Siempre fuiste tú

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Summary

Dos enamorados, una búsqueda y un destino que ninguno de los dos supo evitar. «De todas las canciones que podrías tocar, mi melodía favorita siempre fuiste tú». Alan es un chico que desde pequeño adoraba la música. Con el pasar de los años perdió su motivación para tocar y, con ella, sus ganas de vivir. Un día conoció a Rachel; una chica que ama la música y que quizás pueda ayudar a Alan a ver de nuevo la felicidad. En un intento de perseguir sus sueños, Alan decide buscar a su padre y dejar que el amor toque a su puerta, pero ¿será ella quien logre robar su corazón? ¿O alguien más despertará en él un nuevo sentimiento?

Genre
Romance
Author
M. Acosta
Status
Complete
Chapters
30
Rating
n/a
Age Rating
16+

Capítulo 1: Ella en el hospital

Desperté en una camilla de hospital muy confundido, no recordaba nada de lo que había pasado y no podía moverme mucho por los vendajes que cubrían mi cuerpo. Abría y cerraba los ojos lentamente para adaptarme a la luz del hospital.

Cuando por fin pude abrirlos completamente vi a una chica de cabello rojizo, largo y ondulado durmiendo en una silla cerca de mi camilla, llevaba puesto el uniforme de una universidad que yo conocía: “Lumineux College“, la universidad más prestigiosa del país en cuanto a música se refiere. Cuando estaba en bachiller tenía pensado aplicar para una beca en ese lugar, los mejores intérpretes y músicos se han graduado de esa universidad y yo deseaba de verdad estudiar ahí. O al menos así era hasta que perdí la motivación. Ella despertó e inmediatamente su cara tomó color de nuevo.

—¡Por fin te despertaste! ¿Te sientes mejor?

Yo no tenía ni la menor idea de quién era ella o de cómo es que había llegado al hospital, había perdido la memoria así que no supe que contestarle y me quedé en silencio.

—Oye no me ignores, ¿Puedes hablarme? —preguntó ella.

—Lo siento, es que aún estoy algo confundido, ¿cómo llegué aquí? No recuerdo nada.

—¿No me recuerdas? Me salvaste hace un rato y recibiste una golpiza horrible, así que te traje al hospital.

¿Ella me había estado cuidando? Más importante aún, ¿Mi madre sabía que estaba aquí? Empezaba a recordar poco a poco lo que había pasado, no sabía qué hora era y decidí preguntarle a la chica.

—¿Tú has estado cuidándome todo este tiempo?

—¡Así es!, debía agradecerte de alguna manera... Por cierto, ¿tienes familia esperándote verdad? No pude usar tu teléfono para llamar a tus padres, deben estar preocupados por ti.

—¿Eh? ¿Hace cuánto que estoy aquí?

—Hace casi 6 horas.

—¿¡Seis horas!? No puede ser, mamá va a estar en serio molesta.

Le pedí que me diera mi mochila, en ella aún estaba mi celular. Llamé a mi madre, pero no contestó, pensé que seguía trabajando y decidí llamar entonces a Celia para que ella le avisara a mamá que estoy en el hospital. Mañana es sábado y no creo que me pueda ir esta noche a casa.

El doctor había dicho que mis heridas eran algo profundas y que lo mejor sería que me quedara en el hospital un tiempo, la chica se negaba a dejarme solo y le pidió a la enfermera que la dejara quedarse hasta que un familiar viniera a verme. Me pareció un lindo detalle.

—¿Estás segura de que quieres quedarte? No creo que mi madre venga pronto.

—Tranquilo, no tengo prisa de volver a casa ¡me quedaré y te haré compañía! — dijo la chica con una sonrisa en el rostro.

—Se nota que eres muy positiva.

—No sirve de nada ver lo negativo cuando las cosas están mal.

Había algo en ella que me recordaba a cómo era yo en el pasado, cuando aún era sólo un niño que soñaba con una vida sobre los escenarios. Bajé la mirada y vi el estuche que estaba a su lado.

—¿Tocas el violín? —pregunté señalando hacia el instrumento.

—Sí, a mi mamá le gustaba escucharlo. Tocar el violín me recuerda a ella, ¿tú tocas algún instrumento?

—Varios, aunque mi favorito era el piano. Hace tiempo que no toco, preferí enfocarme en mis estudios y dejé de tener tiempo para eso.

—¿Crees que todavía recuerdes cómo hacerlo? —vaciló— Me gustaría escucharte tocar.

