La Desgracia
Masiael caminaba despacio en las inmediaciones de un faro, dando varias vueltas sobre sí mismo y recorriendo el largo pasillo que llevaba desde el pueblo pesquero hasta la imponente edificación. Había escuchado varias historias sobre lo que se ocultaba a la mar durante la noche, y más historias que provenían desde el norte sobre aquel silencioso poblado que no contaba ni con cien habitantes. Lo curioso era su propio faro, que contaba una historia interesante: se cuenta que fue edificado por los primeros fundadores, por los pioneros del reino, y que tres siglos después un joven brujo hizo un contrato con un ser desconocido, obteniendo a cambio un poder que pocos se atreven a contar como fue.
Y él tenía la intriga por ambas historias.
El faro no había sido visitado durante más de quinientos años. Es más, casi estaba por derrumbarse por la falta de manteamiento y el constante choque de las olas. Era más como una decoración de otra era, que como algo funcional; pues ninguna luz había sido emitida desde que el supuesto brujo hizo aquel pacto.
Mas las aguas también escondían un secreto que muchos preferían no conocer. Criaturas y seres más antiguos que la propia creación merodean el mar, dicen las malas lenguas. Durante el día el pueblo realizaba sus tareas más convencionales, que ir a pescar cerca de la costa y obtener lo suficiente como para sobrevivir. Por su pequeño tamaño no poseen ningún tipo de comercio más allá de ser hermanos y vivir codo con codo. Si alguien le falta algo, el otro se lo da. De ahí que sea el único poblado que se mantiene al lado de un lugar tan peligroso.
Y dada su locación, que es el segundo lugar habitado más cercano al norte, a solo trecientos kilómetros de Yahun-hai, pocos son los que se atreven a aventurarla.
¿Por qué Masiael quería ir hasta ella? Lo cierto es que había caminado durante meses, gastado casi todos sus recursos y dinero, solo para llegar. ¿Pero por qué? ¿Qué lo motivaba a hacer una obra tan peligrosa, o estúpida? Ni él mismo sabía con exactitud. Sin embargo, tenía la certeza, aquella misma que nace de la parte más interior del cuerpo de un hombre y que se aferra a él como si fuera una daga, y que por todo lo amado en el mundo sabes que es tan cierta como que existes, que nada te hace cambiar de parecer, de que el faro poseía algo que le haría poderoso.
En sueños había escuchado voces y susurros que le incitaba ir hasta un lugar apagado y ocultado en las tinieblas, que se elevaba por las alturas y que en su interior yacía un viejo libro. Sabía que si lo obtenía, todo lo que deseaba se volvería realidad: sería rico; tendría mujeres y sirvientes; una casa más grande que una montaña, y suficiente poder como para ayudar a su familia.
Pero no solo los sueños le habían incitado viajar hasta el lugar. También, en su lugar de nacimiento, se contaban crónicas e historias sobre el faro. Contadas eran estas, pues no era un lugar de importancia, y más cuando estaba tan cerca a Yahun-hai; sin embargo, eran lo suficientemente atractivas como para llamar la atención del joven, y querer aventurarse hasta ella, pues algo había de extraordinario en el faro: nadie había viajado hasta él solo para tratar de averiguar sus misterios. Y él sería el primero.
Lo tenía claro: iba a entrar.
Comenzó a subir las viejas y peligrosas escaleras de caracol que rodeaban la estructura. Estaban hechas de piedra, mas el paso de los siglos hizo su trabajo en ellas, y parecían más de madera húmeda que de roca. Subía de puntillas procurando no golpear una zona que estuviera a punto de colapsar, y llegó en poco hasta la cima. La puerta de hierro oxidada, de tono verdoso con puntos negros, se abría ante él de forma espeluznante, pues parecía darle la bienvenida.
Entró a la habitación que estaba rodeada por ventanales rotos. El aire entraba con fuerza y le decían al chico de que estaba en el lugar equivocado, pero él no temía a las advertencias. El piso era de madera, la cuál no había pasado por tanto desgaste a diferencia del resto de la obra. Y ahí, justo en el extremo opuesto de la entrada, una mesa pequeña de madera se encontraba sola, a excepción de dos objetos: un libro de piel cerrado, y los restos de un humano. Un cráneo pegado a un tórax desecho era lo único que quedaba de vestigio de las eras pasadas, y del supuesto brujo que alguna vez hizo aquel pacto.
