Único
💌 ¡Feliz, San Valentín, loves! 💌
El auditorio está lleno hasta la última butaca, y todos los estudiantes están reunidos en sus respectivos asientos mientras esperan por la rectora del instituto para el inicio del programa.
Harry se mantiene a la expectativa del evento, preguntándose si el dinero que ha ahorrado durante el último mes será suficiente; además, del que su hermana ha decidido prestarle con intereses. El omega de verdad espera que lo sea, porque el alfa que quiere vale la pena.
Digamos que, Harry ha tenido este intenso crush por el alfa desde... bueno, siempre.
Conoció a Louis cuando se mudó de Cheshire a Doncaster por el trabajo de su padre y empezó a asistir a esa nueva escuela donde nadie sabía nada sobre él.
Harry recuerda estar en la clase de Historia a primera hora de la mañana, cuando un tímido niño interrumpió en el salón. Tenía el cabello revuelto, las mejillas rojas, seguramente por pedalear desde casa hasta la escuela, y sus lentes se deslizaban por su nariz cada dos segundos.
El rizado había visto con atención cómo el pequeño castaño evitaba mirar hacia sus compañeros, cómo su pecho subía y bajaba con rapidez por la falta de aire, y cómo había agachado la cabeza al oír el sermón de la maestra por llegar tarde de nuevo.
Mientras caminaba en medio del salón hacia el único asiento disponible, que casualmente era el de Harry porque era el nuevo y nadie quería sentarse a su lado, el rizado hizo contacto visual con él y, desde entonces, no pudo quitarse de su mente lo brillantes que lucían los ojos de Louis con los rayos del sol de la mañana. Harry en ese momento supo que quería tener a ese niño mucho tiempo a su lado.
Desde entonces, cada mañana el par de niños se encontraba en la entrada de la escuela y caminaban juntos hasta sus salones. Louis siempre iba en bicicleta y Harry caminaba; unas semanas después, Louis iba todas las mañanas a la casa de Harry y llevaba a su amigo a la escuela, aunque tuviese que despertar unos minutos más temprano.
Louis jamás volvió a llegar tarde a clases.
Las tardes después de clases eran las favoritas de ambos, porque hacían juntos las tareas y jugaban en el patio trasero de la casa de Harry. Él no entendía muy bien por qué Louis prefería pasar su tiempo con él cuando en casa tenía muchos hermanos con quiénes jugar, pero no se quejaba cuando, durante las noches, el cabello de Louis le hacía cosquillas en la nariz.
Harry siempre le decía a Louis que creía que su casa estaba embrujada y el castaño siempre le daba esa mirada llena de curiosidad y tristeza, sin saber muy bien qué decir.
—Tu papá siempre está enojado, y debe ser por eso —Harry solía decir.
—Supongo —Louis se encogía de hombros y evitaba llorar frente a su amigo.
Sin embargo, Harry sabía cómo esfumar el encogimiento en su estómago.
—Creo que deberías venir a vivir conmigo —él siempre le daba esa sonrisa enternecida que conseguía hacer latir el corazón de Louis en su pecho, con vida.
—No creo que mamá me deje —le respondía mientras lo miraba a la cara.
—Oh —después le tomaba la mano y lo llevaba hasta su casa en el árbol mientras le decía con una sonrisa—. Entonces, lo haremos cuando seamos mayores.
—¿Hacer qué?
—Vivir juntos —Harry prometió sin saber—. Y así jugar a ser piratas para siempre.
Harry supo, unos años después, que Louis lloraba cuando no estaba cerca y se escondía en el armario debido a su padre violento. Él nunca más soltó su mano cuando estaban juntos.
Cuando Harry cumplió trece, su presentación lo atacó en medio de una noche de películas con Louis, y el pobre estuvo tan asustado que no se lo pensó dos veces cuando corrió en busca de la madre de Harry para que pudiese curar a su amigo.
Louis supo que Harry se presentaría como omega desde el principio, desde el primer momento en que en la escuela les enseñaron sobre la dinámica de su mundo. Él imaginaba que el olor de Harry debía ser dulce, el más dulce de todos en el universo; y él tuvo razón. Harry olía como a miel bajo el más caluroso verano, como al toque más sublime de calidez en el corazón.
Y, él sólo pudo saber aquello, un año después, cuando su propia presentación por fin llegó.
La vida en la secundaria fue un cambio radical para Louis al presentarse mucho después que el resto de la clase; él fue relegado poco a poco por todos, menos por Harry, por supuesto.
