1. ¿Quiere probar mi leche o qué?
RAMSEY
17 de diciembre del 2022
Cuando veo al cajero procesar otro artículo del señor frente a mí, otro aguijonazo de ansiedad me rasguña el pecho.
Del bolso satchel que me cuelga del brazo, saco mi teléfono y prendo la pantalla. Sobre mi fondo de bloqueo, una foto de las caléndulas que decoran mi balcón, se muestra que son las 5:53 pm. Lo que significa que faltan unos siete minutos para que la mitad de mi familia llegue a casa de mis padres y tenga que seguir mintiéndoles, esta vez, cara a cara.
—Siguiente.
Empujo el celular de vuelta en mi cartera y sacudo un poco la cabeza, tanto para alejar un mechón de pelo en mi frente que me hace cosquillas, como para ahuyentar mis amargos pensamientos por un rato.
Comienzo a descargar el contenido de mi carrito sobre la cinta transportadora y, cuando ya voy por la mitad, el cajero vuelve a hablar:
—Señorita, esta caja es de ocho artículos o menos, así que le voy a pedir que retire unos cuantos o que se traslade a otra, por favor.
—¿Qué? —Mis cejas y mi nariz se contraen en una mueca—. Nunca escuché nada parecido. ¿A quién se le ocurriría poner algo tan tonto?
—No lo sé; yo no inventé esa regla.
—¿Y no te parece que es una tontería?
—Lo que yo piense no es importante, lo único que importa es…
—¿Qué tiene esta caja de especial que solo se permiten ocho artículos? —Lo interrumpo—. ¿Es premium o algo así?
—No, no es premium. Solo es... —Resopla—. Mire, señorita, como ya le dije, mi trabajo es hacer que se cumpla esa norma. Nada más. No sé por qué existe y tampoco me interesa. Así que, le repito: si no piensa sacar ningún artículo, debe moverse a otro lado porque hay más personas en la fila. —Con el índice, señala el tumulto de gente repartida a mis espaldas. Algunos cuantos vociferan un: «¡Sí!» colectivo.
Suspiro, blanqueando la mirada y rascándome la frente con la uña acrílica de mi pulgar.
—Escucha… —Achico los ojos para leer el nombre en su gafete—. Arsen. Pareces un chico razonable; no creo que vayas a forzar a una mujer embarazada —Acaricio mi vientre abultado para enfatizar mi discurso— a que pase dos horas más formándose en una fila. O sea, mira a tu alrededor —Lo incito a mirar las demás cajas, que están tan o hasta más abarrotadas que esta—. ¡Me tomaría tres días irme de aquí si me muevo a otra caja!
—Señorita, por favor, colabore conmigo. Llevo una semana aquí y no quiero tener problemas con mis jefes.
—¡Oh, ya veo! ¿Entonces ahora los clientes somos problemas?
—¡Yo nunca dije…! ¡Yo no quise…!
—Es curioso porque, según yo, sin clientes, no tendrían ventas. Y si ventas, no habría dinero. Pero parece que aquí en SensaTodo no les importa irse a la quiebra, ¿no? —Me doy varios golpecitos en la barbilla con un dedo.
Arsen se talla la frente con la frustración que supondría desactivar una bomba. Cuando alguien le silba para que se decida, suelta:
—¡Agh, está bien! La atenderé, pero ya… deje de hacer tanto escándalo —Mira a todos lados, aflojándose la camiseta anaranjada de su uniforme como si le asfixiara, aunque se nota que le queda grande—. Terminemos con esto antes de que me despidan.
Despliego la sonrisa más complaciente que tengo en mi repertorio y alzo el mentón con suficiencia. Planeo responderle con un: «¿Ves que no era tan difícil hacer bien tu trabajo?», pero al segundo reconozco que sonaría muy pretencioso y lo descarto.
—Que increíble. —murmura alguien detrás de mí.
Dejo de colocar productos sobre la superficie negruzca y, sin detenerme a pensar si me ha hablado a mí o es un simple fragmento de una conversación ajena, giro sobre mis botines de gamuza y encaro al dueño de la voz.
