Latidos del corazón ღ KM.

Summary

"Desearía que me amaras como lo hiciste ayer, que sostengas mi mano con fuerza para que no vuelvas a soltarla, y cada vez que sientas los latidos de nuestros corazones, tus pasos sincronicen su ritmo para que no vuelvas a perderte." «Advertencia.» *Historia de un solo capítulo. *Angust. *No +18. *Inspirada en Heartbeat - BTS. *Si desean un final feliz, aquí no lo encontrarán.

Status
Complete
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
16+

Capítulo 1

—No sueltes mi mano, Jiminssi —le había susurrado Jungkook, tan cerca del oído que logró sentir un pequeño temblor proveniente del diminuto cuerpo que tenía entre sus brazos.

—Jamás la soltaré, Jungookie —aseguró, saliendo del hueco en el cuello de Jungkook para poder mirarlo, con una preciosa sonrisa adornando sus labios— ¿Y saber por qué? —le había preguntado, logrando que Jungkook inclinara su cabeza hacia abajo para poder mirarlo.

Alzando ambas cejas, él simplemente respondió:

—¿No? —mintió, por supuesto que lo sabía.

Jimin arrugó la nariz y frunció los labios, una clara desaprobación ante la respuesta de Jungkook.

—Claro que sí, mentiroso —se removió entre sus brazos, logrando que el azabache lo soltara y trepó por su pecho, quedando encima de él— Jamás te soltaré, porque te amo.

Jungkook sonrió; orgulloso y dichoso. Tan enamorado y creyendo en la simple posibilidad, de que todo lo que tenía en ese momento, fuese todo lo que iba a tener en un futuro.


Los finos copos de nieve caían sobre la gélida ciudad de Londres, las calles estaban repletas de adornos y luces navideñas, los villancicos se lograban escuchar en cada esquina. Algunos corrían de un lado para otro en busca de los últimos obsequios que faltaban en sus extensas listas, antes de que se agotaran o simplemente estaban en busca de algún ingrediente que faltaba para realizar sus mejores recetas y montarlas en la cena de navidad o año nuevo.

Otros sólo paseaban en pareja, tomados de la mano disfrutando de la iluminada ciudad, aun cuando era de noche.

Jungkook, quien ya pasaba los treinta años de edad, vagaba solo por el centro de la nocturna ciudad. Su cabello lucía largo y alborotado, dejando que sus fanales azabaches se escondieran detrás de esas hebras del mismo color. Llevaba puesto un largo abrigo negro, su pantalón del mismo color y sus botas de cuero estilo militar. Totalmente despreocupado por su deprimente apariencia.

Se sentía completamente mareado y parecía que se había encerrado profundamente en la realidad en su sueño, uno que alguna vez fue tan real como el latido de su corazón, uno que le enseñó el verdadero significado de amar y ser amado.

Todo le daba vueltas y parecía que le faltaba poco para perder la nula cordura que quedaba en él.




—A veces siento que... —comentó una noche, bajo el calor de las mantas que lo abrigaban del frío invernal. Jimin, quien sorbía su chocolate caliente a su lado, desvió su vista de la chimenea hasta el rostro de su novio— Conocerte fue como un capítulo de algún drama de televisión —terminó por decir, soltando una risita baja.

Llevó sus fanales azabaches hacia el chico que tenía a su lado, ese que solía escuchar cada uno de sus pensamientos, por más absurdos y sin sentido que fuesen.

Jimin relamió sus labios, quitando el resto de chocolate que había en ellos.

—Hm... supongo que así tenía que ser, ¿no?

Jungkook había asentido con un movimiento de cabeza, logrando que la manta que lo cubría se deslizara, dejando al descubierto su ancha espalda. No se molestó en volver a acomodarla, no cuando Jimin se movió más rápido y lo hizo por él.

—Si hubiera estado completamente solo, si no te hubiera conocido... —tomó las pequeñas manos de Jimin entre las suyas, arrebatándole con cuidado la taza que había en ellas para dejarla a salvo en el piso— Probablemente me hubiera rendido y me hubiera perdido en el mar... —besó ambas palmas frías de las manos de Jimin e intentó acunar su rostro con ellas.