Ellos pasaban mucho tiempo, demasiado si se debe ser sincero, dentro y fuera del salón de clases. Louis continuaba acompañando a Harry desde que el omega ponía un pie fuera de casa hacia la secundaria y ambos almorzaban en casa del rizado por la tarde.
Hacían su tarea en el dormitorio de Harry, con la puerta abierta por mandato de la madre del omega; y, como que, el pensamiento de hacer algo más allá de los abrazos con su amigo jamás pasó por la mente de Louis. Él adoraba sostenerlo en sus brazos y a veces dejar tiernos besos sobre sus mejillas para ver cómo estas se pintaban de rojo, al igual que sus orejas ocultas bajo sus rizos.
Los sentimientos profundos —reales— de Louis empezaron en el momento exacto en que su nariz percibió el aroma de Harry.
Fue impactante sentir a su alfa rogar por tomar un omega por primera vez, y él tuvo miedo en principio, hasta que su hermano mayor le explicó que a partir de ahora sería siempre así porque se trataba de Harry; y, como era de esperar, Louis no entendió el mensaje oculto en las palabras. Él pensó que se refería a su deseo de mantener seguro a su amigo, y el ronroneo interno de su alfa sólo lo confirmó para sus adentros.
Cuando ambos cumplieron los dieciséis años, sus estatus en el instituto fueron distintos por segunda vez.
Por un lado, Harry había despertado el interés de muchos alfas y era bastante popular, siempre siendo invitado a la casa de los otros omegas a pasar la tarde. Mientras que, Louis se mantenía bajo un perfil poco notorio, aislado de los alfas revoltosos que solían meterse en problemas con las madres de sus compañeros. Louis decidió que debía empezar a trabajar si quería invitar a Harry al cine los fines de semana, y así lo hizo.
Harry fue invitado por un alfa de un año mayor que él al baile de primavera, él no quería ir pero su hermana y amigos terminaron por convencerlo para aprovechar la oportunidad. Esa fue la primera vez que estuvieron separados con la luna en lo alto.
Louis murió de celos en aquella ocasión, pero fue lo suficientemente cobarde como para confesar sus sentimientos por él.
Eran cerca de las diez de la noche cuando el toque en su ventana lo despertó, Louis pensó que se trataba de un ladrón, pero al abrirla sólo vio la nariz roja de Harry.
—Él intentó besarme a la fuerza —le explicó, cuando el cobertor cayó sobre ambos—. No sabía a dónde más ir, lo siento.
—Siempre puedes recurrir a mí, Hazz —él besó la frente de Harry y lo sostuvo entre sus brazos hasta que ambos se durmieron.
Louis supo esa vez que siempre sería el ancla de Harry.
Las luces del auditorio se atenúan poco a poco, y todos empiezan a guardar silencio. Pronto, la señora Bell está sobre el escenario y empieza a hablar.
—¡Buenos días a todos! Disculpen la demora, pero ahora iniciaremos con el programa de San Valentín.
Entonces, una a una, las actividades empiezan. Hay una demostración de talentos, un par de grupos que concursan por ser la nueva banda para el baile de final de curso, y unos diez omegas y alfas que recitan poemas de amor.
Este evento de San Valentín suele ser más divertido con Louis a su lado, quién tímidamente suele decirle comentarios graciosos sobre las presentaciones al oído.
Harry recuerda que siempre ha sido así, sólo ellos dos compartiendo risas secretas entre ambos, mientras el mundo entero no existe a su alrededor.
Y él está empezando a quedarse dormido, con el mentón sobre el puño y los párpados cansados, cuando la alfa habla de nuevo a través de los parlantes.
—¡Por favor, démosles un fuerte aplauso a nuestros chicos de la canasta!
Y, el corazón de Harry salta en su pecho, porque Louis pronto estará parado frente a todo el instituto, sosteniendo la canasta que ambos arreglaron la noche anterior.
—¿Vas a llevarle chocolates? —Harry preguntó mientras revisaba lo que Louis había comprado.
—No, sólo hay una persona a la que le llevaría chocolates —él dijo con simpleza, colocando un par de sándwiches.
Harry no dijo nada, no porque supiera que se tratara de él, sino porque pensaba que Louis tenía a alguien especial.
