Capítulo 1: La entrevista
Consulté la dirección en el móvil para asegurarme de que me encontraba ante el edificio correcto. Frente a mí se cernía un imponente edificio acristalado con una decena de plantas, pertenecientes al grupo empresarial Eternity, que llevaba varios negocios, desde peluquerías hasta concesionarios de vehículos eléctricos y farmacias.
Justo cuando iba a entrar al edificio, choqué con un hombre que iba con prisas. Nos miramos durante unos breves segundos y, tras disculparnos mutuamente, proseguimos nuestros caminos. Algo en sus ojos me llamó la atención. ¿Tenía lentillas rojas? Que yo sepa, todavía quedaba mucho para Halloween. Seguramente fueron imaginaciones mías.
Me aproximé a la recepción y me indicaron cómo llegar al Departamento de Recursos Humanos. Subí varias plantas en el ascensor y atravesé una pequeña sala, donde un empleado me indicó que esperara a que me llamaran para la entrevista.
En la sala éramos cuatro los candidatos finales que aspirábamos al puesto de asesor jurídico, tras haber superado un largo proceso de selección y varias pruebas eliminatorias. Llevábamos un buen rato esperando y la persona que nos haría la entrevista seguía sin aparecer.
El chico que se encontraba a mi lado, con un tic nervioso en el ojo y sudando a mares, no paraba de abanicarse con el currículum. La chica sentada en la esquina, con un vestido corto hasta la mitad de los muslos y un escote que dejaba entrever sus pechos, revisaba la documentación que llevaba consigo. El otro candidato, un joven, miraba embobado el escote de la chica hasta que esta se molestó y lo fulminó con la mirada. Luego, con fingida vergüenza, desvió la vista hasta que sus ojos se posaron en mí. Me miraba con una mezcla de curiosidad y asco. Ya sabía lo que iba a pasar a continuación.
—¿Qué haces aquí? —me preguntó.
—Tengo una entrevista con el señor Reeds.
—¿Para el puesto de asesor jurídico? —. Respondí afirmativamente.
—Pues no te hagas ilusiones, obviamente, este lugar no es para ti. No hay más que verte —dijo con aires de prepotencia.
—¿Verme? ¿Es que acaso tengo algo raro? —. Revisé mi atuendo confundida. Llevaba puesto un pantalón milrayas azul marino, un suéter color burdeos y unas botas cortas y oscuras. Algo formal y apto para una entrevista de trabajo.
—Bu… bueno, estás en una silla de ruedas y eso da mala imagen a la empresa —hizo una pausa esperando alguna reacción por mi parte. Al ver que no era el caso, continuó—. Además, dudo que tengas los conocimientos necesarios para trabajar en esto.
El resto de los presentes se sintieron atraídos por nuestra conversación y nos miraban expectantes.
—Agradezco tu preocupación, pero, si bien he leído en el ideario corporativo y en los estatutos de la empresa, la filosofía del grupo Eternity consiste, entre otras cosas, en apostar por una responsabilidad social, incluyendo en su plantilla a cualquier persona que cumpla con los conocimientos necesarios para desempeñar sus funciones, independientemente de su raza, discapacidad, orientación sexual, etc. — Sus mejillas empezaban a adquirir un tono carmesí y decidí continuar — En cuanto a mis conocimientos, si realmente no sirviera para el puesto, me habrían eliminado del proceso de selección hace mucho tiempo y hoy no estaría aquí.
Mi compañero de al lado y la chica me mostraron su apoyo con una pequeña sonrisa. El otro competidor permaneció en silencio y muy ruborizado, situación que duró poco, al parecer le quedaba más por decir.
—De todas formas, mi padre conoce al dueño del grupo Eternity y le habló de mí, así que estoy seguro de que el puesto de asesor jurídico es para mí—dijo con una sonrisa arrogante.
Mis compañeros se enzarzaron en una discusión con el sujeto y yo permanecí en silencio, no valía la pena gastar saliva con un niño de papá cuya vestimenta olía a muchísimo dinero.
De pronto, un sonoro golpe cesó con la discusión. Todos nos giramos hacia el origen del ruido y en el umbral de la puerta se encontraba un hombre que nos observaba con una expresión divertida en el rostro.
—Por lo que he oído, alguien ha hecho los deberes molestándose en leer nuestros estatutos y nuestro ideario —dijo mirándome con aprobación y siguió — y también, parece que alguien ha olvidado las normas por las que se rige el Grupo Eternity a la hora de elegir a su personal —añadió con cierto tono de reproche a mi compañero “hijo de papá“.
El hombre se adentró en la sala de espera y se dirigió a nosotros.
