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1.
Billie.
El anuncio es discreto. O sospechoso. Muy básico para un puesto de niñera. No piden referencia, tampoco experiencia, menos un grado de estudio o tener conocimiento de primeros auxilios.
«Se necesita mujer para cuidar dos niños. El único requisito es la disponibilidad inmediata. Buena paga».
¿Ves? Muy simple. Hice trabajos de niñera desde los catorce y mi experiencia es un punto a mi favor. Por eso te digo que el anuncio me parece raro, porque los padres son los primeros en exigir que seas pediatra, psiquiatra, maestro, y pagarte un sueldo más bajo que el mínimo.
Sin embargo, estoy con unos cuantos centavos para sobrevivir. Acabo de huir de casa, específicamente de mi madre abusiva. Entonces, es el anuncio en el periódico —que espero que la vacante esté disponible—, o mendigar dinero en la calle.
Con cuidado de que el señor detrás del mostrador me dé un buen sermón por la advertencia de que no debes tomar fotos al periódico, hago eso mismo: capturo el número de teléfono. Pretendo que estoy escribiendo cuando en realidad estoy guardando el contacto.
Mi garganta se seca al encontrar un mensaje viejo en mi celular: Mateo.
El puchero que se quiere formar compite con el ceño fruncido que evita que mis lágrimas fluyan frente a todos en la tienda.
No puedo llorar. No debo llorar. Él ya no es parte de mi vida…
—¿Oiga? —reprende el hombre detrás del mostrador—. ¿Terminó? Tengo una fila esperando —agrega en un refunfuño, señalando con un dedo hacia el fondo de la tienda. Sigo la dirección, ignorando la uña con la mancha negra en el medio, tal vez producto de un golpe.
Sí, hay más de cinco personas detrás de mí. El autobús hizo una parada y la mayoría está comprando papitas y gaseosas a falta de un restaurante para comer. Hemos viajado alrededor de cuatro horas.
¿De dónde vengo?, ya no importa. Lo importante aquí es para dónde voy. Quiero un lugar grande en el que mis problemas sean pequeños comparados con la inmensidad de la ciudad. Quiero ver tanta gente caminando y que sean capaces de distraerme. Quiero un comienzo nuevo y…
—Muchacha, el autobús arrancará y tú aún estás en la nebulosa. ¡Avanza! —ordena la mujer con fastidio en su voz.
Niego al mismo tiempo que mis ojos miran al techo para después cerrarlos con energía, volteando sobre mis talones sin ningún cuidado, causando que mi cola de caballo azote su cara. Perra amargada…
Me concentro en pagar, volviendo a pensar en el anuncio… ¿en un periódico? ¿Quién carajo usa periódicos hoy en día? Existen un montón de aplicaciones para reclutar trabajadores. La gente usa el Facebook o el Ig para eso. También sus propias páginas webs o ferias de empleo. ¡Un periódico! Se me escapa un resoplido.
Aunque, mientras cuento mi cambio, otra mujer —tal vez de treinta años o más— alza el papel y pregunta al viejo:
—¿Esto es nuevo?
Me hago la tonta a la espera de que conteste. Cabe decir que no es un periódico local, sino de una ciudad de Nueva York. Mi destino era Washington, pero podría… ¿podría?
—Sí. Un tipo vino hace tres días y dejó el papel allí. Me pagó para que mantuviera el anuncio a la vista.
Jum, ¿así nada más?
—Qué raro… —murmura la mujer.
¿Verdad que sí?, pienso para mí, pero no lo digo.
Me recuesto al mostrador, pretendiendo que estoy enviando un texto para seguir escuchando. Necesito un trabajo y la palabra buena paga es tentadora.
—El tipo tenía puesto un traje y llegó con otros más. Muy educado —comenta, como si eso fuese importante—. Me pidió el favor y dijo que me llamaría para quitar el anuncio.
—Bien. ¿Tiene más copias? —Apunta al pedazo de papel.
El hombre asiente sin prestarle mucha atención, concentrado en la caja registradora. Ella coloca el periódico en el mostrador y lo paga, sacando el que le interesa y dejando el resto.
—¡Oye! ¿Qué hago con esto? —farfulla, luciendo como si la mujer le estuviera haciendo un daño horrible.
Pero le habla al aire porque ella ya está traspasando la puerta. El tipo suelta una maldición, agarra el montón de hojas y se aleja del mostrador hasta detenerse en un cesto de basura. Claro, va gruñendo mierda durante el corto trayecto, pero yo sólo pienso en que podría tener más anuncios de empleos.
—Yo me lo quedo —acepto, estirando la mano para que me lo devuelva.
El viejo me da una mirada. Esta vez más profunda. De esas en las que te miran de arriba abajo, logrando que mi estómago se tense. Reconozco lo que hay en sus ojos: lujuria. Odio que me vean así, como si estuviera en la mesa lista para ser cortada en pequeños pedazos y devorarme sin piedad. He visto eso antes, muchas veces, de distintos hombres… y mujeres.
Trago el sabor salado y espeso de las náuseas, respirando hondo, y agito la mano extendida con la palma hacia arriba, tratando de sacarlo de su trance. Su arco de cupido se arruga lo suficiente, lo justo para parecer frustrado —no sé si de su día a día o porque lo interrumpí de su exploración—, pero me hace saber que está molesto cuando estampa el puñado de papeles arrugados en el mostrador.
Bien, Billie, no hay problema. Es sólo un tipo que nunca verás otra vez. Que se joda…
De la misma forma altanera, estiro mi mano para recoger el periódico, girando sobre mis talones para salir del local de mierda.
En el autobús le pregunto al conductor si hará parada en Nueva York, él amablemente me responde que no es taxista.
¿Qué mierda hay en el aire que vuelve a la gente amargada y pendeja?
Luego, casi sintiéndose culpable, me dice que en Washington puedo tomar otro autobús con destino a Nueva York.
—Hay servicio de tren… —Me mira, más bien a mi ropa —que no se ve muy nueva o cuidada—, y agrega—: Pero seguro que buscas algo más barato. Entonces, el autobús es lo tuyo.
El conductor señala los asientos con una rápida inclinación de cabeza dando fin a su amable información.
No quiero mirar mi ropa. Tampoco mis zapatillas. Por eso, acelero el paso hacia mi puesto, teniendo la sensación de que todos saben que no tengo más que dos mudas de ropa aparte de la que llevo encima.
Cierro los ojos y me permito pensar en Mateo. En qué estará haciendo. Sin embargo, ya no puedo regresar. Mi cuerpo aún tiene marcas de la paliza que mi madre me dio el viernes.
Solo me habría gustado despedirme. Decirle que no lo olvidaría y que siempre sería el amor de mi vida, pero que ya estaba harta…
Es por tu bien, Billie. Necesitas un cambio.