Después de la pasión

Summary

Primero llegó la pasión, luego el "sí quiero"... ¿Y después?. El multimillonario griego Ohm Thitiwat había sabido que su apasionado romance con Fluke solo podía terminar de una manera: ¡pasando por el altar! Él le había ofrecido todo un mundo de lujo mientras dirigía el imperio familiar, pero no podía darle nada más. En esos momentos, un Fluke embarazado acababa de anunciarle que llevaba cinco años queriendo más. Viendo peligrar su matrimonio, Ohm tenía que elegir entre tender puentes con su esposo o mantener las barreras levantadas mucho tiempo atrás para protegerse.

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12
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n/a
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18+

Capitulo Uno





El multimillonario griego e icono social Ohm Thitiwat entró en el salón tras haber concluido un acuerdo internacional con una importante empresa estadounidense y se sorprendió al ver allí a su esposo, esperándolo.


Al contrario de lo ocurrido al principio de su matrimonio, en esos momentos Pharm siempre era puntual.


Ya no llegaba tarde nunca, ni era tan espontáneo. Sus exuberantes demostraciones de afecto también habían desaparecido junto a su espontaneidad. Al principio, él había pensado que era porque estaba embarazado de su primer hijo, lo que implicaba una época difícil tanto física como psicológicamente, pero, tras dar a luz, Pharm no había recuperado esas viejas costumbres que a él tanto le habían gustado.


No podía quejarse. Su esposo se había esforzado mucho en adaptarse a su nuevo modo de vida como esposo de un multimillonario griego, descendiente de una conocida familia.

Fluke había procedido de un entorno mucho más relajado, de una familia estadounidense sin expectativas sociales, por lo que la adaptación había sido todo un reto. Un reto que su increíble esposo había sido capaz de superar.


A pesar de que, para empezar, no había hablado casi ni una palabra de griego, había asistido a eventos sociales y había apoyado causas dignas. Era de naturaleza abierta y cariñosa, así que enseguida se había ganado a los amigos y conocidos de Ohm y se había hecho un hueco en la alta sociedad de Atenas sin tener que ceñirse únicamente a su papel como su esposo.


Era de piel clara y tenía las piernas largas, estaba embarazado de seis meses de su segundo hijo y tan guapo como el día de su boda.


Aunque su personalidad se hubiese visto en cierto modo apagada por la insistencia de la madre de Ohm en que lo llamasen Pharm en vez de Fluke.


La camisa de color azul hielo, color que solía utilizar con frecuencia, se ceñía a su redondeado cuerpo, que había crecido al menos una talla con el embarazo, y caía con elegancia sobre el vientre abultado.


Su embarazo hacía que Ohm se sintiese todavía más orgulloso que cuando conseguía cerrar un ambicioso trato.


Lo miró con apreciación.


–Estás precioso, yineki mou.


–Para eso pagas esas cantidades tan desorbitantes a los estilistas –le respondió Fluke sin sonreír ni clavar en sus ojos su mirada azul cristalina.


Ya casi nunca lo hacía. Con él.


Todavía era cariñoso con otras personas, pero él tenía una esposo elegante que nunca hablaba cuando no debía ni reaccionaba sin pensar antes. Salvo en el dormitorio. Allí seguía siendo ese ser apasionado sin el que Ohm sabía que no podría vivir.

Había sabido que había algo especial entre ambos nada más conocerlo.


Así que le había pedido que se casase con él, en vez de casarse con la heredera griega con la que su madre había intentado emparejarlo desde que estaba en la universidad.


Y Fluke le había dicho que sí, por supuesto. ¿Cómo no?


Él había podido darle a Pharm una vida con la que jamás habría podido soñar.


Sin embargo, no acababa de hacerle un cumplido por cómo le sentaban el caro conjunto ni los diamantes que se había puesto para aquella cena familiar, ni tampoco por cómo se había peinado el pelo en un modo muy elegante, sino por cómo brillaba con el embarazo.


