Todo lo que te llevaste.

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Summary

Una vez alguien me dijo que, cuando amara a alguien, debía estar dispuesta a perdonar ciertas cosas porque la otra persona no sería tal y como yo lo deseaba. ¿Pero dónde está el límite? ¿Es que se debe perdonar hasta las cosas que nos destruyen y rompen para seguir con la idea de aquel amor? Yo creía saber lo que era amar; entregar todo a otra persona. Pero, ¿qué pasa cuando no es recíproco y solo te dejan en la completa nada?

Genre
Other/Drama
Author
Diana
Status
Ongoing
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
18+

Capítulo 1: Mal comienzo.

Junio 2019.


Odio el silencio.


Cada vez que ese reloj hace tic tac, una y otra vez, como una clase de burla o broma hacia mi estúpido cerebro, me siento peor.


También odio álgebra, supongo que es por ello que no me gusta este silencio.


Vamos, Amber, no puedes ser tan estúpida.


Releo como por quinta vez la primera pregunta. Sé que vimos este tema el lunes pasado y que fue cuando me hice la manicura, pero no tengo ni idea de cómo resolver esto.


Estiro un poco la cabeza, en busca de ver la respuesta de mi compañero de mesa, pero él no ha escrito ni su nombre.


Estúpida acomodación por promedios. Básicamente, los más listos se sientan enfrente y los más idiotas atrás.


Yo estoy en la última fila.


Suspiro, resignada a volver a reprobar la materia.


—Muy bien, suficiente. Entreguen sus exámenes.


Al menos era de opción múltiple, así que solo subrayo cosas al azar y entrego el mío antes de salir del aula.


—¿Cómo te fue?—pregunta Hannah, llegando hasta mí.


—Esa fue la cosa más sencilla de la vida.—rio, entrelazando mi brazo con el suyo.


—Y que lo digas. Pasé la mitad del tiempo peleando con mi compañero de escritorio porque se pasa a mi lado.


Maldita.


Hannah es mi amiga. Es solo que... No es la amiga que yo quiero que sea.


Me le acerqué con la intención de pedirle la tarea de matemáticas porque es el primer lugar del curso, pero al final me quedé platicando con ella y ahora pasamos mucho tiempo juntas.


Es solo que es un poco aburrida. Se dedica a vivir su vida en la seguridad y comodidad y eso me exaspera un poco.


Además de que es una pesada. Le gusta llamar la atención.


—Si no saco un diez, es porque de nuevo ese maestro tiene problemas personales conmigo.


—Verás que sí aprobamos el examen. Dijiste que estuviste todo el fin de semana estudiando.


Me la pasé intentando sacar a mi madre de la cocina.


Tras llegar a la cafetería y tomar nuestras bandejas, nos sentamos en la mesa de siempre, frente a frente.


Yo me he pedido algo ligero. No sé por qué, pero no me gusta comer en la escuela. Hannah, por otro lado, sí se ha pedido todo un emparedado que luce bastante grotesco.


Una vez más, solo nos quedamos en silencio. No es incómodo, solo cansador.


Paseo mi mirada entre las demás mesas, pensando en mejor acercarme a una que se vea más interesante. Al final de cuentas, no es como que ella no pueda comer sola.


Me quedo un momento extra en mi mesa meta. Puedo sonar cómo mal cliché de película de Disney, pero yo quiero ser más popular. Para muchos es una estupidez, pero yo solo quiero poder tener muchos amigos, personas que quieran pasar el tiempo conmigo, salir... Tener opciones.


Mi mesa meta es la de las porristas y los jugadores de americano. No tengo el promedio suficiente para entrar al equipo de animadoras, así que ha sido más difícil.


No sé cómo, pero tengo que lograr hablarle a Hope y Kiara. Quizá a Shawn, el capitán de americano. Ellos son los importantes porque ya incluso me acosté con Owen, otro chico del equipo, y nada cambio. Dijo que fue algo de una noche y aunque estoy de acuerdo, eso no iba a aumentar mi popularidad.


Regreso mi atención a Hannah cuando suelta un suspiro profundo. Está viendo una mesa tras de mí, con una sonrisa boba.


—¿A quién estamos viendo?—pregunto, sonriente.


Ella parpadea continuamente, bajando la mirada.


—Al cartel en la pared.


—Oh, vamos, Hannah. Puedes decirme.


—Era el cartel en la pared.—repite con firmeza.


—Vale, entonces voy a ir a averiguar cuál chico era.


—Ni se te ocurra.—advierte, señalándome.


Genial, al fin podemos tener algo interesante qué hacer y Hannah prefiere guardárselo para ella.


—Anda, ¿es que no confías en mí? ¡Las amigas se cuentan estas cosas!


Sonríe, un poco emocionada.


—¿Entonces somos amigas?


Supongo.


—¡Claro que sí!


Asiente, acercándose más en la mesa para hablarme con confidencialidad.


—Se trata de George Hume. Es el chico de cabello largo que está en aquella mesa... Él me gusta bastante. Pero mira con discreción.


