PRIMERA PARTE: EL ÚLTIMO ESLABÓN
El guante rojo se cierra alrededor de la ballesta. El arte de la Algemerancia fluye a través de los tendones artificiales y la magia zumba enérgicamente dentro del metal silkario que forra mi muñeca hasta la punta de mis dedos. No puedo sentir nada, pero es insignificante: la prótesis finalmente funciona. En estos momentos, la tensión de un peligro latente es levemente aplacada por el placer de usar ambas manos.
—¿Estás segura que lo que buscamos está aquí?
Con la otra mano, la que sí es de piel verdadera, voy palpando las paredes rocosas. Hay algo húmedo sin olor cubriéndoles y espero que no sea sangre ajena. Las escaleras son empinadas, en forma de espiral. Cada paso por los escalones se escucha como una explosión. A pesar de que ninguna criatura merodea por este sitio abandonado, soy capaz de sentir una energía débil rebotando por los pisos. No puedo reconocer qué es.
—Cyrocco no es mentiroso. Si nos ha dicho que es aquí, es aquí. —Digo y me muerdo los labios cuando mi eco restalla por la infinidad negra arriba de nosotros—. No nos falta mucho, de todas maneras. Las Cornamentas de Skurgander están en el último piso.
—¿Y por qué están en un rascacielos abandonado? ¿No pudo ser en la Capital... o en otro lugar normal qué no signifique cruzar las Barreras?
Sorina camina a mi ritmo, apretando con exagerada fuerza el cuerpo de la ballesta. Sus dientes grandes aprietan sus labios carnosos, acentuando sus mejillas regordetas como las de un castor adorable que roe nerviosamente. Galván y Thorgan permanecen a unos dos escalones de distancia, tampoco muy calmados que digamos. Ninguno tiene experiencia en este tipo de situaciones, claro está. Y a estas alturas, dudo que les importe su propio bienestar cuando el oro sea el que está en juego.
—Los drudes tienen prohibido coleccionar cosas que provengan de zonas feéricas, eso incluye restos de animales. Y además, no la necesitan. Ellos ya tienen magia. —Le explico—. Según lo qué nos contó Cyrocco, conocía a un tipejo de esta parte de los Quebrantahuesos que fue asesinado. Como esto queda rozando los límites fronterizos, una manada de kábalos salvajes invadió el lugar y arrasó con la mayoría de habitantes.
«Los kábalos son lo suficientemente estúpidos para no darse cuenta de cachivaches valiosos», pienso. Son duendecillos tremendos de pieles costrosas, perfectas para camuflarse en las zonas rocosas del Bosque de Cruces, el límite que conecta las tres Cortes Lithánicas en esta parte de Euarydd. Varias veces me he encontrado con unos. Ninguno tiene un humor agradable. Sobre todo si se encuentran armados con flechas venenosas.
—¿Y si los drudes no usan las Cornamentas qué piensa hacer Cyrocco con ellas? —la voz aguda de Galvan flota en el aire. No suena completamente convencido.
Busco a Thorgan para que responda, porque yo tampoco sé. Él encoge los hombros cuadrados, viéndose más ancho y alto de lo que es. No dice mucho e igual está bien, porque sigue siendo un buen compañero. Estando al lado de Galván, un crío que simplemente aparenta sus catorce años, tiene la pinta de ser una de esas criaturas peligrosas de Cortes sanguinolentas, con las trenzas gruesas que le rocen los codos y los músculos marcados por la fuerza que ejerza diariamente en las forjas comunes de las dranafilas.
Pero se trata de otro desafortunado qué trabaja conmigo.
Sólo un humano de orejas redondas y sangre roja.
—Cyrocco es un loco amante de la nigromancia. —Sorina habla por mí, medio irritada—. Por una razón vive en las dranafilas y no en la Capital como los drudes normales. No te ilusiones esperando buenas intenciones de su parte.
Con tal no se supiera que un grupito de humanos está involucrados en su práctica turbulenta, no tenía por qué preocuparme.
Por ahora.
