La Invitación

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Summary

Rory acaba de irse de su casa. Con dieciocho años recién cumplidos, su vida no ha sido fácil, pero todo parece mejorar cuando Jax e Iria, dos mujeres casadas, lo toman bajo su alero y lo llevan a vivir al pequeño apartamento sobre su estudio de tatuajes: La Ondina. El lugar está por cumplir otro aniversario desde su apertura y Rory no ve mejor ocasión para mostrarle a las mujeres lo agradecido que está, por lo que decide hacerles un regalo. Caminando por Bellas Artes se encuentra con una tienda que le llama la atención y aunque el dependiente no es la persona más amable del mundo, eso no lo detiene de intrusear entre los objetos perdidos. Allí encuentra un viejo abrigo rojo cubierto de botones que, contra todo pronóstico, le queda perfecto. Pero... ¿Qué es eso escondido bajo el forro?

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11
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n/a
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16+

Uno (Rory)

A la gente le asustaban mis ojos negros, por eso creí que ellos eran la razón por la cual el dependiente de la tienda de antigüedades se me había quedado viendo raro, pero resultó que se trataba de otra cosa.

Llevaba todo el día dando vueltas por Bellas Artes, la zona de la ciudad dónde se podían encontrar antigüedades, curiosidades y por supuesto, talleres de distintos tipos de artista. Me encontraba buscando una mesita pequeña para adornar la Ondina, el estudio de tatuajes sobre el cuál vivía. Yo no tatuaba, pero a veces pintarrajaba algunas ideas y me encargaba de mantener el lugar limpio además de llevar la agenda de Jax e Iria, quienes a cambio me dejaban vivir en la habitación que les sobraba en el segundo piso. Era un excelente trato considerando que cuando había llegado a la ciudad no conocía a nadie y que ambas se habían arriesgado conmigo, metiendo a un extraño en su casa sin tener ningún tipo de referencia sobre mi comportamiento.

Aunque no era parte del trato, las mujeres a menudo me compartían de su comida e incluso me invitaban a algunos de sus paseos al campo, donde nos reuníamos con sus amigos artistas y hacíamos cosas alrededor del lago. Debido a su amabilidad, quería regalarles algo genial y creía que una mesita redecorada para su nuevo teléfono de línea sería el regalo perfecto. Además de que era lo único que podía pagar.

Vi la tienda a lo lejos. Estaba casi al final de la zona de Bellas Artes, en una de las calles más pequeñas que estaba recorriendo a propósito para evitar el sobre precio. Su escaparate no era nada del otro mundo, de hecho, no se veía ni un cuarto de lo interesante que los demás, así que entré. En el mostrador no había nadie y en la radio sonaba una canción pasada de moda a bajo volumen, saludé un par de veces pero nadie salió, así que me permití esquivar los cachivaches regados por todos lados y me hice camino hasta la parte donde estaban los muebles. Canturreé la melodía mientras examinaba lo que tenían disponible y para mi alivio, encontré la mesita perfecta a los pocos minutos de mirar.

Era redonda, alta y de superficie pequeña. Le faltaban dos topes de las patas, pero por lo demás estaba en buen estado. El precio no era escandaloso y, aunque tendría que ahorrar en otros ámbitos, la Ondina -y especialmente Jax e Iria- lo merecían totalmente.

—¿Hola? —volví a llamar, y al darme cuenta de que mi voz había sonado muy aguda, lo intenté otra vez—. ¿Hola?

—Ya te oí —dijo el hombre tras el mostrador. Tenía el cabello blanco oculto bajo un pañuelo y un par de anteojos con el cristal rosado sobre la nariz puntiaguda. Sus ojos eran tan negros como los míos, al esclerótica seguía siendo blanca, pero no se distinguía el iris de la pupila.

—¿Cómo-? —comencé a decir, porque no lo había visto venir y podía decir con casi toda seguridad que no había estado allí antes.

—¿Sólo eso? —preguntó, desinteresado.

—Sí —dije esquivándole la mirada. No me gustaba que me vieran a los ojos, ni siquiera si la otra persona los tenía tan extraños como yo.

—Le pasaré un paño —anunció antes de desaparecer en la trastienda. Quise decirle que no era necesario, pero no me dio tiempo.

—¿No piensas traerla? —preguntó desde la otra habitación.

A veces se me olvidaba que ya no me veía como una chica y que, por tanto, la supuesta amabilidad que los hombres le mostraban a las mujeres ya no aplicaba para mí.

—Voy —grité y mi rostro se arrugó enseguida. Muy agudo otra vez.