Para el omega no fue nada divertido ver el nombre de Louis impreso en medio de la pared de anuncios del instituto hace un mes. Él casi golpea a una omega —la pateó mientras se abría paso— que dijo que le gustaría ofrecer dinero por la canasta de Louis.
—¡Primera canasta!
Un alfa de su clase se abre paso en el escenario y sonríe con petulancia. Harry lo recuerda como el idiota que le pegó goma de mascar en el cabello a los nueve años; él y Louis lloraron por los rizos de Harry cuando se los cortaron.
—Ofrezco diez libras —alguien gritó entre las primeras filas.
—Quince.
La canasta de Jax terminó siendo vendida en treinta libras al final de la puja. Y así, cada alfa de último año fue enviado con su pareja del día.
—¡Muy bien, ahora iniciaremos con los estudiantes de segundo año!
Harry se irguió y se preparó de inmediato para su propia lucha. Él de verdad esperaba que aquella omega no estuviese presente y que le dejase el camino libre.
—La primera canasta está a cargo de Math O'Neill.
—Cinco libras.
—Ofrezco veinte —el omega a su lado dijo en voz alta.
—Veinte a la una. Veinte a las dos. ¡Y la canasta ha sido vendida!
Math baja del escenario y llega hasta el chico a lado de Harry. Ambos salen del auditorio tomados de la mano y riendo; espera que su suerte sea como esa.
Los nombres de los alfas de su edad son dichos con lentitud y, es cuando sus manos empiezan a sudar que, uno que conoce se escucha fuerte y claro por todo el auditorio.
—¡Louis Tomlinson!
Harry mira cómo Louis camina tropezando con sus propios pies, sus manos tiemblan un poco mientras sostiene su canasta. Su omega se emociona al ver a su alfa parado en medio del escenario, a un costado de la señora Bell.
La puja inicia cuando una omega, dos filas arriba, grita: —¡Cinco libras!
La vista de Louis vuela hacia Mich y siente que su estómago se encoge, él no quiere compartir su canasta con ella, no después de todas las cosas malas que dice sobre Harry.
Él busca desesperadamente el rostro del omega, intentando transmitirle su disgusto.
—¡Diez! —Harry grita mientras mira hacia atrás y ve cómo la pelinegra frunce el ceño.
—Quince.
Dios, qué pesada.
—Veinte.
Harry no se dará por vencido, y parece ser que ella tampoco.
—Veinte y cinco.
Los murmullos empiezan a aumentar conforme los segundos pasan.
Louis mira con los ojos bien abiertos la molestia de Harry, es extraño verlo con el ceño fruncido y la nariz arrugada. El alfa está seguro de que su amigo ha escuchado los rumores sobre él y no quiere que Louis comparta su canasta con Mich.
—Treinta —escuchan que otra voz se une. Es la omega de la pared de anuncios.
—Treinta y cinco —Mich no se lo piensa dos veces.
—Cuarenta —Harry traga pesadamente, viendo sus cincuenta libras; rezando porque las otras omegas no tengan más dinero para comprar la canasta de Louis.
Él mira a su amigo y le da una sonrisa a medias. La omega de la pared de anuncios no intenta hacer otra oferta y él ruega porque Mich se mantenga en silencio diez segundos más.
—Entonces, cuarenta a la una. Cuarenta a las dos. Cuarenta a las-
—¡Cuarenta y cinco! ¡Cuarenta y cinco!
El pánico se come vivo a Harry, él tiene sólo una oportunidad más.
—¡Cincuenta! —grita sobre todo el alboroto del auditorio.
La voz de Mich se escucha unas butacas arriba, pidiendo por más dinero a sus amigos.
—¡Cincuenta a la una!
El corazón de Harry martillea contra sus costillas.
—¡Cincuenta a las dos!
—Que alguien me preste dinero —Mich habla en voz alta, volteando sus bolsillos y billetera.
—¡Cincuenta a las tres!
Louis siente que sus piernas se doblan cuando mira a Harry y ambos escuchan:
—¡Y la canasta de Louis Tomlinson ha sido vendida!
Harry espera por Louis en la salida del auditorio, porque no quería estar ni un segundo más cerca del rostro enfadado de Mich.
Él mira a su alrededor, todas las parejas salen del lugar tomadas de las manos, con sus rostros sonrientes y aromas de felicidad. Harry se pregunta si caminar de la mano con Louis se sentirá así este día, con la ilusión bañándole entero y el corazón latiendo a toda prisa por el contacto.
