Los juegos del destino

All Rights Reserved ©

Summary

Camila Robles cree que ha logrado cumplir todas sus metas. Es una excelente oncopediatra graduada con honores, con unos padres que la aman, amigos que la apoyan y con una relación aparentemente estable, sin embargo, aún hay algo que le falta. Sin esperarlo, todo su mundo se verá transformado después de conocer a Andrés Sáez. ¿Será que ese hombre enigmático en realidad jugará un papel importante en su vida? A veces uno piensa tener todo planeado, pero el destino te tiene preparado algo diferente. Acompaña a Camila a enfrentarse con los juegos del destino.

Status
Complete
Chapters
54
Rating
5.0 11 reviews
Age Rating
18+

El comienzo

¿El amor verdadero existe?, es una pregunta que me he hecho durante gran parte de mi vida. A veces creo que el amor es solo un mito, algo que solo se ve en el televisor y en las novelas románticas, algo que solo existe en los cuentos de hadas. Es una pregunta que cada vez que la pienso no puedo contestar pues no tengo la respuesta.

También tengo duda sobre la existencia de las almas gemelas, creo que es algo inventado para el beneficio de la mercadotecnia. Esa idea de conocer a una persona que desde el primer momento que la ves sabes que es alguien especial, que cuando la conoces sabes que siempre vas a estar ahí para ella y que de ningún modo podrías odiarla porque existes solamente para amarla, eso tampoco creo que exista.

Veía a las parejas en las calles, caminando, tomadas de la mano, sonriendo o a veces solo haciendo algo de la vida cotidiana, y me pregunto, ¿realmente se aman?, ¿realmente son felices?, ¿o solo están juntos por un juego del destino del cual ahora no pueden escapar?

A veces creía que debería de dejar de hacer tantas preguntas. Pero así era yo, hacía preguntas por todo. Aunque ahora ya no suelo decirlas en voz alta, pues era algo que molestaba a los demás.

Mi madre Rocío siempre decía que era imposible estar en silencio cuando yo estaba presente. Así que un día decidí que dejaría de hacer preguntas a los demás, porque al parecer nadie tenía las respuestas.

Sin embargo, aquí estaba, mirando por la ventanilla del metro preguntándome cosas como siempre. No tenía auto, prefería transportarme en metro, era más fácil, no tenía que preocuparme por el tráfico en exceso de la ciudad y lo mejor era que podía mirar por la ventanilla y ponerme a pensar sin miedo a chocar con alguien.

Era un día lunes lluvioso, como casi todos los del mes de octubre en la ciudad de México. Había personas corriendo por todos lados, sin importar la llovizna o el frío, solo siguiendo el ciclo de la vida, haciendo lo mismo todos los días para cumplir con sus responsabilidades y de alguna forma poder ser alguien mejor. Ese era el objetivo de todos. Alcanzar sus metas, ser alguien en la vida y ser feliz, creo.

Odiaba salir a la calle en días lluviosos, hacía frio y detestaba que mis zapatos se mojaran porque mis pies siempre estaban helados, pero debía salir de casa, al igual que todas las mañanas para ir al trabajo. La verdad es que me confortaba saber que salía a hacer algo que realmente me gustaba hacer.

Era jefa del área de oncología pediátrica en el nuevo hospital Privado Infantil “San Ángel”. Aún no podía creer que me hubieran dado ese puesto, seguía muy sorprendida.

A mis 32 años había logrado lo que muchos le llamaban éxito profesional. Fui egresada con honores de una escuela de medicina en Guadalajara e hice mi residencia médica en un prestigioso hospital de la ciudad de México, lo cual fue de mucha ayuda para poder especializarme en oncología pediátrica.

Fue aproximadamente hace 1 año cuando me enteré de la nueva apertura del hospital privado. Se decía que era de una empresa de hospitales extranjeros y que este sería su primer hospital en el país y en Latinoamérica. No dudé ni un segundo en investigar sobre su bolsa de trabajo.

Recuerdo perfectamente ese día. Estaba muy nerviosa porque sería oficialmente mi primera entrevista de trabajo. Era sábado y me levanté más temprano de lo normal. Al salir del baño me vi en el espejo, había subido de peso, dos kilos o tal vez tres, lo que me hacía lucir mejor. Desde que dejé de realizar guardias nocturnas y empecé a dormir más horas tenía mejor aspecto.