La llevé hacia adentro no sin cierta dificultad, pues la mesa superaba en altura a la mitad de mi cuerpo y apenas había espacio para maniobrar. Se la dejé junto a su mesa de trabajo y el hombre me hizo un gesto para que esperara mientras le pasaba el abrillantador. Pretendía estar ocupado, pero de cuando en cuando levantaba la mirada y me echaba una buena ojeada sin disimular. Incómodo, me puse a curiosear la ropa que tenía relegada en un perchero: la mayoría necesitaba arreglos, pero tenían buenas telas y diseños.

—¿Están a la venta? —pregunté al dar con una chaqueta a cuadros preciosísima.

—Sí te interesan, sí —respondió dándome la espalda—. Necesitan arreglos, eso sí.

Tomé la chaqueta para verla mejor, pero al probármela me di cuenta de que no me cerraba. Había ganado peso con la testosterona e incluso antes de eso nunca había sido muy delgado, pero todavía insistía en probarme cosas que eran evidentemente muy pequeñas para mí. Desanimado, estaba poniéndola de vuelta en su lugar cuando me topé con el abrigo más extraño que había visto en la vida. Era de un color rojo oscuro, muy oscuro, y sobre las solapas tenía cosidos varios botones de diferentes colores y tamaños. En el dobladillo de las mangas y en la parte baja tenía aún más, haciendo que tuviera una apariencia vibrante.

Lo saqué del gancho y su peso me resultó reconfortante; era un buen abrigo, grueso y hecho para soportar un invierno helado como el que se avecinaba y para el cuál no estaba preparado. No se veía tan pequeño como la chaqueta, aunque quizás no lo suficientemente grande. Aguantando la respiración, me lo probé y me entró como un guante. No bajaba más allá de mis pantorrillas, los hombros se ajustaban perfectamente y las mangas terminaban a la altura precisa. Cuando hice el intento de cerrarlo, lo hizo sin ningún problema. Se sentía como una segunda piel; una grande, protectora y segura.

—Te queda bien —dijo el hombre.

Me sobresalté al oír su voz. No se suponía que estuviera mirándome en un momento que se había sentido tan íntimo.

—Gracias…

—Si lo quieres, es tuyo —ofreció.

—No tengo dinero —apuré. Apenas podía permitirme comprar la mesa.

—Da igual. Lleva siglos ahí, nadie quiere comprarlo —la forma en que lo dijo me dio a entender que no entendía por qué, como si no se diera cuenta de que tenía una apariencia de lo más inusual—. Pensaba quitar los botones y tirar el resto.

—¿En serio? ¿No bromea?

—No soy alguien que bromeé, chico.

—Entonces me lo llevo —acepté—. Muchas gracias. Acaba de salvarme de una neumonía este invierno.

El vendedor hizo un gesto con la mano, dándome a entender que no podía importarle menos si me moría o no. Aun así le sonreí al entregarle el dinero de la mesa y volví a darle las gracias antes de ponerme a caminar las varias cuadras que me separaban de mi hogar.

—Oye niño —me llamó mientras salía por la puerta—. ¿Cómo te llamas?

—Rory —contesté con algo de verguenza. No era un nombre muy usual para un chico.

Asintió con la cabeza y volvió a desaparecer en la trastienda, demostrando que tampoco le importaba si mi nombre era el epítome de la masculinidad o todo lo contrario. Había algo que me enternecía de los viejos cascarrabias como él, pues me recordaban a mi abuelo, aunque él jamás me habría llamado por mi nombre y mucho menos ‘chico’, así que me obligué a dejar de pensar en él antes de que me arruinara el día.

La Ondina estaba vacía a esa hora de la mañana, ya que Jax e Ira usaban esas horas de poca clientela para voluntariar en el centro de acogida queer en el que nos habíamos conocido. Ellas mismas habían tenido que huir de sus casas como la mayoría de nosotros, así que actualmente, con la vida más o menos resulta, se encargaban de conversar con chiquillos como yo para intentar hacernos ver que las cosas podían salir bien aunque se tardaran un poco. Ellas me habían comprado mi primera faja el día que me mudé con ellas, y luego me habían cuidado cuando por fin me dieron mi turno para la mastectomía. Para mí, eran unas reinas.

Abrí con mi llave haciendo mucho ruido para asegurarme de que no hubiera nadie y luego arrastré la mesa hasta mi habitación. La escondí dentro del armario, tapándola con las mantas que tendría que poner en la cama en unas pocas semanas cuando el frío volviera. El abrigo lo dejé sobre la cama para que lo vieran al llegar, estaba seguro de que les encantaría tanto como a mí y además serviría de excusa cuando me vieran llegar con los bolsillos llenos de los vidrios gastados que pensaba recoger en la playa. Les diría que quería embellecerlo un poco más y ellas no harían preguntas. Era un plan sin fallas.