Un toque sobre su hombro lo asusta y pronto reconoce el olor de Louis a su lado. El eucalipto siempre le sienta bien.
—Hola —le dice tímido.
—Hola —responde él con la sonrisa más brillante de todas.
Louis, de alguna manera, está agradecido porque únicamente los alfas sean parte de los chicos de las canastas, porque él sabe que no le habría alcanzado el dinero si Harry hubiese estado parado en el escenario. Un centenar de alfa habrían intentado comprar la canasta de Harry y Louis no soportaría verlo compartiendo con alguien más el día de San Valentín.
—Debemos ir al comedor —el alfa le instruye, indicando la canasta.
—No quiero ir al comedor.
No quiero estar con todos ahí, sólo quiero que seamos los dos.
—Pero-
—Hagamos otra cosa.
Louis mira el brillo en los ojos de Harry y sabe qué dirá que sí a todo.
—¿Cómo qué?
Harry piensa un momento, recordando todos los lugares que le gustan en el instituto.
Él mira por la ventana, el día luce precioso.
—Será una sorpresa —susurra, tomándolo de la mano para salir del edificio.
El alfa se deja llevar por Harry, con sus dedos amoldados a los suyos y los vellos del cuerpo erizados por el toque. El lobo interior de Louis da vueltas de felicidad por tener al omega tan cerca, de este modo, como si ya fuese suyo.
La brisa del exterior les besa el rostro y revuelve el cabello, y Louis se adelanta para colocar en su sitio los rizos de Harry.
—Déjalos así —él se ríe—, de todas formas, seguirá revolviéndose con el viento.
Harry guía el camino a través del patio de juegos de los cachorros, cruzando las canchas de básquetbol que utilizan para la clase de gimnasia.
Louis está a nada de preguntar por qué se están alejando de todo, cuando nota la abertura de la malla que delimita el terreno del lugar, y sabe lo que Harry quiere de él.
El alfa se planta de golpe, provocando que Harry casi caiga de espaldas.
—No, Harry. No podemos salir.
—Nadie lo notará, Lou.
El omega lo mira suplicante, realmente quiere poder disfrutar del día de San Valentín con Louis en la privacidad de su lugar favorito.
—Por favooor —y él blande las pestañas, porque sabe que Louis nunca puede negarse cuando lo hace.
Louis suspira y asiente. Harry lo tiene comiendo de la palma de su mano desde que eran niños.
—¡Gracias, Lou! —el beso sobre su mejilla llena a su alfa de satisfacción.
Harry hace el primer movimiento, agachándose por la abertura y cruzando al otro lado, hacia la parcela que conduce al arroyo. Louis da un paso hacia adelante y, en un abrir y cerrar de ojos, ambos están caminando a un costado del límite del instituto.
Ellos caminan en silencio, tan sólo escuchando cómo sus zapatos piensan un par de ramas y hojas muertas que recubren el suelo. Las aves cantan en la distancia y ven unos cuantos saltar de rama en rama.
—Son preciosos —escucha que Louis dice a su lado.
—Sí —Harry mira un par de segundos a Louis y después hacia el frente—. ¡Oh, mira! ¡Ya llegamos!
Y Louis siente cómo su cuerpo es impulsado hacia adelante por la unión de su mano con la de Harry.
Ellos corren en medio del bosque, casi cayendo un par de veces, mientras ríen como almas jóvenes destinadas a amarse sobre todas las cosas.
Cuando llegan al final del sendero imaginario que Harry ha seguido, toman una bocada de aire fresco y permiten que la tranquilidad calme sus agitadas respiraciones.
—Luce mejor de lo que lo recordaba —Louis revisa el interior de la canasta y frunce el ceño—. No traje una manta.
—No te preocupes —Harry lo tranquiliza con una sonrisa—. Yo tengo una en mi mochila.
—¿Por qué tienes una en tu mochila?
—¿Por qué tú no tienes una?
Louis lo mira con los ojos entrecerrados, analizando la habilidad de Harry para extender la manta a cuadros.
—Porque pensé que comería en la cafetería con los demás.
Harry niega divertido mientras se sienta.
—¿Y si tu cita quería huir de la cafetería e ir a otro lugar?
—Nadie más que tú querría hacer eso, Hazz —él se burla y se acomoda los lentes—. De todas formas, ¿por qué llevabas una manta en la mochila?
—Porque quería comer con mi cita en mi lugar favorito —él explica mientras se encoge de hombros.