Siempre había sido esbelta, era algo de familia, pero el estrés en exceso hacía que perdiera peso y creo que es bien sabido que la vida de una estudiante de medicina está llena de estrés. Decidí ponerme un vestido color azul marino, medias y botas negras. Llevaba siempre la bata blanca en el bolso por si era necesario.

Tomé el metro y llegué casi una hora antes a la cita para la entrevista. En la recepción estaba una chica esbelta quien tenía colgado un gafete que decía Diana Méndez recepcionista. Vestía saco gris y pantalones blancos ajustados, su cabello era perfectamente lacio hasta los hombros, al contrario del mío que era una mezcla entre lacio y rizado, un poco más largo que el de Diana, pero siempre esponjado, por lo tanto, era imposible dejarlo suelto sin utilizar productos para el cabello. A pesar de ello, lo amaba porque era del mismo color castaño oscuro que el de mi madre y me gustaba como se veía con mi tez morena y mis ojos color verde que había heredado de papá.

—Buenas días soy la Dra. Camila Robles, vengo por la entrevista de trabajo para médico pediatra—me acerqué a la recepcionista.

—Llega usted temprano Doctora. Tendrá que esperar un momento a que llegue el Dr. Ayala, puede tomar asiento.

Hasta donde sabía el Doctor Ayala era el médico que fungiría como director general del hospital, había oído hablar un par de veces sobre él y sabía que era un médico muy reconocido con una trayectoria envidiable. Estuve sentada en la sala de espera solo unos 10 minutos cuando Diana me llamó.

—Me acaban de informar que el Dr. Ayala no arribará por un problema personal, pero el Dr. Sáez le hará la entrevista, por favor pase a su oficina para no hacerla esperar más tiempo.

No tenía ni idea de quién era el Dr. Sáez, no había escuchado nunca su apellido, pero lo único que rogaba a Dios es que no fuera un viejito amargado de los que creen que las mujeres jóvenes no podemos desempeñar un buen trabajo. Mi corazón comenzó a latir rápidamente, sabía que era capaz de obtener ese trabajo, pero de alguna manera las entrevistas siempre me ponían nerviosa, por lo general yo era la que tenía preguntas por hacer y cuando los demás me las hacían a veces no sabía cómo contestar. Diana me indicó el camino a la oficina.

El hospital se veía bastante moderno, era un edificio de quince pisos, no sabía mucho de construcción, pero al parecer estaba construido con los materiales más novedosos, se decía que los dueños del hospital estaban en pro de la conservación del medio ambiente y en la reutilización de materiales por lo que utilizaban la última tecnología en sus construcciones.

Tomé el elevador y oprimí el número quince. Al llegar empecé a caminar por el amplio pasillo derecho, el piso tenía baldosas de color gris claro brillante y hacía que se viera muy limpio, casi veía mi reflejo en él. El techo era alto, aproximadamente de unos tres metros y de un lado del pasillo había ventanales que te permitían ver hacia afuera del hospital.

Llegué al final del pasillo, esperaba encontrar algún escritorio o un asistente, pero solo había una puerta, así que me acerqué para tocar esperando fuera el lugar correcto. Esperé un momento y escuché una voz que dijo —adelante— suspiré profundo y abrí la puerta.

Pensé que sería una oficina común y corriente, sin embargo, era la oficina más peculiar que había visto. Era amplia, con un escritorio en forma de L muy grande, lo suficiente como para que dos personas trabajaran en él sin problemas.

En un lado del lugar había una ventana que abarcaba toda la pared, seguramente si se abrían las cortinas traslucidas que estaban parcialmente cerradas, se tendría una vista hermosa de la ciudad. Al fondo había un librero muy grande, no alcanzaba a ver los títulos de los libros, mi miopía lo impedía, pero me daba la impresión de que no solo eran libros médicos. En un rincón junto al librero, había un mueble con orquídeas pequeñas de varios colores. Realmente me encantaban esas flores, estaban en un lugar estratégico junto a la ventana, seguramente para que cuando hubiera días despejados fueran regadas con la cantidad necesaria de rayos de sol. En la pared opuesta a la ventana gigante, había colgado un cuadro de la noche estrellada de Van Gogh, era hermoso.

Estaba tan entretenida con todos los detalles del lugar que fue hasta al final que puse atención a la persona detrás del escritorio. En una silla estaba sentado el Dr. Sáez, era joven, seguro no mayor a 40 años. Me dejó impresionada, era muy atractivo a la vista de cualquiera. Cuando le dirigí la mirada, estaba tecleando algo en la computadora, con el ceño fruncido, pero en cuanto me vio dejó lo que sea que estuviese haciendo para ponerse de pie y saludarme.

