Capítulo único
El mar estaba en calma. No había señales del viento, ni una sola nube cubría el cielo. Si no fuera por las pequeñas olas que rompían en la orilla cualquiera pensaría que el océano se había petrificado; solo se estaba preparando. Una suave melodía, hipnotizante y cautivadora brotó de las profundidades, haciéndose más fuerte a medida que se aproximaba a la superficie.
Las estrellas y la Luna tomaron asiento, muy atentas desde su privilegiada vista desde el cielo. La canción llegó a tierra y en cuanto sus escamas rozaron la arena se convirtieron en piernas. Con su brillante cabello pegado al cuerpo se puso de pie. Recordaba cómo se caminaba, no era su primera vez, pero antes de abandonar la playa dirigió su vista al cielo y con una sonrisa traviesa saludó a las estrellas.
El mar sabe su nombre y el Dios que la juzgó
Por matar al hombre que una noche le engañó
Las olas, centinelas; la Luna su guardián
Cuentan las estrellas que ella vive ahora en el mar
Busco mi sitio, busco mi lugar
Busco un hechizo para enamorar
Yo soy la muerte, soy la maldición
Soy tu perdición
Una joven de cabellos castaños escuchaba con fascinación la pieza tocada por los músicos. Toda la taberna parecía disfrutar la buena música, bebían y bailaban sin ninguna preocupación, como si el único propósito de esa noche fuera pasarlo bien.
—No eres de por aquí, ¿verdad? —preguntó alguien sentado a sus espaldas.
La muchacha se giró de inmediato, encontrándose con los ojos más azules que había visto en su vida. La joven que tenía delante poseía una belleza tan irreal que le fue imposible dejar de mirarla. Desde su piel morena a su cabello azabache; brillante bajo las antorchas de la taberna. Todo en ella le obligaba a mirarla.
—¿Por qué piensas eso? —consiguió contestar. La morena sonrió con confianza.
—Porque... —Se acercó un poco más—Eres la única que presta atención a la canción. Todos los demás ya se la saben, tú eres la que parece escucharla por primera vez.
Y en la noche de San Juan
Cantan las sirenas
Melodías de un querer
Enamórate
Y en su jaula hecha de mar
Llora prisionera
Es la reina sin país
La dama del mar
Mil besos mojados ahogados en el mar
Su boca, cementerio; tumba de arrecife y sal
La costa es su destino; la playa, libertad
Guárdate de ella o esta noche morirás
—Esta historia que están cantando... ¿Es real? —cuestionó avergonzada. Deseaba poder apartar su mirada para que no la viese, pero sus ojos la mantenían hipnotizada.
—Todas las leyendas tienen algo de verdad—respondió enigmática—. En cualquier caso... Si la sirena existe de verdad hoy estará en tierra.
—¿Por qué?
—Es la noche de San Juan, la única que la que el Dios que la maldijo le permite tener piernas de nuevo para intentar romper su maldición. Es como un juego para él—explicó encogiéndose de hombros con indiferencia.
—Pareces conocer muy bien la leyenda—comentó interesada—. ¿Podrías contarme más?
La joven echó su cabello azabache hacia atrás, por encima de su hombro.
—Eso depende la versión que quieras saber—condicionó—. Si buscas la de ellos quédate a escuchar la canción, pero si deseas conocer la de la sirena... acompáñame. —Se levantó en un grácil movimiento.
La de cabellos castaños la miró dubitativa. Sus ojos marrones iban desde el escenario en el que tocaban los músicos al rostro confiado de la desconocida.
—Estaré fuera, en la playa, por si decides escuchar la versión que te ofrezco. —La observó salir, fascinada con el movimiento de su vestido blanco al caminar.
Soy la sirena del triste mirar
Y entre mis labios muerte encontrarás
Busco tu alma para caminar
Y salir del mar
Y en la noche de San Juan
Cantan las sirenas
Melodías de un querer
Enamórate
Y en su jaula hecha de mar
Llora prisionera
Es la reina sin país
La dama del mar
La encontró en la orilla, dejando que el agua le lamiera los pies, observando la oscuridad que se extendía por el mar. El sonido de las olas al romper la invitó a acercarse.
—Has venido—señaló sin apartar la mirada del océano. Deseaba poder contemplarlo siempre desde ese lado.
—Sí, prefiero escuchar la versión de la sirena. —La de ojos azules sonrió ante su respuesta.
—Caminemos. —Tiró de su mano—. ¿Crees en los Dioses?
—Como todos—murmuró con el corazón acelerado al ver que su mano todavía no había abandonado la suya.
—En esta historia el culpable es el Dios de los hombres, no el del mar, no la de la tierra; el de los hombres—comenzó a narrar—. La sirena, antes de serlo, cometió el error de enamorarse del hombre más devoto que pudo encontrar. Ofrendas a diario, rezos, construcción de templos en su nombre... Nada era suficiente para ese hombre. Puede que por eso estuviera entre los favoritos de su Dios.
>>Cuando la sirena lo conoció le pareció encantador, bueno, la hacía sentir... especial. Ella creía que era la única para él, pero cuando se enteró de su traición se sintió estúpida. Le había entregado todo a aquel hombre, su ser, su corazón, su vida... Fue en contra de los deseos de su familia porque estaba convencida de que era el correcto, que la cuidaría.
