Capítulo 1
Robert rechazó la llamada de su madre por quinta vez en dos minutos. La mujer no sabía cuándo rendirse a la hora de intentar hacerlo regresar. Ya lo había dicho varias veces, no asumiría la corona de Lysteria. Le daba igual que sus primos fuesen unos ineptos, o que su hermana estuviese envuelta en algún conflicto con la Unión Europea. No iba a ser él quien sucediese a su padre. Con un suspiro, se acarició la cicatriz alargada en el brazo izquierdo, como hacía siempre que se entretenía demasiado en sus pensamientos. Al notarlo, bufó incómodo y colocó ambas manos detrás de la cabeza para dejarse caer sobre la cama.
El hombre recordó con cariño al viejo rey. Había estado para él siempre, desde que tenía memoria. Lo había confortado tras la trágica muerte de su esposa, a pesar de lo avanzado de su enfermedad en aquel momento. Le remordía la conciencia el pensar que su viejo hubiese querido que él llevara la corona, pero se sentía incapaz de soportar el peso de la misma. Robert no sentía aprecio por la vida que había llevado en el pasado dentro de aquel palacio. Un golpe detrás del otro no le había dejado tiempo suficiente para recuperarse. La única responsabilidad que podía afrontar, era la de llevar su cuerpo de fiesta en fiesta y emborracharse hasta dormir. O hasta que un día ya no despertara. Frunció el ceño al tiempo que sus ideas se tornaban más oscuras. El teléfono sonó una vez más, y esa fue la gota que derramó el vaso.
—Por última vez, madre —gritó al auricular, envarándose sobre el colchón—. ¡Quiero que me dejes en paz!
—Escúchame, Rob —La voz de Mabel sonaba tensa—. Ya te lo he dicho muchas veces, pero lo repetiré. Tu reino te necesita.
—A mí me parece que está muy bien sin mí.
El príncipe se aferraba a sus convicciones con la terquedad de un niño. Eso lo había heredado de su madre. Conociendo esto, la reina Mabel sabía perfectamente dónde golpear. Dónde le dolería tanto a su hijo que no tendría otro remedio que aceptar su propuesta.
—¿Eso crees, Rob?
—Sí, madre. Estoy seguro.
—Han pasado dos largos años desde que tu padre nos dejó. He permitido que tengas tu periodo de duelo en paz, pero el tiempo se ha agotado —señaló la reina, agitada—. Los ministros están pidiendo que asumas el trono o deberán coronar al siguiente en la línea de sucesión. ¡Es tu primo Thomas! Destruirá todo lo que hemos construido tu padre y yo.
Robert ignoró la inflexión en la última frase de su madre. Sabía que Thomas no tenía culpa de nada, y creía que con el paso de los años superaría su rechazo por él. No lo había logrado. Tragó en seco, angustiado. Cuando no dijo otra palabra, Mabel consideró que debía continuar la ofensiva.
—Yo ya no puedo seguir ejerciendo la función de regente, Rob. No me lo permitirán. ¿Quieres que nuestro pueblo caiga en la miseria solo por tu propio egoísmo?
No podía ni pensar en ello. Lysteria era un reino pequeño pero próspero, gracias a la excelente administración de sus padres. ¿Podría su conciencia dejarlo vivir tranquilo si el país fuese perjudicado solo porque el príncipe evadiera su responsabilidad? Por supuesto que no. Suspiró con resignación, y eso le dijo a la reina que la batalla estaba ganada. Su hijo regresaría a casa para tomar el lugar que le pertenecía por derecho.
—De acuerdo, madre —aceptó, derrotado—. Lo haré. Me convertiré en el rey de Lysteria si eso es lo que debe hacerse por el bien de todos.
«Excepto el mío propio», pensó.
—Me alegra mucho oírlo, Robbie —exclamó la reina, notablemente emocionada por el tono de su voz—. Comenzaré a preparar todo para que seas recibido como debe ser.
Un silencio incómodo se extendió a ambos lados de la línea telefónica. Había detalles que aún no se habían zanjado. Robert lo sabía, pero esperaba que —por algún milagro del cielo— su madre y todos los ministros lo olvidaran. Sin embargo, la suerte no estaba de su lado. El carraspeo de la reina le dio a entender que lo que tanto temía, estaba por mencionarse.
—Odio decirte esto, Rob, pero ya sabes lo que va a pasar.
—Madre, ¿no podríamos aplazar esa ley? Ya es suficiente con que regrese a casa.