Volteo totalmente la cabeza para poder ver a quien señala, ganándome un bufido de su parte.


El chico no está tan mal, es decir, no es un modelo, pero hay algo que lo vuelve un tanto interesante para mí. Igual que Hannah.


El tal George tiene el cabello castaño un poco largo, lo que no sé cómo le han permitido en esta estricta escuela. Es delgado y hasta algo debilucho diría yo y su nariz es un poco grande. Pero tiene una muy linda sonrisa. 


La verdad, tiene lo suyo.


Hannah, por su lado, es algo bonita. Es morena, con cabello oscuro y por debajo de los hombros como el mío. Es alta, delgada y tiene unas facciones delicadas que la hacen ver un tanto más elegante.


No sé mirarían tan mal juntos. Pero, si se consigue novio, es seguro que me va a dejar de lado y ella es algo que me gusta tener seguro.


—Pues si eso es lo que te gusta.—encojo los hombros, regresando mi vista a ella.


Rueda los ojos, mordiéndole a su emparedado.


—No seas cruel. Es lindo.


—No es tan guapo, Hannah. Pero supongo que por eso queda bien contigo.


A la distancia veo a Hope quedarse sola en la mesa, por lo que me pongo de pie para acercarme a ella, solo despidiéndose rápidamente de mi amiga.


—Holis, bebé. ¿Cómo estás?—saludo a la porrista, sentándome frente a ella.


Por favor que no sea tan perra conmigo.


Levanta la vista de su celular, algo confundida.


Hope es el clásico estereotipo de porrista rubia, guapa, delgada, rica y estúpida.


—Ah... Hola.


—Soy Amber, ¿me recuerdas?


Niega, con una pequeña mueca.


—No, lo siento. Pero no es personal, soy muy mala con eso.


Cómo dije: estúpida.


Rio, restándole importancia.


—No te preocupes. Lo capto. Solo quería decirte que daré una pequeña fiesta en mi casa este viernes a la noche, espero que puedas venir con tus amigos y el equipo de americano.


No me dice nada, solo empieza a recoger sus cosas.


—No prometo nada porque ya tenía planes para ese día, pero quizá te veo ahí.


—Oh, vale.—acepto, algo decepcionada,


Me apresuro a caminar a su lado para que me dé su número y así dictarle la dirección, deseando hacerme notar un poco más.


—Deberías ir, va a estar increíble.


—Como dije; trataré. Ahora voy al baño, hasta luego, Amber.—se despide, apartándose de mí.


Qué perra.


Al ir a mi siguiente clase me dedico a invitar a todo el mundo.


Cuando por fin termina este eterno día, me apresuro a subirme a mi auto, lanzando la mochila a un lado.


No quiero llegar a casa.


Para muchas personas es un descanso, pero para mí es una tortura.


Mis padres están por separarse. La cosa es que ninguno quiere ceder ante la casa y mi padre ya hasta se ha llevado a su zorra a vivir con nosotros.


Yo vivo en una zona exclusiva y eso me encanta. Mis padres son productores musicales con bastante éxito, así que soy rica.


Y yo amo cantar. Soy más que buena en ello. Pero ninguno de mis padres quiere firmarme para no exponerme a ese mundo, lo que me parece una reverenda estupidez.


Al entrar a casa dejo mis llaves en el recibidor y me acerco algo temerosa a la cocina.


Como siempre, hay pasteles hasta más no poder. Es lo que mi mamá hace para desestresarse.


—Ya llegué, mamá.


—¿Sabes dónde está la nueva zorra de tu papá? —me pregunta, sin dejar de mezclar algo—. En la alberca. ¡Mi maldita alberca, Amber! ¡Qué descaro!


—Creo que tendré que ir a clases de verano por álgebra.


—Y no solo eso, sino que está usando un anillo mucho más caro de lo que tu padre algún día me dio a mí.


Suspiro, acercándome al refrigerador, que tiene cinta amarilla por todas partes. El lado derecho son las compras de mi mamá, el izquierdo las de papá y Kennedy; su novia. Yo puedo tomar de ambos lados.


La cosa es que fácilmente podrían comprar diez refrigeradores más, pero ellos están en una guerra declarada por este.


¿Hay alguna guerra por mi custodia? No.


Tomo un plato con lasaña fría de anoche y me llevo un bocado a la boca con las manos.


—Comes como una bestia, Amber. Usa un tenedor.


—Te aseguro que vas a querer mi ayuda, no deberías hablarme así.


Asiente, dándome una mirada.


—Sacala de ahí.


Me llevo el plato para seguir comiendo hasta llegar a mi habitación.


Obviamente es enorme, las paredes son blancas y tiene algunos detalles cafés. Además de mi cama y las puertas del baño y armario, tengo mi escritorio, guitarra favorita, micrófono, unos sillones y un equipo de sonido.


Aviento la mochila al piso y me quito el uniforme para ponerme un bikini verde y así salir a molestar a Kennedy.


Después, me acerco a la gran cama de Doctora; mi perro. Es una bichón maltés blanca que tengo desde hace ocho años. La tomo con cuidado, dejando que acomode en mis brazos.