Masiael tuvo miedo, pues al ver los restos humanos pensó en que él acabaría de la misma manera.
«¡No! No puede ser así. ¿Por qué? Digo… agh. No tiene sentido. ¿Es entonces el brujo? ¿Así terminó? No quiero terminar como él. ¿Me voy? Luche mucho para llegar hasta aquí. Gaste todo mi dinero… si regreso, seré un idiota. Tengo que conseguirlo. ¿Pero conseguiré esto, o la muerte?». Se preguntaba en su cabeza. Las inseguridades lo tomaron como una fiera agarra a un ternero y lo mata con sus fauces.
Se acercó al libro con cautela, y lo abrió. Las páginas amarillas y viejas de este se asomaban con letras e imágenes oscuras. Poco entendibles para Masiael, pues nada de lo que ahí veía poseía un sentido, una explicación lógica. Las propias figuras y patrones eran de plantas, animales y seres que no eran de su mundo. Criaturas que jamás había apreciado en ningún otro libro, y letras en un idioma remoto, tan primitivo y macabro que su orden se sustentaba en letras marcadas como si fueran la propia zeta o una ese en distintos lugares del tiempo. ¿Era acaso algo posible? Masiael no se había equivocado. En verdad que el libro había sido escrito por algún brujo. Y si era aquel mismo que ahora se encontraba muerto a un lado suyo, ¿cómo lograría descifrar los secretos de la obra?
Pero en ese momento, en la penumbra del viejo faro iluminada por la tenue luz de la luna más grande, Maegstál, un susurro misterioso, tan antiguo como el mismo tiempo, reveló el secreto olvidado que aguardaba entre las páginas de aquel libro ancestral.
«Yizhua-ed. Morkaet asafur, lunkrateket; usmasrael».
Y entonces Masiael encontró lo ocultó. Entendió la lengua misteriosa del libro y descifró sus secretos. Conocimiento arcano, presuntamente más antiguo que el de los monjes de Yahun-hai. Recetas para alargar la vida. Encantamientos y maleficios que podrían desatar tempestades. Palabras tan poderosas como mil truenos y el secreto de la vida. Todo ello alcance de su miserable mano humana.
Recogió el dichoso libro, y como si fuera una rata que quisiera evitar ser expuesta a la luz, se escurrió hasta la puerta y luego recitó en voz alta al mar:
—¡Musmaerk; ofrendis olocaustro kratpal kinriú!
“¡Que despierte! ¡Ofrezco la sangre del inocente para que te levantes!” Fueron las malditas palabras que pronunció su sucia boca.
El agua enfrente de él se arremolinó durante unos minutos mientras el cielo se oscurecía, y la tormenta tomaba forma. La lluvia comenzó a caer, y cuál si fuera una pesadilla, los rayos caían al agua, alabando la llegada de una criatura ancestral. Y de las profundidades emergió aquella cosa. Un ser que no era ni hombre, ni animal. Cubierto de escamas como si fuese un pez, pero con dos patas de hombre, cabeza de jabalí y un cuerpo semejante a la putrefacción más aberrante. Era Shinrú, la bestia de tres cabezas, pues detrás de la del jabalí había una segunda y tercera con formas de águila y serpiente.
Tan alto como el propio faro, Shinrú se abalanzó hacia el poblado, y de un solo movimiento con todo su cuerpo, como si fuese una piedra, destruyó casi todas las casas, aplastando a cada pobre habitante. Los únicos dos que se salvaron, una madre viuda y su hijo, que vivían en la única casa que seguía en pie, se despertaron alarmados y con gritos, pero antes de que pudieran hacer algo, la aberrante mano de Shinrú cayó sobre ellos.
Masiael lo miraba con una sonrisa macabra. Ahora no solo había logrado lo que quería, sino que tenía a quién le iba a ayudar.
Shinrú se acercó hacia el faro, y con su cabeza de serpiente, le habló en una lengua tan siniestra, que si pudiera ser interpretada por hombre alguno, diría así:
—Joven señor, ¿a que se debe mi invocación?
—Busco las riquezas y el poder, bestia. Y sé que tu me las podrás dar a cambio del sacrificio de las vidas de este pueblo.
—¿Qué tanto es lo que deseas?