—Tal vez, aunque seguro perdí la práctica.

Quería cambiar el tema, hablar de mi pasado me hacía sentir incómodo y un poco avergonzado.

—Por cierto, no sé cuál es tu nombre —dije.

—Me llamo Rachel Kim, ¿y el tuyo?

—Soy Alan Clifford.

En ese momento entró mi madre gritando y se abalanzó sobre mí ignorando por completo la presencia de Rachel.

—¡¡Alan!! ¡¿Pero qué te pasó?! —gritó abrazándome— Vine en cuanto Celia me dijo que estabas aquí, ¡No sabes lo preocupada que estaba!

—Mamá estoy bien, ella me trajo a tiempo al hospital— dije para tratar de calmarla.

Rachel se levantó de su silla y comenzó a explicarle a mi mamá todo lo que había pasado, ella sin poder entender bien se puso a llorar.

—No llores mamá, de verdad estoy bien.

—Su hijo es un héroe señora, debe estar muy orgullosa de él —dijo Rachel sonriendo—. Bueno, creo que los dejaré solos un momento para que puedan hablar.

Ella tomó sus cosas y salió de la habitación dejándonos en silencio. Después de un rato decidí decir algo, el silencio de mamá nunca es bueno.

—Mamá, lo siento mucho, no pensé en lo que hacía. Sólo actúe por impulso y...

—Alan, no tienes porqué disculparte, esa chica tiene razón, eres un héroe.

Mamá interrumpió mis palabras, se acercó a mí y acarició suavemente mi cabello.

—No, no soy un héroe, sólo hice algo que cualquiera pudo haber hecho.

—No cualquiera se hubiera arriesgado así para ayudar a una desconocida, tienes un corazón amable que no cualquier persona tiene y eso está bien.

Bajé la mirada, si ella supiera que fue un intento de suicidio y no un acto heroico… estaría muy triste y decepcionada de mí.

—El violín.

—..... ¿Qué?

—La salvé por el violín, no porque quisiera ser amable. La salvé porque ella aún puede ser feliz con la música que yo amaba tiempo atrás...

—¿Sigues queriendo tocar? Creí que eso ya había quedado en el pasado, Alan no puedes volver a la música y lo sabes.

Su tono amoroso y protector se había esfumado, su cara pareció cambiar de color completamente y me miró fijo. Seguí hablando con algo de miedo.

—¿P-pero por qué no? Estudio Medicina como tú querías, al menos puede ser un pasatiempo para…

—¡Te he dicho que no! —gritó ella.

A mamá nunca le gusto hablar de esto, por alguna razón ella siempre se molestaba cuando abríamos el tema y nunca quiso decime por qué, y yo siempre fui cobarde para preguntarle.

—¡Alan, la música sólo te distraerá de lo que realmente debes hacer! ¿no lo entiendes? Estarás mejor así, créeme.

—Pero yo…

—¡Pero nada! ¡No volverás a tocar un instrumento jamás!

Estaba muy molesta, salió del lugar sin decir nada más cerrando la puerta tras de sí. Momentos después entró Rachel de nuevo con una cara de culpa y vergüenza.

—Emm, Alan. ¿puedo entrar? —preguntó con timidez.

—Claro, ¿qué pasa?

—Lo siento mucho, no pude evitar escuchar la discusión con tu madre…

Se acercó a mi camilla lentamente mirando el suelo, dejó su violín a un lado y me miró a los ojos con suavidad.

—¿Estás bien? Lo que te dijo fue muy cruel…

—Lo sé, pero estoy bien —respondí sin ganas—. Algún día lo superaré.

—Entiendo que hacer lo que amas puede ser difícil, pero si lo dejas de hacer la vida pierde color y sentido. Nunca te des por vencido ¿de acuerdo?

—¿Pierde… color? ¿A qué te refieres con eso?

—Bueno, dejas de tener una motivación para seguir adelante.

Recordaba esas palabras como si las hubiera escuchado antes, pero no recordaba de quién. Eran recuerdos viejos y borrosos.

—Prométeme que volverás a tocar algún día.

—No puedo prometer eso, mi mamá es estricta con eso y no quiero hacerla enfadar.

—¿Entonces no quieres volver a sentir tus dedos sobre las teclas del piano? ¿No quieres ser feliz de nuevo?

—¿Cómo sabes que no soy feliz? —dije bromeando.

—¿Quieres o no? —esquivó mi pregunta.