Es una floja de primera. Claro que cuando estaba más pequeña le gustaba jugar con su pelota o mis zapatos, pero ahora solo le gusta estar acostada o que la esté acariciando.


—Vamos a correr a esa perra de nuestra casa, Doctora.—le sonrío, acariciando su espalda.


Bajo las escaleras directo a la alberca. En realidad casi no me gusta esta parte de la casa, pero mi mamá quiere que la ayude a espantar a Kennedy y es lo que haré.


Desde atrás alcanzó a ver si pelirrojo cabello, todo seco y enredado en un descuidado moño. Ella no está fea, pero es una arribista de veinte años que separó a mis padres.


—Buenas tardes, Kenny.—la saludo, sentándome en la reposera a lado de la suya.


Deja caer su cabeza hacia atrás, con fastidio.


—¿Van a estar aquí? Para irme a otro lado.


—¿Te irás a tu casa?


—Esta es mi casa ahora.


Rio, acariciando el suave pelaje de Doctora.


—Abrir las piernas no es un método de pago para comprar una casa.


—¿En serio? —sonríe, acomodando las hojas que tiene frente a ella—. Fue el que funcionó con tu papá.


Maldita.


Furiosa, dejo a Doctora en el piso, cerca de ella porque sé que por alguna razón le da miedo. Me paro a la orilla de la alberca, que está pegada a las reposeras, y me lanzo a un clavado.


En cuanto nado hasta la superficie, la escucho gritar y sonrío por reflejo.


—¡Eres una estúpida! ¡He estado trabajando en estas tarjetas por semanas!—chilla, tomando las hojas que he mojado por completo.


Lo sé. Ella es interna en un hospital, por lo que igual casi no la vemos, y ha estado estudiando por semanas para su examen de residencia o algo así.


—Ups. Quizá deberías irte a otro lado a hacer esto... La calle suena como una buena opción.


Sus ojos se han llenado de lágrimas. Más que de coraje, parecen de impotencia.


—Haz lo que quieras, mocosa de mierda. Pero yo no me voy a ir de aquí. Y no por tu papá, si no por mi futuro. Imbécil.


Se pone de pie con sus hojas empapadas, rodeando toda la alberca para no toparse a mi mascota.


—Hicimos un gran trabajo, Doctora —le sonrío—. Ahora debemos buscar la manera de que Hannah no venga a mi fiesta.


No la quiero aquí por la simple y sencilla razón de que estaría tras de mí todo el día y quiero poder disfrutarlo.


Hoy fue mi último examen. En un par de días empieza el verano antes de iniciar el último año del instituto. Mi meta es dar la mejor fiesta de todos los tiempos.


Tengo un buen presentimiento.


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Sé que Hannah ya ha escuchado sobre la fiesta. No me ha preguntado si está invitada, pero temo que lo dé por hecho y como es en unas horas, debo evitar que asista.


Esa es la razón por la que estoy en su casa, esperando que se moleste un poquito conmigo.


Su sirvienta me deja pasar, aclarándome que está en la alberca. He venido varias veces a su casa, así que me dirijo ahí y en efecto; la encuentro nadando.


—Hola, bebé.—la saludo en cuanto levanta la cabeza.


—Ah, hola —sonríe—. No sabía que ibas a venir.


—Decidí sorprenderte. Pero sigue, yo te espero.


—Estaba buscando unos aros bajo el agua, solo los saco y podemos ir a mi habitación.


Asiento, acomodándome en una de las sillas para que ella se vuelva a sumergir.


Ya que no quiero una distancia definitiva, mi idea es solo hacer que se enoje conmigo y ya después nos arreglaremos.


Suspiro, cerrando los ojos un momento y concentrándome lo suficiente para empezar a llorar. En realidad eso se me da muy fácil, pero solo cuando no lo siento. Es decir, si es por algo que de verdad me duele, tardo en poder expresarlo y liberarme de ese sentimiento. Pero cuando sé que no es algo que en verdad me duele, es más sencillo provocarme las lágrimas.


Cuando Hannah levanta la cabeza del agua, con los aros en mano, frunce el ceño ante mi llanto.


—¿Estás bien? ¿Necesitas algo?


—No, es solo que... Dios, Hannah, envidio tanto tu autoestima.


Parpadea, confusa.


—¿Qué quieres decir?


—Que me gustaría tener la seguridad de ponerme la ropa que sea sin importar que se me salgan los gorditos por todas partes; como tú.—sollozo.


Ella me mira conmocionada antes de bajar la vista a su cuerpo, dolida. Se cubre con la orilla de la alberca antes de regresar su atención a mí.


—Vete a la mierda, Amber.


—¿Qué? ¡Pero si te dije algo bueno! ¡Yo te quiero incluso con tus bolitas de grasa!—aclaro, deteniendo un poco mi llanto.


—Decir que envidias la autoestima de alguien está muy lejos de ser un cumplido. Ahora; es mejor que te vayas mi casa.


Vale, esperaba que se enojara. Pero correrme de su casa ya es una falta de modales.