—Lo siento mi niño, pero una tradición es una tradición. Te estoy enviando un correo con los detalles.
La costumbre lysteriana dictaba que aquel príncipe que fuera a tomar el trono, debía hacerlo llevando de su mano a una princesa, su esposa. Así que no solo debía volver al palacio donde su padre había exhalado su último aliento, donde su difunta esposa había perdido la vida; sino que ahora debía elegir a una candidata para ser su reina. Ya sabía lo que su madre le estaba enviando incluso antes de encender su laptop. Lo sabía antes de revisar su correo y encontrar aquel horrible documento. El mismo contenía una lista detallada de todas —o casi todas— las nobles del reino que aún se encontraban solteras.
Robert apretó el teléfono con rabia. Sí, había consentido en asumir la responsabilidad por el reino, le parecía correcto. Pero condenar a otra persona a vivir con él en amargura era otra cosa. Revisó brevemente el documento ignorando las preguntas impacientes de su madre. ¿Que si ya se había decidido por una? No. La reina parloteaba sobre las jóvenes de familia más influyentes, y sobre cómo de productivo sería para la nación aliarse con los dueños de grandes pozos de petróleo. Eso buscaban los ministros, una reina con un capital considerable. No importaba si odiaba a los niños y a los cachorros, o si estaba loca.
—Creo que Maddie es una buena opción.
—Debes de estar hablando de otra Maddie —aseguró, con un tono de voz duro—. Si estás hablando de Madeleine Hansburg, tendré que pensar que necesitas ir a un psicólogo, —luego añadió, con sarcasmo— mi reina.
—No hay una ley que impida…
El bufido rabioso del príncipe fue capaz de hacerla callar. Muy a su pesar, el príncipe recordó el angustioso proceso de selección de esposa al que había sido sometido cuando era más joven. No pretendía pasar por algo como eso de nuevo. Ya tenía treinta años, por Dios. No era ningún niño. Mientras pensaba en ello, se le ocurrió una idea magnífica. Una que daría al traste con los planes de su madre y de sus ministros. Si no podía ya ser feliz en esta vida, al menos podría escoger con quien pasaría el resto de la misma. Y si con ello conseguía al mismo tiempo fastidiar a los demás, pues le vendría como anillo al dedo. O más bien como corona a la cabeza.
—¿Qué hay de los Waldover?
—¿Qué hay con ellos? —preguntó la reina, con un leve temblor en la voz que hizo sonreír a su hijo.
—Si no me equivoco tienen una hija, ¿cierto?
Robert se dejó caer sobre la cama con la laptop en las manos y una sonrisa torcida en los labios. Recuerdos de su infancia y adolescencia temprana vinieron a su mente. La hija mayor de los Waldover había sido su pesadilla cuando era un pequeño. La niña de delgadez extrema que siempre le contestaba los insultos y no se dejaba intimidar por el título de príncipe. La misma que lo había humillado al lanzarlo dentro de una charca que se había formado en los terrenos del palacio durante su doceavo cumpleaños. Si bien había tenido parte de la culpa en ese asunto, nunca le había perdonado que se rieran de él gracias a ella. Decir que escogerla a ella solo para castigarla era inmaduro, era ser modesto. Pero dado el hecho de que pocas veces se permitía un desliz, tomó su decisión. Ella podría rechazar el compromiso si lo deseaba. Era el siglo veintiuno, no iban a decapitar a nadie por “ofender” al futuro rey.
—Dos. Tienen dos hijas, pero…
Robert la interrumpió sabiendo que su madre pondría el grito en el cielo cuando le dijera lo que estaba planeando. Los Waldover habían perdido su dinero y no estaban precisamente en la cima de la escala social.
—¿Qué edad tiene la mayor?
—Veinticuatro, creo…
—Excelente. Envía la propuesta de matrimonio —Cerró su portátil con fuerza— y haz que estén en el palacio el lunes en la tarde para la hora del té.
—¡Espera, Robert! —chilló la reina— No puedes hablar en serio, hijo.
Robert se sintió satisfecho con su decisión. Sabía perfectamente que el conde de Waldover estaba arruinado. Prácticamente poseía solo el título, y sus hijas se habían alejado de la vida de la corte para estudiar y convertirse en profesionales. Dejando de lado sus motivos egoístas, aquella era la clase de reina que necesitaba, una que supiera identificar problemas financieros y sus posibles soluciones. Que pudiera pensar y que lo ayudara construir un reino mejor a diario. ¿Qué importaba su apariencia física, los rencores del pasado o el estado bancario del padre?