A pesar de que parecía un poco cansado, seguía cortándole el aliento.


–No, se trata de ti –le aseguró.


Fluke se limitó a esbozar una sonrisa, como si el halago no lo hubiese impresionado demasiado.


En el pasado, había sonreído cuando Ohm le había dicho lo guapo que estaba y él no sabía qué era lo que había cambiado, pero algo lo había hecho.


Lo mismo que él, en algún momento, había perdido el privilegio de llamarlo agape mou. Fluke nunca le había pedido que no lo llamase su amor, pero había hecho una mueca cada vez que había oído que lo llamaba de ese modo, así que Ohm había dejado de hacerlo. En su lugar lo llamaba yineki mou, porque era su esposo.


Hicieron el viaje en helicóptero hasta la casa en la que había pasado su niñez en silencio, cosa que no lo sorprendió. Salvo que llevasen auriculares, con el ruido de los rotores era imposible oírse salvo que hablasen a gritos. En el pasado, Fluke se habría hecho un ovillo a su lado y se habrían comunicado con la mirada, o con el cuerpo. Ohm no recordaba la última vez que su esposo le había mostrado aquel afecto tan abierto fuera del dormitorio.


Sus amigos casados ya le habían advertido que las cosas cambiaban con la rutina. Él había pensado que su matrimonio era diferente y que no cambiaría, pero, a pesar de haberse equivocado, no se arrepentía de haberse casado con aquel joven.


El trayecto desde el helipuerto situado en lo alto del edificio Thitiwat hasta la casa en la que había crecido en el norte de Atenas, en el barrio de Ekali, transcurrió sin incidentes y llegaron a la hora prevista. Por supuesto.


Su madre los saludó con dos besos en las mejillas, como era tradición, aunque a Pharm no llegó ni a tocarle el rostro para no estropearle el maquillaje. Este hizo lo mismo, con expresión perfectamente contenida.


No como al principio de su matrimonio, que le había costado horrores disimular la antipatía que sentía por la mujer.


En esos momentos, la expresión de Pharm era siempre serena.


Salvo en la cama.


En la cama seguía demostrando la misma pasión de siempre, aunque nunca era Fluke el que acudía a él.


Ohm no sabía cuándo había cambiado aquello ni por qué no se había dado cuenta entonces. En cualquier caso, en un momento dado había sido consciente de que Fluke ya nunca se acercaba a él por las noches. No alargaba la mano para tocarlo en la cama. Ya no lo besaba con aquel entusiasmo, independientemente del lugar en el que estuviesen.


Él había aceptado que esas cosas no duraban en un matrimonio y, al fin y al cabo, no tenía de qué quejarse.

Entonces, por qué sentía tanto la pérdida.


–Ya veo que has llamado al estilista que te recomendé –le dijo su madre a Pharm, pero en vez de hacerlo con aprobación, el comentario sonó a crítica.


–Evidentemente –le respondió Pharm casi como si a él también le pareciese mal.


Corrina, su nueva cuñada, que solía estar siempre alegre y sonriente, estaba mirando a la madre de Ohm con el ceño fruncido, con desaprobación.


–Fluke no necesita estilistas. Su estilo natural ya es perfecto.


Su suegra la miró como si se sintiese insultada, tanto por el comentario como por el hecho de que Corrina utilizase aquel nombre, que a ella le parecía demasiado vulgar y por eso se había negado a utilizarlo desde su primer encuentro. A partir de entonces, todo el mundo había empezado a llamarlo Pharm, incluso él.


Aunque, en ocasiones, cuando estaban en la cama, todavía lo llamaba Fluke cuando llegaba al clímax. Era el nombre por el que lo había conocido.

Ohm miró a su hermano, esperando que este frenase sutilmente a su esposo.


Pero Petros estaba sonriendo a Corrina con aprobación.