—Oh, vamos, Hannah. No exageres.


—Dije que te fueras de mi casa. ¡Vete!


—Ni siquiera es tu casa porque eres adoptada...


—¡Nora! —le grita a su sirvienta, apoyándose de la orilla para salir de la alberca. Se apresura a taparse con una toalla.


Ya que se adentra hablándole a Nora, me apresuro a seguirla hasta la puerta principal, que es donde aparece su sirvienta.


Está exagerando todo. Esperaba que se sintiera lo suficiente mal como para no ir, pero esto es francamente demasiado.


—¿Qué pasó?—pregunta la sirvienta.


—Por favor acompáñala a la salida y dile a Arthur que no la vuelva a dejar pasar sin avisarme antes.


A pesar de que está casi gritando, parece que quiere llorar.


—Más te vale que estés bromeando, Hannah.


—No, no lo hago. Vete a tu casa, Amber.


Rio con ironía, acercándome a la puerta, sintiéndome humillada de que me trate de esta forma; especialmente frente a la servidumbre.


—Esta me la pagas, Hannah.—amenazo.


Al salir y subirme a mi auto, suelto un suspiro dejando caer mi cabeza hacia atrás.


¿Se me pasó la mano?


Quizá sí. Tal vez debí buscar otra cosa para que se molestara conmigo, pero es que temía que igual asistiera. Sé lo que es sentirte insegura en ocasiones con la ropa, así que solo espero que esta noche no tenga ánimos de ver más personas.


No salió como esperaba, pero al menos no voy a tener que estar cuidando de ella toda la noche.


Al volver a casa, le ordeno a la sirvienta pedir pizzas, algunas bebidas alcohólicas, vasos y todas esas cosas.


Ahora viene la parte difícil. Aunque he estado orillando sutilmente a mis padres a que acepten; una invitación por aquí, una conferencia de cine por allá... Me aseguré de que tuvieran algo más que hacer hoy.


Primero subo a la habitación de mi mamá. Cuesta convencerla, pero la llevo hasta el despacho de mi papá.


Lamentablemente ahí también está Kennedy; sentada en las piernas de mi papá. Aunque se pone de pie apenas nos ve llegar.


—Cuanto descaro el tuyo, Thomas.— masculla mamá.


—No actúes como si fuera el único siguiendo con su vida, Addison —rueda los ojos—. Yo también me he encontrado con tus amantes cuando salgo de casa.


—La diferencia está en que yo empecé a hacerlo ahora que estamos separados, pero tú... ¿Siquiera esta mojigata era mayor de edad cuando empezaste a engañarme?


—Deja de faltarle al respeto, maldita sea.


—¡Tú me lo estás faltando a mí al traerla a la casa que era nuestra!—enfurece mamá, señalándolo.


—¡Yo pagué la mayor parte! ¡Es mi casa!


Odio cuando pelean. Siempre es lo mismo cada que cruzan palabra, pero necesitaba que lo hicieran.


—¡Es suficiente! —alzo la voz—. Todo siempre es sobre quién tiene la culpa o de quién es la maldita casa, pero nunca es sobre mí. ¡Ni siquiera han peleado por mi custodia! ¡También estoy aquí!


—Amber...


—No, mamá, ni se te ocurra volver a afirmar que sí me quieren cuando eso no es lo que demuestran.


Suspiro, con las manos en las caderas para pasear mi mirada entre ellos.


—Solo les pido un tiempo fuera. Déjenme descansar de tanta guerra por al menos una noche.


Papá asiente, poniéndose de pie.


—Está bien. Hoy ya no discutiremos...


—Eso no basta —lo interrumpo—. Así no discutan, el ambiente se siente horrible y me avergüenza... Invité a mi amiga Hannah a dormir esta noche. No quiero pleitos aquí ni que note el desastre... Déjenme sola con ella esta noche. Lo necesito.


—¿Nos estás echando?—cuestiona papá, empezando a molestarse.


—Yo sí te apoyo, Amber. Tu salud mental es importante. Solo nada de chicos en casa.


A pesar de lo que mi mamá acaba de decir, le dedica una sonrisa victoriosa a él, como asegurando haber ganado una batalla.


Bien, ya va uno. Faltan dos.


—Tom, yo creo que es una buena idea —interviene Kennedy, acercándose a él para abrazarlo. Noto como mi mamá aparta la mirada, dolida—. Hace mucho que no salimos solo tú y yo. Estoy estresada y me vendría bien un descanso a mí también de toda esta situación. ¿Podemos?


Ella lo mira con un ridículo puchero. Tras pensarlo, él asiente, rodeándola con un brazo por la cintura.


—Está bien, pero solo está noche.


—¡Gracias, Tom!—le sonríe, pero él la toma de la cara para besarla.


—Esto es ridículo.—masculla mamá, saliendo del despacho.


Tampoco quiero seguir viendo esto, así que me salgo y recargo la cabeza de la puerta tras cerrarla.