No quería tener en su cama a otra princesa que solo se interesara por la calidad de la tela de su vestido, o que llorara en silencio por alguien que nunca podría tener. Y a Eleanor Waldover no la metería en su cama a menos que llegara el momento de perpetrar el linaje. Robert de Leechestein no había hablado más en serio en toda su existencia.
Eleanor colgó la llamada y se peinó el cabello hacia atrás en un gesto de frustración. Ya no sabía qué podía intentar para hacerle comprender a su jefe que debía tomar unas cuantas decisiones drásticas para salvar su empresa. De todos los perfiles de trabajo que pudo haber escogido al graduarse de la carrera de administración, la chica había escogido la financiera. Cierto era que le podía ir bien en otra esfera, pero a ella le agradaba el salario. Eso, y el hecho de que podía poner todo un mar de distancia entre ella y su familia. Más concretamente, entre ella y su padre.
Odiaba estar lejos de su hermana menor, pero era un mal necesario. No podía ver cómo George arruinaba todo lo que su madre una vez amó. Su casa, sus joyas, sus colecciones extravagantes de pinturas y jarrones. Al menos no la destruiría a ella; o a Elizabeth, que ya estaba en la universidad y fuera de su alcance. Lo cierto era que el vicio de su padre por las apuestas había llevado a su madre a una depresión que terminó en la muerte años atrás, por lo que Nellie no tenía una relación buena con el hombre. Eso sin mencionar que el Conde no era un modelo a seguir para ningún progenitor. Eleanor sacudió la cabeza y arrastró fuera aquellos recuerdos demoledores. Entonces, como si lo hubiese llamado con el pensamiento, su móvil vibró sobre la mesa con una llamada de su padre.
No estaba de humor para pelear, y eso era lo que solían hacer cuando hablaban los dos. En algún momento tendría que enfrentarlo, pero no sería en ese. Lo único que deseaba era una pizza del restaurante italiano de la esquina, para olvidar la terquedad de su jefe. Sin dudarlo un segundo, llamó a su asistente por el intercomunicador, y le encargó hacer el pedido de una pizza grande con queso extra. A veces le preocupaba su dieta, pero nadie podía negarse si se trataba de la pizza de Chicago. Todo el mundo sabía que allí se hacía la mejor del mundo.
Media hora después, Eleanor tuvo su humeante pedido sobre la mesa. No veía el momento de morder la suave textura. Casi gruñó cuando una nueva llamada de su padre interrumpió su ritual sagrado de aspirar profundamente el olor de la salsa. ¿Qué diablos quería el viejo Conde? Fuera lo que fuese, podía esperar. O al menos eso pensaba ella. Prendió la televisión para distraerse de los malos presentimientos que se comenzaban a arremolinar en su estómago. Subió el volumen cuando logró localizar el canal de su país natal. Después de todo, Lysteria era un lugar hermoso y lo echaba de menos. En ese momento pasaban las noticias, que hablaban de pequeños incendios en zonas de sequía.
¿Sería eso de lo que su padre tanto quería hablar? No lo creía, no lo había visto interesado por sus terrenos nunca en toda su vida. Mucho menos después de haberlos perdido casi en su totalidad en apuestas con otros nobles. Dejó de prestar atención para mirar los papeles que tenía sobre la mesa. Estaba absorta, tanto que al principio no escuchó la noticia que estaban transmitiendo.
«Después de casi medio año sin noticias de nuestro heredero, la reina Mabel ha prestado declaraciones. Su hijo tomará el trono, contrario a las suposiciones de la prensa, quienes aseguraban que Thomas de Leechestein, sobrino de nuestro difunto rey, sería su sucesor. Desmentidas estas suposiciones, el pueblo de Lysteria se inquieta. Ya tenemos un futuro rey, ¿y qué pasa con la reina?
En un comunicado de prensa, la reina madre Mabel, en compañía del conde de Waldover, anunció el compromiso de su alteza real el príncipe Robert con la hija mayor del conde, lady Eleanor Waldover».
Eleanor casi se atragantó con la comida al comprender lo que había escuchado. Escupió con violencia el pedazo de pizza que había estado masticando. ¿Era una broma? ¿Había escuchado bien? Las imágenes de la reina, acompañada de su padre no dejaban lugar a dudas. Ese era el asunto por el cual la llamaba con tanta insistencia. La había comprometido sin contar con ella. ¡Qué demonios! La había vendido. Eleanor bufó, furiosa. La televisión se llenó de una sucesión de fotos del príncipe desde su infancia hasta su actual edad, la última tomada en el entierro de su padre. Nellie maldijo en silencio. Ese presuntuoso aparecía después de abandonar a su país, solo para arruinarle la vida.
