Al tercer día de otoño...

All Rights Reserved ©

Summary

Fabio Albergati es un joven italiano pintor, con una imaginación activa y amplia; así que no le parece extraño cuando empieza a tener recurrentes sueños con un mundo que desconoce, con personas que jamás ha visto y con una vida que no es la suya. Piero Bettiza es hijo de una aristocrática familia siciliana, política, austera e implacable. Conoce a Fabio la tarde en la que los padres de este son juzgados como herejes y traidores de la patria cuando descubren su plan de fuga, hartos de un gobierno opresor, cruel y corrupto, y son ejecutados en la Piazza della Giustizia. Una historia de amor trágico donde dos jóvenes aprenden a sobrevivir en una época donde amar era más peligroso que un cuchillo en el cuello.

Genre
Romance/Scifi
Author
Mike
Status
Ongoing
Chapters
4
Rating
n/a
Age Rating
18+

1

Soñaba con un prado níveo, un árbol desnudo de birrias ramas que marcaba un lindero y con un lago congelado. Admiraba el parsimonioso descenso de la nieve y era capaz de percibir cuando los copos se deshacían sobre la piel de su rostro. Por el rabillo del ojo notó el movimiento fugaz de una cabellera rojiza, pero cuando se giró solo vio una alfombra blanca, árboles desnudos y fantasmas que caían del cielo.

Fue consciente de que aquel mundo era un sueño, porque cuando se volvió por segunda vez, el bosque desapareció y se vio envuelto en una barahúnda. Las personas iban de un lado a otro, escuchó la cacofonía de máquinas que desconocía, la risa estruendosa de un grupo de jóvenes, el llanto agudo de un bebé en brazos de su madre, una melodía extraña y hermosa que repiqueteaba más fuerte que un tambor, más dulce que una flauta. Sonrió amplio como un niño, la emoción se sembró en su pecho y germinó en el brillo de sus ojos curiosos y vivaces.

Frente a él se elevaba la Torre Pendente di Pisa. En aquel mundo, la zona estaba cubierta de curiosos que la admiraban con fascinación. Él la había visto por primera vez cuando tenía doce años; sin embargo, no había caballos, ni olor a estiércol, ni carrozas exageradamente elegantes con sus absurdos aristócratas, sus jóvenes petimetres y sus damas hermoseadas.

Se sintió en un mundo pasajero, inexistente e inverosímil, aunque se consoló con la idea de que su imaginación volvía a regalarle los trazos intrínsecos de una mente activa y pensante. Aquel universo se esfumó como el vaho, como la arena que vuela por el viento, y se solidificó en una habitación con paredes de piedra, iluminada por la luz matinal que se filtraba a través de la ventana.

Despertó con una ignota sensación en el pecho, como un vacío que se acrecentaba con vigor. Se vio embargado por un sentimiento de pesadumbre, ya que haber obtenido un vistazo a una parte de su imaginación —hasta ahora desconocida—, había despertado una dolorosa curiosidad. No era ni siquiera como tratar de hallar una aguja en un pajar, se asemejaba más al peligroso esfuerzo de buscar en las heridas de su alma; heridas que no sabía que poseía.

Figlio! —Reconoció la voz ambarina de su madre que llegaba desde la cocina.

Fabio Albergati salió de su habitación ataviado con una camisa de seda y anchos pantalones de algodón. El pasillo que lo separaba de las escaleras poseía paredes cubiertas de cuadros antiguos, con pinturas incluso más antiguas. La pintura, de un color sepia desvaído, le daba un aspecto destartalado y sucio, aunque según su padre premiaba al lugar con una apariencia de genuina elegancia.

Los encontró en el comedor. Su madre se movía con la gracia de un ratón desde la cocina hasta la mesa; su padre ya estaba sentado frente a la mesa, con un libro en la mano y una pipa entre los dientes. Casi lograba escuchar su voz austera pero peculiarmente serena decir: «un hombre con una pipa es tan respetable como un aristócrata». Pese a que ni él ni su madre creían aquello, optaban por dejar que el señor Donatello Albergati se sumiese en sus fantasías un tanto burgueses y fantasease con la idea de llevar un bastón y una enorme peluca blanca.

Ciao, papà —saludó Fabio y se dejó caer junto a la silla que se hallaba a la derecha de la de su padre.

El hombre lo miró por encima del libro, dio una calada a su pipa y luego liberó el humo, que se condensó en una nube antes de evaporarse poco a poco. Escuchó a su madre salir de la cocina y dejar una bandeja sobre la mesa. Le sonrió a modo de saludo y luego volvió a la cocina cuando Fabio le devolvió el gesto.

Eh, figlio. —Su padre cerró el libro y lo dejó sobre la mesa—. Hoy te has retrasado.

—Las sábanas se negaban a dejarme salir de la cama. —Extendió una mano para tomar una tajada de pan y lo devoró con vivacidad antes de que su madre volviese—. He vuelto a tener esos... sueños.

Donatello lo miró con sus ojos color canela, un gesto de interés y preocupación.

