Chapter 1
—¿Leah? ¿Estás despierta?
Leah abrió los ojos al escuchar la voz de su padre Tom, llevaba todo el viaje en silencio mientras escuchaba música con sus audífonos.
—Sí, papá.
Se sentía un poco sofocada así que abrió la ventanilla del auto y dejó el aire entrar. Solía marearse cuando llevaba mucho tiempo en un auto en movimiento, o en cualquier tipo de transporte a decir verdad.
—¿Estás mareada? —pregunto su padre con preocupación, ya conocía acerca de los frecuentes mareos de Leah.
—Solo un poco —respondió a la vez que su padre le pasaba una botella de agua y ella la destapaba para beber su contenido. —¿Falta mucho para llegar?
—Solo unos pocos kilómetros —respondió su progenitor sonriente.
Leah tenía los mismos ojos verdes de Tom, su cabello pelirrojo y esos hoyuelos en su rostro, era casi su copia exacta, y a Leah le gustaba que la comparan con su padre, que dijeran lo mucho que se parecían.
Luego de casi media hora por fin llegaron a su destino. Tom tomó las maletas de su hija y las llevó hacia el interior del hogar.
Leah no se quedó mucho tiempo admirando la casa, de todas formas, ya había estado aquí hace dos semanas. Más bien, se quedó admirando el columpio que habían puesto en el portal y la mesa de café y butacas en el jardín del frente.
—Hemos hecho algunas remodelaciones —comentó su padre. —En el interior también vas a ver algunos pequeños cambios, pero anda, entra ya. Necesitas bañarte y cambiarte, tal vez ahorita quieras ir a la playa.
Ella sonrió y tomo su mochila negra, lo único de su equipaje que quedaba dentro del coche, y avanzó hacia el interior de la vivienda.
Después de llegar a su cuarto acomodó sus cosas en su armario y gavetas, se bañó y se colocó su pijama azul celeste, a diferencia de lo que creía su padre, no tenía intenciones de ir a la playa justo ese mismo día.
—¿Leah, qué haces vestida así? ¿no piensas ir a la playa?
—No... lo siento, es que estoy muy cansada.
—¿De venir sentada cuatro horas en un auto? Ni hablar, tú vienes conmigo.
Ella hizo un puchero intentando convencerlo de que la dejara quedarse, pero a su padre nadie lo hacía cambiar de opinión, más bien, él hacía cambiar de opinión a la gente.
—Veinte minutos para que estés lista, anda. Le dije a tu madre que se asegurara de que metieras varios juegos de baños en esa maleta.
—¡Me hizo traer los cuatro! No es como si me fuera a pasar todos los días en el agua.
—¡Veinte minutos, Leah! —le gritó su padre antes de salir de la habitación.
Frustrada, cerró su laptop y la dejó sobre la cama, buscó en el armario un bikini negro, un short de mezclilla para usar por encima de este y sus chancletas hawaianas blancas con dibujos de sandía. Amaba la sandía.
En un bolsito color beige echó su bloqueador solar, sus gafas y su teléfono.
—Lista —dijo una vez bajó las escaleras y encontró a su padre esperando en la sala-comedor.
Apenas tuvieron que caminar unas seis cuadras y ya estaban en la playa, eran las tres de la tarde, la arena aún estaba caliente por lo que Leah desechó la idea de quitarse las chancletas de inmediato.
—Esher y Clhoe son amigos míos —le fue contando su padre. —Han alquilado una cabaña pues ellos viven más lejos y a Esher le gusta gastar dinero incensario —comentó riendo. —Ahora nos estamos dirigiendo hacia allá.
—¿Son pareja? ¿Tienen hijos? —preguntó Leah con la esperanza de que no tuvieran tres niños pesados dispuestos a arruinarle las vacaciones.
Leah quería disfrutar sus vacaciones al máximo, pero se preguntaba si en verdad era posible lograr esa meta. ¿Conocía a alguien allí? No, solo a su padre. ¿Conocía la ciudad? No, tendría que llevar a su padre a donde quiera que ella quisiera ir.
—Sí, y dos hijos. Max y Ruby. Pero también está Harry, el sobrino de Clhoe, que se está pasando las vacaciones aquí, al igual que tú.
¿Qué razones tendría el tal Harry para tener que pasar las vacaciones en el mismo lugar que ella?
Llegaron a la cabaña y solo tuvieron que esperar unos segundos para que la puerta se abriera de un tirón y una chica castaña, llena de pecas, casi tan alta como Leah, y con un vestido veraniego color naranja se asomó en la entrada.
—¡Papá, Tom está aquí!
La castaña miró a Leah y sonrió mientras acomodaba su cabello medio húmedo y enredado.
—¡Hola! Soy Ruby, ¿tú eres Leah, no?
