Amor Prohibido

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Summary

No sabía en qué demonios estaba pensando cuando puse mis ojos en él. Bien, realmente si sabía, era tan atractivo, tan llamativo y tan seguro de si que eso llamaba mucho mi atención. Mi pasión por él estaba saliéndose de control, y esto simplemente no podía ser. Maximiliano Jones era todo lo que podrías querer en un hombre, oh sí, no exageraba, pero yo, yo simplemente no podía poner mis ojos en él, o más bien no debía. Estaba prohibido para mí. Pero ya estaba tan inundada en su océano que ya no podía escapar. Me ahogaría, pero no quería volver a la superficie, porque lo prohibido era lo que más podía llenar mi pasión. Nota de Autora: ¡Hola! Antes que empieces a leer, quiero contarte que bueno, hace muchísimo que escribí esta historia, así que sí, encontrarás miles de errores, cambios que he hecho y no recuerdo por que la edito de poco a poco, más bien siempre estoy editandola en lo que mi tiempo me deja libre. Gracias por comprender, y sin más, disfrútala ^^

Status
Ongoing
Chapters
23
Rating
4.8 17 reviews
Age Rating
16+

🥀Capítulo 1🥀


Me removía en el asiento como si todo el cuerpo me picara. En realidad no estaba hecha para estos ambientes. Sabía de alguna forma que jamás me iba a acostumbrar a ellos, no importaba la cantidad de veces que asistiéramos siempre terminaba arrinconada en algún lugar o esquina sintiéndome tan fuera de sitio. Ademas que muy pocas veces habian personas de mi edad.

Mi madre por el contrario era toda una experta, ella sí que sabía dar una buena impresión. Todos a su alrededor siempre la elogiaban. Todo lo contrario mío, Roselind era única.

Ese era el nombre de mi madre y ella era hermosa.

Sus brillantes y cautivadores ojos color verde esmeralda se giraron hacía la esquina dónde precisamente yo me encontraba hecha una bolita para que nadie me notara.

Mi madre en resumidas palabras era muy distinta a mí. Castaña, con piernas largas, no que yo fuera bajita, pero en ella lucia tan elegante, aparte era tan amigable. La belleza encarnada en ella sola. Esa precisa razón era por la que estábamos aquí, en su séptimo matrimonio.

Sí, ella había tenido incontables parejas y todas estas con mucho en su bolsillo, o mejor dicho en sus cuentas de banco. Aunque no podía quejarme, esa razón era lo que siempre me había dado una vida de comodidades. Pero ahora por fin podía decir que habíamos encontrado estabilidad, y gracias a ello por un largo período de tiempo al fin nos habíamos establecido en una buena familia.

Sus ojos siguieron dirigiéndose hacia donde yo me encontraba. Venía acercándose con esos gestos de desaprobación o lo que fuera que se reflejara en su cara cada vez que me veía.

Se acercó a mí muy molesta. Bien, aquí iba de nuevo.

—¡Aome! —masculló mi nombre con esa dificultad que siempre expresaba cuando se dirigía a mi persona—. Qué haces aquí toda doblada en esa silla, porque no mejor vas a felicitar a tu hermano por su graduación —su expresión cambio a la de confusión al ver que incluso ya me había soltado el cabello que tanto había costado a su estilista en arreglarme, tal vez no comprendiendo que había hecho mal en esta vida para tener una hija como yo.

Estábamos en la graduación de mi hermano. Bueno, era el hijo del actual esposo de mi madre, Stuart Jones, resultado de su pasado matrimonio; así como yo, hija del pasado, pasado, pasado, pasado matrimonio de mi madre.

¡Pff! Yo ni siquiera había conocido a mi progenitor.

No éramos hermanos de sangre, pero ya hacía ocho años que vivíamos con la familia Jones. Stuart me había querido como a una hija desde el momento que me había conocido, así que se me había hecho costumbre decirle padre.

Y por dónde empezar con ellos...