—Buenos días Doctora Robles —dijo con una voz llena de seguridad.

No supe que contestar. Durante todo el camino desde la recepción hasta esa oficina me había estado preparando para presentarme ante un hombre diferente, no como él. Era mucho más alto que yo, tal vez unos 10 o 15 centímetros, algo intimidante a pesar de que con mis 1.69 m no me sentía muy pequeña para el promedio. Tenía cabello castaño claro, ojos verdes y su piel clara. No un claro sin sentido como decía mi madre, era un lindo color de piel que hacía que sus ojos resaltaran. Traía un suéter negro y sobre este un saco color gris oscuro, unos pantalones que no eran juego con el saco, pero eran casi del mismo tono lo que hacía que luciera muy bien. No sé cuánto tiempo pasó desde que me saludó, pero supongo que fue suficiente para que él lo notara.

—Parece que se ha quedado sin habla doctora, ¿se encuentra usted bien?

—Si, lo siento. Es solo que su oficina es muy bonita.

Obviamente no le iba a decir que era él y su aspecto los que me habían sorprendido.

—¡Oh!, muchas gracias. Creo que el lugar de trabajo siempre debe inspirarte tranquilidad y eso es lo que esta oficina provoca en mí.

—Creo que a cualquiera que entre a este lugar le inspirará tranquilidad.

En esos momentos sentía todo menos eso.

—Pues me da gusto que el lugar cumpla con su objetivo entonces. Soy el Dr. Andrés Sáez, es un placer conocerla Dra. Robles— me ofreció su mano para saludarme.

Su piel estaba tibia al contrario de mi mano fría como el congelador.

—El placer es mío Dr. Sáez —me sentí un poco ruborizada.

Ambos nos sentamos en nuestros respectivos asientos.

—Y dígame, creo ya conoció algunas partes del edificio ¿Qué opina usted?

Yo seguía sin poder volver a la realidad, sentía como si mi cuerpo estuviera ahí, pero mi mente estaba preguntándose: ¿Quién era ese hombre?, ¿Por qué nunca había escuchado su nombre?, ¿Qué cargo desempeñaba él en el nuevo hospital?, ¿sus ojos eran realmente verdes o son azules?

—Apenas y conocí la recepción, el elevador y el gran pasillo que me condujo hasta su oficina —sonreí tímidamente—, pero le puedo decir que lo poco que he visto de este lugar me ha gustado.

Y vaya que me había gustado. No soy una mujer que se impresione muy fácilmente con un hombre, no me dejó llevar solo por cómo se ven o se visten, creo que lo que realmente importa es como son y lo que representan en tu mundo. Pero ese hombre había causado algo más.

—Me imagino que este hospital se convertirá en uno de los mejores del país —continué diciendo.

—Ese es el objetivo —se levantó y caminó hacía el depósito de agua—. Se tiene como meta, hacer de este hospital el mejor no solo del país sino de Latinoamérica. ¿Gusta un vaso de agua?, perdón, pero no suelo tomar café.

—No, gracias. Estoy bien así.

Mi boca estaba tan seca que debí haber aceptado el agua, pero me seguía sintiendo tan nerviosa que lo último que quería que sucediera era que en una de esas derramara el agua en mi ropa o en el escritorio. Volvió y se sentó nuevamente en la silla.

—Y bien, ¿Por qué deberíamos de aceptarle como médico adscrito en este lugar Dra. Robles?, ¿por qué cree que debemos contratarla?

Lo pensé un momento antes de contestar.

—He tenido la oportunidad de trabajar con médicos reconocidos y he tratado a pacientes con casos difíciles, tanto en pediatría como en oncológica. He aprendido a hacer bien mi trabajo, he hecho varias publicaciones y creo que tengo las competencias para desempeñar este puesto.

Se me quedó mirando fijamente a los ojos, tenía una mirada tan penetrante que sentía que podía leer mis pensamientos. No pude evitar desviar la mirada.

—Creo que ese será el discurso que dirán todos los médicos que vengan por la entrevista. Dígame algo que no sepa ya después de haber leído su currículum.

Su manera de contestar fue muy firme y algo déspota. No sabía que decir ahora.

—Creo que los documentos que he entregado avalan que tengo la experiencia necesaria para poder trabajar aquí y tengo la mejor disposición para realizar un buen trabajo —le contesté titubeante.