No era la primera mañana en la que llegaba relatando sus extraños y recurrentes sueños, donde describía un mundo desconocido y futurista. «Futurista es una palabra absurda; no es más que un sueño, Fabio», solía decirle su padre, luego bebía su café y acababa con el desayuno.

—No te preocupes demasiado. —Su madre se deshizo del delantal y se sentó del otro lado de la mesa—. Solo fue un sueño, tesoro mio. —Lucía un hermoso vestido de seda, ajustado a la altura del torso con un corpiño color celeste.

Fabio se sorprendió ante el brillo intrínseco que irradiaba su sonrisa, como si nada en el mundo fuese capaz de perturbar su felicidad. De pómulos prominentes y sonrojados, un cabello sedoso y broncíneo que caía en gruesos bucles sobre sus hombros. Stella había sido una mujer hermosa durante su juventud, y aunque la edad había llegado con arrugas y bolsas debajo de sus ojos, su belleza seguía siendo matemática.

Fabio se obligó a esbozar una sonrisa, porque, de alguna forma, sabía que su madre tenía razón. No obstante, ¿cómo podía olvidar aquel manto de nieve que lo cubría todo o la cabellera rojiza que corría entre los árboles? Soltó un suspiro y asintió con tristeza.

Era sábado por la mañana y Fabio asistía a sus clases de pintura antes del mediodía. Se acercaba el otoño, así que, en cuanto terminó de desayunar, su madre le preparó un baño de agua tibia mientras él despedía a su padre.

—Recuerda regresar a casa en cuanto termines tus clases —le recordó, tomando su sombrero—. Iremos a visitar a tu tía en Bolonia y tenemos un largo viaje que hacer. ¿Empacaste tus cosas?

Fabio asintió mientras lo guiaba hacia la puerta. Su padre salió y se dio media vuelta, extendió su mano para sacudirle el cabello; el muchacho se atrevió a soltar un bufido. El hombre mostró una sonrisa tranquila y natural, antes de posar una de sus grandes manos sobre su hombro izquierdo.

—Eres un chico con una imaginación bastante activa —le dijo, cuidando sus palabras. Sostenía la pipa entre sus dedos y se inclinaba hasta que su rostro quedaba a la altura del de Fabio—. No te dejes engañar, per favore. No olvides lo que es real y lo que no.

No sonaba tan complicado. Lo real era real; lo fantasioso, fantasioso. No había que darle demasiadas vueltas para buscarle lógica y sentido. Fabio asintió por última vez y su padre se marchó finalmente.

Tomó un baño en silencio. La habitación era gélida, aun cuando presumía de ventanales por donde se filtraba la luz del sol como una fuente que se derramaba e inundaba el interior. La tina era anticuada y las paredes demasiado desnudas para su gusto. «Quizás hasta haga falta un par de cuadros para darle vida».

Se encontró con su madre cuando se preparaba para irse. Llevaba un maletín en una de sus manos y sostenía un par de pinceles con la otra. Fabio la estudió con fascinación, experimentando una felicidad que se apoderaba de su cuerpo como una explosión interna.

—¿Son nuevos? —inquirió, maravillado, antes de sostener los pinceles para examinarlos con mayor detenimiento.

—Justo los que faltaban para completar tu colección.

Fabio la abrazó con fuerza y ella correspondió al gesto con una sonrisa amplia y sincera. Se despidieron en la puerta donde Fabio imprimió un beso sobre su mejilla antes de partir a sus clases.

Vivían en la silenciosa y ermitaña comuna de Polverigi, al suroeste de Ancona, donde las casas se alzaban como enormes murallas vecinas, una frente a la otra, y el polvo danzaba en el ambiente hasta enrarecerlo. El suelo empedrado entorpecía su caminata, pero agradecía la cercanía del otoño cuando las hojas de los árboles descendían desde sus ramas y caían sobre él en un manto extraño y hermoso. La mañana revelaba un cielo despejado y aquello alimentaba su buen humor; siempre lo estaba los sábados por la mañana.

Su tutora lo esperaba afuera cuando llegó, ataviada con aquel vestido de cuerpo completo y un corpiño ceñido hasta la cintura que marcaba su silueta. Fabio la admiraba fehacientemente, y solía pensar que era una artista oculta esperando ser descubierta. Su nombre era Vesta, y Fabio pensaba que el nombre era más que apropiado. De alguna forma, había aprendido a amar la pintura gracias a ella y ansiaba la llegada de cada sábado para aprender algo nuevo.

Buongiorno, piccolo! —exclamó ella con su tono de voz mezzosoprano. Siempre lo había llamado piccolo pese a que ya había cumplido los diecisiete años de edad—. Pensé que no vendrías hoy, ya empezaba a entristecerme.

Fabio reveló una sonrisita, y negó con la cabeza para restarle importancia a la genuina preocupación de la mujer.

Mi perdoni. —Inclinó un poco la cabeza y entonces recordó el regalo que le había hecho su madre por la mañana. Rebuscó en su bolso y extrajo los nuevos pinceles—. Madre me ha regalado esto hoy.