La familia y el apellido Jones eran de mucho poder. Mi padre era dueño de muchas compañías de publicidad, diría que de las mejores a nivel internacional. La Familia Jones era muy respetada, pero en realidad el poder y el dinero daban esas ventajas, y Stuart era millonario, así que el respeto lo tenía muy bien comprado. Desde que mi madre se había casado con Stuart y había cambiado nuestros apellidos, me había vuelto la hermana de su hijo, y la pequeña princesa de la casa. Para Stuart yo era la hija que él siempre había soñado. No podía quejarme, era un gran hombre y me amaba como si fuera su verdadera hija.

Regrese al momento, al aburrido momento de fingir ser una dama bien educada y de sociedad, pero mis ojos se estaban apagando por todo ese ambiente tan cargado de gente de élite , donde solo estaban al acecho para ver que se cometiera un solo error y ponerlo en sus páginas de chismes.

Mis ojos de repente cambiaron a la persona por la cual se habían montado esta fiesta.

Ese joven, no, ese hombre.

Mi hermano se encontraba en medio del salón sonriendo y saludando a todas las personas que lo rodeaban. Elogiándolo por su logro alcanzado al graduarse de uno de los mejores colegios de Washington. A sus dieciocho ya habja logrado ser uno de los mejores en la academia.

Toda mi atención estaba en él. Su sonrisa, sus expresiones, sus poses, se veía tan lleno de falsa felicidad. Sí, falsa, tanta que no podía dejar de observar. Su prometida Amelia Hart estaba a su lado, casi colgada de su brazo, parecía que se lo desprendería en cualquier momento o como si se lo fueran a robar.

Ella era una chica hermosa, alta, piel blanca, pelo rubio y expresión de que todo lo podía con una sonrisa. Era modelo de los comerciales y marcas más famosos del mercado. Era muy elegante, educada, fina y siempre vestía a la moda. Ella sí que sabía moverse en este ambiente, como si se lo hubieran enseñado desde el vientre. Todo lo contrario a mí, Amelia era perfección en toda la extensión de la palabra.

Las personas no paraban de murmurar los logros alcanzados de Maximiliano y claro, llenarlo de elogios que bien sabía eran para ganarse al futuro presidente del gran imperio Jones.

Todos eran tan hipócritas.

—Maximiliano, ahora podrás encargarte de las empresas de tu padre —habló una mujer que el vestido le lucía demasiado apretado para su figura, con su mano al aire sostenía una botana lista para embutirla.

—Maximiliano, ahora la familia Jones ya tiene en curso al heredero que pondrá el nombre de su padre en alto —murmuró un hombre de estatura baja en un traje negro con corbatín rojo.

Se veía gracioso.

Max se aclaró la garganta y con una sonrisa falsa contestó a todos los lobos con piel de oveja que lo rodeaban.

—Bueno, primero tengo que seguir capacitandome, por eso mi viaje a Inglaterra. Luego veremos lo demás —respondió con esa sonrisa torcida que lo hacía ver muy atractivo.

¡Pero qué locura acababa de pensar!

¡Que mi hermano se veía atractivo!

Bueno, no era nada malo, en verdad era demasiado, sí, había dicho demasiado atractivo.

Bien por allí habría tenido que empezar. Claro, claro, claro, el gran Maximiliano Jones, heredero de las empresas Jones. Ese era el nombre de mi hermano, pero todos lo llamábamos Max, al menos los más cercanos a él. Parecía hasta mentira lo mucho que unos pocos años hacían en una persona. Él se había vuelto un hombre tan atractivo y codiciado por muchas con las que Amelia tenía que estar de los pelos todo el tiempo, pero lo que más destacaba eran sus ojos, esos ojos azules como dos zafiros que resaltaban en su blanco rostro y hacian buena copla con su cabello negro azabache.

—¿Y para cuando será la boda? —pregunto otra metiche por allí.

—Todavía no lo hemos decidido —respondió Amelia muy amable, con la hermosa sonrisa de catálogo que siempre usaba.

Max volteo por un momento los ojos hacia dónde estaba y sentí un chispa correr entre ambos, una mirada que últimamente me daba y me ponía demasiado nerviosa.

Debía salir de aquí.

