Prometeo: La ascensión

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Summary

Luego de El Gran Desastre, los pocos que han sobrevivido al casi fin del mundo se ven obligados a vivir confinados en una pequeña aldea en el bosque intentando sobrevivir a los temerosos monstruos llamados Purgadores. Es el día de la ascensión y Prometeo espera pacientemente atado en el pórtico de una cabaña para que el chico al que más ama pueda matarlo. Perseo, quien cumple dieciocho años, será el ascendente que le dé caza como parte de su ritual para llegar a la mayoría de edad, y se debate entre salvar al amor de su vida o salvar a su hermana. Cuando la cacería humana ha comenzado, las mentiras sobre ese ritual tan oscuro comienzan a diluirse una a una, a medida que la verdad despunta como rayos de luz en medio del bosque. Prometeo se da cuenta que ahí afuera hay más que solo árboles y destrucción, lo que lo hace cuestionarse sobre su voluntaria muerte y temer que su vida no sea la única que pende de un hilo. ¿Será ese amor que tiene por Perseo más peligroso de lo que él pensaba?

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23
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n/a
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18+

Capítulo 1: Perseo

Tic. Tic. Tic. Tic.

El sonido de la lluvia golpeando el techo era acogedor. Además, ensordecía todos y cada uno de los pensamientos de Perseo, lo que en cierto modo resultaba necesario para mantener esa calma que se le escapaba como arena de entre los dedos.

Sumido en sus pensamientos, repetía las reglas básicas que mantenían el orden en ese lugar al que llamaba hogar. Alice se las había enseñado desde que tuvo uso de razón y de algún modo trataba de aferrarse a ellas. Aquello era un intento más de encontrar una explicación lógica a lo que estaba a punto de hacer. Una excusa, más bien, aunque en el fondo sabía que no conseguiría nada que sosegara el sórdido pesar que se instalaba poco a poco en su pecho.

Regla #1: La supervivencia del ser humano se debe de conseguir a cualquier costo.

Regla #2: El más débil debe apoyar al más fuerte, y el más fuerte debe proteger al más débil.

Regla #3: Para convertirse en adulto hay que morir como niño. La ascensión es el primer y último camino para lograrlo.

Regla #4: Todo lo que sea considerado un obstáculo y/o un peligro para la supervivencia y el bienestar de los habitantes de la aldea debe ser destruido.

Regla #5: Romper cualquiera de las cuatro reglas anteriores se considera un crimen y se deberá pagar por ello.

Sentado en una mecedora que apenas se movía en un leve vaivén sobre el pórtico, Perseo observaba a sus vecinos alzar sus rostros hacia las nubes grises que se arremolinaban y cambiaban de forma en el cielo. Echó un pequeño vistazo, pero la belleza gris que se encontró ahí arriba no le hizo sentir mejor. Hacía frío, lo que no era muy relevante, incluso si eso significaba que se le congelaría la punta de la nariz y se le enrojecerían las mejillas. Este era un gran día. Uno grande y trágico, lo que lo volvía más gris de lo que ya estaba. Perseo cumpliría dieciocho, y la lluvia no parecía que sería un impedimento para que ese ritual de ascender a la mayoría de edad se interrumpiera. Era el clima ideal, de hecho.

Es la regla número 3.

Es la regla número 3.

Es la regla número 3.

Aquel pensamiento era culposo, enfermo, y no le daba ningún tipo de consuelo por más que lo repitiera.

Era repugnante.

A su lado su presa se mantenía quieta y en silencio, con la mirada perdida en los finos hilos de agua que se escurrían del techo para salpicar el suelo. Perseo sabía lo que iba a pasar y realmente algo dentro de él se sentía culpable, pero era necesario si quería de algún modo salvar lo que más amaba. Además, poseía la vaga seguridad de poder lograrlo porque tenía un plan. Uno incompleto, pero lo tenía.

—¡Perseo, ya es hora! —le gritó uno de los chicos desde el otro pórtico. Era Bohr. Él también estaba esperando a que el momento llegara.