En realidad, lo que les reclamé no es mentira. Todo eso me duele y cansa demasiado. Según ellos querían un divorcio tranquilo y sin escándalos para no afectar la disquera que tienen juntos, pero nada de eso está pasando.


Dijeron que se encargarían de llegar a un acuerdo y por eso no han acudido a un abogado. Pero es desgastante hasta para mí.


—Te he dicho que no me beses frente a ellas, Thomas.—escucho el reproche de Kennedy tras la puerta.


—¿Y por qué no he de hacerlo? Eres mi pareja, ¿no?


—Sí, pero... —suspira—. Prometiste que no estaríamos viviendo juntas. Me tratan fatal y la verdad ninguna de ellas dos se merece tener a la amante en casa. Insisto en que deberías dejársela a Addison... Con todo y tu hija de ser posible.


Ruedo los ojos ante su victimismo, retirándome a mi habitación para arreglarme.


Tras bañarme y hacerme un muy notable maquillaje oscuro, me adentro en mi armario para empezar a buscar un vestido apropiado.


Mi mayor atributo y también mi mayor desgracia son mis senos. 


Son demasiado grandes. He hecho dietas y ejercicio, estoy en un peso sano, pero mis tetas siempre siguen igual. Incluso tuve que ir con el médico para que me recetara algo por mis dolores de espalda y recomendó que, cuando tuviera la edad adecuada, me hiciera una reducción.


Sin embargo, admito que es algo que me ayuda a conseguir ciertas atenciones de los chicos de mi curso y... No lo sé. Supongo que me gusta gustarles.


Me pongo un vestido que en realidad ni siquiera tiene mucho escote, pero conmigo se ve bastante revelador. Es negro y por arriba de la mitad de mi muslo. Los tirantes son delgados y es de espalda baja. Lo acompaño con unas zapatillas no tan altas para no verme exagerada y me veo en el espejo.


Me gusta. Yo no soy muy alta, pero lo corto del vestido hace ver mis piernas más largas. Además, me he ondulado mi oscuro cabello, lo que hace que me vea mejor.


Tomo mi celular, notando que tengo un mensaje de mamá de hace unas horas avisando que ya se fue y de la asistente de papá enviándome su número de hotel en caso de emergencias, pero también asegurando que él prefiere no ser llamado.


Sin embargo, comienza a preocuparme que invité a todos a las nueve de la noche. Son las once y no ha llegado nadie.


Yo he ido a muchas fiestas. Normalmente a esta hora ya hay gente.


¿Y si todo el mundo me deja plantada?


Algo nerviosa, bajo las escaleras, esperanzada de que quizá no me di cuenta de absolutamente nada, pero solo están los de servicio.


Me siento en la sala a esperar que lleguen las personas. Me debato por un momento sobre si debería preguntarle a algunas personas si van a venir, pero creo que eso sería lamentable.


Decido buscar el perfil de Hope. Quizá había otra fiesta hoy mismo y todo el mundo se fue a esa y no a la mía. 


Sin embargo, Hope tiene una historia de hace una hora en la que aparecen ella, Kiara, el capitán de americano y otro chico con pijamas y mascarillas puestas.


¿No vino a mi fiesta por una estúpida pijamada?


No, Dios, no me hagas pasar esta humillación, por favor.


Espero media hora más, pero al no llegar nadie me decido a marcarle a Owen, quien está en el equipo de americano.


—Hola, señorita perfecta.— responde divertido.


Se escucha ruido tras él, pero no lo suficiente como para ser una fiesta.


—Buenas noches, señorito perfecto —le regreso, intentando sonar casual—. ¿Qué estás haciendo?


—Estoy en mi casa...


—¿Un viernes a la noche?


—Mañana es la ceremonia de graduación de los de último año, todo mundo está en casa —explica—. Pero si me dices que estás sola, en este momento voy para allá.


Mierda, nunca consideré eso. ¡Pero ni que se graduara toda la escuela!


—No... No, no tengo casa sola.—mustio, sintiendo mis ojos cristalizarse.


Owen se queda callado por un momento antes de maldecir por lo bajo.


—Mierda, Amber, olvidé que hoy era lo de tu fiesta. Perdona.


—¿De qué fiesta hablas?


Ya no queda más que fingir demencia.


—A la que me invitaste...


—Ah, ¿no te dije? Lo cancelé porque mis padres me llevarán a Grecia de vacaciones. Fue sorpresa y me dieron los boletos hace un par de días.


—¿En serio?—pregunta, sonando algo escéptico.


—Claro. Solo te hablaba para preguntarte sobre las clases de verano de álgebra, pero ya recordé que tengo el correo del profesor, así que te llamo luego.


—Vale, si cambias de opinión respecto a lo de la casa sola; me avisas.


Cuando me cuelga, solo ruedo los ojos y lanzo mi celular al otro sofá antes de quitarme las zapatillas.


Quiero llorar.


Dios, me siento tan estúpida y sola en estos momentos.


Apoyo mis codos sobre las rodillas para cubrirme la cara y empezar a quitarme las incómodas pestañas que me había colocado. Esto es tan humillante. 