—Como el señor Reeds está indispuesto, seré yo quien se encargue personalmente de la entrevista para el puesto de asesor jurídico. Seguidme.
Todos lo seguimos en silencio y nos condujo a un despacho que se encontraba cerca de la sala de espera. Nos indicó que esperáramos unos minutos.
—Bien, empecemos. Las entrevistas serán individuales y tendrán una duración de 15 minutos aproximadamente. Entre, señor Carrington.
El joven del traje caro entró el primero. Más tarde pasó la señorita Stone y luego el señor Wilson.
—Y, por último, la señorita Morello. Adelante.
Entré y me coloqué en el espacio que había frente al escritorio. Me pidió el currículum y otros documentos.
—Bianca Morello—dijo mientras revisaba la documentación—graduada en derecho y en economía, un máster en marketing digital y prácticas en varias empresas. ¿Es correcto?
—Así es.
—Por lo que veo, ha obtenido buenos resultados en las pruebas realizadas durante el proceso de selección. Sea sincera, ¿qué prueba le ha resultado más difícil? —preguntó.
Le expliqué el supuesto práctico que me habían planteado y las diferentes soluciones que se me habían ocurrido en aquel momento. El hombre me escuchaba atentamente y de vez en cuando me hacía alguna que otra pregunta.
—Dígame señorita Morello, ¿su discapacidad le supone algún inconveniente a la hora de trabajar?
Medité la respuesta durante unos minutos. Tenía que demostrar que tenía la situación bajo control y, a la vez, admitir que era realista y que tenía algunos límites.
—En principio, la mayor dificultad que tendría serían las barreras arquitectónicas que pueda encontrar al acceder al lugar de trabajo y, en cuanto al desempeño de las funciones del puesto, no tendría problemas. La poca ayuda que podría necesitar sería para alcanzar cosas que no estén a mi altura por estar sentada en la silla.
—Entiendo. Me gusta su actitud, no permite que su discapacidad la limite, sino que sigue adelante y pide ayuda cuando sabe que la necesita—comentó el hombre. Luego pareció recordar algo—. Y por lo que escuché antes, supo plantarle cara a su compañero que trató de herirla con sus comentarios ofensivos—añadió con una pequeña sonrisa en el rostro.
Hablamos durante un rato más hasta le sonó el móvil y se levantó disculpándose para contestar a la llamada. Mientras hablaba al fondo de la estancia, me permití observarlo disimuladamente. El hombre era alto y con el pelo corto y rubio ceniza, peinado con la raya a un lado. Vestía con traje de chaqueta elegante y llevaba guantes negros. No me había percatado hasta ese momento. El hombre colgó y se giró regresando al escritorio y recogió la documentación.
—Señorita, nuestra entrevista queda concluida. En el caso de que sea seleccionada para ocupar el puesto de asesor jurídico, recibirá un correo electrónico mañana a primera hora. En él se le remitirá la información necesaria para firmar el contrato.
Cuando me encaminaba hacia la puerta del despacho, dándole vueltas sobre si hacerle la pregunta que amenazaba con salir de mi boca o no, el hombre me paró.
—Hágala.
—¿Disculpe? —pregunté con asombro.
—Que haga la pregunta que se muere por hacerme.
—Es…, es una tontería señor…, pero que yo recuerde, usted no me ha dicho su nombre—dije avergonzada.
El hombre sonrió e hizo algo que no me esperaba, se agachó hasta quedar a mi altura. Sus ojos grises me observaban detenidamente.
—Tiene usted razón, señorita, no me he presentado. ¡Qué modales los míos! Permítame enmendar mi grave error: soy Dimitri Ivanov, el fundador del grupo empresarial Eternity.
Mi cerebro aún se encontraba procesando la información. Eso no era posible, el hombre que estaba frente a mí tenía menos de 35 años. ¿Cómo se puede crear un grupo empresarial de ese calibre a esa edad y amasar semejante fortuna? Mis pensamientos pararon de golpe, al sentir que el hombre estaba cerca, demasiado cerca de mí.
—Tiene usted un aroma embriagador, señorita Morello. Me gustaría…—el señor Ivanov inclinó la cabeza y cogió mi mano con delicadeza. Sentí cómo sus labios rozaban la piel fina de mi muñeca.
—Señor Ivanov, he de irme—dije intentando retirar mi mano de su agarre. El hombre me soltó y me miró horrorizado mientras se incorporaba.
—Lo siento mucho, señorita, la he incomodado. Es lamentable lo que ha sucedido.
Dimitri Ivanov se deshizo en disculpas, parecía realmente arrepentido.
Después de la entrevista, me encaminé hacia la parada del autobús que me llevaría de vuelta a casa de mi amiga.