Al llegar al último escalón, la humedad se vuelve asfixiante. Una puerta se asoma al final del pasillo; está descuadrada en su marco y con el pomo forzado. Tic, tic, los dedos metálicos sueltan chasquidos de pura ansiedad. Galván se apoya de sus rodillas temblorosas, haciéndonos señas que nos detuviéramos unos segundos para recuperar el aire.
—Thorgan, quédate vigilando junto a Galván—ordeno, señalándoles—. Sorina y yo nos encargaremos de lo demás.
—¿Por qué no te acompañamos? Quién sabe si necesitas ayuda. —Galván hace un ruidito reprobatorio con la lengua, molesto.
Thorgan le mete un puntapié que lo tambalea. Galván va a insultarle, pero algún sentimiento entre las arrugas de su frente le obliga a callarse.
—Si necesitan ayuda, ellas gritarán. —Sentencia.
Cuando entramos, la claridad que refleja el sol tras las ventanas me ciega momentáneamente. No hay nada vivo dentro de la casa. Y no es como si se notase. La sala está vacía, a excepción de los jarrones despedazados y muebles viejos con la felpa esparcida por el suelo. Gran parte de las paredes tienen hundimientos, como si una criatura de cuerpo angosto las hubiese golpeado repetidas veces.
—Bueno, yo decía que el Cementerio de Chatarreros era horrible. Es obvio que no había conocido esta Corte. ¡Y dicen qué esto es visionario! —Opina Sorina, decepcionada. Quita con los pies la porquería que le estorba el camino—. Es decir, imagínate que tu casa esté encima de otra como si fuesen jaulas. Tienes que oír a otros huéspedes hacer sus marramucias y convivir con ellos. A mí me daría pena.
—La mitad de las especies que habitan aquí son bestias que se valen de sus pobres instintos—digo, inmutada—. No es como si importase en qué condiciones vivan. Total, no tienen capacidad de quejarse o de ser útiles para trabajos relevantes. O por lo menos así pensarán las sílfides que gobiernan este cuchitril.
—Tiene sentido. Ningún gobernante de Euarydd se salva de la codicia.
Advierto el veneno en su ironía.
—¿Lo dices por alguien en particular? —cuestiono, en tono prudente.
—Oh, no. No tengo nada contra tus adorados príncipes drudes. —Aclara rápidamente, apartándose el pelo negro corto para apreciar un cajón en particular—. Lo digo en serio. Ellos nos salvaron en aquella época. Nos han dado un lugar donde vivir... Y aunque no podemos salir de las dranáfilas, bueno, supongo que es mejor eso a no tener nada. Me refiero a...
—Sí, sí. Ya lo sé.
Ella suelta una risa seca que me irrita levemente. A regañadientes me dirijo al anexo que conduce a una habitación. Hay un colchón deshilachado, cubierto de moho y oloroso a ácido. Las paredes pintadas de violeta pálido están salpicadas de una viscosidad seca. Incluso aquí percibo la misteriosa energía que retuerce mi estómago de mal presentimiento. Al lado del colchón, hay una mesita de noche cubierta de zarpazos en su superficie. Bajo las patas de madera podrida se encuentran varios huesos delgados.
—No me pongas esa cara. —Ella habla y habla, pasándome por al lado con la sonrisa adornando su rostro redondo—. Tu príncipe es bueno, entre muchas comillas, porque no lo hemos conocido personalmente. En cuanto la princesa Sphene... eh, da miedo, pero para ser su esposa, seguro tendrá una buena cualidad por ahí.
—Cuidado. —Amenazo, arrepintiéndome enseguida. Creerá que lo digo por otra razón.
En verdad lo cree porque aplana los labios, como decepcionada.
—Por los Titanes, Lyss, tu hermano te contagió su humor.
Ella abre la mesita de noche y enseguida un ramalazo de energía estalla dentro la habitación. Un remolino de colores tornasol revienta la pared para darle el paso a una bestia. Es el triple de nuestro tamaño y envergadura. Esta se desenrosca, lentamente, de su corpulento cuerpo cilíndrico al ritmo de su lengua sibilante.