—La misma —respondió la pelirroja con ánimos de ser amable.
Ruby parecía tener la misma edad de Leah, pero su rostro un tanto infantil la hacía parecer más menor, como de dieciséis. Y Leah ya casi cumplía los veinte, solo le faltan cinco meses.
Ambos pasaron al interior de la cabaña, la cual Leah consideró muy acogedora.
—¡Maxiee, ven a conocer a Leah! ¡Y llama al amargado de Harry Kreston!
Una pareja cuarentañera apreció en la estancia, los mencionados Esher y Clhoe. Seguidos de ellos un chico de la misma altura que Ruby, con el mismo cabello castaño y las mismas pecas apareció, y detrás de él, un chico un poco más alto, rubio y con ojos verdes oliva. Inmediatamente Leah ya sabía quién era el tal Harry.
Ruby los presentó enseguida:
—Ellos son mis padres, él es mi hermano mellizo, Max, aunque de cariño le decimos Maxie —dijo señalando al mencionado. Todo tenía sentido ahora, Leah pensó que el hecho de que se parecieran tanto era casualidad, pero no, eran hermanos mellizos. —Oh, y él es Harry, más allá de su cara de amargado se esconde un ser lleno de ternura, no dejes que te engañe.
—Ten cuidado de como hablas de mi, Ruby —casi gruñó el rubio.
—Siéntete como en casa, Leah —dijo dulcemente Clhoe.
—Gracias.
La invitaron a tomar un jugo de manzana y se acomodó en uno de los sillones de cuero liso mientras los chicos y Ruby se sentaban frente a ella.
Harry parecía distraído, indiferente, aunque sentía que de vez en cuando la miraba; Max la observaba con curiosidad; Ruby no paraba de hablar.
—¿Tienes dieciocho? —preguntó la castaña.
—Diecinueve —respondió serena. No era la primera vez que alguien la bombardeaba a preguntas.
—Entonces estás en la universidad —no era una pregunta, era una afirmación. —¿Qué estudias?
—Psicología —respondió orgullosa.
—¿Te gusta estudiar la mente de las personas? —esta vez quién preguntó fue Max. Leah no lo consideró como una de las preguntas estúpidas que normalmente hacía la gente, tampoco le respondió algo como «Es obvio, ¿no te parece?», y eso es porque sabía que a donde quería llegar Max era a si había escogido esa carrera o fue la que le llegó.
—Mi madre quería que estudiara derecho, mis tíos que escogiera comunicación social... Mi padre me dijo que estudiara lo que yo quisiera, yo estaba entre la psicología y los idiomas, pero al final me decidí por psicología.
Max asintió en respuesta.
—¿Sabías que es lo mismo que estudia Harry...?
—¿Sabías que Max es un soplón? —respondió con otra pregunta Harry.
Ruby de inmediato sintió como perdía toda la atención, así que para recuperarla propuso ir a la playa de una vez por todas.
Los mellizos avisaron a sus padres y luego fueron todos juntos al destino señalado..
Ya eran las cuatro y media, por la arena no estaba tan caliente y esta vez Leah si pudo quitarse sus chancletas y sentir el contacto de la arena con sus pies descalzos.
Ruby le pidió su número de teléfono y ella se lo dió, luego Ruby se encargó de pasarla a su hermano y su primo.
Leah sacó su teléfono y le tiró una foto a la playa, sin darse cuenta de que Harry salía en ella, y la subió así mismo a su estado de WhatsApp.
Dejó su bolso y sus chancletas en la orilla junto con las cosas de sus nuevos compañeros y se metió al agua.
No estuvo pocos minutos dentro cuando los hermanos mellizos ya habían empezado una guerra dentro del agua, Leah prometió mantenerse al margen, pero su promesa se hizo añicos cuando Harry la agarró por la cintura desde atrás por sorpresa para ella, y luego la hizo zambullirse bajo el agua junto a él.
Cuando volvieron a salir Leah casi lo abofetea, pero se contuvo. «Vamos, Leah, no seas pesada, solo fue una broma».
—¿Por qué hiciste eso?
—Vaya la señorita se ha enojado —comentó burlándose.
Leah lo miró fijamente por unos segundos, detallando su rostro, tenía los mismos ojos verdes de ella, pero más oscuros, mandíbula cuadrada y marcada, su cabello dorado cayendo en algunos mechones sobre su frente, observó su torso desnudo y sus brazos, no era muy musculoso que digamos, pero si se notaba que debía hacer ejercicio a menudo, tenía los abdominales levemente marcados. Volvió a mirar su rostro y vió como el rubio sonreía de forma pícara.
—¿Terminaste de escanearme?
Ella de inmediato se sonrojó, pero se sintió aún más incómoda cuando él empezó a mirarla del mismo modo.