Bohr también iniciaría su ascensión ese día, y la presa que tenía a su lado sería la prueba de ello. Nunca había hablado mucho con Hermes en todo ese tiempo que llevaba viviendo en la aldea, lo que se traducía a su vida entera para ser exacto, pero deducía que a Bohr no se le dificultaría darle caza. De todos modos, a Perseo no le importaba demasiado. Ninguno de esos dos para ser franco, por lo que no se entretuvo mucho en el rostro afligido de Hermes cuando sus ojos se encontraron fugazmente y lo atrapó mirándolo.

Tal vez Perseo sí sentía un dejo de lástima por Hermes, particularmente porque su cazador era alguien por quien Perseo había adquirido cierta aversión en los últimos días. Cuando sus ojos se deslizaron de nuevo hacia Bohr pudo notar un gesto compungido pintando su cara que no supo interpretar pero que terminó por hastiarlo. Quería romperle la quijada a puño limpio. Bohr realmente se lo merecía por el simple y sencillo motivo de que la razón por la que Perseo y Prometeo—su presa—estaban en esa situación era su culpa.

Perseo dejó de prestarle atención y regresó a su imaginaria burbuja en el pórtico de su casa. En ese pequeño intento de espacio seguro, enfocó su atención a Prometeo que yacía atado a su lado. Él le dedicó una mirada consoladora cuando advirtió que lo estaba observando y asintió únicamente para confirmar que estaba listo. Perseo cerró los ojos, se tragó el sentimiento de culpa con mucho dolor y trató de no pensar en nada. Estaba a punto de un colapso nervioso.

Se puso de pie y cogió de una mesa a su espalda una máscara y embadurnó su interior con pegamento de un jarrón a medio terminar hasta que estuvo lo suficientemente untada. Suspiró con resignación.

—Prometeo...—dijo. Llamarlo por su nombre solo logró desestabilizar a Perseo más de lo que ya estaba, pero trató de convencerse de que todo saldría bien.

Tengo un plan.

Tengo un plan.

Tengo un plan.

Su presa le miró cuando lo escuchó pronunciar su nombre, y cuando ésta se topó con el panorama que se cernía en la cara de su cazador pareció adivinar lo que sucedía. Perseo consiguió tan solo una negación que se manifestó con un lento y contundente movimiento de cabeza de parte de Prometeo, seguida de una media sonrisa que le remarcó los pómulos.

«Una sonrisa muy rota y asustada», pensó, y contra eso no pudo.

—Por favor—suplicó Perseo mirándolo desde arriba, rindiéndose. Estaba consciente que la posición en la que cada uno se encontraba hacía casi ridículo que fuera él, el cazador, quien rogara por la vida de Prometeo, la presa, y no fuese al revés—. Podemos cambiar esto. Solo me negaré a ascender y vendrán por mí. No te harán daño.

No obstante, cuando Perseo pronunció aquellas palabras se dio cuenta de la disyuntiva que ellas representaban. Sabía perfectamente la razón por la que ese chico que yacía atado en su pórtico no se inmutaba ante el hecho de poder morir cuando el ritual de ascensión comenzara. Aquella rendición lo irritaba tanto que no podía evitar preguntarse si Prometeo lo hacía para abandonarlo también, a pesar de que eso significara perder la vida.

«Tengo un plan», volvió a repetirse mentalmente, intentando convencerse de ello y así evitar gritarle a Prometeo. «No va a morir».

—Por favor…—volvió a suplicarle. Estaba a punto de echarse a llorar.

Prometeo respiró hondo y le miró con el entrecejo fruncido. Meneó su cabeza de un lado a otro, negándose a cada una de sus palabras.

Perseo quiso sostenerle la mirada, pero fue en vano. A ambos se les cristalizaron los ojos y tropezaron en el pánico que aquello suponía con la misma facilidad con la que las lágrimas comenzaron a escaparse de entre sus párpados.