No la obligarían a regresar. No iba a dejar su trabajo y sus planes para prestarse a ser el adorno del futuro rey. ¿Para qué la escogían a ella de todos modos? Ni siquiera le agradaba Robert. Habían peleado en cada fiesta en la que estuvieron juntos durante la infancia y la adolescencia temprana. Su familia no tenía nada que ofrecer monetariamente. En ese instante una foto del príncipe con su difunta esposa surcó la pantalla. Nellie lo encontró como un detalle de mal gusto. No era que se fuera a casar con él, pero ¿en serio anunciaban el compromiso con otra mujer y mostraban una foto de su anterior matrimonio? Increíble.
Se interrumpió cuando un sinnúmero de fotos de ella misma comenzó a aparecer en el noticiero. ¡Dios! Por suerte nadie en su trabajo ni en los lugares que frecuentaba se dedicaba a ver las noticias de un país lejano que pocos conocían. De otro modo se vería en un apuro siendo reconocida como la prometida del príncipe. También la ayudaba el cambio de estilo al que se había sometido. En las fotos que se mostraban aún tenía el cabello corto, cuando ahora lo llevaba tan largo que alcanzaba su espalda baja. Una llamada entró en su teléfono, y la tomó sin pensarlo.
—¡Nellie! —gritó su hermana al otro lado del teléfono.
—Liz, dime que has visto lo mismo que yo porque ahora mismo estoy enloqueciendo.
—También yo lo he visto en las noticias. “Lady Eleanor Waldover: prometida del príncipe Robert de Leechestein, futura reina de Lysteria”.
—¿Cómo ha pasado esto?
Las hermanas guardaron silencio. Uno que permitió a cada una ordenar sus pensamientos. Pero la mayor no podía quedarse así por mucho tiempo, le resultaba imposible soportar la rabia de sentirse manipulada y usada.
—Soy una moneda de cambio, Liz. Solo eso represento para él, maldición —dijo, resentida—. ¿Por qué me odia tanto mi propio padre?
—Cálmate, Nellie. En este estado no resolverás nada —habló la menor, tratando de mantener a su hermana centrada—. Debe haber una manera de arreglar esto.
—Tú solo dime cuál es y yo seguiré tu guía… Lo han anunciado por televisión internacional, Elizabeth. No hay salida. Si digo que no, la reina pedirá mi cabeza en bandeja de plata. Es un suicidio político.
—No es para tanto. Con desaparecer del radar durante un tiempo será suficiente para que te olviden. Porque obviamente mi padre les contó todo sobre tu trabajo y tu casa.
La chica tembló al darse cuenta de que Liz tenía razón. Para que el anuncio del compromiso fuese realizado en televisión internacional, la reina debía estar segura de su participación en el espectáculo. Debían haberla localizado desde varios días atrás. De hecho, pudiera ser que incluso ya tuviese gente empaquetando sus pertenencias en maletas, listos para llevársela a la fuerza. Sintió que le faltaba el aire y tuvo que sentarse. Un poco más de presión y sufriría un ataque de pánico. Se despidió de su hermana dejándola muy preocupada, pero no podía hablar con nadie.
Eleanor era y siempre sería un espíritu libre. No era justo que quisieran encadenarla a un matrimonio por política en pleno siglo veintiuno, pero así eran las cosas en Lysteria. Tan moderna en algunos aspectos, y tan anticuada para otros.
Estaba en una encrucijada. Hacer lo que le imponían y casarse; o cometer rebeldía, y arriesgarse a que condenaran a su familia por traición. ¿Serían capaces de hacerlo, en los tiempos actuales? Quizás no bajo una pena de encarcelación o muerte, pero ya encontrarían el modo de hacerles pagar. Podía creer cualquier cosa de los Leechestein, tan acostumbrados a hacerse obedecer después de siglos ocupando el trono. Después de pensarlo frenéticamente por más de quince minutos, Eleanor tomó su cartera y cerró la puerta de su oficina con fuerza, asustando a su asistente. Debía darse prisa si quería hacer lo que tenía dándole vueltas en la cabeza. Escaparía al otro lado del mundo y nunca sabrían nada de ella.