Acomodó su cabello y decidió nadar hasta Ruby y Max, que ya habían terminado su pelea de hermanos.
La tarde transcurrió de forma bastante rápida y cuando ya estaba oscureciendo salieron, tomaron sus cosas, y regresaron a la cabaña.
—Leah, nos quedamos a comer —le informó su padre cuando entraron.
Y así fue, cenaron arroz frito, bistec y un pozuelo de camarones con mayonesa de plato final.
—Leah, ¿extrañas mucho a tu madre? —Ruby soltó la pregunta que llevaba aguantando unos minutos mientras los adultos hablaban de la comida y el tráfico de Santa Mónica cuando iban al súper.
—Ruby —la regañó su hermano.
Leah comenzaba a pensar que o Ruby no se daba cuenta de que sus preguntas a menudo eran muy indiscretas o no le importaba incomodar a la gente con ellas.
—Sí, pero eso no hace que mi estancia aquí sea mala —respondió casi de inmediato.
A veces cuando tardas mucho en responder una pregunta, las personas piensan que es todo lo contrario a lo que has dicho.
Leah si disfrutaba estar aquí, extrañaba a su madre, pero no tanto como a sus amigos. Aún así, la playa era exquisita.
Su teléfono vibró en la mesa, debía de haber dejado los datos móviles activados. Antes de soltarlo nuevamente —sabía que a su padre le molestaba que lo usara durante la comida—, revisó el mensaje que acababa de entrarle por vía WhatsApp.
¿Acaso me estás presumiendo en tu estado?
El mensaje era de Harry, ella lo miró de inmediato y este se limitó a sonreír.
Leah no entendía el mensaje en respuesta a su estado, así que lo buscó y fue entonces que se dió cuenta que él salía en la foto.
Claro, ahora Harry pensaba que lo había hecho a propósito. Decidió no darle más vueltas al tema y que le explicaría después.
Una vez que terminaron de comer, agarraron tres paquetes de malvaviscos, malteadas y galletas. Planeaban encender una fogata en la playa. Ruby le prestó a Leah una sudadera blanca que ella se puso de inmediato por arriba del bikini aún húmedo y su short, pues hacía viento en la playa.
—¿A dónde van con tanta comida, si acaban de comer? —el padre de Leah levantó las cejas.
—Parece que no conoces a los muchachos, Tom —Clhoe rió bajito. —De algún modo, se las arreglan para que todo eso les quepa en el estómago, es como si tuvieran un agujero negro.
Max y Harry se encargaron de encender la fogata y colocar unas rocas alrededor para que todos pudieran sentarse, y una vez que llegaron Ruby y Leah, estas se sentaron entre los chicos, Ruby del lado su hermano y Leah al lado de Harry.
Max y Ruby se pusieron a cantar una canción extraña para Leah y se pararon a realizar un baile también muy extraño.
Harry la miraba en silencio, hasta que se aclaró la garganta y habló.
—Oye...
—Lo de la foto no fue a propósito —interrumpió Leah —. No me di cuenta de que salías en ella.
—Sí, claro —respondió él haciendo un gesto con la mano de que no se creía nada. —Y yo no me he dado cuenta de que eres pelirroja —dijo sarcástico.
—El sarcasmo no te queda —dijo ella, sí le quedaba, pero con algo tenía que defenderse.
Se paró y empezó a caminar por la orilla, sin acercarse lo suficiente para que las olas le mojaran los pies, Harry la seguía hasta que se posicionó a su lado.
—No lo intentes ocultar, ya sé que soy hermoso —respondió. «Tiene el ego muy alto», pensó de inmediato Leah. —¿Sabes? Ruby estuvo hablando de ti toda la semana, eres más bonita que en las fotos.
—Dime algo que no sepa —respondió desafiante. «¿Quién es la del ego más alto ahora, eh?»
Harry rió por ese comentario. No iba ser tan fácil como él pensaba.
—¡Chicos! ¿Por qué se van? —Max gritó al ver como se alejaban más y más y Leah decidió volver solo para librarse de Harry.
✨🍉
Ya eran casi las diez de la noche cuando por fin todos regresaron a la cabaña y Leah y su padre volvieron a casa.
Al llegar a su habitación Leah por fin se bañó y se cambió a su cómodo pijama. Volvió a encender su laptop y puso una película mientras se comía un paquete de galletas de chocolate que Ruby le había dejado.
La película se llamaba "Culpa Mía" y Leah ya andaba por la mitad cuando le llegó otro mensaje de Harry al teléfono.
«Te sienta bien el negro».
Leah apagó el teléfono y volvió a mirar la película, pero ya no se concentraba. Cerró la laptop y se dispuso a dormir.
«Justo ahora te sienta bien un rayo». Pensó molesta en referencia a Harry.