La joven de cabellos castaños la escuchó con fascinación. Casi podía sentir lo que sintió la sirena a través de sus palabras.
—Tras su traición se quedó completamente sola y sin un hogar al que volver. Así que, dejándose llevar por la rabia y el dolor que sentía decidió vengarse—continuó relatando con la misma intensidad—. No pretendía matarlo, solo hacerle sufrir. Quería que sintiera el mismo miedo y soledad que ella, pero no contaba con que el tiempo cambiara. Cuando la sirena lo drogó para que se despertara en su pequeña barca en mitad del mar no contaba con que el oleaje lo terminara ahogando.
>>Lloró. Derramó lágrimas por aquel hombre, se arrepintió y suplicó perdón; no fue suficiente para el Dios. En venganza por la muerte de su favorito la aprisionó en el océano, el mismo que había matado a su amante para que estuviera sola siempre, recordando lo que había hecho. Por suerte, el Dios de los hombres es benevolente, le concedió una oportunidad todos los años de romper la maldición, de pisar tierra de nuevo. En la noche de San Juan, desde la caída del Sol hasta su regreso la sirena podría caminar para intentar librarse de su prisión.
—¿Por qué esa noche? —preguntó con interés.
—Porque es la noche en la que lo mató.
La castaña suspiró antes de detenerse para mirar la oscuridad en la que se ocultaba el mar. La Luna se reflejaba en sus aguas.
—¿Tan solitario es el océano como para que sea considerado un castigo? —lanzó la pregunta al aire—. Está tan lleno de vida... Me parece difícil de creer.
—A ella sí que se lo parece—musitó observándola con interés.
—Pues a mí no. La tierra lo es mucho más, aquí la gente te juzga, te corta las alas... Jamás me he sentido sola cuando me baño en el mar, aquí sí. Por eso vengo siempre que puedo, ¿sabes? —confesó con una sonrisa nostálgica.
Claro que lo sabía. La llevaba observando escondida entre las rocas desde el día que llegó, varias semanas atrás. Era ella. Era la Elegida a la que tanto tiempo estuvo esperando. La que le devolvería su libertad. Lo supo en el momento que la vio.
—Seguro que la sirena estaría encantada de cambiarse por ti si pudiera—comentó la de cabello azabache apretando la mano que todavía no le había soltado.
—¿Tú crees? —río girándose hacia ella—. Todavía no me has dicho cómo se rompe la maldición.
La de ojos azules inclinó ligeramente la cabeza para mirarla.
—Un beso—dijo—. Solo hace falta un beso.
—¿De un hombre?
—De una mujer. —Sus ojos castaños se abrieron ante la respuesta. Podía sentir sus mejillas enrojecerse en la oscuridad—. El beso de un hombre sería demasiado fácil, las sirenas pueden hechizarlos. Se acabaría el juego.
—¿Vale el beso de cualquier mujer? —Dio un paso más cerca.
—Solo el de la Elegida. —También se acercó—. Y debe iniciarlo ella.
—Comprensible—susurró con una valentía desconocida para la muchacha.
Aquella misteriosa joven la hacía ser valiente, su sola presencia era capaz de infundirle el valor que siempre creyó que le faltaba. Por una vez, ella tomaría la iniciativa, se atrevería a hacer lo que jamás se atrevió por miedo del qué dirán.
Miró una última vez esos ojos azules que tanto la habían cautivado, los responsables de esa situación, y con toda la valentía que fue capaz de reunir unió sus labios a los suyos en el beso que cambiaría sus destinos para siempre.
Cuántas noches te esperé
Tú eres la elegida
Solo un beso de mujer
Me dará la vida
Y en la noche de San Juan
Cantan las sirenas
Melodías de un querer
Enamórate
Y en su jaula hecha de mar
Llora prisionera
Es la reina sin país
La dama del mar
El viento comenzó aullar como respuesta. Las olas se alzaron contra las rocas, la Luna se ocultó entre las recientes nubes y en mitad de la oscuridad se escuchó un trueno. La Elegida cayó muerta en los brazos de la que una vez fue sirena, con los ojos cerrados y una expresión de serenidad en su inerte rostro.
—Ojalá hubiera sido diferente, en serio—murmuró con lástima apartándole unos mechones de la cara—, pero no puedo renunciar a mi vida de nuevo por otra persona. No puedo.
Recolocó el cadáver y con él en sus brazos se adentró en el mar, hasta donde las olas alcanzaban su cintura.
—Mi maldición se ha roto—comenzó a decirle al Dios del océano—. Te pido que la acojas en tus profundidades. Ella siempre quiso pertenecer al mar para huir de la soledad, por eso te suplico que la aceptes, que no dejes que vuelva a sentirse sola nunca más. Por favor.
El oleaje respondió a su petición; la siguiente ola que llegó arrastró con ella el cadáver de la joven para llevarla a donde siempre perteneció. Una lágrima brotó de sus ojos azules, y tras perderse entre la inmensidad de las aguas comenzó a caminar con su vestido empapado hacia la orilla, hacia la tierra que jamás debía haber abandonado.