Me sentía tan abrumada, y fastidiada de todos.

Me levanté de mi asiento moviéndome entre los invitados. Salí al balcón del segundo piso del salón donde se habían montado la fiesta. Quería apartarme de todo ese ambiente tan demandante.

La noche estaba estrellada, habían tantas estrellas que parecía que no cabían en el cielo y la luna brillaba dando una luz tan natural, quería tener mi cámara para poder tomarle una fotografía. Me relajé en una esquina del balcón poniendo mis brazos cruzados para admirar mejor el cielo. Tomé una profunda respiración y deje salir el aire que había mantenido reprimido.

—Oh sí, como imagine, es mejor aquí afuera que ese ambiente tan acalorado de adentro —musité para mí misma.

Tenía la costumbre de hablar a solas y aunque luciera raro, era refrescante hablar con mi yo interior.

Me puse analizar esas miradas que últimamente Max y yo intercambiamos, no era que me incomodaran. Bien, mentía, si lo hacían, pero no de una mala forma, era todo lo contrario, se sentían bien, en una extraña forma.

Otro suspiro.

Tenía que calmar mi cabeza, además, él y Amelia partirían a un nuevo País, no sabía cuando lo iba a volver a ver. Eso me entristecía. Sentía que algo dentro de mí se estaba quebrantando al saber que no lo vería mas en casa.

—Porqué tan sola —escuche una voz detrás de mí, me hizo saltar de mi ensoñación.

Me volteé con una media sonrisa, sin ganas de hacerlo ya que él no me agradaba, nunca me había parecido una persona grata.

—Señor Walter... —mastique su nombre—. Hola, es un gusto verlo —apreté mis palmas—, y la razón de porque este aquí afuera es porque que estas fiestas me abruman, me da un dolor de cabeza estar allí dentro.

Walter era un colega de mi padre, su empresa hacía negocios con la familia Jones desde que su abuelo la dirigía.

—Te entiendo, ya que aún eres muy joven para estas cosas —dio el paso fuera de la puerta para alcanzarme dónde estaba parada. Ay no—, los quince son una etapa única —murmuro lento—, pero debo decir Aome, que te has vuelto toda una mujer, mucho más madura que tu edad —su mirada me recorrió con un toque pervertido—. Hermosa, divina, tal y como tu distinguida madre. Definitivamente has heredado su belleza —bufo mientras me veía de pies a cabeza con lujuria en sus ojos—. Ese vestido se te ajusta perfecto a tu hermosa figura.

Ugh, sus palabras me dieron escalofríos, eso había salido de la nada y se escuchaba tan sucio.

Que hombre tan desagradable.

—Don Walter, no sé si darle las gracias o salir corriendo —bromeé, pero no me causaba gracia. Pase saliva nerviosa riendo con algo de temblor en mi garganta—, de todas formas gracias —respondí con educación. Sabía que era colega de mi padre, no podía ser grosera, pero las ganas de abofetearlo me cosquilleaban en cada mano.

Se relamió los labios viendo mi escote.

Hombre tan asqueroso.

—Un pajarito me contó que amas la fotografía, al graduarte también iras a otro lugar, te irás con tu hermano a la misma Universidad en Inglaterra —le negué mientras seguía balbuceando —, lo seguirás después que tu salgas o te buscaras un marido con dinero —se lamió los labios otra vez, y qué era lo que acababa de decirme, en serio este hombre...pero parecía no querer parar—, o mejor aún, un amante.

Pero qué cosas decía este tipo. Había empezado con un extraño interrogatorio mientras cortaba la distancia entre los dos, en sus ojos podía notar la insinuación que acababa de lanzarme.

¡Oh por dios, que asco me causaba este viejo!

—No, yo me quedaré aquí. No necesito de una gran educación para hacer lo que quiero —le respondí moviendo mi cabello hacia un costado de mi hombro, su cercanía me estaba poniendo nerviosa y quería quitar el malestar que él provocaba en mí interior.

—Y qué es lo que deseas hacer, Aome.

