Algodón y Licor
Por fin el día en que la conocería había llegado.
La finca, propiedad de su familia, se ubicaba a las afueras, apartada del bullicio de la ciudad. Rodeada de viñedos y con alguna que otra propiedad privada a lo lejos, era el sitio perfecto para su encuentro.
Así que allí estaba al fin. Nervioso. Ansioso.
Tumbado en el sofá del enorme salón de la finca, se dejó adormecer unos minutos con los recuerdos de sus encuentros digitales.
¿Cuándo fue que se conocieron? ¿En aquella fanpage? ¿O en el chat de Anime y Manga? No lograba recordar con exactitud.
Los amigos digitales van y vienen a gran velocidad. Al final, todos estamos en la red conectados por un interés en común. Entablar conversaciones que fueran más allá del fandom no solían tener mucho éxito, según su experiencia. Al final, se tornaba tediosa la conexión sintiendo que perdía el tiempo. Los antiguos modos de conocer gente estaban cambiando a pasos agigantados. Ahora, tus amigos se encontraban en Facebook y no en el salón de clases.
Sentía repulsión hacia la gente, en general. Por ese motivo, se había distanciado tanto de la «sociedad», y sin darse cuenta, se encontraba un poco solo.
Entre todo esto, conoció a AbdA y estableció un vínculo impensable para él. Las horas pasaban como inexistentes frente a su ordenador chateando con aquella mujer. Mucho más que chateando, en realidad.
Recordar algunas de las palabras que leyó, hacía que su entrepierna palpitase.
¿Y si no era ni siquiera una mujer? Podría ser. La gente miente constantemente en la red. ¿Y si lo fuera? Un hombre. ¿Cambiaría eso algo de lo que sentía por aquellas palabras embrujadoras?
El sol comenzó a caer, la hora estaba próxima.
Sus nervios vibraban. Sobre la mesa, dos copas de fino cristal. El vino aireándose, los preservativos bajo los cojines del sofá, de la almohada del dormitorio, dentro de la panera en la cocina…
¡Hostia!, sí que estaba nervioso. ¿Qué le diría al verla por primera vez? ¿Qué sentiría al escuchar su voz? Joder, necesitaba un trago.
Se sirvió varios chupitos bien fríos de licor de orujo para templar su nervio. No sabía si el alcohol podría lograrlo, pero al menos eliminaría su timidez y le otorgaría algo de valor.
Cuando el calor se extendía por su estómago, escuchó el timbre de la puerta principal. «Es ella», pensó. Golpeó la mesa con el pequeño trozo de cristal, tomó aire, y temblando un poco se dirigió a la entrada. «Venga, valor...», se animó a sí mismo. «No importa su imagen exterior, su interior es irresistiblemente...».
Las dudas se esfumaron con el roce de sus miradas.
—Hola, “Gin de Axus”… —la escuchó murmurar.
Su corazón latió a mil por hora. No supo qué decir. No quiso decir nada. Se abalanzó sobre ella tomándola con fuerza de la cintura para comenzar un beso intenso sin final. El sabor de su saliva le pareció lo más dulce que había probado jamás.
Así, con sus cuerpos entrelazados, unidos por labios y lenguas, pasaron dentro de la casa. Los sonidos de sus bocas resonaban en aquella estancia tan amplia. Las manos se escurrían frenéticas bajo las ropas leyendo la piel. Sus cabezas giraban en torno a la comida de besos que estaban celebrando. Los gemidos flotaban en el aire como algodón de azúcar.
Cargó con ella hasta el sofá y la tumbó. Admiró por un instante su lujuriosa mirada, antes de comer de aquella fruta acuosa que ella le mostraba mientras se acariciaba.
Recogió su néctar con la lengua, de abajo a arriba, dibujando círculos con ella, introduciéndose un poco en su interior mientras los gemidos de placer inundaban sus oídos.
Emborrachaban sus sentidos.
Creyó que su entrepierna estallaría cuando escuchó sus alaridos de excitación, junto con el rasgar de la tela y los botones saltando de la blusa, destrozada en aquel impulso orgásmico.
Se desabrochó los pantalones. No podía más con la presión. La joven se incorporó como si fuera bruma. Le acarició primero por encima de la ropa interior, mientras le derribaba en el sofá. La boca entreabierta, los labios turgentes, húmedos en todo momento. Ojos grandes, de un color claro, casi transparente. Cabello rojizo, enmarañado a esas alturas. El conjunto en sí se le antojaba de ficción. ¿Dónde había estado esa mujer antes?
Intentaba no cerrar los ojos; quería verla jugando con su pene erecto. Succionaba, jugueteaba con la lengua, lamía con soltura, enloqueciendo los sentidos del chico. No solo resonaba su sexo.
—Diosa pelirroja —sus palabras gemían—, me voy a…—En vano, trataba de frenarla un poco.
—Dámelo, quiero saborearte. Vamos, córrete. —El roce del cálido aliento en su oído; el de sus manos sin perder el ritmo. Imposible no cumplir las órdenes que ella daba—. Hoy quiero que nos corramos muchas veces…
Esa voz…, tan femenina, tan dulce y sensual… Con esas palabras, supo que practicarían sexo de todas las maneras en las que se habían escrito.
Porque aquella situación era una.