Tenía que ser de ese modo, o nada podría ser salvado. Tenían una ínfima oportunidad de que las cosas tomaran un rumbo distinto y que Prometeo saliera ileso de aquello y que Perseo consiguiera salvar todo lo que quería. Pero las posibilidades eran casi una burla y la probabilidad de perderlo todo era un monstruo.

«Tengo un plan».

«Tengo un plan».

—¿Quién más va a hacer esto si no soy yo?—Prometeo se lo preguntó con un tono tan dulce que eso le rompió un poco más el corazón.

Perseo se mordió el interior de sus mejillas, intentando que el dolor amortiguara la necesidad que tenía su tristeza de brotarle por los ojos.

Amaba a Prometeo. Ahí radicaba el dolor de todo el asunto; convertirse en adulto significaba destruir aquello que tanto amaba. Esa era una forma retorcida y dolorosa de darle sentido a la regla número tres, y si era meticuloso, también arañaba un poco—o tal vez toda—la regla número cuatro y cinco, lo que significaba que en todo caso los estaban haciendo pagar por algún tipo de crimen mientras los Regentes intentaban tapar el sol con un dedo.

Ser todo un hombre requería deshacerse de las cosas que lo ataban a su inocencia, y maldecía el momento en el que había conocido a Prometeo hacía unos años, mientras practicaba lo que su mentora Alice le había enseñado sobre el arte de la caza.

¿Cuánta mala suerte había que tener para enamorarse de alguien y resultar que eso—específicamente ellos—, fuera un crimen?

Las cosas habrían sido distintas si Bohr no los hubiese encontrado hacía unas cuantas noches, tomados de la mano, mientras regresaban de su salida clandestina del bosque. Solo quisieron mirar las luciérnagas cerca del río, y ese pequeño placer de la vida les había costado caro.

Perseo tenía una fuerte corazonada que el origen de toda esa desgracia comenzaba en ese Bohr. Estaba casi seguro que él los había delatado. Y estaba más seguro aún que no los había delatado realmente por haberlos visto regresar del bosque, de donde tenían prohibido salir sin permiso. No, por supuesto que no. Él los había acusado de amarse, y tenía la ligera sospecha de que esa era la razón por la cual estaban metidos en ese embrollo. Desde entonces cada vez que pensaba en esa noche se le venía a la cabeza la regla número cuatro. Y aunque Prometeo le hubiese dicho mil y un millón de veces que ninguno había hecho nada malo, el escenario que se pintaba frente a sus ojos le decía todo lo contrario. Le decía que ese era su castigo; le decía que Prometeo y él representaban una amenaza.

De haber mantenido en secreto ese amor, alguien más estaría en el lugar de Prometeo; alguien menos importante. Una persona al azar de todo el grupo de los más débiles. O tal vez un reo, de esos que estaban condenados a vivir encerrados. Y no es que amara a alguna de esas personas, pero al menos ellos serían la excusa perfecta para destruir la inocencia de un niño y hacer nacer la valía de un hombre. Sin embargo, en la selección de presas el nombre de Prometeo salió a relucir entre el listado y le fue asignado a Perseo, por la misma razón por la que se le rompió el corazón cuando se enteró de la amarga noticia: porque eso significaba que iba a hacerle daño.

Lo primero que hizo fue pedir una explicación. Se quejó con el único de los cinco Regentes de la aldea que le dio la oportunidad de hablar. No obstante, Alice no pudo hacer otra cosa más que decir que lo sentía, que eso estaba fuera de sus manos y que la selección de presas era completamente al azar. Que debía entender que las cosas eran así, y que lo único que debía entender era que, si Prometeo estaba en la lista, era porque no debía seguir más en la aldea.

Si Perseo había tenido un dejo de esperanza en que Alice no iba a abandonarlo, lo perdió completamente en esos momentos.