Mi nombre salió con un tono de lujuria de sus labios. Cada vez que lo pronunciaba lo hacía lentamente y con la respiración agitada. Me estaba causando mucho discomfort.

—Eso es algo que mejor me lo reservaré, es personal —respondí rolando los ojos, este hombre estaba acabando con mi paciencia.

Tenía que salir de aquí antes que mis manos trabajaran solas y tumbaran sus dientes.

Di un paso fuera pero él me bloqueo, no me quería dejar ir.

—Sabes, yo puedo darte una vida de reina, claro, si tu lo deseas —me guiñó el ojo y un hoyo se me formó en las entrañas—. Tu padre no siempre va a estar para apoyarte monetariamente y el pequeño Max muy pronto se casará.

Sus palabras me empezaban a sonar cada vez más repugnantes. Que asco de hombre, quería salir de aquí y que me dejara en paz.

—Se le olvida que tengo a mi madre —respondí incómoda, ya sus insinuaciones me parecían repulsivas.

—¡Bromeas! —quiso tomar mi mano pero no se lo permití—. Eso es gracioso —rió como un cretino—. ¿Tu madre? Jum, no creo, Roselind es una mujer muy ambiciosa, que de seguro te dejara botada en la primera oportunidad que no cumplas con sus expectativas —me acorralo entre los barandales del balcón—. Yo te ofrezco un trato. Se mi amante y te aseguro que pondré el mundo bajo tus pies. No te vas a arrepentir —se pasó la lengua por los labios sonriendo de lado—, eso sí, tienes que cumplir tu mayoria de edad.

Su proposición era tan perturbante y no solo eso, se había vuelto una conversación que podía costarle cara.

—Mire, no quiero ser grosera, pero yo no seré amante de nadie, no soy de esas, ademas, si no veo una acta de matrimonio ante mis ojos con mi nombre grabado en esta, le aseguro Don Walter, que ningún hombre pondrá un solo dedo sobre mí.

Ya no sabía cómo deshacerme de él, le había dicho lo primero que se me había venido a la mente.

Sus ojos se desorbitaron en duda. Abrió los labios para contestar pero un carraspeo de garganta se escuchó haciéndonos voltear.

Allí estaba mi hermano, y este hombre me tenía aprisionada contra los barandales del balcón.

Sus intensos ojos azules brillaban, su expresión era dura, como si acababa de comer algo que le había hecho mal.

Lucia muy enojado.

Me observaba con tanta profundidad que empezó a correrme un escalofrío por la espalda. Su mirada me incomodaba, sentía como si me habían entrado espinas en la piel.

Walter dejo de aprisionarme. Se paró derecho con el rostro pálido. Claro, estar acosando una menor de edad no era muy de caballeros.

—¡Oh Max! ¡¿Este...?! ¡Permiso!

Con un paso veloz Walter se desapareció sin dar explicaciones.

Maximiliano camino hacia donde estaba negando con el rostro.

—Vaya... Aome, que tú también eres así, como esa mujer.

Sus palabras desbordaron veneno. Sabía a quién se refería con ese tono, pero igual siempre que lo decía me causaba tanto coraje.

—Max, esa mujer es mi madre, por si lo olvidas, y tu madrastra, así que ten mas respeto en cómo te diriges a ella enfrente de mí —le dije apretando las palmas de mi mano, algo molesta por el comentario pero la verdad es que ya estaba acostumbrada.

Con esa mirada que me atravesaba llegó muy cerca, tanta que me hice un poco hacia atrás sintiéndome abrumada.

—Esa mujer jamás será algo para mí, y tu eres igual que ella. Tenía la esperanza que fueras diferente, pero ya veo que la sangre en verdad es fuerte. Eres tal cual digna hija de esa mujer —sus palabras me cayeron como un balde de agua fría.

Qué era todo lo que me decía.

Sus ojos no dejaban de verme con decepción, me dolía el pecho. Acaso él había malinterpretado lo de Walter, yo solo se lo había dicho para quitármelo de encima. Jamás, ni en un millón de años yo me fijaría en ese tipo, o aceptaría una proposición como esa, o de quien fuera. Pero ahora lo que me dolía era que mi hermano no se diera cuenta de eso.