El alfa lo mira con curiosidad. Harry quería hacer esto con su cita, Louis de verdad está agradecido por serlo y nadie más.
Ellos sacan todo de la canasta, colocando los sándwiches correctamente en los platos que reposan al final de todo y vertiendo las sodas en delicados vasos de vidrio.
Louis le extiende una frágil peonía rosa a Harry.
—Oh, gracias, Lou —sus mejillas se sienten calientes. Él debe preguntar—. ¿Se la ibas a dar a tu cita?
—No, era para ti —él le sonríe y toma una uva—. Te la iba a dar antes de ir a comer con quien comprara mi canasta.
—Me alegro de haber sido yo.
—A mí también —Louis mira hacia el frente. El agua cristalina del arroyo corre como siempre—. Gracias por comprarla, y siento mucho que hayas quedado atrapado conmigo en una cita durante San Valentín.
Harry frunce el ceño y mira a Louis con seriedad.
—No digas eso —Harry reprende. No cuando estoy enamorado de ti desde siempre.
—Nadie más la habría comprado sino —el alfa abraza sus piernas y coloca su mentón sobre sus rodillas.
Harry suspira, el recuerdo le sabe amargo y sabe que no quiere decir lo siguiente—: Mich y esa otra omega estaban interesados en ti.
Louis niega de inmediato.
—No. Mich sólo lo hizo porque quería molestarte y arruinarte el día —él le da una sonrisa triste—. Y, bueno, esa otra omega seguro creyó que sería divertido hacer lo mismo.
Y Harry quiere gritarle a Louis que eso no es cierto, que, aunque él crea que "no es un alfa adecuado para nadie" —palabras estúpidas y duras que su padre le ha repetido mientras crecía— muchos están interesados. Muchos lo admiran por trabajar y tener su propio dinero, por ser siempre el primero en las clases avanzadas, por ser él.
—Eres importante y le interesas a muchos —Harry se traga su orgullo—. Esa otra omega había dicho que quería comprar tu canasta cuando vio tu nombre en la pared de anuncios.
Louis lo mira con el rostro inclinado, como un cachorro curioso.
—¿En serio?
—Sí.
El alfa piensa sus palabras y se da por vencido al pensar que podría hacer un movimiento lejos de lo que siente por Harry.
—De todas formas, no me interesa.
—¿No? —Harry lo mira con sorpresa. Él creyó que tal vez ahí podría surgir algo.
Louis niega, convencido.
—En absoluto.
—¿Por qué? —el omega se atreve a preguntar, tomando un pedazo de queso.
—Porque no me gusta, No estoy interesado en nadie —En nadie más que no seas tú, él quiere decirle. Pero se limita en extenderle un sándwich, ignorando la desilusión que se siembra en los ojos de Harry—. Ahora come, no quiero que mueras de hambre.
—No moriré de hambre —se queja, ignorando la punzada en su estómago.
—Bien. Entonces, no quiero escuchar tus quejas sobre morir de hambre.
Y Harry se ríe, cargando el corazón de Louis con pequeños brotes coloridos.
Ellos comen en silencio, disfrutando de la compañía del otro mientras ven las copas de los árboles ser sacudidas por el viento.
—¿Crees que sea divertido?
Harry mira al alfa.
—¿Qué cosa?
—Dejar que la brisa te lleve sobre el mundo.
El omega se ríe y asiente.
—Definitivamente —él le da un último mordisco a su sándwich y habla con la boca llena—. Seguro es la cosa más divertida que existe, por eso las hojas de los árboles se dejan arrastrar.
Louis le da vuelta a las palabras en su cabeza y se decide por hablar de nuevo.
—Si yo fuera un ave, de esas azules que vimos cuando caminábamos, volaría hacia ti —Louis no mira a Harry, ya sintiendo que expone mucho de él mismo—. Todas las veces que la primavera retoñara estaría en tu ventana y te cantaría a primera hora de la mañana.
El rizado no puede quitar la mirada que tiene sobre Louis, muy concentrado en delinear la punta de su nariz y mandíbula, la forma de sus labios, los que ha querido besar desde hace tanto. Harry realmente quiere recostarse sobre el pecho de Louis y escuchar su corazón latir en medio de la noche, cuando estén juntos por primera vez de una manera ya no amistosa.