—No digas eso —se removió rápido, logrando levantarse del sofá para quedar frente a Jungkook. La sala de estar en su pequeño departamento solo se mantenía iluminada gracias a la chimenea, esa que pasaba encendida día y noche porque Jimin era demasiado friolento—Solo... —se agachó para quedar casi a la misma altura de Jungkook, aun así, tuvo que alzar la vista para seguir hablándole—Solo aparecí en el momento indicado, Jungkookie. Tú eres mi destino y yo el tuyo —ahuecó nuevamente sus manos alrededor de las mejillas tibias del azabache, obligándolo a conectar sus miradas.

—¿Por qué estás tan seguro de eso? —la duda siempre estaba ahí, rondando cada día de sus vidas.

El camino para ellos nunca fue fácil, pero a pesar de toda adversidad, lograban mantenerse unidos; enamorados.

—Porque nuestro destino es permanecer juntos, Jungkookie. No sé como explicarlo, solo... solo lo sé y ya —quitó sus manos de las mejillas de Jungkook, buscando las suyas y tomándola, guiándola hacia su pecho— ¿Lo sientes? —preguntó, haciendo que el rostro de Jungkook se viera confuso.

—Hm, sí.

—Mi corazón sigue latiendo, con el deseo ardiente de tenerte ahí. Y mientras eso pase, te encontraré nuevamente, aun si nuestros caminos se separan en algún momento.— le aseguró.

—¿Lo prometes?

—Lo prometo.

—Te amo, Jiminssi.

—Te amo, Jungkookie —susurró cerca de los finos labios que había frente a él, delineándolos con la punta de su húmeda lengua y uniendolos en un suave beso, deleitándose con el delicioso dulzor del chocolate.


Llegó hasta el parque que por años solía frecuentar con el único hombre que se alojó en lo más profundo de su corazón, ese que ahora lloraba porque estaba vacío, frío y rompiéndose con el paso del tiempo.

La misma banca desgastada y dura lo invitaba a tomar asiento. Era la misma que solía usar cuando se juntaba con su persona favorita en todo el universo, la misma que presenció incontables besos y promesas cargadas de amor por parte de ambos, la misma que presenció numerosas discusiones sin sentido y luego hermosas reconciliaciones, y la misma que presenció como Jungkook lloraba totalmente destruido sin ser consolado por un bonito y delgado rubio de ojos marrones.

Suspiró resignado y tomó asiento como solía hacerlo, se había vuelto parte de su rutina ir el mismo día de la semana al mismo parque y a la misma hora. Su vista daba justo en dirección del hermoso puente de la Torre, el cual estaba completamente iluminado a causa de las decoraciones.

Buscó con ambas manos en los bolsillos de su abrigo hasta que encontró la cajetilla de cigarro, tomó uno y lo llevó hasta su boca para encenderlo. Se permitió inhalar tan profundo como le fue posible, dejando que el humo del tabaco llenara por completo sus pulmones, para luego liberarlo de ahí lentamente.




—¿Sientes ese olor, Jiminssi? —había entrado al dormitorio justo cuando Jimin trabajaba en su laptop, obligándolo a perder la concentración y a apartar la vista de la pantalla.

Jungkook sonreía orgulloso al tener toda la atención de Jimin, aun cuando este estaba verdaderamente ocupado.

—No, lo siento —le respondió confundido, mirando en todas las direcciones, como si tratase de hallar el origen de donde provenía aquel olor que Jungkook sentía— ¿Qué olor? —preguntó finalmente, cuando no encontró ni sintió nada.

—Huele a algo quemado —se acercó lentamente y tomó asiento en el borde de la cama, justo al lado de Jimin.

—Uhm... Pero no hay nada quemándose —su rostro aún se veía confuso, pero eso no impidió que las comisuras de sus labios se elevaran, sonriendo divertido al ver la extraña cara que Jungkook le estaba haciendo.

—Es mi corazón —confesó en un tono que solo él consideraba era coqueto.

