su alteza real jamás querría reconocer en público que lo conocía. Fluke ni se planteaba la posibilidad de que no le reconociera. Ni su examante tenía tan mala memoria.


Sin embargo, no podía apartar la mirada. Habían pasado más de cinco años, pero el corazón se le había desbocado con solo de verlo y sus ojos se embebían de él como una planta sedienta del agua... pero Fluke no estaba sediento de él. Había pasado la página de Ohm. En realidad, había aprendido a odiarlo y más tarde había aprendido a que se desvaneciera ese odio. No tenía más remedio. Las espinas de la amargura se le clavaban en el alma todos los días.


Hacía yoga, hacia meditación, él no odiada...


Sin embargo, en ese instante, le costaba recordar lo que era la paciencia, la compasión y la tolerancia al verlo tan seguro de sí mismo y tan despreocupado.


—Papá...


La voz de su hijo consiguió lo que no había podido hacer a fuerza de voluntad y dejó de mirar a la rata real.


—¿Sí, chiquitín...?


—No soy chiquitín —su hijo frunció el ceño, como había hecho su padre—. Soy un niño grande.


Miks estaba en una fase en la que no admitía expresiones de ternura. Ni chiquitín, ni cariño... Casi ni siquiera toleraba el diminutivo Miks en vez de Mikhail, su verdadero nombre de pila.


—Sí, eres un niño pequeño maravilloso.


—¡Tengo casi cinco años!


Él lo exclamó en un tono ofendido por decirle que era pequeño. Fluke tuvo que sonreír a pesar de lo alterado que se sentía por haber visto al donante de esperma.


—Tienes cuatro años y tres cuartos —le corrigió Fluke para apaciguarlo—. Además, por muy mayor que seas para tu edad, siempre serás mi chiquitín.


—Y el mío, creo.


Ohm había cruzado muy deprisa el enorme vestíbulo del banco.


Sin embargo, no entendía que lo hubiese hecho cuando había conseguido una orden de alejamiento que le impedía acercarse a menos de veinte metros de él. Entonces, captó lo que había dicho y quiso darle un puñetazo. ¡Era una rata inmunda!

Naturalmente, Miks era suyo y Fluke había intentado decírselo, pero él lo había mantenido a distancia y eso había hecho que su vida y la de su hijo fuesen mucho más complicadas.


—Lárgate, Ohm —le ordenó Fluke con rabia.


Fluke apretó los dientes. Haberlo llamado por su nombre le parecía demasiado personal, pero también le parecía que no habría llevado bien que lo hubiese llamado príncipe rata.


—No voy a largarme a ningún lado —él señaló a Miks, quien los miraba fascinado—. Es mi hijo y me lo has ocultado durante años.


Fluke sintió una oleada abrasadora, pero supo una cosa. Por fin iba a decir lo que quería decir, pero no lo haría cuando un grupo de ricos ejecutivos y clientes del banco estaban mirándolos.


—Es mi papá. Este hombre es mi papá.


Miks tiró de la mano de su padre y su voz se oyó en todo el vestíbulo. También se oyeron murmullos de sorpresa, pero Fluke no les hizo caso, como tampoco hizo caso al hombre que lo miraba como si el techo le hubiese caído sobre la cabeza.


—¿Se parece al de las fotos?


Miks desvió los ojos color chocolate hacia los del príncipe y luego volvió a mirarlo.


—En las fotos no parece tan... enfadado —contestó Miks con la voz temblorosa—. ¿No le gusto yo?


—Claro que me gustas. Eres mi hijo —el tono de Ohm pareció más bien mareado—. ¿Le has enseñado fotos mías? —le preguntó a Fluke.


Fluke no supo si estaba enfadado, aliviado o indiferente y asintió con la cabeza.


—Pero no me has dicho nada de él...


—¿Tenemos que hablarlo aquí?


A Fluke le gustaría no tener que hablarlo en absoluto. Ya se había hecho a la idea de que Miks no conocería a su padre hasta que fuese mayor de edad y pudiera pedir una prueba de ADN.


