PREFACIO:
Tibio amor con sabor a leche, cederás el alimento cultivado en el dolor de tu alma en el mejor de los envases. Bienvenida, nueva madame. Usted es la afortunada dama elegida para ser la nodriza del alcalde Mulroy:
El horario era sagrado para Alec, cuando el reloj marcaba las siete en punto de la noche debía estar lista y correctamente vestida para ser ordeñada como si fuera una vaca lechera, algunas noches las siete campanadas me sorprendían en otro espacio de la casa, y entonces sus gritos resonaban dentro de su finca de lujo, sus pasos hacían crujir los tablones de madera de la escalera hasta que aparecía a gran velocidad para arrastrarme a su hora de amamantar. Colgada sobre su hombro ingresaba a la alcoba de ordeña para cumplir mi función primordial en la vida del político, tres maravillosas horas sumergida en una montaña rusa de devastadoras succiones en mis pezones, y después mi adorado demonio dormía como un gatito, ronroneando cuál felino sobre mi pecho con mi pezón dentro de su boca. Mi sueño reparador terminaba cuando el bendito despertador sonaba a las seis en punto de la mañana, su hora predilecta para iniciar el día, un ritual alimenticio que soportaba de la mejor manera. No podía quejarme, yo misma había elegido ser la nodriza del alcalde.
—¡Nafar…! Trae al ladino de Lemus, mi vaquita se quedó sin leche, ¡rápido! —Escuchaba sus demandas en mi delirio tortuoso.
Las personas siempre elogian a las mujeres valientes que se atreven a dar de lactar a sus hijos, pero yo no tuve ese privilegio hasta el día que lo conocí. Me habían arrancado sin escrúpulos lo que había en mi vientre prematuro, me negaron el derecho de ser madre y me impusieron la estricta norma de amamantar a un bello demonio que no era mío. Existe sólo un amor en la vida que es como una enfermedad silenciosa, esa clase de amor que entra sin hacer ruido, se cuela por tus poros como el frío, gentilmente se apodera de ti, se mueve en tus venas buscando el ritmo cardíaco, buscando la fuente de tu existencia misma, y cuando llega a encontrar tu corazón lo ataca muy despacio, tan lento que se apodera de todos tus latidos. Cuando menos lo piensas te duele hasta respirar lejos de su presencia, cuando logras reaccionar te das con la sorpresa que ese amor se apoderó de cada exhalación, de cada suspiro que sueltas al viento. Estaba a punto de desmayarme...
—No jales tan fuerte… Me duele… —Mi niño demonio, lo amaba demasiado. Mi niño demonio, lo odiaba profundamente.
Me habían advertido hasta el cansancio sobre aquel demonio que yo me negaba a ver, estaba cegada por el infinito amor que se empeñó a generar en mí solo para él, al fin había dejado de gritar porque le permití que bebiera a su placer la tibia leche que salía de mis senos lastimados. Los rayos de la luna silenciosa se filtraban dentro de mi enorme cama cubierta de seda importada, aquellos hermosos ojos azules de mi ángel se fijaron en los míos, enrojecidos a causa de todas las horas que se mantuvo despierto. Una de sus manos presionaba suavemente mi seno de donde se alimentaba y la otra mano enroscaba tiernamente un mechón de mi cabello castaño. El típico ronroneo que hace un bebé a la hora de lactar interrumpió mi suave arrullo, y le sonreí mientras acariciaba su rubia cabellera. Era tan bello que no podía creer los malos rumores sobre él, aunque había sido testigo de sus malvadas travesuras mi corazón se negaba a pensar que fuera el anticristo que todos en el pueblo temían. El intenso frío no me impedía tararear una dulce canción en ruso que aprendí a punta de azotes, mis ojos sabían que lo que estaba viendo era un error, eso no podía ser verdad.
—Duerme, amor mío, prenda mía... ¡Arrurú, arrurú! Mi amado demonio se duerme…
Miraba su perfecto rostro con absoluta adoración y todos mis anhelos de libertad grabados en mi corazón, no permití que mis temores por los grilletes que sujetaban mis muñecas me separen de él. El precioso demonio me mordió un pezón y apreté los labios para reprimir un gemido de dolor, no tenía permitido pronunciar queja alguna, eso significaría un día entero de castigos extendidos y no, no, de tan solo pensarlo todo mi debilitado cuerpo se estremecía. Cada mordida que me daba era un suplicio y ahogaba mis alaridos cada vez que su blanca dentadura se marcaba sobre mi piel.
Era la nodriza del alcalde Mulroy, pero estaba viviendo una distinta realidad, un mundo de reglas y demandas donde debía dar de lactar a un niño demonio que no me pertenecía, él siempre tenía lo que quería, siempre se salía con la suya, siempre me manipulaba a su antojo, y hacía todo eso con tal de obtener lo mejor de mí en el mejor de los envases. Cuando eres esclava te arrebatan la humanidad de una manera tan silenciosa que cada respiración es una batalla ganada, cada sorbo de agua es un verdadero milagro, cada alimento que puedes llevarte a la boca es una bendición. Perdí a mi bebé y lo estaba pagando con creces, debía de luchar por conservar lo único bueno de mi vida a cualquier costo, y ese precio era mi leche materna.
—¿Por qué me sucede esto a mí? ¿Podría explicarme, señor Mulroy?
—Por que eres mía, Mari. Me perteneces, obedece.
—No he cometido ningún mal al mundo entonces, ¿por qué debo soportar ser tratada como su vaca lechera?
—Tu leche es el cordón umbilical que te mantiene unida a mí para siempre, es el amor y la sangre que corre por nuestras venas.
—¿Pero ya sobrepasó la etapa de amamantar?
—Tu leche materna provee la seguridad emocional necesaria para un alma atormentada, Mari.
—¿Quiere decir que se volvió indispensable para su felicidad?
—En efecto, Mari. Puede que la lactancia no sea la mejor opción para ti, pero es la mejor opción para mí. Es el cordón umbilical que jamás será cortado, es la fuente de mi vida, y dejarlo significa la muerte. Es amor.
¿Qué es el amor?
¿Alguna vez te lo has preguntado?
¿Por qué lastima de esa profunda manera?
Mi niño demonio continuaba absorbiendo mi leche entera, lo amaba demasiado. Mi niño demonio, cuánto lo odiaba, odio tanto...
Lactancia Materna, ¿quién no conoce todos sus beneficios?
¿Estás listo para conocer mi historia?