–Como siempre, tienes toda la razón, agape mou. Nunca ha necesitado los estilistas que mi hermano se empeña en pagarle.


Corrina miró a Petros con adoración y Ohm se dijo que era bueno que su recién estrenada cuñada mirase a su hermano como si este fuese un superhéroe. Como debía ser. No sabía por qué él se sentía incómodo cuando veía aquellas miradas. Observó a su esposo de reojo. Fluke no lo estaba mirando a él.


Eso no lo sorprendió. Fluke ya no lo miraba nunca, salvo que tuviese que hacerlo por educación. En esos momentos, parecía una estatua en un museo, totalmente ajeno a la conversación.


–No esperaba que nadie me llamase la atención en mi propia casa – comentó su madre en tono gélido.


Pero eso no pareció preocupar a Corrina lo más mínimo.


Sin embargo, Petros sí que cambió de expresión.


–Hacer un cumplido a Fluke no es llamarte a ti la atención. Mi esposo tiene derecho a opinar de manera diferente a ti y si no eres lo suficientemente madura para aceptarlo, tal vez tendríamos que replantearnos estas cenas familiares.


–Petros, ¿cómo te atreves a hablarme así? –le preguntó su madre con sorpresa.


–Oh, mamá, no te pongas así –intervino su hermana pequeña, la más mimada de la familia–. Ya sabes lo protector que es Petros con su querida esposa. Los hombres Thitiwat son así. ¿No te acuerdas de papá?


Cada vez que alguien mencionaba a su esposo fallecido, su madre sonreía con fragilidad y asentía débilmente.


–Supongo que sí, pero, Petros, soy tu madre.


Su madre se había quedado destrozada después de la muerte de su padre. Tras haber perdido a sus propios padres solo un año antes, Ohm tenía que haberse imaginado lo duro que aquello sería para Fluke, pero había tardado demasiado en reaccionar.


Durante un tiempo, había sentido miedo a perderla. Su madre había dejado de arreglarse y de salir.


Desesperado, él la había hecho ir a un centro de descanso de lujo.


Eso había funcionado y, cuando había regresado a casa, parecía que había vuelto a ser la misma, pero a Ohm no se le olvidaban aquellos días oscuros y la fragilidad de su madre.


–Y Corrina es mi esposa.


No había duda de cuál de las dos mujeres era más importante para Petros. Su madre volvió a mirarlo con furia y Stacia lo fulminó con la mirada también.


–Nadie ha dicho lo contrario. Todos queremos mucho a Corrina – comentó, agarrando a su madre del brazo–. No te enfades, se parece mucho a papá.


–Supongo que tienes razón.


Stacia sonrió.


–Corrina y Pharm son las personas más afortunadas del mundo por estar casadas con dos Thitiwat. Estoy segura de que en eso sí me dais la razón. Son los hombres más protectores y comprensivos del planeta, ¿verdad, Pharm?


A Ohm le sorprendió que su hermana intentase incluir a su esposo en la conversación. Después de cinco años, Stacia seguía sin tener una relación cercana con Pharm.


Pero todavía le sorprendió más la respuesta de su esposo.


–Pues no lo sé, Stacia, porque no conocí a tu padre.


Pharm fue a sentarse en uno de los sillones sencillos, impidiendo así que él se sentase a su lado. Otra novedad en la que Ohm no se había fijado hasta entonces. ¿Sería que le dolían la espalda y la cintura por el embarazo?


–Pero Ohm nunca ha sido conmigo tan protector y comprensivo como lo es Petros con Corrina.


Él tardó en procesar aquello.


¿Acababa de decir su esposo que Petros era mejor marido que él?


Además, ni siquiera lo había dicho en tono enfadado. Ni resignado. En realidad, daba la sensación de que no le importaba nada que él, Ohm Theos Thitiwat, no estuviese a la altura de su hermano pequeño como marido.

Pero lo peor estaba por llegar y Ohm se dio cuenta de las reacciones de su familia.