Cuando se topó con Bohr esa misma tarde, pudo advertir en su cara lo que verdaderamente había sucedido. Perseo había tenido la condescendencia de darle el beneficio de la duda, pero cuando los ojos de ambos se encontraron comprendió lo que había sucedido. No pudo pensar en ninguna otra razón para que aquella coincidencia fuera tan exquisitamente trágica y puntual. Luego de eso no volvió a verlo hasta ese día por la mañana, cuando se preparaba para el ritual de ascensión con su presa.

Cada día desde entonces se había preguntado qué tan malo era lo que habían hecho. Intentó convencerse muchas veces que era un castigo por salir de la aldea sin permiso. Creyó que decirse a sí mismo algo así le daría paz. Pero cada vez que le daba rienda suelta a esa idea llegaba a callejones sin salida y advertía una inconsistencia entre la razón y la justicia, por lo que terminaba desechando aquella idea. Por simple descarte solo conseguía solidificar un motivo que, a pesar de resultarle inocente, terminaba adquiriendo un peso decisivo en aquella situación.

¿Cuándo había visto alguien que dos chicos de esa aldea estuvieran enamorados?

Nunca.

¿Qué representaba eso para los Regentes? ¿Una amenaza? ¿Una anomalía? ¿Un crimen capital?

No lo sabía.

¿Estaba prohibido entregarle su amor a Prometeo?

Intuía en su interior que no, pero ¿cómo saberlo si nadie le había hablado de algo así?

Así que por todas y cada una de esas preguntas sin respuesta era fácil concluir el verdadero motivo del por qué lo harían matar a Prometeo. Sería una manera fácil de solucionar algo que no conocían; una respuesta grande, cruel y contundente a todas las interrogantes.

Perseo respiró hondo e intentó calmarse. Pensar en que Bohr era el punto de partida de aquel suplicio solo le producía cierto dolor de estómago que rápidamente se transformaba en deseos violentos. Miró hacia el fondo de la fila de cabañas donde se alzaba una tarima de madera resguardada bajo una carpa de retazos de nylon rojo y blanco. En una de las salidas de expedición y entrenamiento con Alice la habían encontrado en el bosque y en su momento había representado un motín que ahora le parecía un simple adorno. Sentados en cada una de las cinco sillas dispuestas una a la par de la otra, los Regentes observaban todo con un rostro impasible y casi inhumano. Perseo, y cualquiera de los habitantes de esa aldea, había tenido pocas oportunidades de hablar con ellos. Eran básicamente las personas que ponían orden a una sociedad a punto de extinguirse; una especie de gobierno que a todos les parecía bien pero que de cierto modo resultaba frío y calculador. No eran unos tiranos. Hasta ahora todas las decisiones que habían tomado resultaron buenas y mantuvieron a todos vivos. Nadie pasaba hambre, tenían cierto grado de justicia en la que las cosas malas eran penalizadas y las buenas premiadas, todos tenían un techo y algo similar a un hogar. Eso los alejaba de ser seres malvados, o eso había creído Perseo hasta que decidieron que tenía que matar al chico que más amaba. No obstante, tampoco podía culparlos del todo. La ascensión era la norma. Las cosas se habían hecho así desde siempre; al menos desde que el mundo casi se acaba por completo. Tan solo sucedía que Perseo no se imaginó nunca que para subsistir en lo poco que quedaba de esa pintura postapocalíptica tendría que matar al centro de su mundo.

Eso también lo llevó a debatir internamente un par de cosas que no había querido exteriorizar con nadie porque el solo cuestionárselo en sí resultaba peligroso: ¿Quién había tenido la brillante idea del ritual de la ascensión?

No habían sido estos Regentes, eso estaba claro. Sus puestos eran ocupados por personas diferentes cada diez años, así que esa era otra cosa por las cuales no podía culpar a ninguna de esas personas que se encontraban sentadas sobre aquella tarima, mirándolos como en algún momento lo hizo un emperador romano en el coliseo cuando observaba a un gladiador luchar contra un león: esperando ver el inicio del fin.

Aún no comprendía completamente cómo eso de matar a alguien validaba el hecho de convertirse en adulto. Tenía unas vagas razones que había asimilado por pura doctrina, pero por alguna razón su constructo de lo bueno y lo malo las rechazaba a todas, y eso también era peligroso.