—Sí, sí quiero, pero…

—Entonces llámame cuando estés listo, te escucharé y podríamos vernos también.

Sacó un bolígrafo de su mochila, escribió su número en un papel y me lo entregó con una sonrisa.

—Esperaré tu llamada ¿sí?

—Está bien, te llamaré...

—¡Genial! Nos vemos, Alan.

Tomó su violín y se fue. Me había quedado solo de nuevo, me decepcionaba que mi plan original no hubiera funcionado, pero, gracias a eso, pude conocerla a ella. Es como si tuviera una segunda oportunidad para hacer las cosas bien esta vez.


Pasé el fin de semana en el hospital, Gabriel vino a verme y me contó lo que le había pasado esta semana, pues acababa de regresar de un viaje familiar en Europa.

—Enserio ni te imaginas la cara que puso cuando lo levanté —dijo él.

—Debió ser complicado, esas cosas pesan mucho.

—¡Para nada! Y ahora tengo el número de otra chica linda gracias a ese sujeto.

Sacó su teléfono y me mostro la foto de una chica sentada en una fuente.

—Tus padres nunca van al mismo lugar dos veces, ni siquiera la volverás a ver.

—¿Y qué, aún puedo enviarle mensajes o no?

—No deberías hacerle esto a Cinthia —dije—, me pregunto qué hará cuando se entere.

—Nada, porque no se enterará.

Gabriel es mi amigo desde que tengo memoria, nunca me ha lastimado y siempre me apoya cuando tengo problemas, es como un hermano para mí. Aunque con su novia es un completo patán.

—¿Ya te dijeron cuándo podrás salir de aquí? —preguntó sentándose a mi lado.

—El doctor dijo que vendría a verme después, si mis heridas están mejor me dará el alta esta tarde.

—¡Eso es genial! Podemos comprar algo de camino a tu casa ¡y mañana podríamos ir al cine! Tú sabes, para celebrar que estás mejor.

—¿Cine? No, no, no, todavía tengo que terminar mis tareas y no puedo ir.

—Pff, no seas aburrido, te ayudaré para que termines pronto y podamos ir ¿sí?

—De acuerdo, pero tú pagarás las palomitas.

—¡Trato hecho! Ahora, ¿vas a decirme cómo rayos te hiciste esto? Tu excusa de “me caí por las escaleras” no funcionará esta vez.

—Te lo contaré luego, por ahora sólo quiero dormir un rato antes de que venga el doctor.

—Está bien, llámame cuando te despiertes.

Dicho esto, salió del cuatro y se fue.

Me dieron el alta esa tarde, Gabriel fue a recogerme al hospital y me llevó hasta mi casa en su auto, pues aún no podía caminar del todo bien. Mamá estaba trabajando y la única que me recibió fue Celia, mi nana.

—Alan, no sabes que gusto me da saber que estás bien, tu madre y yo estábamos muy angustiadas por ti.

—Agradezco la preocupación, pero ya estoy bien.

—Me alegro mucho. Ven conmigo a la cocina, te prepararé algo especial.

Celia siempre ha sido muy atenta conmigo, era una mujer mayor y desde pequeño la sentí como mi abuela, yo realmente le tenía mucho cariño. Tan inocente y dulce. Almorcé con ella, hablamos toda la tarde sobre cómo había descubierto una nueva receta de pay y muchas otras cosas que había hecho en mi ausencia.

—Es increíble lo mucho que puede cambiar el sabor con sólo agregar un poco de sal —decía ella mientras observaba el recetario— a mí me encanta cocinar y lo sabes, siempre lo hice porque me es agradable.

—Y eres muy buena en eso.

—Tú también deberías hacer lo que amas, no te rindas sólo porque tu madre es una malhumorada.

No sé cómo terminamos hablando de eso, pero no quería seguir escuchando lo mismo otra vez hoy.

—Quizás lo piense después. Hoy estoy algo cansado, iré a mi habitación a dormir.

—Que descanses, y sube con cuidado las escaleras.

—Lo haré, hasta mañana.

Subí las escaleras despacio, entre en mi habitación y me recosté en mi cama mirando hacia el techo. Saqué de mi bolsillo el papel que me había dado Rachel, miré su número por unos momentos mientras recordaba su rostro.

—¿Qué estará haciendo ahora? —pregunté al aire.

Tomé mi teléfono y guardé su número en mis contactos, lo dejé a un lado y me quedé dormido.