Stacia consiguió mostrarse ofendida y satisfecha al mismo tiempo. El gesto de su madre fue de indignación y preocupación, pero fue la reacción de Corrina la que golpeó con más fuerza su ego. Corrina miró a Pharm con pena. ¿Y su hermano?


Petros no estaba mirando a Pharm, sino que lo estaba mirando a él y su expresión era de enfado y decepción a partes iguales.


Ohm no estaba acostumbrado a que nadie de su familia lo mirase así, mucho menos su hermano pequeño.

Entonces, se dio cuenta de algo que lo sorprendió tanto que casi hizo que se le doblasen las rodillas: su hermano y su cuñada estaban de acuerdo, pensaban que era un mal marido. Y, lo que era todavía más asombroso, su esposo lo pensaba también.


En esos momentos, recordó una conversación que había tenido con su hermano antes de que este se casase con Corrina.


Tras una productiva reunión con sus altos ejecutivos, Ohm había mirado fijamente a Petros.


–¿Es mucho pedir que aplaces tu luna de miel una semana para que puedas asistir a la gala? Ya sabes lo importante que es para nuestra madre.


–Sí –le había contestado su hermano en tono firme–. Si piensas que voy a tomar en mi matrimonio las mismas decisiones que has tomado tú, estás equivocado. Sé que mamá lo pasó muy mal con el fallecimiento de papá, pero para mí eso no es más importante que la persona con la que he decidido pasar el resto de mi vida. Nunca antepondré sus deseos a los de Corrina.


–La familia exige hacer ciertos sacrificios. Hay que llegar a un equilibrio entre las necesidades de nuestros esposos y las del resto de la familia.


Para él tampoco había sido fácil ver la relación que tenían su madre y su esposo, pero nunca había dudado de la capacidad de Fluke para defenderse él solo.


Petros había reído con amargura.


–¿Me estás diciendo que lo haga como tú?


–Exactamente.


–No, muchas gracias. A mí me gustaría que mi esposa siguiese enamorada de mí dentro de cinco años.


–¿Qué se supone que quieres decir con eso?


–Quiero decir que no voy a posponer mi luna de miel para hacer feliz a mamá.


Entonces, Ohm no había querido dar importancia a las palabras de su hermano, pero, en ese instante, no pudo evitar recordarlas.


¿Lo había dejado de querer Pharm? En la cama, seguía respondiendo como un esposo enamorado. O como un esposo que lo deseaba, pero ¿lo amaba? El amor no era un tema que lo hubiese preocupado al principio de su relación. Él lo había llamado agape mou, pero raramente le había dicho que lo amaba. Y Fluke tampoco se lo había pedido. Ni siquiera, cuando le había pedido que se casara con él.


Por aquel entonces, Ohm había pensado que, como él, Pharm tampoco había necesitado aquellas palabras.


–¿Cómo puedes decir algo así? –inquirió su madre.


Pharm inclinó la cabeza como si estuviese intentando entender la pregunta.


–No tengo ningún motivo para mentir. En esta habitación no hay nadie que piense que soy una prioridad en la vida de Ohm.


Lo dijo con firmeza y seguridad, como si no comprendiese por qué se mostraba ofendida su madre, o por qué debería ofenderse él. Entonces, como si no hubiese soltado aquella bomba, se giró hacia Petros y le preguntó: –¿Han decidido quedarse un tiempo en el apartamento de Atenas?


Su hermano respondió, incluyendo a su esposa en la conversación. Al parecer, iban a quedarse a vivir en el apartamento. Otra diferencia más entre Ohm y Petros.


Su hermano pequeño se había mudado a uno de los dos áticos que había en el edificio Thitiwat al terminar la universidad y empezar a trabajar en el negocio familiar.


Corrina se había mudado con él allí después de la boda en vez de volver a la enorme casa familiar, de la que Ohm no había salido hasta que había comprado la casa de campo en la que Pharm y él vivían en esos momentos.