Sé que no tengo muchos amigos reales, pero es una maldita fiesta con comida y bebida gratis como para que nadie tenga la decencia de venir aunque yo no les agrade.


Todo esto se arreglaría si yo fuera más popular. La gente suplicaría por venir a mis fiestas.


Frustrada, me pongo de pie directo a la cocina, donde está el enorme barril de cerveza, las botellas de whisky y vodka, además de como veinte pizzas.


¿Qué se supone que haga ahora con todo esto?


Niego, parpadeando continuamente en busca de apartar las lágrimas, para destapar el barril, buscar una jarra y empezar a llenarla para luego vaciarla en el lavabo.


El problema van a ser las pizzas porque las botellas las puedo esconder en mi habitación.


—¿Cuándo va a ser mi maldito turno?—me pregunto en voz baja, con la voz entrecortada.


—¿Hola? ¿Hay alguien?


Sobresaltada, dejo la jarra en la tarja y me intento acomodar el maquillaje de las mejillas, pero alguien se adentra a la cocina con cautela.


Mierda. Yo le había ordenado al vigilante que dejara pasar a quien sea hoy, pero olvidé decirle que ya no.


Le doy la espalda a la entrada, apoyándome de la barra para seguir limpiándome el maquillaje.


—¿Quién eres?—mascullo de mala gana.


Si ya era deprimente que nadie viniera, lo es aún más que solo lo hiciera una persona.


—Ah... Entré porque la puerta estaba sin seguro y se supone que aquí era una fiesta, ¿no?


Bufo, esperanzada a no tener los ojos rojos antes de por fin darle la cara a este chico.


Tardo un momento en reconocerlo. Es George, el chico que Hannah dijo que le gusta.


Pero...


—Yo no te invité.—frunzo el ceño.


—Invitaste a mis amigos —encoge los hombros—. Estábamos en casa de uno de ellos y decidimos venir a ver qué tal estaba la fiesta, ellos vienen en camino.


—¡No! ¡Llamales y diles que no hay fiesta, por favor!


Ríe, recorriendo la cocina con la mirada.


—Sí, eso ya lo estaba dando por hecho.


Lo imito en voz baja en tanto él me deja sola un momento para hacer una llamada.


Ya me cansé de limpiar. Además, eso ni siquiera es mi trabajo, ya lo harán mañana los de servicio cuando lleguen.


Tomo una pizza del montón junto a una botella de whisky y me dispongo a salir de la cocina, pasando a lado de George cuando él sigue hablando por teléfono.


Me dejo caer en el sofá de la sala principal para comer y beberle directamente a la botella.


—Así que, ¿dónde está todo el mundo?—inquiere George, sentándose a mi lado y robarme una rebanada— ¿Acaso es una fiesta sorpresa?


—Están en su casa. Deberías imitarlos e irte.


—¿Nadie vino a tu fiesta?


—No era una fiesta. Era más una reunión con mis amigos cercanos que ya se terminó.


Se queda en silencio, viendo el lugar con detenimiento antes de robarme la botella y darle un trago.


—Este lugar luce como si nadie hubiera venido nunca. Está muy limpio.


—Ya, no es como que tú tengas la pinta de saber mucho sobre fiestas, la verdad.


—¿No dijiste que era una reunión?


Ruedo los ojos, volteando en el sillón para verlo a la cara. Él levanta la vista a mis ojos cuando hago eso, pues estaban en mis tetas.


—Sea lo que sea, ya se terminó. Así que a tu casita.


Niega, tomando otra rebanada. Este chico como demasiado rápido.


—No voy a dejar sola a una bonita chica llorosa.


Sonrío un poco. Al menos alguien sí vio el esfuerzo que hice por arreglarme.


—¿Por qué no?


—Porque la pizza está buena.—bromea, haciéndome reír.


—Qué idiota eres.


—¿Qué vas a hacer con todas las que está en la cocina?


Suspiro, subiendo los pies al sillón, lo que hace que su vista baje una vez más.


—Tirarlas, supongo. No me voy a comer todo eso yo sola.


—Puedes regalarlas.


—Ya, porque mucha gente acepta pizza fría.


—Mucha gente acepta pizza gratis.—me corrige, divertido.


Quizá es una buena opción, pero ya lo consideraré mañana a la mañana.


—Ni siquiera me he presentado, Amber —comenta tras un breve silencio—. Soy George.


—Lo sé.


—¿Lo sabes?—pregunta con una ceja enarcada.


—Mi amiga Hannah me habló de ti.


Por alguna razón, amplía su sonrisa, dejando la pizza para verme con atención.


—¿Hannah Edwards te ha hablado de mí? ¿Qué te ha dicho?


La decepción no tarda en llegar.


Es decir, está aquí en mi casa, en mi sillón, viéndome las tetas desde hace rato e incluso noto que se está excitando un poco, ¿pero menciono a Hannah y yo quedo de lado? ¿En serio?


—No lo recuerdo. Me habla de tantos chicos que siempre olvido lo que dice de cada uno.—miento, acercándome más a él.


