Prefacio
Dicen que los seres mitológicos pertenecientes al mundo terrestre y acuático hace millones de años convivían juntos y se protegían unos a otros de los espíritus malignos pertenecientes al Hades y sus mundos colindantes.
Se cuenta que existían entre ellos acuerdos que respetaban todas las partes por igual, mantenían la paz y el equilibrio. Dichos acuerdos fueron quedando poco a poco en el olvido y sus pactos fueron rotos, así como sus profecías olvidadas, al punto en que hoy ya no existe nada que los una. Después de que misteriosamente las cinco grandes hadas que mantenían la paz entre las especies desaparecieran sin dejar rastro se destaron unas tras otras insaciables luchas de poder que nos han traído al borde de la extinción.
Y es entonces cuando comienza mi historia.
Mi abuela, una sirena, un ser mitad pez mitad humano que habita las profundidades del océano y conoce cada secreto y misterio de este. Luego de que se rompiera la paz entre las especies gobernantes, las tribus de los mares tenían prohibido cualquier contacto con la tierra y sus habitantes, pero mi abuela ansiaba conocer qué había más allá de la frontera que separa el mar de la tierra, no le era suficiente con lo que contaban los ancianos. Cegada por el deseos una tarde decidió salir y descubrir qué era eso que tanto la atraía desde que tenía uso de razón. Salió del océano y mientras caminaba por la orilla de la playa conoció a un chico con una belleza enternecedora. Parecía un ser de otro mundo, evidentemente no era humano y ella lo sabía. Ambos cedieron ante la pasión que unió esa noche y solo por esa noche en un solo ser, teniendo como único testigo el frío manto de la noche y el callado susurro del mar.
Ella regresó a sus aguas y aquel ser, desapareció para nunca más ser visto, a pesar de que la sirena regresaba oculta cada noche a aquella playa en espera de su regreso.
Pocos meses después dio a luz a una niña de apariencia normal, nada en ella parecía fuera de lo común hasta que dieciocho años después sus ojos mágicamente se tornaron completamente negros, la joven atacó por instinto a otra sirena porque una sed de sangre desconocida hasta el momento momento se había apoderado de ella. El desliz de la sirena se vio expuesto y junto a su cría fue expulsada de los océanos para no volver a tocarlos nunca más.
La sirena y su hija híbrida se internaron en el bosque para protegerse de los peligros que corrían fuera de su habitad. Mientras intentaban buscar un lugar seguro se encontraron con una manada de hombres lobos que las acogieron con la condición de que en la mañana partirían, porque no podían confiar en ellas, pero con el paso del tiempo fueron volviéndose parte de la manada.
Dos años después la sirena híbrida se unió en compromiso con el alfa de la manada dando a luz más adelante a otra niña, un ser híbrido de tres especies, sirena, vampira y loba. Tres seres colisionando en uno y creando un ser único y nuevo nunca antes visto.
Hoy no sé si dicha colisión puede llamarse bendición o castigo. La misma luna que me atrae y me apasiona me convierte en cazadora innata, transforma mi cuerpo en bestia y desata mis sentidos más primarios.
La noche que me hace ágil como gacela y hábil como depredadora, poseedora de una piel de juventud eterna y me regala la vista más aguda y la audición más precisa conocidas sobre la tierra me condena con una sed de sangre asesina, llevándome a cazar para vivir consumiendo otras vidas.
Las aguas que me brindan esa paz única y gratificante me entregan una voz enternecedora que confunde y atrae a los hombres a una muerte trágica entre las aguas, metiéndose en sus entrañas y haciendo que nunca pueda ninguno enamorarse de mí. Mis virtudes son mis armas y a la vez mi desgracia.
En la noche mientras celebrábamos en la manada el cumpleaños diecinueve de uno de los chicos más populares la tan conocida sed se hizo presente, llevaba semanas sin alimentarme, me había descuidado a pesar de conocer las consecuencias. Caleb era mi novio lo que despertaba la envidia y el rechazo de las demás chicas.
Estaba tan sumido en su deseo que no notó el color turbio de mis ojos que se habían convertido en dos esferas negras. Intenté frenar los impulsos pero cuando me besó no pude contenerme y mis colmillos se desplegaron hincándose en su cuello como si hubieran tomando vida propia. Su sangre tenía un sabor ácido y a la vez dulce, era un manjar prohibido, como una droga que te lleva al éxtasis al instante. La sentía deslizar por mi garganta cuando de pronto unos brazos me tomaron de la cintura alejándome de él.M
—Contrólate —fue lo último que escuché de mi madre antes de que tirara de mi brazo lejos de allí en medio de todo el aturdimiento.
Se escuchaban gritos y murmullos. Pero mis oídos se negaban a aptar algo con claridad. Tenía la vista borrosa y el corazón acelerado, la sangre de un licántropo fue como una inyección de adrenalina que me convirtió en una total bestia sin dominio alguno.
No recuerdo mucho más de esa noche, solo que me sacaron de la aldea y luego de cazar y alimentarme para saciar la sed regresamos a la manada para escuchar el veredicto final. Si antes no era aceptada allí por miedo a que justo eso pasara, llegados a ese punto los lobos incluso se negaba a salir de sus casas. Mi padre era el alfa de la manda y como tal se vio obligado a tomar una decisión en base a la seguridad de los suyos.
El consejo de sabios de la manada, ignorando las protestas de mis padres tomó la decisión de expulsarme. Y no los culpaba, tenían que proteger a su gente, yo solo era una abominación que fingía ser parte de ellos.
Así he llegado hasta aquí, sentada en la misma playa donde comenzó a tejerse mi historia, mirando las enternecedoras aguas y sin saber qué pasará conmigo, a dónde iré, ni qué hacer. Las lágrimas corren por mi rostro mientras los hechos de hace algunas horas me torturan la mente. Porque sí, a fin de cuentas soy un monstruo.