Por un breve instante Prometeo hizo contacto visual con Alice y pudo advertir cómo las comisuras de sus labios se curvaron en una casi imperceptible sonrisa para luego asentir. Aquella mujer, siempre recta, siempre justa, podría ser la única entre todos ellos que tal vez comprendía la verdadera angustia por la que estaba pasando. Probablemente Alice no conocía lo que significaba verdaderamente Prometeo para él, pero tenía la sensación de que ella entendía que ese chico era tan importante como su mismísima vida. Por otro lado, esas cinco personas cuyos ojos denotaban impasibilidad sí que sabían el por qué Prometeo estaba esa mañana atado en su pórtico a la espera de ser cazado, y el hecho de que esa fuera la razón para ponerlo en tal situación solo hacía que le hirviera la sangre.

«Tengo un plan».

«Tengo un plan».

«Tengo un plan».

«Tengo un plan».

Aquella frase se repetía en su cabeza una y otra vez. Perseo apartó la mirada de los Regentes cuando se percató que únicamente divagaba en su monólogo mental sobre su desgracia y que no los estaba mirando verdaderamente. En sus pensamientos se arremolinaba la verdad de aquel gesto de Alice que se remontaba a años atrás. Alice fue su consejera en algún momento, pero ella solo cumplía un simple trabajo, como todos en esa aldea. Su papel como Regente la volvía casi inalcanzable, pero como consejera era una persona totalmente distinta. Cuando Perseo era apenas un niño, la guía que le brindó Alice fue de valor incalculable. Pero ella siempre trató de mantener a raya cualquier emoción vinculante que pudiera surgir. Era lo correcto para alguien cuya posición era de autoridad. Por su parte, a Perseo le fue difícil hacerlo, por lo que escondido en su interior aquel sentimiento afectivo hacia ella se mantenía invisible pero vivo. Sin embargo, la posición en la que se encontraba ahora lo llevaba a cuestionarse esa confianza que inconscientemente había depositado en aquella mujer, y en el fondo dudar de ella sentía que también era lo correcto.

Perseo miró una vez más a Prometeo y trató de conservar esa imagen en su cabeza. No quería pensar que sería la última vez que lo vería, pero si su plan fracasaba al menos tendría ese pequeño regalo entre sus recuerdos.

Sin darle más vueltas en su cabeza colocó la máscara en el rostro de Prometeo y la sostuvo un momento hasta que ésta se le pegó a la piel. Perseo se había tomado el cuidado de untar meticulosamente el adhesivo para que no fuese a arruinarle los ojos y los labios. Sería lo único que podía permitirse dejar intacto en esos momentos.

Los parlantes en lo alto de la torre en el patio central se encendieron y por unos segundos sonó la estática. Perseo se aseguró de que sus armas estuviesen fijas en su sitio y luego de unos cuantos nudos más comprobó que no le darían problemas para moverse. Así, cuando tuviera que correr y defenderse, no tendría la dificultad de sacarlas y usarlas para desollar la cara de cualquiera que representara una amenaza.

Cuatro cabañas después de la suya se erguía el portón que separaba la aldea del bosque. El mecanismo que abría sus compuertas automáticamente comenzó a chirriar por el óxido acumulado de años, haciendo vibrar el aire y los tejados. Cuando finalmente estuvo abierto los parlantes emitieron una voz femenina y casi sintética.

Sesenta segundos para el inicio de la ascensión.

Perseo miró a su alrededor y en los pórticos de otras cabañas parecían estar preparados. Todos los participantes comenzaron a desatar las sogas que mantenían cautivas a sus presas, así que él hizo lo mismo. Solo había atado a Prometeo porque así lo requería el protocolo, aunque sabía que no era necesario. De hecho, nadie habría necesitado de ellas. Todos estaban sabidos que intentar escapar de su destino era condenarse a muerte. ¿A dónde irían si ese lugar estaba rodeado de una enorme muralla? ¿A esconderse al peligroso bosque? Al final, terminaban en lo mismo: o muertos a manos de sus cazadores o muertos a manos de los Regentes, o en el peor de los casos, por las garras de los Purgadores.