—Suficiente como para vivir en lo más alto que puede alcanzar un hombre. Ir y destruir todo el Mar de Córneas, y luego vivir en la riqueza. Deseo mujeres, fama y sirvientes.
—Deseas lo que todo hombre desea. Que así sea. Te daré lo que pides, a cambio de la sangre de cada habitante de cada poblado de este reino.
Masiael sonrió con malicia.
—Llévame entonces al Mar de Córneas.
La criatura agachó su cuello, y el joven brujo se subió a la espalda de Shinrú. Con su conocimiento que adquirió de una forma tan misteriosa como sus propias capacidades, se fusionó en carne y hueso a la bestia de tres cabezas, y esta última se sumergió al mar.
Surcaron los oscuros mares del norte, poblados de criaturas que pocos hombres estarían dispuestos a ver incluso si estuvieran en una armada de la poderosa Brivistinia. Pocos seres siquiera parecidos en forma a Shinrú asomaban por las profundidades, pero estos eran igualmente oscuros como la propia esencia de la bestia. Algunos poseían forma de hombres, de piel blanca y largos como ballenas. Otros tantos eran como una combinación de todos los seres del mar, de la tierra y de aire. Abominaciones que el Creador habría eliminado si no fuera por la malicia del hombre.
La mente del nuevo brujo tenía tantas ideas: ¿quién seria el siguiente? ¿Podría acaso surcar todo el mundo y acabar con todos, y así gobernar como un dios? Junto a Shinrú sentía ya serlo, pues palpaba el poder de la bestia y el de él mismo. Su arrogancia comenzó a crecer como espuma, y pronto deseo alcanzar incluso a criaturas oscuras, demonios y bestias ancestrales, leyendas y cuentos, mitos y terrores de las más oscuras historias, solo para doblegarlas y tenerlas bajo su yugo bestial. Un tirano entre los justos e injustos. Un auténtico señor del terror incluso para el mismo terror.
Si a un hombre se le da todo el poder que desea, se volverá en un monstruo; dijo alguna vez un sabio, y cuánta razón tenía. Pronto Shinrú sintió la creciente demencia y oscuridad en el corazón de Masiael, y rio para sí mismo. En solo unos pocos minutos aquel joven se había transformado en un ser tan aberrante como aquel mismo brujo que alguna vez hizo el pacto con la susurrante voz negra.
El cielo se ennegrecía conforme avanzaban. La luz reflejada por las lunas se había vuelto más tenue que la sinceridad en el corazón de Masiael. Las criaturas se apartaban de ellos como ratas asustadas, y hasta las aves preferían estrellarse contra alguna piedra o entre ellas, antes de pasar siquiera cerca de Shinrú. Pero, ¿por qué era tan temido? Lo cierto es que aquella bestia de tres cabezas en el pasado fue un tipo de hombre, si es que en realidad lo fue; y por su codicia y deseo terminó de dicha manera. Pero fue algo tan antiguo y remoto, que incluso los ecos de la historia se han olvidado lentamente del cómo fue. Pero Shinrú hizo un pacto con alguien incluso más antiguo que los ecos y susurros. Y tras ello, se convirtió en la abominable bestia de ahora, que durante miles de años había prevalecido en un letargo sempiterno.
Y ahora estaba Shinrú obedeciendo los deseos de un mocoso, de un desgraciado que deseaba poder al igual que él. ¿Pero debería de obedecerle? Era Shinrú, no la bestia cualquiera de un ingrato. Pero había hecho un trato: hacer lo que le pida, a cambio de sangre. Y eso lo convenció en un momento. La sangre era preciosa para él, pues no solo le nutría su alma podrida, sino que le daba una razón a su existir y se deleitaba viendo como inocentes derramaban su excelsa sangre que él ya no poseía. Era como ver una obra de arte desde el más profundo abismo de la demencia. Y Masiael lo escuchaba.
—Te advierto que no intentes nada contra mí, oh Shinrú.
La bestia de tres cabezas rio hacia sus adentros, y luego tentó la suerte de Masiael. Cortó la conexión que había entre los dos, y ahí el muchacho se dio cuenta de la gran diferencia entre él y la terrible criatura. Volvió a conectar con la mente del brujo, y volvió a reír.