—¿Tu corazón? —Jimin arqueó una ceja, esperando a que Jungkook continuara hablando.

—Mi corazón está ardiendo por tu amor, Jiminssi —Jimin rodó los ojos y le dio un pequeño golpe en el brazo.

—Tonto... —soltó una risita divertida mientras negaba con su cabeza.


Muchas veces Jungkook se sentía como si fuera la luna en medio del día, totalmente perdido y fuera de lugar.

Extrañaba de manera horrible esos días donde solía llegar a casa y era recibido por un eufórico chico que se colgaba de su cuello apenas atravesaba la puerta, impidiéndole moverse con normalidad por el interior del departamento. Extrañaba ver a ese chico de cabellos rubios y ojos marrones, mejillas rosadas y labios gruesos y brillosos apenas despertaba por las mañanas. Extrañaba besar, mordisquear, oler cada rincón de ese pequeño cuerpo. Incluso, extrañaba sentir su sosegada respiración y los latidos de su corazón cuando este dormía entre sus brazos.

Extrañaba todo de él y eso le dolía como el infierno.

Él era perfecto y lo amaba, Jimin siempre lo supo y se dejó amar. Cuando Jungkook atravesaba la puerta de su hogar el rubio saltaba sobre él para besarlo, llenarlo de mimos y palabras tan cursis que lograban enamorarlo aún más.




—Ahora ya no necesito una galaxia... —se encontraban desnudos en la comodidad de su cama, intentando regularizar sus respiraciones— Porque encuentro un universo entero en ti —terminó por decir, girándose y mirando el desastre que había en Jimin. Sus mejillas febriles y su cabello revuelto.

—Eres... —tuvo que tragar en seco. Demasiado cansado y sediento como para lograr hablar con normalidad—Eres increíble, Jungkookie —logró decir, mientras se acercaba perezosamente al cuerpo perlado de Jungkook.

—Te amo, Jiminssi —lo abrazó, sin importar cuan pegajosos se encontrasen en ese momento.

—También te amo, Jungkookie —cerró los ojos e inhalo profundo, sintiendo la mezcla de sudor y perfume que emanaba la oscura habitación.


Cuando el cigarro comenzó a quemar el filtro, Jungkook se puso de pie y aplastó la colilla con la suela de su bota. Alzó la vista y contempló una vez más el puente y luego el cielo; las estrellas lucían hermosas esa noche.

Sonrió melancólico al pensar en Jimin.

Llevó sus ojos negros al reloj que se alojaba en su muñeca y se dio cuenta que ya eran las once con treinta. Su mirada quedó fija en el aparato análogo de color gris y sus ojos se cristalizaron, había sido un obsequio de Jimin hace unos años atrás. Uno que en el pasado solía olvidar en casa y no lo atesoraba lo suficiente, ganándose más de una vez el regaño de Jimin, quien se había esmerado en elegirlo y comprarlo. Ahora, jamás lo olvidaba.

Mordió con fuerza su labio inferior hasta romperlo y sus papilas gustativas saborearon el asqueroso sabor metálico de su sangre, todo por ahogar los sollozos que llevaba reprimiendo durante el día entero. Las lágrimas tampoco demoraron en recorrer sus mejillas, dejando un frío y seco camino a su paso.

Sin prestarle mayor atención a su estado de ánimo, decidió que haría el mismo recorrido que solía hacer cuando a Jimin se le ocurría la brillante idea de decir que necesitaba estirar las piernas, que debían ejercitarse y sin que Jungkook pudiera siquiera protestar, era arrastrado por el largo camino mientras era él quien llevaba el peso de las cajas de pizzas y gaseosas que Jimin había comprado para cenar.




—¿Te quedarías a mi lado aun con el paso de los años? —iban tomados de la mano, caminando lento por la oscura ciudad.

—Por el resto de la eternidad —le respondió él, con esa genuina sonrisa sobre sus labios.

¿Me lo prometes?

Jimin se detuvo, obligándolo a él a hacer lo mismo.