En ese momento, la escena parecía sacada de una novela de terror, esa era su peor pesadilla.


—Iremos a mi hotel.


—Ni hablar.


Fluke no era tan tonto, sabía que él tenía estatus diplomático y no iba a correr ningún riesgo.


—Puedes venir a nuestra casa dentro de una hora, cuando haya terminado lo que tengo que hacer.


—No voy a perderos de vista ni un minuto.


—Entonces, puedes seguirnos mientras termino —replicó Fluke con sarcasmo.


—No seas ridículo. Tenemos que hablar.


—Yo tengo que ingresar el cheque y luego tengo que ir a comprar comida.


—Mis empleados pueden ocuparse de las dos cosas.


—¿Crees que iba a entregar el cheque de mi nómina a tus empleados?


Fluke no iba a permitir que volviera a hacerle daño, y mucho menos a su hijo.


Él dio un respingo como si le hubiese dado el puñetazo que quería haberle dado antes.


—¿Por qué no?


Fluke hizo un esfuerzo para sonreír con naturalidad a su hijo.


—Mila, demuéstrame que eres un niño mayor y quédate en la fila. Yo estaré ahí.


Fluke señaló un punto, donde pensaba ir con Ohm para que su hijo no los oyera.


—¿Vais a estar los dos? —le preguntó su hijo.


Fluke asintió con la cabeza.


—Muy bien, papi. Aquí estaré.


Miks sacó pecho y Fluke se retiró en silencio hasta el punto que había señalado.


—Porque no me fío lo más mínimo de ti —le susurró Fluke a Ohm—. No me fío de que no vayas a tirar el cheque a la papelera para hacerme más daño, no me fío de que no vayas utilizar la información del cheque para saber quién es mi empleador y hacer que me despida, no...


—Me hago una idea. Crees que soy un monstruo.


—No, solo una rata real que me ha hecho daño de maneras inesperadas y no volveré a cometer el error de no esperármelas otra vez.


Él se dio la vuelta, volvió al grupo de hombres trajeados y le dijo algo a uno de ellos. De repente, Miks y Fluke se encontraron en una ventanilla e ingresó el cheque en un minuto.


—Si le das la lista a Sergei, se ocupará de hacer la compra.


Uno de los escoltas se acercó y asintió con la cabeza.


—Muy bien —suspiró—, pero tengo un presupuesto de setenta y cinco dólares y si compra marcas más caras, no voy a pagarlas. Además, la verdura, carne y lácteos tienen que ser orgánicos —Fluke miró a Sergei con el ceño fruncido—. Puedes encontrarlos a mejor precio en...


Fluke le dio el nombre de una de las tiendas donde compraba la comida más sana para su hijo con el presupuesto más bajo.


—Me ocuparé —aseguró Sergei.


—Dame tu número de teléfono y te mandaré la lista —replicó Fluke. Una vez resuelto el asunto, Fluke salió del banco al sol de Santa Fe. —¿Qué haces en Nuevo México? —le preguntó Fluke a Ohm.


No había previsto darse de bruces con un príncipe en el sitio que había elegido para vivir por ser más barato y acogedor para una vida familiar.


—Una operación minera —contestó él como si fuera evidente.


—Pero...


—Sabes que lo minerales son un recurso muy importante para este Estado.


—Lo sé ahora.


Fluke había ido a Santa Fe para empezar de cero y solo se había fijado en las empresas donde podría trabajar. Había elegido Santa Fe, y no otro sitio de Nuevo México, porque tenía muchas galerías de arte y una comunidad artística muy boyante. Había trabajado esporádicamente con alguna de ellas desde que se mudó de Seattle, pero la fuente de ingresos principal había sido cuidar los hijos de una pareja adinerada con una agencia inmobiliaria. Luego, cuando empezó a buscar un empleo, no acudió a ninguna empresa de minería.


Había tardado casi cuatro años en volver a llevar una vida aceptable, sin que su hijo y él vivieran al día, y no iba a permitir que Ohm lo estropeara todo.