Mierda. Tengo que sostenerme del marco de la puerta para no caer de espaldas. La serpiente está cubierta de resplandecientes escamas verdes que segregan un humo fétido y cuatro pares de ojos que van de lado a otro en un ritmo enloquecido.
—¡El cuerno! —grito, apuntando a la mesa con el dedo.
Sus fauces se muestran. Los colmillos podridos se amontonan para crear un camino sinuoso dentro de su paladar cavernoso.
—¡A la mierda el cuerno! —exclama Sorina.
—¡Pero...!
Se interrumpe cuando las paredes tiemblan. Las dos nos lanzamos a un lado en el momento que el monstruo arremete y atraviesa el piso. De un mordisco destroza el metal e inmediatamente desaparece.
Estoy segura que volverá a emerger donde nos encontrábamos si no nos movíamos.
—¡Ve con los chicos y activa el transportador cuando dé la orden! —detallo. De la chaqueta saco una burbuja sólida que chispea pura energía azul y se la paso—. ¡Los alcanzo apenas pueda!
—¡No intentes nada estúpido! —chilla. Sus mejillas están fuertemente coloreadas.
La bestia siente la vibración de nuestros gritos. Retrocedemos. Aparece de la nada, rompiendo el suelo a su paso y me enseña el collar de colmillos cuando se abalanza.
El rascacielos se tambalea entero cuando la flecha le atraviesa otro ojo.
—¡Vete de una vez!
La bestia ruge y ruge. Se agita como un gusano agonizante, tratando desesperadamente de arrancarse la flecha. Su instinto animal le grita que el invasor continua acechando. Este choca torpemente contra las paredes pero no pierde tiempo y arremete. El guante no es impedimento. El metal silkario se engancha a la daga como si se tratase de un imán. Actúo por la euforia que proporciona la magia en mi... o porque soy estúpida.
Al estar encima de él, clavo la daga en el ojo del centro. Retuezco el filo con ambas manos y daño lo que puedo mientras nos zarandeamos. Entonces, este comienza a desesperarse y va directo a la sala. Choco contra la pared una, dos, tres... y la cuarta embestida se siente tan dolorosa que quedo casi pegada a ella.
La bestia aprovecha para desaparecer de nuevo. Se lleva consigo la maldita daga, cómo no. Y ya no me quedan flechas.
Bueno, Cyrocco puede meterse sus cornamentas por dónde le quepa.
Gateo hacia la puerta a duras penas. Maldigo alto cuando oigo los rugidos a mis espaldas. Afuera, tengo que aferrarme de las paredes para no tropezarme con las escaleras. Mi alrededor comienza a distorsionarse. Los chicos se encuentran abajo. Oigo los gritos. Mi orden retumba y, para mi horror, justo cuando estoy a la mitad del recorrido, veo como la bestia serpentea entre los pasillos con una velocidad aterradora.
Directo hacia mí.
—¡Activen el transportador!
La bestia enloquece. Ruge una última vez antes de dar un salto grandísimo.
—¡Activen el maldito transportador!
Todo sucede demasiado rápido.
Caigo de espaldas al vacío al mismo tiempo que aprecio la infinidad negra de su garganta y lo que le sigue; su aliento fétido, sus colmillos gigantes, su enorme lengua rasposa, la oscuridad de la muerte... Y entonces la tierra firme rasga mi piel entera como un beso ardiente. Tengo que clavar las uñas a los hierbajos y arrancarlos para procesar que ya no estoy en esa maldición de Corte.
Los cuatros estamos tumbados sobre una cama de flores marchitas.
Yo en particular casi estoy besando la tierra.
—Siempre digo que no volveré a apoyar tus estupideces. Pero esta vez es la definitiva. Estás loca. —Gruñe Sorina. Las lágrimas le empañan los ojos—. ¡Loca de mierda!
El aire huele a vomito. O creo que es pis.
No soy yo.
—Casi nos devora... lo que sea que haya sido eso. —Recapacita Galván, deteniéndose de cuando a cuando para tomar aire—. ¡Por los Titanes! ¿Y de qué nos ha servido, si no tenemos lo qué nos pidieron?