—Lo prometo —aseguró, mientras soltaba la mano de Jungkook para colgarse de su cuello, entrelazando ambos brazos en él, obligándolo a inclinarse hacia delante— Eres todo lo que deseo en mi vida, Jungkookie —susurró cerca de sus amoratados labios, sintiendo como castañeaban los dientes de Jungkook a causa del frío.

—Ma-maldición, Jimin. Te amo —sus alientos tibios chocaban con los del otro.

—Tonto, te amo más —acarició sus hebras negras y lo jaló, uniendo sus labios una vez más en aquella fría noche de invierno.


Cuarenta minutos demoró en llegar a su pequeño departamento, a ese que alguna vez llamó con orgullo, su hogar. Pero sin Jimin ahí, sin su precioso rubio esperando por él, ya nada era como solía serlo.

Quitó y tiró sobre el desgastado sofá su abrigo, sin importar que luego cayera al suelo. Sacó sus botas, dejándolas tiradas por la sala y caminó hasta llegar a su dormitorio, donde fue directo a su cama y se dejó caer sobre ella, sin importarle en lo más mínimo el hecho de que aún no se cambiaba de ropa.

Con una de sus manos, se cubrió con las mantas de tonos pasteles que Jimin había elegido en algún momento, cerró los ojos y comenzó a buscar entre sus recuerdos la hermosa cara sonriente de su chico. Maldición, cuánto anhelaba escuchar su dulce voz, cuánto añoraba sentir un leve toque de las pequeñas manos de Jimin sobre él.

Unas lágrimas traicioneras recorrieron sus mejillas, pero Jungkook escondió su rostro entre las mantas, haciendo que fuera absorbida por ellas.




—Siento mi destino en ti, Jiminssi —le susurró contra la piel desnuda y luego depositó un pequeño beso en el hombro de Jimin.

Jimin soltó una risita estrangulada, acompañada de un leve temblor. Era demasiado sensible a los besos cerca de su cuello, y estar desnudos en la tina mientras recibía un sin fin de caricias, no ayudaba en lo absoluto a sus lujuriosos pensamientos.

—Siento tu destino en mí, Jungkookie —se las había arreglado para decir, mientras dejaba caer su espalda en el firme pecho del azabache, quien no dudó en rodearlo con sus brazos mientras repartía un sin fin de besos por sus mejillas.


La nieve no cesó en toda la noche ni en la mañana siguiente, pero no fue impedimento para que Jungkook saliera de la cama y fuera a la ducha para luego poder arreglarse y salir de casa. Era un día importante y aunque se cayera el cielo, él iría a ver a su amado.

Con cada paso que daba, sus botas militares se hundían unos centímetros sobre la nieve, pero eso no lo detenía. Sus manos frías iban descansando dentro de los bolsillos de su abrigo y su cuello estaba cubierto con la desfigurada bufanda que Jimin intentó tejer para uno de sus cumpleaños. Era horrible, pero él la amaba.

Cuando llegó al centro de la ciudad, se detuvo frente a la misma florería que visitaba fielmente los últimos cinco años, la misma que había visto su dolor en el primer aniversario, donde la amable dueña del lugar le tendió los brazos para darle ese consuelo y palabras de ánimos que necesitaba en ese entonces.

Ella sabía que él iría y ya le tenía listo el ramo de flores más hermoso, porque Jungkook una vez le dijo que él era su flor más preciada. Tomó el ramo y ella le sonrió. Podía ver a Jungkook un poco mejor con el paso del tiempo, pero sabía que jamás se recuperaría del todo.




—¿Crees que las cosas buenas duran? —Jimin jamás le había mostrado su lado temeroso, porque era él el pilar de Jungkook, era él quien veía lo positivo a lo negativo de Jungkook, era él quien siempre tenía las palabras correctas, incluso en los peores momentos.

Fue ahí, la primera vez que Jungkook lo vio tan vulnerable y abatido, que su corazón se estrujó al no saber si lo que diría serviría de algo.

—Uhm.... No lo sé —Jimin le sonrió con tristeza, acercándose y acurrucándose entre los brazos de Jungkook.

—A veces tengo miedo, Jungkookie... —apoyó su frente en el pecho de este, logrando sentir como los latidos del corazón aumentaban.