Era un sistema bastante abusivo, pero al final de cuentas, efectivo, y eso último ni siquiera estaba a discusión.

De todos modos, Prometeo tenía la voluntad de hacer esto por su cuenta. Él jamás intentaría huir. Había sido casi instantánea su rendición cuando se enteró que había sido incluido en la rifa de presas, todo por ayudarle. Eso solo hacía que Perseo se sintiera más comprometido a querer proteger a ese chico. A su chico, para ser específico. Tenía la necesidad de resguardar del mundo a alguien que estaba a punto de dar su vida—literalmente—por él.

En la aldea Perseo conocía puntos ciegos por los cuales poder salir, pero ahí afuera de todas maneras era peligroso. Esa era una de las muchas razones por las cuales no estaban autorizados a pasar de esos muros a menos que fuese para la recolección de alimentos y otras situaciones que los Regentes consideraran importantes.

Una de las pocas veces que Prometeo y él lo habían hecho, como esa ocasión en la que Bohr los descubrió, fue arriesgando su cuello a que los Regentes los encontraran y los castigasen severamente o a que las criaturas de ahí afuera los mataran.

Además, los vigías en las torres siempre estaban listos para disparar si era necesario, así que cualquier cosa que intentase salir o entrar sin consentimiento previo moriría antes de cruzar siquiera el portón.

Treinta segundos para el inicio de la ascensión.

Perseo chasqueó la lengua.

La palabra ascensión le resultaba estúpida, incluso si tenía un significado enorme.

Ascender a eso llamado adultez.

Perseo necesitaba hacerlo, pero el precio que tenía que pagar por ello le dejaba un sabor muy injusto y amargo. Muy caro, si un valor le tenía que dar. Sin embargo, si desistía de hacer esto, ¿cómo iba a conseguir las medicinas que su hermana necesitaba para mejorar de su enfermedad?

O era Prometeo o era Persephone.

Además, cabía la posibilidad de que lo echaran de la aldea si se rehusaba a participar en la ascensión, y en el bosque era casi seguro que moriría. Había sucedido antes y tan solo algunos pocos que lograron quedarse en la aldea terminaron muriendo de hambre o enfermos porque su ración de comida fue recortada a menos de la mitad.

La ascensión era un ritual obligatorio y un arma de doble filo en su caso. Las reglas eran simples; a un cazador, que era cualquiera que llegaba a la mayoría de edad, se le asignaba una presa de menor edad, y éste tenía que darle caza para poder validar su ascenso a la adultez. Cada presa y cazador debían cumplir con ciertos requisitos de salud y otras características físicas que los pusiera en igualdad de condiciones o similares. Cada presa era escogida al azar por un sistema de rifas, por lo que significaba que cualquiera menor de dieciocho años podía ser una presa a menos que el puesto que desempeñara fuera en extremo imprescindible. Ser menor de edad aparentemente significaba ser menos útil, según el punto de vista de Perseo.

Una vez que el listado estaba listo, era inapelable. Iniciado el ritual, tenían una semana entera para matar a su presa y se les daba armas para poder cazar. Había recompensas, claro, pero todo era en función de si podían comprobar que habían matado a su presa asignada. Algunas veces las presas lograban huir, pero se les daba por muertas puesto que afuera era peligroso y nadie en todas sus facultades podría pasar demasiado tiempo con vida sin armas con las cuales defenderse. En esos casos en los que la presa no era encontrada, el cazador no obtenía beneficio alguno y no podía optar por puestos de mayor rango, lo que significaba quedarse sumido en cierta miseria. Existía un pequeño apartado sobre las presas que sobrevivían, pero solo era un párrafo malgastado por el tiempo a quien nadie le ponía atención por las circunstancias en las que se encontraban y por lo ridícula de su resolución: cualquier presa que luego de una semana de cacería regresara con vida a la aldea sería puesta nuevamente en la lista de presas sin ser parte de la rifa ni poder evadirlo.