Pensó que entre sesión y sesión beberían, charlarían, pero se equivocó. Tras correrse por primera vez, ella continuó quitándose las pocas prendas que le quedaban en un baile espiral. Cuando estuvo desnuda, de un salto, se sentó en la mesa haciendo caer las copas que había preparado. Comenzó a masturbarse frente a sus ojos. Acariciaba sus pechos, humedecía los dedos con su flujo y luego los lamía con una lujuria extrema incitándole a tener otro orgasmo más mientras el vino se vertía sobre la alfombra.
Estaba empapado de sudor y sediento. Quiso ir a la cocina, beber agua y refrescarse un poco. Solo pudo tomar un sorbo antes de volver a beber de su boca. Continuaban ambos desnudos y excitados. «Amigos míos, no sé qué tanto van a aguantar esta noche...», pensaba mientras se dejaba controlar. Su erección no había desaparecido en ningún momento. Sí su raciocinio.
Él de pie, contra el fregadero. Ella agachada de cuclillas mientras sus suaves senos se deslizaban arriba y abajo, pronunciando palabras escritas en otros momentos. ¡Cómo le excitaban! ¡Cómo le controlaban! ¡Cómo cedía a ellas! Eyaculó sobre sus pechos de forma enérgica. Su cuerpo comenzaba a temblar, y su cabeza ardía.
—Vayamos a la ducha, quiero que me enjabones.
Allí la tomó otra vez, frente al lavabo. Con intensidad. Así se lo pedía. «Dame más duro, más», él cedía enloquecido. Y volvía a correrse, ahora dentro de ella.
Tuvo que sentarse en el inodoro. La pelirroja, sin embargo, se metió en la ducha y se enjabonó de una forma sensual, ignorándole. Frotó cada rincón de su cuerpo blanco perla. El cabello mojado caía entre sus pechos como ríos de sangre. Balanceaba las caderas mientras se acariciaba gimiendo con timidez. Llamándole.
Esta orquesta musical volvió a erigir su miembro.
Posar sus manos tostadas sobre aquella piel tan pálida le producía morbo. Sin ni siquiera saber su origen, nacionalidad,ni nombre. Solo dos cuerpos conociéndose. Tomó su rostro con las manos. Observó sus ojos con detenimiento, creyendo perderse en ellos. «Son realmente transparentes». Esto pensaba mientras paseaba el pulgar por su rojísimo labio inferior. Esa mujer era fuego. Él deseó quemarse. Con su mano libre cortó la llave del grifo y la poseyó con lujuria contra los azulejos, provocando ecos en el cuarto de baño.
Ni siquiera recordó que los condones andaban cerca.
No faltaba mucho para que despuntase el alba. Algunos rayos ya comenzaban a iluminar el negro campo que rodeaba la finca.
Yacían en el dormitorio principal comiéndose el uno al otro. Las ventanas estaban abiertas y la brisa refrescaba sus cuerpos sudorosos. Tendido en una amplia cama de sábanas blancas, el bronceado mestizo; sobre él la pálida muchacha europea. Devorándose. Concentrados en el placer del otro, sincronizándose para un orgasmo compartido.
De nuevo, bebió de él sin un atisbo de vergüenza o desagrado. En aquella posición Gin de Axus también tomó de su fuente tibia y salada. Caía en pequeños hilos sobre su boca.
Notó cómo temblaba levemente. Haciendo pausas. Conteniendo una risilla que acabó por transformarse en carcajada. La chica cayó a un lado retorciéndose de la risa.
—¿Se puede saber de qué te ríes, mal bicho? —preguntó riéndose un poco también.
Era contagioso.
—Mira. —Señalaba a la ventana—. Está amaneciendo.
La luz del alba perfiló su figura de una manera sobrenatural.
—He bebido de tu boca, he tomado de tu semen… y ahora…
El movimiento fue tan rápido que Gin quedó paralizado. No se movió ni cuando sintió los colmillos penetrar en sus carnes, ni cuando ese dolor electrizante de succión parecía querer guillotinar su cuello. Al retirarse, el dolor le hizo llevarse las manos a su sangrante cuello.
—...y ahora, tu sangre —, concluía relamiéndose.
Miró sus palmas. Estaban manchadas. A medida que el sol penetraba con rapidez en el dormitorio, la luz barría la horrible sensación, como si fuese un potente fármaco. Palpó de nuevo, y se extrañó al no encontrar ni siquiera una marca donde ella lo había herido. Volvió a observar sus manos para cerciorarse de que no era fruto de una alucinación por falta de riego. Su pene aún seguía erecto.
Pero ya no se sentía mareado en absoluto.
—¿Qué me has hecho? —la preguntó—. ¿Quién eres…?
Ella rio y rio mientras danzaba a su alrededor desnuda. Dio varias piruetas para situarse frente a él; brazos atrás, cabello ocultando sus pechos; como en un eromanga.
—Mi nombre es Breta. Yo soy… —Tocó sus labios de forma coqueta—. Soy una bruja…
Gin de Axus solo podía observarla embobado.
—Y te he lanzado un hechizo. Ahora me perteneces. Eres mi esclavo sexual. Para siempre.
La mañana llegó. Ahora podía verla con toda claridad. Resplandecientes su cabellos, sonrojadas sus mejillas, labios carnosos de fuego…
Gin no pudo resistirse a aquellos labios. La tumbó de nuevo en la cama y le hizo el amor lentamente una vez más.