—¿Miedo a qué, amor? —Jungkook comenzó a repartir caricias por su espalda, mientras enterraba su nariz en las hebras rubias e inhalaba profundo ese delicioso aroma a cerezos de su nuevo shampoo.

—De que el universo se ponga celoso de nosotros... —terminó por decir, sonando tan abatido que Jungkook ajustó el abrazo y lo apegó aún más a él.

—También tengo miedos, Jiminssi... —se quedó en silencio unos segundos, pensando y buscando las palabras correctas para calmarlo y darle esa seguridad de que todo iría bien— Pero estamos juntos y eso es lo que importa, amor.


Como si se movieran por voluntad propia, sus pies lo guiaron hasta el lugar donde se encontraba Jimin.

El sitio era inmenso, con largos caminos de césped verde oscuro, los que cada ciertos metros eran adornados con algún colorido arreglo floral y la espesa nieve que caía día y noche en ese frío invierno. Se animó mentalmente y se adentró en el lugar, mientras pensaba una y otra vez lo que quería decirle, como ya lo había hecho anteriormente.

Alzó la vista del suelo y miró a su alrededor, a veces lograba perderse a causa de lo grande que podía ser el lugar y más si había nieve. Era malditamente silencioso a causa de la nula existencia de personas en ese momento.

Suspiró aliviado cuando vio a Jimin y aunque intento sonreír, una mueca que parecia más un puchero se formó en sus labios, sus ojos negros comenzaron a brillar a causa de las lágrimas que amenazaban con salir sin intencio de detenerse.




—Si no hubieses estado en ese entonces cuando nos conocimos, ¿podríamos nosotros, que éramos tal y como una solitaria isla, brillar con la misma fuerza que ahora?

—No —Jungkook había respondido casi en automático, sin importarle en lo más mínimo que había perdido la partida del juego online que llevaba a cabo en ese momento. Nada importaba cuando Jimin era el centro de su atención— Eres mi luz y mi salvación, Jiminssi. Sin ti solo sería una isla en tinieblas.

Jimin lo observó, sin saber cómo sentirse al respecto.

—Uhm.... Pero debes brillar aun sin mí, Jungkookie.

—No. Es contigo o nada —era claro para Jungkook, así como para Jimin.

Ambos se sentían de la misma forma.

—¿Sabes que te amo?

—No... —ronroneó, mientras comenzaba a dejar cortos besos en su cuello— Pero si me lo dices una vez más, quizás me quede claro.

—Eres un ugh... —los dientes de Jungkook se habían clavado en su clavícula, logrando que se ahogara con su propia saliva ante la sorpresa— Te amo, Jungkookie —finalmente dijo, sin dejar de lado esa radiante sonrisa.

—Te amo más, Jiminssi —abandonó la tierna piel de su cuello para alcanzar esos deliciosos labios que tanto amaba.


Se detuvo finalmente frente a Jimin y se agachó para quedar a su altura.

Este año sentía la necesidad de finalmente hablar y pedirle perdón. Creía que era lo que necesitaba para finalmente seguir adelante, aun cuando no creía poder hacerlo realmente.

—Ya vine, mi amor —su voz salió tan melancólica que hasta él mismo se sorprendió.

Tomó un pañito de entre sus bolsillos para poder quitar toda la nieve que cubría a Jimin, tiró las flores marchitas que aún estaban desde su visita anterior y acomodó las nuevas ahí.




¿Sientes los latidos de mi corazón, amor? —era un domingo por la mañana, donde veían televisión y tomaban el desayuno en la cama. Jungkook había tomado una de las pequeñas manos de Jimin y las llevó hasta su pecho, justo donde estaba su corazón.

—Sí, lo siento —masticó el resto de tostada que había en el interior de su boca, relamiendo sus labios mientras miraba atentamente a Jungkook.

—Cuando siento que se detienen, con solo mirarte me devuelves a la vida, me haces nacer de nuevo —no pudo evitar la tonta sonrisa en sus labios, esa que aparecía cuando se sentía avergonzado.