Hannah me corrió de su casa sin importarle que estaba llorando. Sí, era fingido, pero eso ella no lo sabía. Y me humilló al hacer eso.


Recorro a George con la mirada. No estaría mal divertirse un rato.


Así ella aprenderá a no hacerme un lado y él lo que es bueno.


—¿Sale con muchos chicos?


—Como con uno a la semana —rio, asintiendo—. Aunque le gusta dar esa imagen de chica virginal.


—No lo sabía...—murmura, pareciendo decepcionado.


—Ya, pues es así. Pero hablemos de algo más interesante. Platicame de ti.


Se queda un momento analizando lo de Hannah antes de sacudir la cabeza como saliendo de sus pensamientos.


—¿Qué quieres saber?


—No lo sé, lo básico, supongo.


—Pues... Soy hijo único. Me iré de viaje al terminar el instituto y amo la música. No sé qué otra cosa decirte.


—Mmm... ¿Tu signo zodiacal?


Rueda los ojos, fastidiado.


—No me digas que crees en esas estupideces.


Sí, lo hago.


—No, solo preguntaba —rio tontamente—. Dijiste que te gusta la música, ¿solo escucharla o eres una clase de músico?


—¿Es que acaso no me has visto en el instituto? ¡Estoy en la banda de la escuela!


Genial, estoy por meterme con este. Qué bajo estoy cayendo.


—No, la verdad no te había visto. ¿Tú a mí sí?


Asiente, quitándome la botella para darle otro trago.


—Es difícil no notarte.


—¿Y eso que quiere decir?


—Que sueles resaltar en una multitud. Y antes de que lo preguntes, lo digo en una buena manera.


Creo sentir que me sonrojo un poco. Normalmente me llaman guapa o hacen algún comentario sobre mi cuerpo, pero nunca me habían dicho bonita o que resaltaba en una multitud.


George procede a preguntarme por la música que a mí me gustan y, tras decirle mis bandas favoritas, pasamos un buen rato hablando sobre sus últimos discos.


—¿Tocas algún instrumento?—me pregunta.


Asiento, moviendo mi cabello con arrogancia.


—Toco muchos —presumo, hasta que su ceja enarcada me hace dar cuenta del doble sentido— ¡Muchos los instrumentos musicales, quiero decir! ¡No a muchos chicos o algo así!


George ríe, haciéndome reír a mí también.


—No te creo —declara, aún entre risas—. ¿Cómo es posible que toques muchos instrumentos?


—Cuando tienes dos padres en el ambiente musical que quieren mantenerte ocupada mientras ellos trabajan, lo que resulta ser todo el día, tomas muchas clases privadas.


Asiente, entendiendo mi punto.


—Yo he tomado clases de guitarra, ukelele, boxeo, soccer, alemán, francés y ajedrez.


—Oh, parlez-vous français? Moi aussi! Lors des dernières vacances une cousine et moi sommes allés en France. J'aime la culture française parce qu'elle est très...


—Creo que es un buen momento para decirte que no aprendí nada.—me corta con el ceño fruncido, haciéndome reír otra vez.


—Vamos, no pudiste haber estudiado francés y no saber lo que dije. ¡El mío es un nivel básico!


—Ya, yo no pasé del abecedario.


Niego divertida, apoyando mi brazo del respaldo del sillón.


La verdad, esto está siendo más divertido de lo que creí.


—Pero hablábamos de las clases distractoras. ¿Cuáles tomaste tú, Amber?


Suspiro, levantando mi mano para empezar a enumerar.


—Actuación, canto, guitarra acústica y eléctrica, batería, violín, piano, bajo, saxofón y mi meta es intentarlo con el arpa próximamente.


Abre la boca con sorpresa, haciendo que me cohíba un poco. 


—No te creo.—niega.


—¿Quieres ver?


—¿Tienes esos instrumentos en casa?


—Tú sígueme.—asiento.


Me pongo de pie y lo guío a mi parte favorita de toda la casa. Es un cuarto de música. Ahí tengo una cabina pequeña con micrófono aunque sin todo el equipo de producción y una buena cantidad de instrumentos.


Da igual si Kennedy está en algún lado o mis padres peleando por cualquier esquina, este es mi sitio.


—Advierto que tomé clase de todo eso, pero de algunos solo sé tocar al feliz cumpleaños —aviso a George al entrar—. En especial el piano no es mi fuerte. Mi favorito es el violín.


George mira impresionado toda la sala. Tocando los instrumentos con cuidado y hasta respeto diría yo.


—Debe ser increíble que tus padres te dejen tocar música.


—¿A ti no te dejan?


Parece ser un tema no muy fácil para él, pues hasta parece triste antes de regresar a su pequeña sonrisa que ha tenido toda la noche.


—Dicen que es una perdida de tiempo.—niega, sentándose en el sillón que tengo aquí. No tardó en sentarme a su lado.


Eso debe ser horrible. La mayor parte del tiempo, yo vivo por la música y se lo hago saber.


—¿Y qué tal cantas? Mencionaste esa clase, ¿no?


—Sí, y la verdad soy excelente.


