Prólogo: No tenemos que escondernos
«Las personas son como vidrieras. Brillan y brillan cuando sale el sol, pero cuando se pone la oscuridad, su verdadera belleza se revela solo si hay una luz desde adentro».
Elisabeth Kübler-Ross.
El mundo es tan incierto. Nunca llegamos a comprenderlo en el poco tiempo que pasamos aquí, y jamás lo haremos.
Pero lo que prevalecerá en una permanente incógnita será la mente humana.
Nos preguntamos... ¿Por qué la gente hace esto? ¿Qué pasa por su cabeza?
Las personas son el misterio más grande del mundo, son tan peligrosos, que con tan sólo el deseo ambicioso de algo, consiguen aniquilar a todos a su alrededor, incluyendo a ellos mismos.
Lo mismo ocurrió con mi madre y sus compañeros, y pude ver en carne propia cómo la madre de mis hijas se transformó en algo perturbador.
Antes de conocerla, mi vida era tan monótona, en un ambiente frío, obligado a permanecer en las sombras, dentro de un ambiente cerrado y sumiso, dominado por la señora de la casa.
Nunca había salido afuera; mi único límite era el amplio jardín, rodeado por una altísima cerca. No fui a la escuela; tomaba clases en casa. Tampoco tuve amigos, hasta que al observar por mi ventana vi a alguien que le daba mucha curiosidad la mansión de los McRae. Pasaba su vista por toda la arquitectura, hasta que sus ojos se detuvieron en mi ventana.
Me aparté rápidamente cuando aquellos iris enigmáticos se posaron sobre mi ventana. Mi corazón bombeaba tan feroz que tenía que respirar hondo para calmar mi sorpresa.
Corrí hacia un lado la cortina, sólo un poco, para ver si él aún seguía ahí. Pero ya había desaparecido.
¿Y él quién era?
Shawn Relish.
Uno de los hijos más queridos de todo Colmar. Pero lo que ocultaba, era aún más impresionante que sus luceros bicolor. Y yo lo sabía, porque era psíquico, y los cambiaformas son una rareza en la evolución humana.