—S-se supone que el cursi soy yo, Jungkookie —se acercó a él para besarlo, con cuidado de no derramar las tazas de chocolate sobre la cama.

—Lo sigues siendo, amor —besó una vez más los belfos de Jimin, saboreando el dulzor de sus labios.

—Te amo demasiado —sonrió, rozando sus narices y sin dejar de mirarse.

—También lo hago —lo besó nuevamente.


Se quedó silencio por un tiempo prolongado, pensando que decir ya que se sentía un completo idiota, pero no lo era realmente.

Tomó una gran bocanada de aire frío, armándose de valor y apartando todos los sentimientos negativos que comenzaban a abrumarlo.

—Ho-hoy está demasiado helado, amor... —sonrió ante el recuerdo que le llegó en ese momento— Sé que amas los días así, aun cuando te quejas de que se te congela todo, pero yo te prepararía un delicioso café, así como a ti te gusta.

Aún estaba agachado y aunque sus piernas comenzaban a doler, no se levantó y siguió hablando.

—Te extraño tanto, amor —no pudo contener las lágrimas comenzaron a escapar de sus ojos, dejando un delgado camino húmedo a su paso— De-desearía... que me amaras como lo hiciste ayer, q-que sostengas mi mano con fuerza para que no vuelvas a soltarla —sorbió su congelada y enrojecida nariz.

La nieve comenzó a caer un poco más fuerte, mientras el viento golpeaba con fuerza su tembloroso cuerpo.

—Y... cada vez que sientas los latidos de mi corazón, tus pasos sincronicen su ritmo para que no vuelvas a perderte... —sollozó con fuerza, mientras sus lágrimas se perdían al ser absorbidas por su bufanda— Te sigo amando y lo seguiré haciendo, así que, por favor espérame allá, donde estés en este momento.




—Mi corazón sigue ardiendo por tu amor, Jiminssi. V-voy a recuperarte, es nuestro destino —hipó con fuerza, mientras sus brazos se aferraban al cuerpo magullado de Jimin— Eres mi destino...

Jimin no respondió. Demasiado débil como para siquiera formular algún sonido o palabra.

—E-eres mi luz, Jiminssi... —sorbió su nariz, mientras sus lágrimas caían y humedecían el rostro cubierto de sangre de su chico.

Los ojos avellanas de Jimin se abrieron lentamente e intentó enfocar el rostro de Jungkook, pero no lo logró y solo sonrió, en un vago intento de calmarlo, para que dejase de llorar.

—T-te... amo... —logró murmurar con un hilito de voz y una tos lo ahogó por unos segundos, haciéndolo escupir ese precioso líquido escarlata de su interior. Agotado y adolorido, sus ojos finalmente se cerraron.

—Te amo. N-no dejes que los latidos de tu corazón se detengan, no lo dejes... —lo removió levemente, desesperado porque Jimin abriera nuevamente los ojos y lo mirase como solía hacerlo— Por favor...

Presenció en primera fila cómo la vida le arrebataba de la manera más injusta y cruel a quien hacía que sus días brillasen, aun cuando esto parecían ser grises la mayor parte del tiempo.

—Te amo, Jiminsii... —enterró su cara en el cuello del otro, llorando y aferrándose al cuerpo inerte del hombre que amaba, deseando amargamente ir tras la muerte y exigirle que se lo llevase tambien, porque eran el destino del otro y no podían separarse ahí, porque Jimin le había prometido que estarían juntos, siempre. Incluso después de la muerte.


Quitó con las yemas de sus dedos la humedad de su rostro, pero de nada sirvió. Las lágrimas parecían no querer detenerse.

—Creo que... que el universo siempre estuvo celoso de nosotros, amor... —su voz sonaba completamente rota, devastada.

Y era cierto, su felicidad no había sido planeada y el universo no lo soportó. No aceptó que existiera un amor tan sublime y apasionado como el que tuvo con Jimin, por eso decidió arrebatarselo. Porque sabía que cuando uno de los dos corazones dejara de latir, el otro agonizaría en la desolación, hasta que finalmente terminaría por marchitarse.