Al omega le encantaría poder sostener la mano de Louis todo el tiempo y no como su amigo... Bueno, tal vez como su amigo, pero un amigo especial, un amigo que puede abrazar cuando las tormentas creen oscuridad en sus vidas y los truenos lo asusten. Un amigo que le dé besos a primera hora de la mañana y cuando el sol caiga. Un amigo al que pueda llamar "alfa", mientras los cachorros corren en la cocina.
Harry siente tanto sus deseos que, su omega se apodera de él por completo cuando confiesa sus sentimientos.
—Me gustas —Harry dice mientras mira a Louis.
Sus rizos son mecidos por acción de la brisa, casi cayendo sobre sus ojos brillantes de adoración.
—¿Qué? —el alfa lo mira con ojos asustados.
¿Louis acaba de escuchar mal? ¿Está en una especie de sueño? ¿Harry acaba de decir que-
—Me gustas —repite con una sonrisa.
¿El jodido día de San Valentín acaba de convertirse en el de los inocentes? Porque Louis no puede creer lo que los labios de Harry acaban de susurrar sólo para él.
Harry siente que su omega salta en su pecho, llenándolo de algarabía incontenible cuando posa una mano sobre la de Louis, trazando sus nudillos huesudos.
Él recuerda la primera vez que Louis le dijo sobre sentirse atraído por un niño de su salón, el retorcijón en su estómago duró días y noches enteras de imaginar a su amigo compartir su tiempo con alguien más. Él no quiere que Louis nunca más tenga ese pensamiento.
—Me gustas, Lou —y él podría repetírselo las veces que necesitara para que entienda lo que dice—. Me has gustado desde la primera vez que te vi. Y sí, tal vez en ese momento no sabía que era lo que sentía o por qué no me gustaba que Mindy quisiera compartir el banco contigo, pero ahora lo sé.
Louis lo mira a través de sus lentes, sintiendo que las lunas de estos se nublan por la transpiración de su rostro por causa de los nervios.
—Estoy enamorado de ti —él sonríe y aprieta la mano de Louis—. De todas las pequeñas cosas que te hacen ser tú.
Harry realmente no sabe si ha hecho bien, porque él sólo puede ver el rostro de Louis, quien no parece entenderlo por completo. El aroma dulce del omega cae un poco al notar que su amigo no se mueve en absoluto, la decepción se asienta en sus delicadas facciones.
—Está bien si no sientes lo mismo —él retira su mano, empezando a sentirse tonto con el pasar de los segundos—. Que confiese mis sentimientos por ti no significa que estás obligado a corresponderme y-
Él se calla cuando el alfa se aleja y se pone de pie. Harry está esperando por la huida de Louis, por ver su cuerpo marcharse entre los árboles y quedarse solo. Él ya está imaginando la ruptura de su amistad y lo incómodas que serán las cosas desde ahora, hasta que ve cómo el ojiazul se mete una mano en el bolsillo y extrae unos pequeños envoltorios rojos.
Con las mejillas totalmente rojas, Louis le extiende su mano libre y lo ayuda a levantarse.
—Yo- Son... son para ti —Louis toma la mano de Harry y coloca su palma hacia arriba, con su propia extremidad cerrada, aun con el contenido secreto en su interior.
Entonces, los círculos rojos caen sobre la palma derecha de Harry, y él sabe que todo está bien.
—Son chocolates —la sonrisa de Harry crece y se extiende por todo su rostro.
Louis mira con atención, aun con las manos sudando y el corazón latiéndole en los oídos cuando se atreve a asentir con lentitud.
—Y los compré sólo para ti —confirma—. No sabía si debía dártelos o si los aceptarías... —él carraspea, intentando ahuyentar su timidez—. Siempre los llevo conmigo en San Valentín, y siempre me arrepiento al caer la noche por no dártelos, aunque sea como tu amigo.
Harry siente que hace un puchero involuntario, con sus cejas cayendo un poco y su entrecejo arrugándose por el sentimiento que lo cubre.
—¿Vas a llevarle chocolates?
—No, sólo hay una persona a la que le llevaría chocolates.
Entonces, él pregunta.
—¿Soy yo? —Louis lo mira sin comprender y él se explica—. ¿Soy yo a quién le llevarías chocolates?
Las comisuras de los labios de Louis se elevan en una preciosa sonrisa.
—Siempre has sido tú.
El omega no duda cuando da un paso hacia el frente y une sus cuerpos en su abrazo.
—Te quiero mucho, Lou —susurra sobre el oído de Louis, sintiendo el aroma del alfa mucho más fuerte.