La mujer sostuvo los pinceles con una mirada curiosa y de auténtica aprobación.

—¿Son los que te faltaban? —inquirió ella.

Fabio asintió, emocionado como un niño.

—Vayamos a usarlos —apremió Vesta, sonriente—. Andando. —Se los devolvió con una nueva sonrisa, y se dispuso a girarse para entrar.

Fabio quiso seguirla, más que ansioso por entrar.

Y tronaron las campanas.

El sonido era claro y austero; se extendía por las calles del pueblo como una sombra invisible. Fabio advirtió la figura de un hombre mirando por la ventana, curioso y hasta algo nervioso; una mujer, que llevaba a un niño de la mano, se detuvo en medio de unas escalinatas de piedra y volvió la mirada.

Lo entendía: las campanadas solo podían significar una cosa.

Invadido por una imperturbable curiosidad, empezó a caminar. Sabía que la mujer iría detrás de él, y los pueblerinos se sumarían a la marcha que los guiaba hacia la Piazza della Giustizia, una diáfana extensión monumental, donde se alzaba una fuente barroca y la estatua tallada en piedra de Marte, la deidad. Fue allí donde se reunió un gentío. Hombres, mujeres y niños.

Fabio los reconoció a casi todos. Al famosísimo pianista, Renato De Cecco; al joven panadero Gennaro y a su alborozada madre, Chiara; también a la maestra Veronica y a su esposo, el alcaide Guido.

Pero no había ni un aristócrata. Ellos se aseguraban de no mezclarse con el resto del pueblo y preferían ver desde las alcobas de sus casas, seguros, protegidos y acomodados.

—¿A qué viene tanta alharaca? —escuchó a una mujer preguntar a su lado.

La señorita Vesta estaba detrás de él, tan desconcertada como el resto.

—¡Una vez más —anunció el heraldo, con una voz exageradamente aguda, un hombre menudo y rechoncho, con una cabellera oscura y sedosa— la suciedad de nuestro país sale a la luz para ser extirpada de raíz por la justicia y la fe!

Los veía ahora. Estaban sobre una tribuna. El gobernador era un tipo alto y esbelto, con un rostro de piedra y con la piel aceitunada. Poseía un rictus tan afilado como un cuchillo y ojos del color de la ceniza. A su lado estaban los criminales; eran dos y les habían cubierto las cabezas con un capuchón oscuro y percudido, deshilachado.

Estuvo a punto de preguntarse qué habría sucedido cuando reconoció el pantalón de su padre y el vestido de su madre. Su duda se transformó en miedo, y el miedo dio paso a la ira y a la confusión; se clavaban con profundidad en su espalda y lo atravesaban como un sable poco afilado.

Fue el mismo gobernador quien les arrebató el capuchón y el tumulto suspiró por la sorpresa. El miedo de Fabio se convirtió en terror cuando distinguió la soga alrededor del cuello de cada uno.

«¿Qué está pasando?», se preguntó, sintiendo sus ojos anegados en lágrimas.

Fabio quiso correr, pero la mujer lo tomó de brazo y se lo impidió. Sus piernas temblaban, su impotencia lo carcomía como la hiedra venenosa. Su alma era ponzoña pura que se derramaba por sus ojos.

—Estos traidores —dijo el gobernador, avanzando un paso sobre la tribuna— planeaban vender a su país y huir con las manos limpias. Encontramos las pruebas que demuestran la existencia de una conspiración con influyentes políticos ingleses y franceses... —Hizo una pausa— ¡para una futura intervención política como un acto de guerra!

Tenía una voz potente, dura y lo suficientemente dominante como para infligir temor. Fabio no fue consciente en qué momento había caído de rodillas en el suelo.

—Por las leyes que me otorga nuestro rey —continuó el gobernador—... por el poder que me confiere mi puesto como gobernador... yo los sentencio a muerte.

Una lluvia gélida. Sentía que su cabeza estallaba en medio de una vorágine. Había desayunado con sus padres hacía unas horas y ahora los veía sobre una tarima, avergonzados, expuestos, exhibidos para la deshonra de su apellido, y con una cuerda alrededor del cuello, la sentencia rozando la carne.

Nadie se opuso, nadie se atrevió a decir nada. Incluso cuando Fabio quiso correr, gritar y desgarrarse la garganta; incluso cuando quiso saltar sobre aquel idiota mentiroso e hipócrita para arrancarle los ojos.

El sonido de los barriles al caer repiqueteó en su cabeza, y fue consciente que no olvidaría aquel sonido nunca. Los vio descender, vio la soga tensarse y sus cuerpos estremeciéndose en un banal intento por recuperar el oxígeno. El hermoso rostro de su madre transmutándose en una imagen atroz, cerúlea; las facciones de su padre en una expresión de miedo y desesperanza.

Fabio observó todo con aquellas lágrimas que corrían con descaro hacia su cuello. Había perdido la voz, pero también había perdido la batalla y sus padres habían muerto frente a sus ojos.

—¡Larga vida al rey! —cantó el heraldo.

—¡Larga vida al rey! —susurró el gentío, al unísono.