Mar de Cobre

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Summary

Alexander Cavendish, hermano del futuro príncipe heredero Eric Cavendish, fue secuestrado por error por una organización que se hace llamar Piratas. En cuanto su hermano se entera de su desaparición, no duda en ponerse en contacto con otro grupo organizado llamado Las Sirenas, creado específicamente para sabotear a aquellos que incumplan las leyes del reino.

Status
Complete
Chapters
40
Rating
4.0 2 reviews
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16+

Capítulo 1

La fiesta tan solo acababa de empezar; alrededor del amplio y elegante salón se hallaban varias mesas rectangulares adornadas con todo tipo de aperitivos y bebidas de las cuales destacaban canapés de todo tipo, y champán y vino. Por supuesto, los invitados no perdieron la oportunidad de aprovechar la hospitalidad del príncipe Eric Cavendish.

Este conversaba con todos los duques y condes que acudieron a la celebración de su vigésimo cuarto cumpleaños. Aprovechaba para lucir uno de sus mejores trajes, el más elegante y llamativo que encontró: un traje de color carmesí con bordados dorados y unos pantalones a juego. Su cabello, también dorado como el Sol, lo tenía recogido en una coleta baja dejando caer dos mechones juguetones sobre su rostro. A él le gustaba pavonearse ante los demás, presumir de sus riquezas y comparar las posesiones de su familia con las de otras; Incluso parecía hasta una competición. Muchos pensaban que era, además de presumido, arrogante, y a veces inaguantable.

Por otro lado estaba su hermano gemelo, Alexander Cavendish, que al contrario que él, le gustaba mantenerse al margen. Era siempre el que se encargaba de la decoración y del bienestar de los invitados. Estos a veces olvidaban que era familia del príncipe a pesar de tener las mismas características físicas; la que más destacaba era el color azul de sus ojos, similares al azul del océano. La diferencia era que Alexander tenía miopía y necesitaba de unas gafas para evitar chocarse contra una de las muchas columnas de mármol que decoraban el palacio.

—¡Damas y caballeros! —anunció el príncipe Eric, que se había subido a un pedestal—: Antes de nada me gustaría daros las gracias por asistir a mi fiesta de cumpleaños.

Todos los invitados se habían amontonado en el centro del salón escuchando el mismo discurso emocional que daba todos los años. Aunque todos se lo supieran de memoria, nunca estaba de más causar buena impresión al futuro rey de Baìshrich.

Alexander, para variar, estaba al final disfrutando de una copa de uno de los vinos más viejos que tenían en la reserva. Él no escuchaba a su hermano, sino que se dedicaba a analizar todas y cada una de sus expresiones. Veía cómo sacaba un largo pañuelo de seda que usaba para secarse las lágrimas, y también comprobó si algún que otro invitado hacía lo mismo. Llegaba a la conclusión que, cuanto más le siguieran el rollo, más le subiría el ego. ¿Pensarían que así podrían subir de posición? no le extrañaba lo más mínimo si fuera así.

—Y por supuesto, también he de mencionar lo mucho que quiero a mi hermano. —Eric tosió un poco, y con los ojos brillosos gritó—: ¡Alexander, sube conmigo!

Alexander dio un respingo tras oír su nombre salir de los labios de su hermano. Era la primera vez en muchísimos años que lo mencionaba en un discurso. El último fue hace doce años atrás.

—¡No seas tímido! ¡También es tu cumpleaños!

«Cierto, también lo es», pensó mientras se aproximaba con ligereza para ponerse al lado de su hermano. Estaba algo encogido, y permanecía callado porque sabía que Eric no le iba a dejar pronunciar ni una sola palabra. Los invitados, al verlos juntos, aplaudieron con más fuerza.

—Somos muy parecidos, ¿verdad? —Eric sonrió, provocando alguna que otra risa entre sus invitados—. Yo ya estoy prometido, pero mi hermano Alexander no...¿Alguna chica guapa estaría interesada en conocerle? Os garantizo, chicas, que compartimos los mismos genes y vuestros descendientes tendrán nuestra misma belleza.

Alexander se quedó de piedra, ya decía que había algo raro en su llamamiento. No pudo evitar sentirse avergonzado por semejante exposición. Miró hacia el suelo, y aunque no pudiera ver quiénes lo estaban fichando para ser su futuro esposo, podía notar cómo algunas miradas se clavaban sobre él. No estaba interesado en conseguir una novia. No en ese momento.

Eric se acercó a su oído, y susurró:

—Hay una pelirroja de muy buen ver que te está sonriendo. Es Louise Howard, hija de una de las mejores familias de Moldres. —Le dio un pequeño codazo, intentando hacer que su hermano espabilase.

Alexander tuvo que levantar la mirada para no quedar como un maleducado, y saludar desde lejos a Louise. Esta, al ver que le hacía un mínimo de caso, lo miraba con los ojos muy abiertos, y sonreía dejando ver sus blancos y deslumbrantes dientes. Se pasó uno de sus rizados mechones por detrás de la oreja.

¿De verdad tenía que entablar conversación con ella?

Eric, tras ver que su hermano no estaba demasiado entusiasmado con ella, buscó rápidamente a alguna otra candidata.

—Si no te convence, también está Diana. Que no se te vayan demasiado los ojos a... —Alexander le dio un pellizco en la cintura para que se callara.

—Eric, no quiero tener novia.

Alexander no dudó en bajar dejando a su hermano atrás con la palabra en la boca. Lo único que le apetecía era que acabase aquella fiesta e irse a su estudio privado donde guardaba miles de lienzos en blanco que lo estaban esperando. Aún tenía que terminar de pintar un retrato que su propio hermano le pidió que hiciera.