Nadie podría tratar a Shinrú como si fuera menos que él, ya que él mismo se conocía: era un más que un dios. Era el verdugo de su propio juicio, y la tempestad frente a la tormenta. Si aceptó el trato con Masiael, fue por mero gusto, no por verse obligado a su hechizo. Y el joven imprudente tardó en darse cuenta de su garrafal error. Ahora era él quién verdaderamente obedecería a Shinrú en cuanto se acabase el pacto, pues no tenía oportunidad contra este. ¿Ahora que podría hacer?
Avanzaron durante más rato hasta que Shinrú y el brujo detectaron unas agitaciones extrañas en el mar. No eran propias ni de criatura ni del propio mundo. Y además había un olor indistinguible que rondaba a kilómetros a la redonda. Un aroma que encendía los ánimos de Shinrú y se enfurecía como una bestia asesina si cada segundo que pasaba no estaba cerca de poder acabar con ese precioso perfume de altamar: carne humana.
A tan solo unas cuantas leguas de ellos se encontraban tres barcos. Tres galeones exploradores de Brivistinia. Y eran dirigidos por Sir Coronel Freimür, veterano de la marina y estratega por excelencia de la escuela naval Brivistinita. Hacía ya cinco meses que él y la flota habían salido en rumbo de archipiélagos inexplorados o zonas peligrosas que poder divisar y advertir a la unión, que era la principal encargada de suplir información global a todos los demás reinos y naciones.
Todas las velas y lámparas del barco estaban encendidas y varios hombres se movían de proa a popa. Cada nave podía albergar hasta casi noventa individuos, y tenía una potencia de fuego lo suficientemente fuerte como para defenderse de hasta un acorazado. Sin embargo, eran naves antiguas y que poco podrían hacer en un enfrentamiento verdadero. Pero eran de respetar.
Freimür miraba hacia el norte en el borde de la cubierta. Tenía una sensación extraña recorriendo su estómago, al igual que su nuca palpitaba de peligro. Pocas veces había estado en una situación parecida, y no se debía al posible miedo que le causara la repentina oscuridad tan profunda que emanó en el cielo, sino algo más a ello…
Oró en silencio durante un minuto, tratando de que el Creador le digiera que debería de hacer. Siempre confiaba en el juicio de Dios, por lo que siempre acudía a él para escuchar aunque sea la más mínima respuesta. Y al terminar su breve momento de meditación, las alarmas en él estallaron como un volcán.
—¡A sus posiciones! —estalló el Coronel—. ¡A sus posiciones, ya, ya, ya!
La tripulación se movió como una máquina bien engrasada y se movilizaron hasta cada punto de peligro de la nave: cañones, amarres, los fusiles voltaicos, y las bombas desplegables. Se hicieron señales a los otros dos navíos, que en pocos minutos habían organizado ya su defensa.
El segundo al mando de Freimür, Azgdél, el tuerto, preguntó preocupado al coronel:
—Mi señor, ¿qué es lo que nos va a atacar? No vemos nada y no hay presencia de naves enemigas.
—No van a ser otros barcos, Azgdél. Algo más. Me lo acaba de advertir el Creador. ¿Vas a dudar de mi juicio? Entonces no me creas a mí, y ora al todopoderoso para que te haga escuchar lo que yo he oído.
Así lo hizo. Azgdél tomó unos cuantos segundos para orar en lo profundo de su corazón, y el temor profundizó en él como un alfiler. La presencia de Shinrú se hacía notar en el ambiente. Tal cual si el aire se hubiera vuelto pesado como el plomo y denso como carbono.
Freimür temía lo peor. Por lo que se dirigió con prisa hacia la proa del barco. Ahí afinó sus ojos igual que un felino, y divisó a lo lejos a un bulto grande moverse en el agua dirección hacia ellos. Era la bestia de tres cabezas y el brujo.
«Ya nos han visto» dijo para la mente del brujo, Shinrú.
—¡A estribor! Un kilómetro. Disparen a mi orden.
Las embarcaciones giraron a su izquierda, y los cañones se posicionaron a la distancia necesaria para que cada bala acertará en el blanco. Shinrú se acercaba como un tornado maldecido que iba a chocar tan feroz como mil carkados… Y…
—¡Fuego! —gritó Sir Coronel Freimür.