No miento y no tengo por qué hacerlo. Sé que tengo una buena voz y cada persona que me ha escuchado lo ha confirmado.


Tras un poco de insistencia de su parte para hacerme del rogar, termino cantando un poco frente a él. Mientras lo hago, me mira a los ojos, poniéndome un poco nerviosa.


—Cantas más que hermoso, Amber —afirma—. Hasta me dieron escalofríos.


—Lo sé.—digo arrogante.


Nos quedamos en silencio, solo viéndonos y esta vez sí se queda en mi rostro, sin bajar la mirada más allá.


Creo que al final, no fue tan malo que solo viniera él.


Espera...


—Oye, no le dijiste a tus amigos que no había fiesta, ¿verdad?—pregunto, aún temerosa de la humillación.


Niega, volviendo a reír. Tiene una linda risa.


—Les dije que mejor no vinieran porque tenía una oportunidad de estar con la anfitriona.


—Ah, ¿eso crees?


¿Así que solo se quedó porque esperaba tener sexo conmigo?


Bah, no sé para qué me hago la ofendida. Aunque sí estoy algo decepcionada.


Pero supongo que es lo normal. Lo mismo quería Owen.


—Tú podrías ayudarme a no quedar como un mentiroso.—asiente, empezando a acercarse más a mí.


Vale, esperaba que tuviera mejores frases de coqueteo, pero me conformo.


Además, por muy infantil que suene; al menos le habré ganado a Hannah en algo.


Ella es la que tiene el cuerpo perfecto, la sonrisa perfecta, la casa y familia perfecta, las calificaciones perfectas y le agrada a todo el mundo.


Yo le ganaré a George.


—¿Y qué obtengo yo a cambio, mentiroso?—sonrío sobre sus labios.


—Creeme, también quedarás satisfecha.


Sin darme tiempo para decir nada más, une sus labios a los míos en un beso desesperado y rápido.


No lo hace mal, para ser honesta. De hecho, me hace estremerme de emoción desde el primer momento en que por fin lo hace. 


Sus labios solo se separan de los míos un momento para sonreírme antes de que sea yo la que ahora se acerca; necesitando más de ese contacto.


Apenas llevamos un par de minutos de esa manera cuando su mano empieza a subir por mi abdomen hasta mi pecho para apretarlo con fuerza.


No voy a hacer las cosas más largas de lo que son: me recuesto en el sofá, él lo hace sobre mí y me besa bastante sobre los pechos antes de sacarme el vestido por la cabeza.


Ni siquiera se quita los pantalones el muy flojo, solo los baja lo necesario.


Sin embargo, cuando está por empezar, se detiene para verme con seriedad a la cara.


—Eres virgen, ¿verdad?—inquiere.


La respuesta claramente es no.


Pero algo en su mirada me dice que él quiere escuchar un sí.


—Sí... No seas brusco.


—No lo seré.—promete.


Asiente, volviendo a besarme.


—George, espera —lo detengo al verlo tan decidido—. Ponte un condón.


Frunce el ceño, confundido.


—Estoy limpio y tú no has estado con nadie. Terminaré afuera.


—Anda, no seas así. Es para sentirme más segura. Por favor.


Me cuesta un poco convencerlo e incluso no luce muy contento con la idea, pero termina por sacar uno de su cartera y ponerselo, aunque con algo de dificultad.


Y simplemente me folla sin decir nada más. Es rápido y admito que sí toma en cuanta mi petición de no ser brusco. Al menos al inicio.


Gimo y jadeo para motivarlo más, pero supongo que lo hago demasiado porque termina a los pocos minutos.


Se desploma sobre mí, dejándome insatisfecha mientras él jadea.


A ver, quizá si hay una segunda vez le enseño lo que me gusta. De momento fue un buen rato.


—No sangraste, Amber.—dice con la respiración agitada.


—No todas las chicas lo hacen.


—Oh, cierto. ¿Pero terminaste?—me pregunta con una sonrisa.


—Sí, estuvo increíble.


Tras unos minutos en los que recupera su respiración, se sienta y me ayuda a hacerlo a mí también antes de pasarme el vestido.


Tirar el condón y acomodarnos la ropa en silencio dura más que el tener sexo.


—Pues supongo que ya te vas.—comento, poniéndome de pie para ir a limpiarme.


—¿Por qué?


Frunzo el ceño ante su duda. ¿Qué más quiere?


—No...


—Oye, lo de que me quedé solo para acostarme contigo era un chiste —aclara, serio—. Nos la estábamos pasando muy bien antes de hacerlo de todos modos, ¿no?


—Sí...—mustio, aún confundida.


—¿Por qué no solo seguimos platicando? No llegó el momento en que me hablaras más de ti.


Sonrío sin poder evitarlo. Quiere conocerme. A mí. No a la amiga de alguien o la hija de alguien; solo a mí.


—¿Como una fiesta de pijamas?


—Tampoco tan cursi.—se ríe.


—Vale, solo voy a limpiarme.


Asiente y yo me apresuro a salir de la habitación para que él no pueda ver lo emocionada que estoy por algo tan simple.


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