Louis huele a nervios absolutos y él sólo quiere calmarlo porque todo está bien. Así que, Harry libera feromonas para tranquilizar el acelerado corazón del alfa.
Los brazos de Louis corresponden un segundo después de tener la deliciosa fragancia del omega. Y, Louis, él siente a Harry en todas partes y no quiere nunca perder esto.
—Te quiero más, Hazz —le devuelve, con el amor floreciendo en su piel, exactamente bajo la punta de sus dedos que trazan suaves círculos sobre la espalda de Harry.
Ellos permanecen así durante largos minutos, concentrados en la respiración del otro y apreciando la delicadeza de ser querido por alguien más, de ser correspondido.
Sus lobos internos se acicalan entre sí, ronroneando a la vez en sus pechos y pidiendo por más.
Y Louis hace algo que nunca creyó que podría en su vida: él toma el rostro de Harry entre sus manos cuando se aleja, delineando las pestañas del omega para, en un pestañeo, besarlo en los labios.
El beso es dulce como la miel. Sabe a Harry en todos los sentidos, de todas las maneras posibles, y se cubre absolutamente de su esencia al sentir los suaves labios corresponderle. Y también tiene estos pequeños picos de eucalipto que le incitan a tomar más, a profundizar en sus bocas por el deseo de saciar su sed.
Sus respiraciones son agitadas y los sonidos que emiten obscenos, pero a ninguno le importa en absoluto, no mientras estén así de unidos.
Harry toma la mandíbula de Louis entre sus manos y Louis baja las suyas hasta la espalda baja de Harry, justo por encima de sus pantalones.
El par de chicos se separa cuando sus pulmones piden clemencia por no contener oxígeno en ellos.
Las sonrisas de ambos son gigantescas —¡a Louis hasta le resaltan sus arruguitas bajo sus ojos!— cuando se miran frente a frente.
Harry es el primero en hablar, porque Louis se encuentra muy perdido en sus preciosos ojos.
—¡Me besaste! —él se ríe cargado de energía—. ¡Me besaste, Lou!
—Lo hice —él se ríe contagiado—. ¡Lo hice!
—En mis sueños siempre era yo quien lo iniciaba.
Y Louis no puede creer que haya dicho.
—¡Elementos! ¿Habías soñado con besarme?
—Sí —y de pronto, Louis ve algo que no ocurre siempre: Harry se encuentra nervioso, totalmente tímido—. Sí, siempre he querido hacerlo.
El alfa sonríe y se deja hacer cuando Harry lo besa.
—Siempre supe que eras tú —Harry dice sobre sus labios, dejando un pequeño beso en el proceso.
—¿Sobre qué?
—Sobre ser mi alfa.
El lobo de Louis aulla ante las palabras y le produce calor en las mejillas.
—¿Soy tu alfa?
—Lo eres —responde mientras lo mira con severidad—. ¿No lo sientes? ¿No lo sientes aquí?
La mano de Harry cae sobre su corazón y tal vez Louis podría estar dejando caer ligeras lágrimas sobre sus mejillas.
Él asiente.
—Lo hago, omega.
Y Louis no permite que Harry diga nada más, porque lo besa un segundo después.
El cortejo da inicio cuando ambos finalizan el instituto y deciden que empezarán a vivir juntos en la universidad.
Y Louis mantiene su nerviosismo todo el tiempo, en cada ocasión que entrega a Harry un regalo, y el omega siempre cubre de besos el rostro de su alfa cuando los recibe.
Harry lleva en su cuello su preciada marca cuando el verano finaliza y ellos inician la universidad; y aunque al principio es extraño, ser de los únicos omegas emparejados en todo el campus, toda preocupación desaparece cuando Louis lo acompaña hasta sus clases, con una mano en el bolsillo trasero de su pantalón y sus labios sobre su cabeza.
Ellos juegan a ser piratas desde entonces.
Los cachorros llegan muchos años después, cuando Harry ha alcanzado todo el éxito laboral que siempre deseó tener, y cuando Louis se encuentra en la cúspide de su carrera. Ambos dan la bienvenida a sus hijos con el corazón y los brazos abiertos en cada ocasión.
Y las paredes de la casa se llenan de olor a bebé, eucalipto y miel; y Louis siempre permanecerá agradecido con Harry por comprar su canasta cuando eran apenas unos adolescentes aprendiendo sobre el amor.