Se había sacado un título intermedio, pero era un título. Sin embargo, había tenido que cambiarse de nombre para quitarse el estigma de la orden de alejamiento que le había impuesto él. Le había dolido quitarse el apellido de sus padres adoptivos, había sido un Stoen desde solo unos meses después de nacer. Sin embargo, ellos se habían desentendido de Fluke y había cambiado su apellido y el de su hijo por el suyo de nacimiento; Natouch.

Lo único que tenía de unos padres biológicos que no conocería nunca.


Tuvieron un drama en el coche. Miks no quería que su padre fuese en otro coche y gritó y lloró. Era normal en un niño de su edad, pero a Fluke le llegó muy hondo. A Fluke también le escocieron los ojos mientras le explicaba que Ohm se reuniría con ellos en su casita.


—Iré con vosotros —intervino Ohm mientras rodeaba el coche.


Fluke lo miró, miró el utilitario de diez años e intentó asimilar lo que había dicho. ¿Iba a ir con Miks y Fluke? Su escolta se opuso, pero él no le hizo caso, abrió la puerta trasera y ayudó a Miks a que se sentara en su silla de seguridad.


Fluke, con las manos temblorosas, se dirigió a él por encima del coche.


—Puedes ir con tu escolta, Miks se calmará.


Su hijo ya no lloraba porque creía que Ohm iba a ir con ellos, pero estaba cerrando los cincos puntos del arnés. Luego, cerró la puerta de Miks y rodeó el coche para hablar con Fluke.


—Me lo has ocultado.


El tono acusatorio podría haberle dolido si lo que había dicho fuera verdad, pero no lo era.


Fluke bajó la voz, pero también empleó un tono acusatorio.


—Me expulsaste de tu vida para casarte con una mujer.


—¡Lo hiciste por despecho! —exclamó el príncipe sin hacer ningún esfuerzo para bajar la voz.


—¿Despecho? ¿Quieres engañarte con eso? —le preguntó Fluke en voz baja—. Intenté llamarte y rechazaste mis llamadas; intenté verte y conseguiste una orden de alejamiento contra mí. ¿No te acuerdas?


—No quiero engañarme. No solicité una orden de alejamiento, es más, no querría ser un cero a la izquierda en la vida de mi hijo.


—Nadie lo diría a juzgar por cómo me trataste.


Él había dejado muy claro que sí quería ser un cero a la izquierda en la vida de Fluke y no se había enterado de que tenía un hijo precisamente por ese motivo.


—Deberías haberlo intentado con más ahínco —replicó él.


Era muy típico de que diera por supuesto que Fluke tenía unas posibilidades que él le había negado. Vivía en un mundo tan raro que, seguramente, se creía todo lo que estaba diciendo.


—¿Qué quieres decir con más ahínco? Te llamé y te mandé mensajes, pero bloqueaste mi número. Te fuiste de nuestro piso y no me dieron otra dirección —Fluke lo había intentado pero el administrador del edificio y el portero se habían mantenido firmes—. Te escribí y nunca me contestaste, ni siquiera llegué a saber si recibías mis cartas y correos electrónicos.


Había sido infernal y cuando consiguió ponerse en contacto con alguien de su familia.


Una sombra de remordimiento cruzó el rostro de Ohm, que miró a su hijo a través de la ventanilla. El niño los miraba con avidez aunque no podía oír lo que estaban diciendo.


—Hablaremos de eso más tarde.


—Qué buena idea —replicó Fluke sin disimular el sarcasmo.


Fluke intentó protestar cuando él volvió a rodear el coche hasta la puerta del acompañante, pero él sacudió la cabeza.


—Le dije que iría con vosotros y lo haré.


El príncipe se montó en su coche y se puso el cinturón de seguridad como si ese fuese su medio de transporte habitual.


Miks hablaba con su padre mientras Fluke conducía, pero su hijo hacía una pausa cada ciertas frases para obtener la confirmación de Fluke. «¿Verdad, papá?» era una de sus frases favoritas cuando estaba nervioso. La cantidad de veces que empleó esa frase durante el trayecto hasta su casa, en las afueras de Santa Fe, indicaba lo nervioso que estaba a pesar de la apariencia de seguridad en sí mismo. Se parecía mucho a su padre y le dolía cada vez que lo constataba.