—L-lo siento... —sollozó más fuerte— Perdóname, Jiminssi.

Sentía que no podía más con la culpa, aun cuando no era el culpable principal de aquella lamentable situación. Aunque lo sabía, él prefería cargar con esa cruz sobre su espalda y así tener un motivo para hundirse en la pesadumbre.

Quizás, si no hubiera aceptado ayudar a uno de sus compañeros de trabajo, él hubiese llegado a la hora acordada por Jimin, sin tener que haberlo dejado solo esperando.

Quizás, si le hubiese hecho caso a Jimin cuando le gritó histérico por teléfono, alegando que estaban de aniversario, Jimin no hubiera deambulado solo por las calles.

Quizás, si no hubiera respondido al llamado de Jimin diciéndole que ya había llegado, pero que estaba del otro lado de la calle, Jimin no le hubiera dicho que lo esperase ahí, que él cruzaría.

Quizás, Jimin no hubiese cruzado la calle emocionado apenas el semáforo cambió a verde, con una genuina sonrisa adornando sus labios, olvidando por completo cuan enojada estaba minutos atrás.

Quizás, si hubiera estado más atento y no ensimismado en él, hubiera visto el auto fuera de control que avanzaba a toda velocidad, sin intenciones de detenerse.

Entonces, quizás sólo entonces, Jimin aún seguiría junto a él, con vida. No habría tenido que ser testigo de su última sonrisa, de sus últimas lágrimas, de su último suspiro, de sus últimos latidos.

—Volveré a Corea, amor —cubrió su rostro con ambas manos cuando no pudo contener los hipidos, permitiéndose llorar cual niño fuese.

Ya no había nada que lo retuviera en Londres, aun cuando se empeñaba en seguir ahí, solo. Se habían ido de vacaciones por petición de Jimin cuando cumplieron los veinte y nunca más volvieron a sus hogares, pero no les importaba, no había una familia que los esperara de todas formas. Solo estaban sus fieles amigos, esos que lo llamaban cada día para saber si se estaba cuidando adecuadamente.

—Vo-volveré el próximo año y el que sigue... l-lo prometo —murmuró contra las palmas de su mano, sin lograr contener el llanto.

Entre hipidos mal contenidos y lágrimas, decidió ponerse de pie finalmente e inhaló profundo, llenando sus pulmones del gélido aire que abrazaba la ciudad.

—Las cosas buenas si duran para siempre, amor —miró hacia abajo y leyó como siempre, el nombre de Park Jimin en aquella lápida gris— M-mi amor por ti no se acabará nunca, ni siquiera cuando los latidos de mi corazón se detengan.

Secó por enésima vez la húmeda en sus mejillas, con la manda de su abrigo, aun cuando no servía de nada su intento.

—Lo siento, Jiminssi. T-te amo y nuestro destino aún es permanecer juntos, solo... —sorbió una vez más su irritada nariz - Solo espera a que sea mi momento y llegaré a tu lado...

Estuvo unos largos minutos en silencio, contemplando el desolado cementerio, mientras enfundaba sus manos en los bolsillos de su abrigo y alzaba la vista hacia el cielo.

La nieve caía con más intensidad, y golpeaba suavemente su rostro. Sin entender el motivo, él simplemente sonrió.

Sonrió y se sintió libre de culpa, porque finalmente había comprendido, luego de tantos años, que llegaría el día donde nuevamente se encontraría con Jimin.

Porque él era su destino y Jimin el suyo.

Porque él lo amaba y sabía que Jimin también lo hacía, aun si no estaba ahí con él.

—Te amo, Jiminssi... —susurró, viendo como el vaho abandonaba el calor de su boca, fundiéndose con el impasible viento y desapareciendo ante sus ojos.

Llevó una vez más sus ojos melancólicos hasta la tumba de Jimin, apreciando como la nieve cubría poco a poco la lápida y las flores que momento atrás había limpiado.

Suspiró entrecortado, ahogando sus propios hipidos. No quería volver a romperse, no cuando debía decir adiós.

—Te veo el próximo año, mi amor.




«𝐹𝑖𝑛.»