Se colocó bien las gafas, y fue a coger otra copa de vino para poder aguantar lo que quedaba de fiesta.

—Perdona, ¿Está ocupado, señor Cavendish? —Sonó una dulce voz detrás de él.

Se giró, y vio que era Louise Howard la que le había hablado. Aguantó un suspiro, y negó con la cabeza. Tampoco podía mentirle y decir que sí lo estaba, porque se veía a leguas de que no era así.

—¿Quiere algo, señorita Howard? —Pronunció con elegancia, dando un pequeño sorbo de vino. Empezaba a sentirse algo mareado, pero podía disimularlo.

—Aunque ya esté tomando una copa...¿le importaría que lo acompañase? —Le dedicó una cálida sonrisa, cogiendo una de las copas que habían sobre la mesa.

¿Quién era él para decirle que no? una copa no le haría daño a nadie. Solo tenía que mantenerse firme y no darle falsas esperanzas. En el fondo sentía pena por ella, porque parecía que por su parte sí había segundas intenciones.

—¿Brindamos? -Sugirió la pelirroja.

—¿Por quiénes?

—Por nuestras familias, por supuesto.

Alexander no estaba muy entusiasmado con aquella idea, pero lo hizo y esta vez dio un sorbo más largo. Por una vez se estaba arrepintiendo de su aguante con el alcohol. Casi nunca solía emborracharse, y menos con el vino; pero en esos momentos empezó a crecer un pequeño deseo en su interior, y esperaba que por una vez, se emborrachara rápido.

Se acercó a los ventanales que daban hacia la ciudad. Desde tan alto se podía ver a los ciudadanos, los coches y otras máquinas echando humo, y también a los caballos como si fueran hormigas. Se veía lo que había más allá del muro que separaba sus calles de los suburbios, barrios donde habitaban las personas de bajos estatus. Aquello era un mundo completamente diferente para aquellos que poseían cierta cantidad de dinero, y a Alexander le causaba muchísima curiosidad el saber cómo gestionaba la vida las personas que se encontraban al otro lado.

—Moldres es preciosa, ¿a que sí? —preguntó Louise mirando a Alexander, el cual no le quitaba el ojo al exterior.

—Sí, no está mal. Muy cómoda —respondió con desgana.

—¡Mira! ¡Están pasando los pájaros cerca de nosotros!

El entusiasmo de Louise casi lo mató de un infarto, obligándolo a hacerle caso. Miró hacia donde ella señalaba, y vio cómo una bandada de pájaros de un color verde esmeralda volaban alrededor del palacio.

—¿No te parecen adorables?

¿Adorables? más que adorables era un tanto extraño ver a esos pájaros sueltos. Normalmente se encontraban en jaulas, y eran muy deseados por los amantes de las aves. Ver una bandada significaba dos cosas: que habían pasado de moda, y ya nadie los quería y los soltaban, o que se habían escapado pero...¿tantos?

Uno de los pájaros se acercó a la ventana y comenzó a revolotear alrededor. Louise se mostraba fascinada, y llamaba a los demás invitados para que vieran aquel pequeño espectáculo gratis. Daba vueltas, y parecía que hacía trucos para llamar la atención. ¿Lo estaba haciendo adrede? ¿Era de alguien aquél pájaro?

Alexander, con la copa ya vacía, se alejó de la multitud para coger otra. «Una más y dejaré de ser consciente...Así podré aguantarla sin hacer mucho esfuerzo»

—¡Hermano, acércate! este lindo pajarito está haciendo trucos muy buenos —animó Eric, que se encontraba en primera fila.

Alexander hizo una señal de espera, cogió su cuarta copa de vino y degustó el primer buche antes de volver a la ventana.

Sin embargo, el espectáculo no duró demasiado. En menos de un minuto las luces se apagaron y todo quedó completamente a oscuras. Solo se filtraba un poco de luz que proyectaba el ventanal, justo donde el pájaro no había parado de dar vueltas.

—¿Un apagón? —Murmuró Eric, y miró alrededor.

Todos estaban amontonados, por lo que descartó la posibilidad de que alguien hubiese apagado las luces de todo el salón. Buscó a Alexander con la mirada, pero no veía nada más allá de una mesa del gran salón.

—¿Alexander?

La voz de Eric hizo que Alexander volviera a la realidad y centrara su atención en su alrededor. Justo donde él estaba no llegó a filtrarse un mísero rayo de Sol. Parpadeó, intentando adaptarse a la oscuridad aunque le fuera un poco complicado. Su vista estaba ya algo difusa por el alcohol, pero podía diferenciar la forma rectangular de las mesas, las sillas, y las lámparas de araña que se hallaban colgadas en el techo; aunque estas ahora parecían enormes arañas de carne y hueso.

Dio un par de pasos hacia delante y chocó contra una figura que no pudo divisar. Fue a levantar la cabeza, pero esta le asestó un silencioso golpe limpio en la nuca y lo dejó inconsciente.

Y desapareció con él entre la oscuridad.

—¿Alexander? —insistió Eric, ya con los nervios a flor de piel.

Las luces volvieron, y todo parecía estar impecable. Eric se apartó de la multitud y buscó con la mirada a su hermano.

—¡Alexander! —gritó—. Si ha sido una broma de las tuyas y estás jugando al escondite por lo que dije de las chicas no hace gracia.

El príncipe no obtuvo respuesta, y ordenó a sus invitados a buscar a su hermano por cada rincón del salón.

No hubo ningún resultado. Alexander había desaparecido.