Varias generaciones de la familia habían vivido juntas en aquella casa desde que su bisabuelo la había comprado para vivir en ella con su esposa.


–¿No te parece que se os va a quedar muy pequeño cuando tengáis familia?


–No tenemos prisa por tener hijos, pero, cuando lo hagamos, ya pensaremos si queremos vivir en Atenas o trasladarnos al campo, como ha hecho Ohm.


–Lo pasamos muy bien cuando vamos los fines de semana a vuestra casa –le dijo Corrina a Pharm sonriendo–. Aunque estoy segura de que lo importante no es la casa, sino la compañía.


Pharm le devolvió la sonrisa con verdadero afecto.


Él se había fijado en que su hermano no había dicho «como han hecho Ohm y Pharm» porque su esposo no había participado en aquella decisión. Ohm se había dado cuenta de lo infeliz que era su esposo teniendo que convivir con su madre y había decidido romper con la tradición familiar comprando una casa. Y pidiendo que la decorasen.

Su madre lo había convencido de que a Fluke le gustaría la sorpresa, ya que la decoración no era algo que pareciese interesar a su esposo demasiado.


Pero este no se había puesto demasiado contento al enterarse de que iban a vivir en el campo y que él iría y vendría todos los días a trabajar a la ciudad.


De hecho, que Ohm recordase, aquella había sido la última discusión que había tenido con su esposo.


–Ohm no ha tardado en tener hijos –volvió a intervenir su madre.


Corrina separó los labios para decir algo, pero sacudió la cabeza y los volvió a juntar.


–¿Qué ibas a decir? –le preguntó Ohm a su cuñada.


–No importa.


–Estamos en familia. Puedes contarnos lo que estás pensando.


Entonces, Corrina resopló.


–Iba a decir que si los embarazos fuesen tan complicados para ti como lo son para tu esposo, tal vez habrías esperado un poco más a tener hijos.


–Eso es ridículo –dijo su madre–. Es el esposo el que tiene que enfrentarse a las dificultades de traer hijos al mundo. Eso no convierte a mi hijo en una persona egoísta por querer que su esposo le dé herederos.


–Mi esposa no ha dicho que Ohm fuese egoísta –intervino Petros en tono enfadado.


Sorprendentemente, en ese momento fue el esposo de Ohm el que intentó calmar las aguas.


–A mí me encanta ser padre –le dijo a Corrina–. Ya sabía a qué me exponía cuando accedí a tener un segundo hijo.


Su esposo volvió a sonreír de verdad antes de mirar de nuevo a su madre.


–Estoy seguro de que no pretendías criticar la decisión de Petros y Corrina de esperar a tener hijos.


–No, por supuesto que no –dijo su madre.


Aunque Ohm no estaba tan seguro, y Petros tampoco lo parecía, pero Corrina consiguió relajarse de nuevo y sonrió a Pharm.


–Eres un padre maravilloso.


–Gracias. Helena es la alegría de mi vida.


En el pasado, había dicho que él y su matrimonio eran lo que más feliz lo hacía en la vida, pero ya hacía tiempo que Ohm tampoco oía nada de aquello.


Anunciaron que la cena estaba servida y eso evitó que hubiese más palabras tensas.


Al pasar a la mesa, su esposo hizo el esfuerzo de hablar solo de temas sin importancia, y no entró a las claras provocaciones de su madre y de su hermana.


Ohm se preguntó si aquello siempre había sido así y él no había querido darse cuenta en pro de la paz familiar.

Eran más de las diez de la noche cuando se subieron a la limusina que los llevaría hasta el helipuerto para poder volver a casa.


Ohm casi no esperó a que se cerrase la puerta para decirle a Pharm:

–No me puedo creer que le hayas dicho a mi familia que no soy un marido atento.


La carcajada de este lo sorprendió.


–¿Acaso opinas lo contrario?