Las naves tomaron brillo. Las explosiones se prosiguieron unas a otras como una melodía de guerra que cantaba una maldición hacia sus enemigos. Los fusiles voltaicos desprendieron chispas y los rayos salieron directo hacia el objetivo. Varias bombas fueron arrojadas hasta el cielo, y se volvieron invisibles en la oscuridad de la noche, mas pronto cayeron sobre el mar y reventaron iluminando a los barcos.
En su arrogancia, Shinrú no fue capaz de prever la potencia de fuego de los Brivistinitas. Varias docenas de balas de cañón, tan grandes como una cabeza humana, chocaron contra él. Rayos azules y morados impactaron sobre su espalda y hombro, y un par de bombas trastabillaron sus huesos. Se sumergió para evitar los impactos, pero las balas seguían cayendo tan brutales como una baraja de carta imparable de hierro. Uno tras otro fue golpeado su cuerpo.
El brujo conjuró tres palabras, y debajo de los barcos un gran remolino se materializó, desviando las embarcaciones y provocando que entraran en perdida. Iban a chocar una con otra si no se detenían.
—¡Anclas! —gritó otra vez el Coronel, y su orden fue recibida por cada embarcación al unisonó. Las tres cadenas de hierro se desprendieron de la popa y proa; rascaron el suelo marino, se aferraron a las piedras y cada nave se detuvo aún con la presencia del remolino.
Shinrú aprovechó esto y volvió a emerger a la superficie, y cayó sobre una de las naves como una ballena, destrozando parte de la cubierta y matando a una treintena de hombres. Pronto estallaron los disparos en el barco, y diversas luces se hicieron ver en la oscuridad destellando, pero Masiael evocaba en su lengua conjuros que asfixiaban a los marineros. La bestia de tres cabezas extendió sus manos y destrozó uno de los palos mayores, y destruyendo la popa. Con la otra golpeó férreamente el casco, partiendo la nave a la mitad.
Volvió a introducirse a la mar, pero antes de que eso pasara, todos los explosivos del barco estallaron de repente, y es que uno de los marineros hizo el mayor sacrificio, detonando los barriles que encontró junto a él. La espalda de la bestia recibió el calor y los fragmentos de madera se clavaron a él y el brujo. Pero este destruyó las estacas, y trataba de curar la piel herida de Shinrú.
Se introdujo como una serpiente en las profundidades, y trató una vez más de salir a la segunda nave, hacia la que era capitaneada por Sir Coronel Freimür. Sin embargo, esta misma disparó con todo debajo de ellos. Las balas volvieron a probar la carne de Shinrú, y este, sumamente enojado, profirió palabras malditas y un fuego abrumador salió de su boca, que cubrió los cañones, matando así a los tripulantes con brutalidad. Pero la cubierta seguía en pie. Saltó del mar; se clavó justo en la popa, arrasando con la tripulación y la escala. La terrible cabeza de serpiente se encontró con los ojos Freimür, y durante dos segundos tan largos como el día, el coronel solo se dignó a levantar su pistola de voltaje, apuntó, y con un nivel absoluto de precisión, disparó el rayo dorado de su arma, chocando con el ojo derecho de la serpiente, dejándola ciega.
Shinrú se había confiado demasiado, y antes de que se diera cuenta, Azgdel había lanzado, con la ayuda de un mortero, una bomba directo a su espalda al pequeño bulto humanoide que era el brujo. En cuanto tocó la piel de la criatura explotó en decenas de pedazos, y el brujo casi perdió la vida. Shinrú entró en pavor, y se arrojó al mar. Sin embargo, el cuerpo de Masiael se desprendió de su espalda, y este, asustado y temeroso, le suplicó a la bestia que lo ayudase, pues temía morir.
Mas Shinrú solo lo vio con soberbia. ¿Por qué debería de ayudar a una escoria que solo quería ser dueño del mundo, cuando no era capaz ni de afrontar a un grupo de hombres? Igual que él… Dio media vuelta y abandonó al brujo. No era un dios; solo una bestia que se escondía de los hombres. Y razón no le faltaba.
Masiael trató de engendrar un hechizó que le hiciera un daño terrible a Shinrú, o que lograse salir de las profundidades. Pero su mente se había vuelto tan estrecha como un grano de arena, y apenas podía recordar su nombre. ¿Por qué estaba ahí? ¿Qué era lo que había hecho? Y antes de que pudiera gritar asustado, se desmayó y luego pereció en la oscura profundidad del océano.