Durante el trayecto, un hombre con una espectacular melena negra y mechas fucsias me paró para entregarme un folleto publicitario de un salón de belleza que acababa de abrir él mismo. El folleto, que tenía una foto llamativa del tipo de las mechas peinando a una joven, rezaba: «Ven al Salón de belleza de Azael, el lugar donde todos tus sueños se harán realidad».
Cuando llegué a la parada del autobús, habían tres hombres sentados en el banco conversando tranquilamente. Uno de ellos, de piel oscura y rastas recogidas en un moño, se me acercó.
—Señorita, ¿podría decirme si por aquí pasa el autobús que lleva al pub “Midnight”? —dijo—. Mis amigos y yo apenas conocemos la zona y estamos un poco perdidos—añadió.
—Por supuesto. Es justo el autobús que acaba de parar ahora. Si quieren, pueden seguirme, que voy a coger este autobús y me voy a bajar en la calle del pub.
El hombre asintió y le hizo señas a sus amigos para que se acercaran. El chico albino de ojos celestes cogió a su amigo del brazo y lo guió hacia dónde estábamos nosotros. El hombre llevaba gafas oscuras y me percaté de que tenía ceguera, ya que iba tanteando el terreno con un bastón.
El conductor del autobús sacó la rampa y subimos todos juntos. Entablamos una amena conversación y supe que eran amigos desde hace años y que vivían juntos con dos hombres más. El chico de las rastas se llamaba Kiram, el albino Einar y el ciego Alessandro.
Cuando llegamos a nuestro destino, me despedí de los chicos y proseguí mi camino, dándole vueltas al hecho de que ya era el tercer comentario del día que me hacían sobre lo bien que olía. Primero fue el que me hizo la entrevista, luego el estilista y ahora Einar. No sé por qué, pero me hacía sentir incómoda.
Una vez que llegué frente a la casa de mi amiga, estuve esperando bastante tiempo a que ella me abriera. La llamé varias veces al móvil, pero no contestaba. Alcé la vista al cielo y vi que la luna ya había hecho su aparición.
—Perdona, ¿necesitas ayuda? —dijo una voz masculina detrás de mí.
—En realidad no, gracias. Estoy esperando a alguien.
El chico me dirigió una sonrisa.
—¿Seguro que va todo bien? He visto que llevabas un tiempo aquí y pensé que te habían dejado tirada.
—Lo cierto es que mi amiga no da señales de vida y no sé dónde encontrarla. Habíamos quedado aquí.
El chico se ofreció a hacerme compañía un rato. Dimos una vuelta por la zona en busca de mi amiga mientras hablábamos. Se llamaba Robin y tenía 22 años, trabajaba en una farmacia y vivía con unos amigos. Justo cuando llegamos a un callejón sin salida, noté que Robin no hablaba.
—¿Te encuentras bien? — Robin me dirigió una mirada llena de culpabilidad.
—Y…Yo, lo siento, hueles muy bien y no voy a poder controlarme…—sus ojos, que hasta hace unos minutos eran azules, ahora eran de un rojo brillante y estaban vidriosos y su frente perlada de sudor.
Sentí que algo no iba bien. Traté de huir, pero Robin me atrapó con fuerza y, al hacerlo, me derribó de la silla de ruedas. Durante la caída, sentí un golpe fuerte en la cabeza y poco a poco, todo se iba desvaneciendo. Mi visión se teñía de rojo y un líquido caliente resbalaba por mi rostro.
No entendía qué sucedía a mí alrededor, sólo captaba palabras sueltas e incoherentes. Caída, bloque de cemento, herida, mucha sangre…Luego oía gritos, sollozos y varias voces masculinas airadas.
Alguien me sacudió con delicadeza, intentando que abriera los ojos. Conseguí abrirlos y vi a seis hombres inclinados a mi alrededor. Eran Dimitri, Azael, Kiram, Einar, Alessandro y Robin. Todos me miraban con expresiones preocupadas y tristes.
—¿Señorita Morello, es usted? —preguntó el hombre que me había sacudido.
—S…sí— respondí con dificultad. —No…quiero…morir…—añadí. Sus manos cubiertas con guantes de piel acariciaron mis mejillas con cuidado y observé su rostro, era Dimitri Ivanov.
—Tranquila señorita, le prometo que va a vivir. No será nada fácil, pero vivirá—dijo trasmitiéndome confianza. Yo traté de asentir, pero las fuerzas me abandonaban y los ojos se me cerraban.
—Aguante un poco, necesito que elija a uno de nosotros.
Los miré a todos y no sabía a quién escoger.
Justo cuando estaba al borde de la inconsciencia, mi corazón eligió por mí y dije el nombre de la persona con voz casi inaudible.