–¿Cuándo te he descuidado? –inquirió él–. ¿Podrías mirarme cuando te hablo?


Fluke levantó la cabeza, más que enfadado, parecía cansado.


–¿Cuándo no? –le preguntó Fluke.


–Eso no es cierto.


–Si tú lo dices.


Pharm apoyó la cabeza en el asiento y cerró los ojos.


–¿No te parece que es un tema digno de discutir?


–No sé si te has dado cuenta, pero ya hay pocos temas que me parezcan dignos de discutir contigo, Ohm.


–No me gusta que digas que mi hermano es mejor marido que yo – admitió él.


–Jamás se me ocurriría comentar lo buen marido que es tu hermano.


–Has dicho que es más atento y considerado que yo.


–Si para ti eso significa ser bueno o malo, podrías tenerlo en cuenta, aunque ambos sabemos que no vas a hacerlo.


–¿Qué quiere decir eso? –le preguntó él, dándose cuenta de que había levantado la voz.


A Fluke no pareció importarle que casi le estuviese gritando, no se molestó en abrir los ojos ni en mirarlo.


–Si quisieras ser atento, lo serías. Si quisieras ser protector, lo serías. Si quisieras ser considerado, lo serías.


Se interrumpió para quedarse pensando y, después, añadió:

–Ser considerado significa pensar en cómo afectan tus decisiones a los demás, y eso se te da bastante mal Ohm.


–Me paso el día tomando decisiones que afectan a miles de personas.


–Sí.


–¿Y piensas que no me importa cómo les afecta?


–No.


–Puedo ser una persona considerada –le informó Ohm, preguntándose cómo era posible que Pharm no se hubiese dado cuenta en sus cinco años de matrimonio.


–Con tu madre, tal vez.


–¿Vamos a discutir otra vez de por qué me pongo del lado de mi madre en vez de ponerme del tuyo?


–No. No pensé que estuviésemos discutiendo –le dijo Fluke suspirando, todavía con los ojos cerrados–. Estoy muy cansado. ¿Qué quieres que te diga exactamente, Ohm?


–Que no soy un mal marido –le pidió él.


Fluke por fin giró la cabeza y abrió los ojos para fulminarlo con la mirada.


–Ohm, estoy embarazado de seis meses y tengo una hija de tres años. Aunque no tuviese que asistir a todos esos eventos benéficos a los que me haces ir, ya estaría agotado. No solo cansado, agotado –le dijo Fluke, apoyándose una mano en el vientre–, pero tú sigues insistiendo en que atienda a un estilista para asistir a tus desagradables cenas familiares que, además, hacen necesario un incómodo trayecto en helicóptero de cincuenta minutos.


–No pensé que te resultase tan pesado.


Aunque sabía que tenía que haberse dado cuenta. Se maldijo.


–Por supuesto que no. Y, aunque te hubieses dado cuenta, no te habría importado. Nunca, en cinco años de matrimonio, has tomado una decisión pensando en mi felicidad, ni siquiera en mi bienestar. No eres un mal marido, Ohm, eres un marido horrible.


Él guardó silencio después de aquello.


–Si tan horrible soy, ¿por qué sigues casado conmigo? –le preguntó por fin.


–Porque hice unas promesas ante Dios y no voy a incumplirlas. Además, tenemos una hija. Desde que me quedé embarazado dejé de pensar solo en mi felicidad.


–Entonces, ¿seguirías casado conmigo en cualquier circunstancia? – le preguntó él.


–No, en cualquier circunstancia, no.


–¿Y qué invalidaría esos votos? –le preguntó.


–Malos tratos. O una infidelidad.


–¿Así que eso es lo único que hago bien, no maltratarte ni ser infiel?


–Más o menos –suspiró Fluke–. Y eres bueno en la cama. No eres un amante egoísta.


Pero sí era egoísta en otros aspectos de la vida. Ohm no supo cómo responder a aquello.