Garabateé una nota para mis madres adoptivas explicando que volvería tarde y que no me esperaran a comer. Bajé las escaleras corriendo sólo para encontrarme con que el clima había empeorado considerablemente desde que había entrado a la casa: corría un viento de locos y el cielo, antes grisáceo, se había vuelto negro. Emocionado por lo que significaba un chapuzón en términos de la cantidad de turistas en la playa, corrí escaleras arriba a buscar mi abrigo nuevo. Probablemente no haría tanto frío como para justificar usarlo, pero tenía tantas ganas de hacer ese día algo especial que decidí que no me importaba si hacía el ridículo abrigándome así a principios del otoño.

Lo estiré sobre la cama para quitarle las motas de polvo, pero algo llamó mi atención. En la parte interior, sobre el forro, algo brillaba bajo la luz débil que entraba por la ventana. Al moverlo, los garabatos desaparecían y al volver a su posición inicial, volvían a percibirse, pero sólo ligeramente. Había algo cosido por bajo la tela, una protuberancia que no debía estar allí. Saqué el cortaplumas de mi bolsillo e hice una pequeña incisión: el objeto oculto cayó sobre mi mano, cálido al tacto como si hubieran estado sosteniéndolo hasta hace un momento.

Era una roca circular con un agujero en el medio, era el tipo de piedra que está tan pulida que se siente como jabón en las manos. Instintivamente me la puse sobre mi ojo izquierdo, el único por el cuál podía ver, y entonces los garabatos dejaron de ser garabatos y se transformaron en letras. Tres sílabas continuas.

—RE-VE-LO —leí con dificultad—. REVELO.

La piedra se calentó sobre mi ojo tan rápido que apenas tuve tiempo para soltarlo e igualmente me quemé el parpado y las puntas de los dedos. Al mirarme la mano, noté un polvillo dorado sobre ella, así como también regado sobre la alfombra donde había caído la roca. Podía sentir cómo me miraba, tanto como podía hacerlo un objeto inanimado. Me agaché para recogerla, pero algo me detuvo. Sentía la piel en el pecho tirante, más de lo que era normal para las cicatrices de la cirugía. Al levantarme la camiseta, no vi nada más que ambas líneas gruesas bajo mi pecho. No parecían diferentes, pero ardían como una quemadura de sol bajo la ducha. Tracé las antiguas heridas con los dedos cubiertos del polvo dorado y las vi abrirse a medida que este se iba esparciendo.

—¿Qué-?

La sensación de que algo reptaba sobre mi piel era imposible de ignorar, pero no veía nada más que las cicatrices abriéndose. Recogí la piedra y volví a ponerla sobre mi ojo, cuidando que no me tocase la piel quemada, y entonces vi cómo un puñado de enredaderas salían de ellas y se aferraban a mi torso como si fuera el tronco de un árbol. Presa del pánico, intenté arrancármelas con mi mano libre, pero no podía tocarlas: aunque mi piel las sentía, mis manos las atravesaban como si se tratara de humo.

Poco a poco comenzaron a fundirse con mi cuerpo; ya no estaban sobre mi piel sino que debajo de ella. La forma de las hojas y sus tallos hacían las veces de las venas que debían estar asomándose en su lugar. Un enorme dibujo difuso, una marca que no había pedido y de la cuál no sabía cómo librarme. El corazón estaba saliéndoseme por la garganta, así que me obligué a sentarme en caso de que me fuera a desmoronar.

Por el rabillo de mi ojo bueno podía ver destellos y sombras impropias de un día nublado, pero estaba comenzando a marearme y me obligué a dejar de mirar.

—¡Estamos en casa! —escuché que Jax gritaba, pero no fui capaz de responderle.

Me dejé caer contra el suelo, con la camisa todavía sobre el pecho y los ojos fijos en el techo. La piedra con el agujero descansaba en mi mano, donde no podía causarme más alucinaciones.

—¡Rory! —llamó Iria mientras subía por las escaleras. No habían visto la nota—. Vamos a pedir pizza, ¿prefieres la de-? ¡¿Rory!?

En vez de ayudarme, Iria se quedó congelada en el marco de la puerta. Jax, que había subido corriendo atraída por su grito, la imitó.

—No puede ser…

Dijeron algo más, pero no pude escucharlo porque en ese momento mis ojos se cerraron y no se volvieron a abrir.