—Perdona, ¿qué es lo increíble? —Parpadeo rápido y sonrío con amabilidad, convencida de que me dirá que no estaba hablando conmigo y que ambos seguiremos nuestros caminos sin mayores contratiempos, pero en su lugar, responde:
—Lo increíble —El tipo pestañea, imitándome, y me muestra sus dientes cubiertos por unos frenillos rosados— es que use su condición como una carta lástima para obtener preferencias. —Sus mejillas se desinflan, confiriéndole una expresión imperturbable, y sus cejas se alinean como dos troncos, lo que hace resaltar su mirada mordaz.
Cierro los ojos un segundo y los abro, reajustándome las gafas como si me acabaran de pegar un derechazo en la nariz.
—Vaya, creo que me acaba de escupir un poco de… —Me limpio gotas invisibles de las mejillas—. ¿Cómo se dice? Ah, sí, machismo.
El sujeto se carcajea y hace un movimiento raro con la lengua que se remarca en la parte superior de su boca. No sé si es para quitarse comida que se le quedó atrapada en esos horrendos frenillos o si es un tic nervioso, pero mi puño arde con ganas de averiguarlo.
—Ya veo que es de esas mujeres que todo lo tachan de machismo. Y si le da paz mental pensar eso, adelante —Alza la mano con la que no está sosteniendo el cesto con sus compras en demostración de derrota. Derrota fugaz, porque el muy descarado sigue parloteando—: Pero no puede negar que lo que dije es cierto.
Emito un indignado «¡ja!» sin dejar de mirarlo.
Arsen extiende una mano para agarrar mi paquete de espárragos, pero antes de que lo toque, cojo una lata de maíz y la estampo contra la cinta transbordadora —a escasos centímetros de donde sus dedos podrían haber estado—, provocándole un grito de espanto que lo obliga a retraer la mano y quedarse quieto.
—¿Cómo puede ser tan miserable?, ¿no le enseñaron a tener respeto por las mujeres? Qué digo mujeres. ¡Por el prójimo en general! ¡¿Acaso no ve que estoy…?!
—Embarazada —Me interrumpe, asintiendo y revolcando los ojos con hastío—. Sí, me contaron —ironiza—. Pero usar eso a su conveniencia no me parece justo. Hay gente que, por poner un ejemplo, no puede caminar. Y sin embargo, no ve a esas personas usando su condición para romper reglas.
—Tal vez no las veo porque no hay ninguna cerca.
Mi sonrisa victoriosa se disuelve cuando el tipejo arquea una ceja, se echa para atrás, causando que varios más lo imiten, y señala a un señor en silla de ruedas casi al final de la fila. Tiene uno de esos arcos navideños entre los brazos, el cuello doblado en dirección al suelo y, con todo y todo, parece estar sumergido en el más cómodo de los sueños.
Con dedos temblorosos, escondo un mechón de pelo de mi chongo improvisado tras mi oreja y me refugio en mi cárdigan.
«Que pobre desalmada eres, Ramsey».
—Sí, bueno… ¡ese no es el punto!
—Perdonen, pero ¿pueden terminar su conversación y apurarse? Algunos queremos pagar nuestras compras. —dice una doña varios pasos más atrás, a lo que se escuchan múltiples murmullos concordantes que chocan entre sí.
El desconocido y yo la miramos un segundo y, con el mismo interés en su solicitud, volvemos a encararnos como si nadie hubiese hablado.
—No, claro. El punto es que usted habla y habla de respeto y empatía, pero no tiene nada de eso. Conozco muy bien a su tipo, ¿sabe? —Apoya sus manos a los costados de la barra transbordadora, inclinándose hacia mí de manera que puedo ver sus pectorales presionar contra una musculosa gris, y los tirantes de pantalón rojo que oculta bajo su parka verde.
»Personas que se victimizan y se victimizan hasta que los demás se sienten culpables por haberles llevado la contraria, y no les queda de otra más que hacer su voluntad. Ejemplo. —Con un desdeñoso movimiento de mano, señala a Arsen, quien amortigua quejidos lastimeros contra una de las suyas, demostrando así que no lo entrenaron para lidiar con el estrés.
—¿Ah, sí? Pues yo también conozco muy bien su tipo.