Era, técnicamente, una sentencia a una muerte segura.

Persephone, la hermana de Perseo, jamás podría participar en la ascensión porque estaba enferma, lo que lo dejaba a él como el único capaz de poder cuidarla y poder conseguir sus medicinas. Ese era el beneficio por el cual Perseo peleaba. Prometeo por otro lado era un caso singular. Él ni siquiera podía considerarse como alguien dispensable. Era muy inteligente, casi que su trabajo asignado rozaba los rangos más altos. Tenía madera de cazador y no de presa. Pero claro, es que quien llegaba a la mayoría de edad primero no era él, y además estaba claro que los Regentes no desaprovecharían la oportunidad de ponerle una prueba así si castigarle por su supuesto crimen era lo que realmente querían.

Los Regentes estaban al tanto de la enfermedad de Persephone, y mantener a un enfermo incurable en la aldea también era un tema delicado considerando que las medicinas eran escasas. ¿Qué mejor excusa que utilizar a Prometeo para probar su verdadera necesidad de esos medicamentos?

Ellos lo habían hecho a propósito. Perseo lo podía sentir en cada fibra nerviosa de su cuerpo. No querían que él se volviese un adulto realmente, sino que hacían alguna especie de intercambio: la vida del amor de su vida por la vida de su hermana, y en el proceso los estaban castigando. A Prometeo y a él, por quererse. Por ser dos chicos y ser—según lo había escuchado de comentarios de otras personas de la aldea—algo antinatural. Perseo aún no terminaba de comprender por qué se oponían, pero era evidente su desacuerdo en que ellos fueran novios.

Maricas.

Esa fue la palabra que escuchó de la multitud entre siseos esa tarde cuando dieron los resultados de la rifa de presas. Tan solo la había visto un par de veces en algunos libros que Prometeo le había hecho leer. Incluso sabía otros sinónimos más correctos y para nada groseros. Sin embargo, esa palabra en particular le resultaba algo ácida, áspera y venenosa, particularmente por el tono en el que los demás la usaban.

Eran la crueldad en su máxima expresión, y esa impresión jamás podría quitársela de encima.

La verdad era que no quería perder a nadie. Ni a su hermana ni a ese chico de cabello castaño, pero a Prometeo parecía hacérsele tan fácil abandonarse a sí mismo con tal de ayudarle que no notaba lo difícil que eso lo volvía para él.

A pesar de ello, Perseo había ideado un plan. Solo tenía que evitar que alguien más le hiciera daño a Prometeo. Persephone tenía una idea para conseguir las medicinas suficientes sin que nadie se diera cuenta. Le dijo que no se preocupara, que lo tenía todo calculado. Perseo confiaba ciegamente en ella, así que no preguntó de qué iban sus planes. Además, entre menos información intercambiaran, menos peligro corrían de que sus planes se vieran frustrados por alguien más.

Acordaron que, en unos días, cuando encontrase a Prometeo en el bosque y estuviera a salvo le contaría de su plan, regresaría por ella y escaparían por uno de los puntos ciegos. Solo tenía que estar lista. De ahí en adelante los tres desaparecerían. Se irían lejos de aquella aldea y jamás volverían a saber de ellos. Y si Persephone necesitaba más medicinas, las buscarían. Si Prometeo volvía a correr peligro, lo salvaría. Si alguien volvía a juzgarlos, lo enfrentaría.

Sonaba heroico y poético, pero en el fondo Perseo sabía muy bien que conseguir todo eso podía convertirse en un verdadero infierno.

Echó un vistazo al bosque y las pupilas se le llenaron con el verde tupido de los árboles.

Ahí afuera era todo lo que quedaba. Luego del bosque ni siquiera existía un luego. Tan solo una historia que se había transmitido entre las pocas generaciones sucesoras de los sobrevivientes y los pocos ancianos vivos desde que sucedió El Gran Desastre.