Abro y cierro la mano. Tic, tic.
—No hemos conseguido las dos—respondo, de repente sintiendo que los colores se han vuelto más brillantes—. Pero al menos tenemos una.
Thorgan me observa como si me hubiese salido cuernos en la cabeza.
—¿Dónde lo has...?
—Cerca de la entrada. —Interrumpo—. No es por desear mal, pero creo que la primera persona que intentó llevárselo no le fue muy bien.
Sorina parece a punto de desmayarse cuando se la lanzo. Es un poco menos grande que la palma de mi mano, así que debió pertenecer a un Skurgander que apenas rozaba la madurez. E incluso después de romper el contacto con la cornamenta, mis dedos continúan vibrando con un molesto zumbido.
Esto sí que vale su precio.
Galván se queda quieto contra el árbol, respirando ruidosamente. No se atreve a acercarse a Sorina o a mí.
—Eso... no era de allí. —Sugiere lo obvio—. Lo juro por el Titán que sea. Eso fue invocado por un ser poderoso. Y la ha soltado porque sabía que estaríamos allá.
—Yo no me preocuparía de eso ahorita—le espeta Thorgan, jadeando—. ¿Por qué no estamos en las dranafilas?
Me detengo. El momento me hizo olvidar que seguimos corriendo peligro. Veo lentamente a nuestro alrededor: La escasa vegetación realza soberbiamente ante la luz solar. Reconozco perfectamente el concreto pulido y su aire tenso; la inmensidad cuadrada cubierta de soldados que se mueven al ritmo de los canticos del acero.
Entre los círculos hechos de magia donde los drudes suelen batirse en duelos por mera diversión, o eso es lo que he oído, hay banderas con el estandarte del colibrí que rozan el cielo con el objetivo de batirse orgullosamente.
—¿Quién ha dirigido el transportador a Cuarto Jardín? —me horrorizo. Siento que voy perdiendo aire. Estamos metidos en las entrañas del Ejército. El lugar donde he deseado estar... y del que huido la mitad de mi vida.
Los labios de Galván pierden color.
—Hice que nos llevase a la Corte como me dijeron. —Musita.
—¿Hicieron qué un niño manejara un maldito transportador? —tengo que cerrar la mano en un puño para que dejase de echar chispas.
—Pensamos que tendría las neuronas para no meter la pata. —Sorina se colorea de rabia, subiendo la voz.
—¡Chist!
Los demás se tensan al oír un silbido de llamado. Desde la lejanía, un pelotón detuvo su recorrido habitual para voltear a nuestra dirección. Nos quedamos demasiado quietos. Pienso que, tal vez, la pobre vista de los drudes finalmente nos ha jugado una buena..., pero han oído nuestras voces. Sería pedirle demasiado a criaturas que son adiestradas para odiarnos por no tener sangre azul o la piel eternamente nívea.
Para los drudes, los extranjeros son considerados una inferioridad que debe ser exterminada o sometida.
Sin duda no es mi mejor estrategia pero cualquier cosa es mejor que ser capturados por un azul que nos lance a las fauces del Lord Comandante. Arrojo una de las últimas canicas que quedan en mi bolsillo, y de manera instantánea el aire estalla en una infinidad verde. Pronto el escándalo del transportador atrae a tres azules que luego aumentan a seis.
—¡Eh, quietos!
Una bala rebota contra el piso y hace eco en los cielos. No me da tiempo para saber qué tan cerca están de nosotros. El transportador nos escupe a los cuatro en aquel suelo hirviente y pedregoso que no recuerdo haber extrañado como hoy.
Pasamos un tiempo largo en silencio, como si aún se temiese que nos escuchasen, hasta que Aedan nos encuentra por casualidad, y es el detonante perfecto para que los chicos comiencen a echarse la culpa entre sí.
Mi hermano exige saber qué ha pasado.
Nadie tiene las agallas de explicarle.
Me obligo a pensar que estamos seguros mientras permanezcamos en el mundo alterno de esta Corte. Sin embargo, un mal presentimiento es el que me mantiene temblando por horas.