—Amigos, por favor, si pudieran… —La señora de antes vuelve a hablar, pero la ignoro y continúo con mi contraataque.
—Usted es de esos que se llenan la bocota hablando de injusticias sociales, pero a la hora de la verdad, ¡nada de eso le importa! Solo habla cuando es usted el que no está siendo beneficiado. Ahhh, pero si estuviera del otro lado del puente, ahí sí no diría nadota, ¿verdad? ¡¿Verdad?!
El tipo aprieta la mandíbula hasta que se le marcan unos musculitos bastante atractivos, debo admitir.
—No todos somos como usted. Algunos sí tenemos calidad moral.
Elevo las cejas, cruzándome de brazos, cuando descubro algo interesante.
—¿Oh, sí? Perfecto, pues. Deme su canasta.
Un resoplido general estalla en el aire, pero gracias a Dios, nadie interviene esta vez. Algunos hasta deciden moverse a otra caja para rehuir el espectáculo y, francamente, los admiro. Si no estuviera negada a dejarme ganar por este idiota, también lo habría hecho.
—¿Qué? ¿Para qué? —Se echa hacia atrás, chocando con el carrito del hombre que lo sucede.
—Quiero verificar que no tenga más de ocho artículos.
—N-no los tengo, así que no intente… ¡Oiga, devuélvamela! —Se queja cuando, en un despiste, avanzo varios pasos rápidos hacia él y le arrebato la canasta sin demasiado esfuerzo.
—Mhm, veamos. Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho... ¡Vaya! ¿Qué tenemos aquí? Nueve —enuncio tan fuerte y claro como me es posible— artículos en una caja de ocho. —Hago un sonidito con la boca de falso dolor.
—¿Eso qué? —El tipo sube los hombros, se peina el pelo hacia un lado y suelta una risita que me sabe a nerviosa—. Un producto de más no hace diferencia.
—¿Es verdad eso, Arsen? —Me volteo para ver al aludido.
El desconocido intenta quitarme la canasta, pero la empujo en dirección contraria antes de que pueda siquiera tocarla.
—Como le dije unas tres veces ya —Visualizo, por la forma en la que se agarra la barbilla y parte de la boca con un dejo de impotencia, que está invocando todo su autocontrol para no gritar—, esta caja es de ocho artículos o menos. Pero como no logré hacerla entender eso, ¿ya para qué me molesto en…?
—Ya lo escuchó, reglas son reglas. Pero descuide, le tengo la solución.
Agarro un envase plástico de jamón en salsa de miel de la canasta y, antes de que se lo vea venir, lo arrojo varios metros más allá de donde termina el stand que distancia esta caja de su homóloga.
»Listo. —Sonrío abiertamente.
Los labios del desconocido se abren con desconcierto. Parpadea una vez y muy lento, como intentando asimilar lo que acabo de hacer (y no mentiré, es la misma reacción que tengo yo en mi cabeza).
Sostiene mi mirada por lo que saboreo como una eternidad, luego vuelve a mirar el recipiente con el embutido y tuerce el cuello de regreso hacia mí.
Mucho antes de que pueda prevenirlo, toma un paquete de guisantes de los míos y lo avienta unos palmos más lejos de donde yo lancé la suya.
Esconde ambas manos debajo de sus axilas en una pose triunfadora, presumiendo una sonrisa con el mismo aire de: «Estamos a mano».
Pero para su mala suerte, yo no juego para quedar a mano.
Y se lo demuestro cuando me apodero de un repollo plastificado suyo y lo arrojo con tal fuerza, que se pierde en un pasillo.
Escucho que alguien grita en respuesta porque parece ser que le golpeé o no sé.
En lo único que reparo es en la guerra que acaba de iniciar.
Poco o nada nos vale al soquete y a mí que Arsen amenace con llamar a seguridad si no nos detenemos; que nos diga que tendremos que pagar todos los comestibles que estamos estropeando: o los murmullos por un lado fastidiados y, por el otro, curiosos de los demás compradores, pues lo único en lo que nos centramos es en lanzar tantos artículos como podamos lejos del alcance del otro.