Cuando llegaron a la casa, un poco destartalada, que había comprado hacía un mes, Ohm no pareció impresionado.


—¿Esta es tu casa? —le preguntó Ohm.


—Acabamos de venir —contestó Mila—. Ahora tengo mi propio cuarto y papá va a poner una zona de juegos en el patio de atrás cuando tenga bastante dinero.


Ohm hizo un sonido como si se hubiese atragantado, pero sonrió a Miks.


—Me gustaría ver tu cuarto.


—De acuerdo. ¿Te parece bien, papá?


—Claro —contestó Fluke mientras apagaba el motor del coche—. Vamos adentro.


Ohm se quedó parado en cuanto entraron en la sala y miró alrededor.


—¿Aquí es donde viven mi hijo y tú? —preguntó él con lo que a Fluke le pareció cierto desdén.


—Sí —Fluke apretó los dientes y miró a su hijo—. Es la casa que le gusta a mi hijo y se siente orgulloso de que sea su casa. Piensa antes de hablar, Ohm. Mejor dicho, alteza.


—Antes me llamabas Ohm —replicó él con el ceño fruncido.


—Antes éramos amigos.


También habían sido amantes, pero no iba a decirlo delante de su hijo.


—Pronto seremos algo más. Llámame Ohm si quieres, pero no me llames por mi título.


Dicho lo cual, fue al pasillo con Mila. Las dos horas siguientes fueron una auténtica revelación. Ohm no debería haberse portado tan bien con Miks. No tenía experiencia con los niños. Era un príncipe y un magnate, no un padre, pero fue paciente con el niño y no se desesperó cuando se puso pesado.


—Creo que es la hora de comer —Fluke sonrió a su hijo—. ¿Tienes hambre, Miks?


—¡Me llamo Mikhail! —exclamó el niño.


Fluke dio un respingo por el grito, pero Ohm se quedó completamente quieto.


—¿Lo has llamado como yo? ¿Por qué?


Fluke retrocedió aunque él no se había acercado. No tenía una respuesta que quisiera darle delante de su hijo. No lo había hecho porque quisiera homenajear a Ohm, pero sí había creído que su hijo se merecía algo de su padre y eso había sido lo único que había podido darle.


—A comer —insistió Fluke sacudiendo la cabeza.


—Porque tu eres mi papá —intervino Miks—. Papi dice que me parezco mucho a ti.


—¿De verdad?


Ohm lo miró fijamente antes de mirar a Miks otra vez.


—Sobre todo cuando me pongo cabezota.


—¿Como para ir a comer?


—No quiero que te marches.


Menudo lío. Fluke no había dudado nunca de que Miks necesitara a su otro padre, pero no había podido dar con él. En ese momento, el príncipe Ohm Mikhail de la casa de Thitiwat estaba allí en carne y hueso y Miks no quería dejar de estar con él. La firmeza se afianzó dentro de Fluke. Fuera lo que fuese lo que tuviera pensado Ohm, iba a tener un papel muy importante en la vida de su hijo a partir de ese momento... aunque Fluke tuviera que acudir a los medios de comunicación para abochornarlo.


Tiana, la que había sido reina, cuñada de Ohm y la mujer que le había amenazado con quitarle a su hijo, ya estaba muerta. Había llegado el momento de que dejara de hacer las cosas por miedo a la familia de Ohm.


—No voy a marcharme —afirmó Ohm.


—¿Quieres comer con nosotros?


—Sí, gracias. ¿Qué quieres? Le diré a Sergei que vaya a buscarlo.


Sergei se había mantenido cerca, pero en una habitación distinta a la de ellos. Los otros escoltas estarían vigilando la puerta delantera y trasera para evitar amenazas y la presencia de paparazis.


—Gracias por la oferta, pero Miks tiene que comer ahora mismo o se pondrá furibriento y es mejor que eso no ocurra.


—¿Furibriento? No conozco esa palabra.


—Es una mezcla de furioso y hambriento.