Ese catastrófico escenario sacado de un cuento de ciencia ficción había acabado con todo. Esa tanda de árboles constituía el único bosque que quedaba en ese mundo, además de que seguramente ellos eran los últimos seres humanos que lo habitaban. Después de eso no existía nada más que valiera la pena. Toda su vida creció escuchando esa historia. La humanidad tuvo sus días oscuros y, por poco, contados.

Hacía cincuenta años algo había impactado una enorme fosa sumergida bajo el océano Pacífico, secando el mar a su alrededor y removiendo cada centímetro del planeta hasta casi destruirlo por completo. Luego de esa catástrofe unas bestias emergieron del abismo para terminar de destruir lo que quedaba. Aquellas criaturas parecían estar hechas de humo negro y estropajos. Su rugido era aterrador donde fuera que se encontraran y todo lo que se cruzaba en su camino moría.

Aún luego de tanto tiempo nadie había podido darle una explicación a su existencia. Lo único que habían conseguido era darles un nombre. Los llamaban Purgadores, e incluso esa palabra se quedaba corta para lo despiadados que eran.

Veinte segundos para el inicio de la ascensión.

Perseo trató de limpiar su cabeza de pensamientos inútiles y de miedos infantiles. Ahí afuera podía haber muchas cosas, pero toda su vida se había preparado para enfrentarlas. Además, los Purgadores no serían un problema ese día.

Estaba lloviendo y el agua los mantenía a raya. Parecía que era tóxico para ellos entrar en contacto con el líquido, y tal vez esa era la razón por la que nunca habían salido de la fosa antes. Toda esa agua los había mantenido atrapados en aquel abismo y ahora que se había secado no quedaba nada que los detuviera de escapar.

Tragó grueso y de pronto aquella represa que contenía sus miedos se desbordó sin previo aviso.

—No puedo hacer esto—susurró de repente.

Volvió su mirada hacia Prometeo y éste parpadeo un par de veces.

—Tienes qué.

—No puedo hacerte esto—se reprochó con más puntualidad.

El pánico comenzó a abrirse paso en su voz y su rostro adquirió un tono sombrío.

—Amo a Persephone, la amo muchísimo. —La voz de Perseo se quebró—. Pero también te amo a ti. Y no quiero renunciar a nadie. No quiero que te lastimen.

Quince segundos para el inicio de la ascensión.

—Necesitas ascender. Solo así te darán los medicamentos. Solo así estarás bien.

—No. Puedo solucionarlo de otra manera.

Diez segundos para el inicio de la ascensión.

—No hay otra manera.

—Tengo un plan, Prometeo.

Cinco segundos para el inicio de la ascensión.

—Solo hazlo.

—Puedo salvarlos a ambos. —Las palabras de Perseo se llenaron de ansiedad.

—No puedes.

Perseo quiso decirle de sus planes, pero el tiempo se le había agotado. Tal vez tuvieron que hablar de eso antes, aunque significara ponerlo en más peligro.

Ahora ya era tarde.

Tres segundos.

Dos segundos.

—Por favor, solo mantente con vida. No quiero perder a nadie.

Prometeo lo miró una última vez a los ojos y le tocó la mejilla con la punta de los dedos. El calor de sus manos parecía ser un regalo de despedida muy doloroso que no estaba dispuesto a aceptar.

—Y yo no quiero que tú lo pierdas todo, mi querido Perseo.

La sirena comenzó a sonar por los parlantes, como si se tratara de un aviso de peligro. Prometeo le dio un beso en la frente y a Perseo se le emborronó la vista. Apenas alcanzó a verlo respirar hondo, tragar grueso y echarse a correr hacia el bosque para desaparecer entre los árboles, difuminándose con la bruma y la maleza hasta perderse. A Perseo solo le quedó encerrar su miedo en lo más profundo de sus pensamientos y desear que Prometeo sobreviviera.

«Tengo un plan», quiso convencerse. Y ahora ya no había marcha atrás.