—Creo que has malinterpretado las cosas Max, yo solo...

Me puso un dedo en los labios para silenciarme.

—¡No me interesa saberlo! No me interesa en lo más mínimo.

Con esas palabras me dio la espalda y salió dejándome confundida.

Había actuado como si lo hubiera ofendido a él.

No podía sacar de mi mente su mirada de hielo.

¿Qué le pasaba?

No lo entendía. Al parecer cumplir dieciocho los hacia estupidos.

Con esos ojos grabados en mi cerebro volvi a entrar, esta vez no prestando atencion a nada y sentandome en una esquina para analizar que demonios acababa de suceder.

Después de que la fiesta acabara, no había podido ver a Max. Había tratado de explicar el malentendido con Walter, pero parecía que se había largado con Amelia.

Pero tenia planeado que cuando regresara hablaría con él.

Me dirigí a mi habitación y me dispuse a descansar. Estaba agotada física y mentalmente. Las fiestas de mi madre sacaban todas las energías de mi cuerpo. Me tumbe en mi cama.

No quería saber más de este día tan loco.

Solo quería dormir e olvidar esa mirada de hielo. Esos ojos que me atravesaban como espinas.

Y así, con esos ojos viéndome tan miserablemente me quedé dormida.

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Me desperté muy temprano y bajé casi saltándome las escaleras, me dirigí a la sala, quería hablar con mi hermano, explicarle que ayer había malinterpretado las cosas. Me imaginaba que estaba en casa, que había vuelto después de irse con Amelia, siempre lo hacía.

Philip estaba sirviendo la mesa del té. Pero no miraba a Max en ningún lado. El siempre estaba en las mañanas tomando café y leyendo algún libro de los miles que habían en la oficina.

—Buenos días, señorita Aome —me saludó Phillip con amabilidad en su tono.

Philip era el mayordomo de la familia.

Era alto, tez blanca, estaba como en sus cincuenta, era muy amable y servicial. Además, tenía años sirviendo para los Jones.

—Buenos días, Philip, ¿sabe si Max ya se despertó? —pregunté ansiosa, sentándome para tomar un poco del té que servía.

Me miró por un momento demasiado largo.

—Señorita, pensé que ya lo sabía. El Joven Maximiliano partió esta mañana muy temprano hacia el aeropuerto. Según tengo entendido por su padre adelantó de la nada el viaje y quiso irse lo más pronto posible.

—¡¿Qué?! —escupí el té levantándome de golpe. Mis ojos se abrieron en gran sorpresa, casi se me caía la taza de las manos. Me lleve la mano al pecho, ya que de repente la presión en este no me dejaba respirar. Mi corazón empezó a latir más fuerte de lo normal.

Las palabras se fue esta mañana seguían haciendo eco en mi cabeza.

No podía ser, mi hermano se había marchado sin ninguna explicación.

¿Pero cómo? Por qué tan de repente.

Ni siquiera se había despedido de mí.

Tanto me odiaba.

Mi corazón se apretujo en mi pecho. Porqué había reaccionado de esa manera, no lo entendía, quería una explicación, pero ya era tarde.

Saqué mi teléfono y rápidamente marque su número. El sonido me parecía eterno. El tiempo se había detenido y mis manos vibraban de tan fuerte que tenía agarrado el teléfono.

Después del segundo intento su voz me paralizó.

—Siento no despedirme, pero creo que es mejor de esta forma.

Un silencio pesado vibraba entre ambos.

—Po-r...Por-qué —fueron las únicas sílabas que lograron salirse de mis labios.

Tomó un respiración tan profunda, una que últimamente hacía demasiado.

—Porque yo ya no puedo, Aome.

No podía. ¿Qué demonios no podía? Éramos hermanos y todo este tiempo nunca había hecho nada que me hiriera tanto como esto.

Tanto había resentido lo de Walter que se iba sin despedirse.

—Max…

Logré decir antes que la llamada se cortará.

Después de ese día nunca más volvió a recibir mi llamada.





























































































































































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