Como era de esperarse, no demoro demasiado en vaciar todo el cesto del desconocido, así que por los próximos minutos me empeño en tratar de evitar (con notoria torpeza, debo enfatizar, porque su buen estado físico comprueba que es más ágil que yo) que siga arrojando los míos.
Cuando estamos por agarrar una lata de crema batida sobre la cinta, el último elemento que queda, las luces de todo el lugar empiezan a titilar.
Un fuerte hormigueo me recorre todo el cuerpo.
En medio de un festival de chillidos atropellados anunciando un terremoto, me apuro en buscar refugio cuando la inestabilidad de las luces y los jamaqueos terrestres arrecian.
Platos se rompen, latas caen, llantos se profundizan.
Mi pecho pulsa ferozmente. De alguna manera, hasta escucho mis latidos, punzando contra mis oídos cada tanto. Todo mientras esquivo cuerpos vertiginosos, que se movilizan por el lugar con la misma urgencia de encontrar resguardo.
Doy varias vueltas de un lado al otro, sin saber a dónde carajos ir. Entonces, siento unos dedos tibios encerrar mi muñeca y tirar de mí.
El extraño se apresura en hacernos rodear la caja registradora en donde hace unos minutos estaba Arsen y, con cuidado de no lastimar mi barriguita, me ayuda a agacharme para que me esconda en la zona debajo.
Esto me cuesta un poco gracias a mis piernas gruesas y me duele tener que apretarlas contra mi pecho, que a duras penas rozan. Pero una vez lo hago, él se acuesta a un lado de mí y trata de refugiarse en el reducido espacio tanto como puede. Al ser tan alto y tener una contextura fornida, solo le alcanza para apretar su cabeza contra mi muslo.
Sin saber muy bien por qué, si es un mero auto-reflejo, un instinto de supervivencia o una forma de agradecerle por no dejarme morir aplastada por alguna viga, bajo un poco mis rodillas y apretujo su cabeza contra mi pecho con los ojos cerrados —ya sabes, para dotar de más dramatismo a la de por sí dramática situación—.
No tengo idea cuánto tiempo transcurre. Tal vez diez minutos o media hora.
Cuando los gritos aterrorizados se transforman en hipidos débiles y las góndolas dejan de bambolearse, sé que todo terminó.
O eso quiero creer.
El sujeto afloja la mano que tiene aferrada en torno a mi rodilla y me hace soltarle la cabeza. Se aleja de mí con expresa lentitud, no sé si asimilando la cercanía que compartimos o el evento sísmico que acabamos de vivir. Tal vez ambos.
Ya incorporado, se limpia migajas invisibles de sus pantalones y me extiende la palma. Dubitativa, se la cubro con la mía y, en medio de un par de quejidos combinados como producto del esfuerzo, logra ayudarme a levantar.
Intercambiamos una mirada fugaz, carraspeo y lo esquivo para volver a donde estaba.
Veo gente salir de debajo de otras cajas registradoras y a otros tantos que vienen desde la parte trasera de la tienda a ritmo pausado, inseguros.
Noto que no hay trozos de techo en el suelo ni nada que sugiera que el dichoso temblor generó daños. Eso, claro, hasta que escucho a un niño gritar:
—¡Nieve! ¡Está todo cubierto de nieve!
Al mismo tiempo que un puñado de personas, serpenteo por uno de los pasillitos que separa las cajas y me apronto hacia la salida con un trotecito, aunque la distancia no sea demasiada.
Me froto la boca en un intento por reprimir las exhalaciones ahogadas que se me escapan. Pero no es por mi nula condición física.
Es porque, en efecto, las puertas y ventanas transparentes ya no muestran el estacionamiento ni los últimos vestigios del atardecer.
En su lugar, una túnica blanca nos mantiene aislados sobre lo que sucede en el exterior.
Una de mis fantasías adolescentes, era aparecer en una película apocalíptica como una de esas extras cuya única función es gritar y luchar por sus vidas (aunque al final no sobrevivan).
Después de once años de espera, creo que me llegó la oportunidad.
🎄🎄🎄
Ayayayyy, esto ya empezó 🔥
¿Qué te pareció este primer capítulo?, ¿cuál de los protagonistas se te hizo más fastidioso? Jsjsjsj.