Prologo
Londres, abril de 1805.
— ¿Qué demonios?, que alguien abra la maldita puerta — refunfuño malhumorado por los golpes martilleantés que retumbaban en su cabeza.
Se giró sobre sí mismo y se tapó con la almohada, pero seguían ahí, una y otra vez, alguien estaba decidido a que le abrieran.
Como pudo se arrastró fuera de la cama, alcanzo su batín dispuesto a hacerlo él mismo, con tal de que los golpes cesaran.
Bajo por las escaleras trastabillando logro llegar a la puerta y abrirla de par en par, para encontrarse cara a cara con un mozalbete, que trataba de decirle algo al tiempo que le tendía un sobre.
Everson tomo el sobre y cerró la puerta de un portazo.
— Peyton — rugió llamando al holgazán de su ayuda de cámara, mayordomo y demás, la cabeza le iba a estallar, no pensaba que hubiera bebido tanto la noche anterior, necesitaba algo que lo despejara, pensó caminando hacia la cocina, aun con el sobre en la mano.
— ¿Dónde está Peyton? — bramo desde el quicio de la puerta sorprendiendo a la señora Peyton y a su hija en medio de sus labores.
— Fue al mercado, milord — la señora Peyton lo miraba de arriba abajo sorprendida de verlo en sus dominios, mientras se limpiaba las manos en su viejo delantal— ¿Necesitaba algo? — pregunto solicita.
— Un poco de paz en mi propia casa — se quejó, aun molesto con su cabeza que dolía cada vez más — tráigame el desayuno al comedor.
Y sin más dio media vuelta y salió de la cocina.
Dos horas más tarde entraba en las oficinas de Bronx e Hijo. El señor Bronx, el abogado de su abuelo, junto con su hijo le estaban esperando.
—Lord Everson — le saludo al tiempo que le señalaba una silla para que se acomodara— le presento a mi hijo, él se ocupara de sus asuntos a partir de ahora.
— ¿Habría decidido jubilarse por fin, señor Bronx? — pregunto confundido, nunca pensó que sería esa clase de hombre.
Por otro lado, esperaba que no le hubiera echo venir con tanta urgencia solo para decirle que sus asuntos los llevaría ahora su hijo. Miro al aludido que no se había movido del lado de su padre y le saludo con la cabeza.
—No, lo que ocurre es que, a partir de ahora, va a necesitar mucho asesoramiento y mi hijo puede dedicarle más tiempo — le comunico tranquilamente.
Everson le miro de hito en hito sin comprender a que se refería.
Sus asuntos eran prácticamente inexistentes, una vez al año pasaba por el despacho para recibir su asignación de diez mil libras que su abuelo había dispuesto en su testamento, junto con la casa en la que vivía y sus criados, también heredados, eran todos sus asuntos.
Porque no podía referirse a como gastaba parte de su asignación en el juego y así mantener el estilo de vida que llevaba.
— Discúlpeme, ¿estoy en algún lio? — quiso saber, al señor Bronx le encantaba mantener el suspense y su cabeza aún no se había recuperado de la noche anterior.
— No, por supuesto que no — el Señor Bronx pauso un momento— bueno depende de cómo lo mire — matizo, más para sí mismo que para la audiencia — en realidad debo darle la enhorabuena, es usted el nuevo Vizconde de Braynning.
Everson agradeció estar sentado en ese momento, ese viejo loco, acababa de decir que era el Vizconde de Braynning, su cabeza comenzó a dar vueltas de nuevo, pero esta vez no era por los estragos de la bebida de la noche anterior.
— Eso es imposible — remarco — mi primo Ethan es el siguiente en la línea de sucesión — vio que la expresión del señor Bronx no vario ante sus palabras — él es el hijo de mi recién fallecido tío, el último Vizconde de Braynning — recalco.
— Sí, eso es lo que todos pensábamos, hasta que se prepararon los papeles para el nombramiento, y se descubrió la anulación del matrimonio con su madre y su posterior nacimiento, antes de los nueve meses requeridos desde la boda, en estos casos — Bronx saco su pañuelo de su bolsillo y se secó el sudor de la frente, estos temas siempre le ponían nervioso.
— Lo que mi padre quiere decir — intervino en ese momento el señor Bronx hijo — es que según la ley de sucesión vigente en estos momentos Lord Vextey es considerado un bastardo y no puede heredar el Titulo, por lo que usted, siendo el siguiente en la línea de sucesión, con un linaje indiscutible, es el nuevo Vizconde de Braynning.
Everson trataba sin éxito de recordar su nombre, pero su cabeza se negaba a cooperar, debía de haber un error, eso era imposible, Ethan había sido preparado por su padre para ser el futuro Vizconde desde que nació, así es como debía ser.
— Su nombramiento será publicado mañana en todos los periódicos del país — volvió a hablar el señor Bronx, que parecía haberse recuperado totalmente de su azoramiento — por la tarde se celebrará una audiencia ante el rey, a la que debe asistir, donde será nombrado Vizconde de Braynning oficialmente.
— Se le ha comunicado a mi primo las nuevas noticias sobre su heredad — quiso saber Everson, no se lo tomaría nada bien.
— Esta citado esta misma tarde para hacérselo saber — volvió a intervenir el hijo, sin nombre, del señor Bronx — ahora si me permite, tenemos mucho de qué hablar. Vayamos a mi despacho y le pondré al día de los asuntos de su herencia.
Everson se levantó despacio, tratando de ordenar sus ideas y darle un poco de sentido a la situación antes de entrar en otros temas, pero no tuvo tiempo antes de ser introducido en un nuevo despacho y de que el señor Bronx hijo, sentado tras su escritorio, le bombardeara con nuevos datos.
Aunque sí pudo leer el letrero de la puerta al entrar “Sr. Cooper Bronx”, por fin, una cosa menos de la que preocuparse y algo le decía que tendría muchas más antes de que acabara el día.
Ser el nuevo Vizconde de Braynning iba a ser todo un desafío.
Y devolverles a sus tierras todo su esplendor, el mayor de los retos, si es que conseguía eludir la cárcel de deudores.
Tenía mucho en lo que pensar y muchas decisiones que tomar en los próximos días.
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