—Yo también puedo ponerme furibriento —le reconoció Ohm a Miks con una sonrisa—. Vamos a tener que comer algo.


—Comeremos todos como una familia, ¿verdad, papá? —preguntó Miks con nerviosismo.


—Sí, comeremos juntos. ¿Vas a ayudarme a hacer unos sándwiches?


—¿Y papá...?


Miks miró a Ohm como si le preguntara si le parecía bien. El príncipe asintió con la cabeza y tragó saliva como si le costara contener la emoción.


—¿Y papá también nos ayudará?


A Fluke le escocieron los ojos y odió a Ohm como no lo había odiado nunca por todo lo que no le había dado a su hijo.


Ohm lo miró y algo debió de ver porque se sobresaltó como si le hubiese pegado.


—No sé si Ohm habrá hecho un sándwich alguna vez. Puedes enseñarle a extender la mayonesa —contestó Fluke con una sonrisa para tranquilizarlo.


Fluke insistió en hacer sándwiches también para los escoltas, lo que significaba que tendría que comprar más comida con el dinero reservado para casos de emergencia, pero no podía hacer otra cosa. Ohm intentó convencerle de que sus escoltas no necesitaban que Fluke les diera de comer, pero no le hizo caso. ¿Qué sabría él de lo que necesitaban las personas normales? Vivía en un mundo enrarecido y no tenía ni idea de lo que era ser un hombre normal y corriente.


Cocinar con su examante en su diminuta cocina fue una auténtica prueba para Fluke. Él no dejaba de rozarse con Fluke y de alterarle los sentidos... y lo peor era que, seguramente, él ni siquiera se daría cuenta de lo que estaba haciendo.

Fluke sacó un gazpacho que había hecho el día anterior y lo sirvió para que todo el mundo lo tomara con los sándwiches. Hacía calor y la sopa fría sería refrescante, aunque debería haber sido la cena de Miks y Fluke para dos días de la semana siguiente.


—Papá, te gustará —le aseguró Miks a Ohm—. Mi papi es el mejor cocinero del mundo.


—Antes no sabía ni poner el agua a hervir.


—Aprendí...


Cuando estaba embarazado y solo.


Ohm frunció el ceño como si Fluke lo hubiera dicho en voz alta, y era posible que lo hubiese hecho porque nunca había sabido disimular. Su padre le tomaba el pelo y siempre decía que sabía si le había gustado un regalo solo con ver la cara que ponía cuando lo abría.


Algunos días echaba tanto de menos a sus padres que le dolía. Sin embargo, ellos, como Ohm, lo habían expulsado de sus vidas cuando él no fue lo que habían querido que fuera.


—Pareces triste. ¿Qué te pasa?


¿Se lo preguntaba él? Como si no pudiera imaginárselo a grandes rasgos por lo menos.


—Papi se pone así, a veces —intervino Miks—. Dice que los recuerdos no son siempre alegres, pero que siguen siendo nuestros. No pasa nada si alguna vez lloro cuando me acuerdo de Snoopy.


—¿Quién es Snoopy?


—Era el perro de la familia para la que trabajaba.


—¿Trabajabas...? —le preguntó él.


Fluke no le hizo caso y empezó a preparar los platos.


—No eres su sirviente. Pueden venir a recoger su comida si te empeñas en darles de comer.


—¿Crees que no se merecen comer? —le preguntó Fluke con sorna.


—Me conoces —contestó él con rabia—. Podrían haberse comprado algo, yo se lo habría pagado.


—Pero yo he decidido darles de comer.


—No recordaba que fueras tan terco.


—La vida nos cambia a todos.


Fue un almuerzo asombrosamente grato, pero, al final, Miks estaba cayéndose dormido de la silla.


—Es la hora de la siesta.


—Estaré aquí cuando te despiertes —le prometió Ohm para evitar otra rabieta.


Fluke arropó a su hijo en la cama, pero él hizo que Ohm le prometiera, al menos tres veces, que estaría allí cuando se despertara. Fluke esperaba que el príncipe se diera cuenta de lo importante que era que cumpliese esa promesa.