Después de unos incómodos segundos en silencio mientras no separaba su mirada de la mía se volvió a la computadora y empezó a escribir.

—Bien Dra. Robles, si no tiene más que decir, fue un placer conocerla. En unos días se le enviará a su correo si ha sido aceptada para el puesto.

No lo podía creer. ¿Eso era todo?, había sido peor de lo que había imaginado.

—¿Eso es todo?, ¿no necesita que le diga algo más de mi historial académico?

Dejó de escribir y me volvió a mirar.

—Le pregunté que más aparte de su expediente me podía hacer creer que era una buena candidata para este trabajo y usted no agregó nada más al respecto. Evaluaré entonces lo que ya nos envió y en cuanto sepa una respuesta se la haré saber.

Y siguió escribiendo en su computadora. Me sentía tonta e ignorada ahí sentada frente a ese hombre que parecía que no tenía ninguna expresión en su rostro. Tomé mi bolso y me levanté. Estaba muy molesta por su actitud cortante.

—Usted dijo que este lugar le daba tranquilidad ¿no?, eso pasa conmigo cuando trabajo. Cuando estoy con mis pacientes, cuando uno me sonríe después de haberle tratado, cuando un padre me da la mano y agradece con tal sinceridad que la sientes en el alma. Para mí eso es tranquilidad y si quiere saber porque me encantaría poder trabajar aquí, es porque amo lo que hago y porque sé que ayudar a los demás es lo que más llena mi vida. No hay nada más. Fue un placer conocerle Dr. Sáez.

Después de decir eso salí rápidamente de la oficina casi azotando la puerta tras de mí. En realidad, no sabía porque estaba tan enojada. No sabía si era por la fallida entrevista con el Dr. Sáez, o simplemente por el hecho de que me hubiera sentido atraída por él.

Había otros dos médicos sentados esperando por su entrevista. Uno de ellos era Roberto, un chico moreno y algo regordete. Él fue residente de un año superior al mío y ahora era cardiólogo pediatra.

—No sabía que vendrías a solicitar trabajo aquí.

—Así es Camila. El hospital en el que estoy no es de mi total agrado, así que probaré suerte aquí. ¿Ya hiciste la entrevista?, ¿Qué tal te ha ido?

—Pues he tenido mejores— reí—, te lo aseguro.

—¡Vaya!, Si no te ha ido tan bien, no me imagino como me irá a mí —sonrió nervioso.

No sabía sí lo que acababa de pasar podría llamarse entrevista, ni sí el Dr. Sáez se comportaría igual con todos, así que no quise ponerlo más nervioso.

—Espero que consigas el trabajo.

—Gracias, igualmente —sonrió.

—Espero un día de estos salgamos a tomar algo como antes.

—Claro Camila, espero seamos compañeros de trabajo.

Haber platicado un momento con Roberto había hecho que me sintiera un poco mejor después de mi reciente fracaso. Mejor me fui a casa.

Vivía en un departamento cerca del bosque de Chapultepec. Era pequeño, pero tenía todo lo indispensable. Llegué a casa y me recosté en el sillón quedándome dormida. La alerta de un nuevo mensaje de correo electrónico sonó en mi celular e hizo que me despertara. La notificación decía, nuevo mensaje del Hospital San Ángel.

Me imaginé que después de esa entrevista, solo sería un pequeño correo en el que me agradecían por haber asistido. Fue una gran sorpresa para mí leer ese correo.

“Dra. Camila Robles.

Me es muy grato informarle que ha sido seleccionada para desempeñar el cargo de jefatura del área de oncología pediátrica del hospital privado infantil San Ángel. Pronto le haremos llegar con otro correo la documentación necesaria para entregar en recursos humanos y la fecha en la que podrá iniciar labores. Sin más por el momento, quedo a sus órdenes.

Atentamente

Dr. Andrés Sáez. Director General de Cranston Corp.”

Estaba segura de que esa entrevista había sido un desastre y que el Dr. Sáez no se había quedado con una muy buena impresión de mí. A pesar de eso, me habían dado trabajo tan solo unas horas después de estar en el hospital y no solo me estaban contratando como médico adscrito, si no que me habían asignado el puesto de jefa del área de oncología.

Releí varías veces el correo electrónico. Era lo que siempre había soñado. Un puesto importante, en un hospital reconocido. Tenía que aceptar ese trabajo, a pesar de lo que había pasado esa mañana.