El Fuego Que se Llevo El Camino

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Summary

Ser aceptado en la academia de caballeria era su plan, empezar a conocer los oscuros secretos de su familia no lo era. ¿Cuantos secretos pueden guardar tres personas bajo un techo y una lapida en el jardin?

Status
Ongoing
Chapters
3
Rating
n/a
Age Rating
16+

“La Mansión Vitamre”

"La Mansion Vitamre"


El sudor frío le recorría el cuerpo, se sentía enfermo de nervios, el examen de admisión fue sin dudas duro y exhaustivo, había entrenado para él desde los 10 años, obviamente eso le dio la ventaja en algunas partes, romper madera, usar la espada, discreción, tácticas de supervivencia, la mayoría de tareas físicas las hizo perfectamente, por otra parte la teoría…

Dio un respingo al recordarlo, su sabiduría sobre la historia de los caballeros y de Servella era magistral, su padre no había contratado a los tutores más prestigiosos y renombrados de la región para que fuera a hacer el ridículo, por lo que esa sección del examen escrito se le hizo fácil, pero cuando llegó a problemas sociales se le fue todo abajo, la parte escrita de la sección la escribió tranquilo, confiando en que hacía lo correcto, pero después le quitaron la hoja y empezaron a examinar a todos oralmente, uno a uno todos los presentes debían hacer como si le hablasen a una persona en una determinada situación. La situación que le tocó a él fue, “una madre preocupada por su hijo de cinco años quien ha desaparecido ya hace unos días te pregunta cómo ha ido la investigación, hasta el momento tu grupo de investigadores y tu no han podido dar con nada concreto, pero hay una fuerte conexión entre su desaparición y un cadáver que apareció en la costa de un lago cercano”.

Según Lució la mejor manera de tratar con cosas así era con honestidad, por lo que procedió a decirle a la madre inexistente todo lo que se sabía, sin embargo su confianza se desvaneció al sentir la mira de todos los demás, lo veían apenados o extrañados, el examinante lo vio con cara de que le faltaba un tornillo y lo mandó a sentarse, realmente la pena no hubiese sido tanta si no hubiese visto a Jean mirarlo con cara de “Pero que hiciste”.

—Me voy a morir—anunció Lució al desmontarse del caballo, el sirviente que fue a recoger su corcel rodó los ojos, mientras que Atlas dejó salir una carcajada. —¿Le pido a Elzer que empiece a cavar el hoyo? — dijo desde la entrada, estaba apoyado en el marco de la puerta de la entrada, su padre y el normalmente bromeaban de que si Atlas crecía aún más este iba a terminar pegándose contra los marcos de todas las puertas de la la mansión.

A diferencia de Lucio quien era un rubio pálido de cabellos largos rizados y cuerpo grueso e intimidante, Atlas era de piel morena con cabello negro largo y lacio, estaba generosamente tonificado pero no estaba ni cerca de parecerce al cuerpo de Lucio, en lo que si lo superaba de cualquier forma era la altura, la primera vez que Lucio vio a Atlas, el era un niño de 9 años que le llegaba por debajo de la barbilla, ahora le sacaba una cabeza completa a Lucio. Sin embargo su característica más resaltable era el parche que llevaba en su ojo derecho, dejándolo solo con uno azul.

—¿Papá llegó?— preguntó cruzando la puerta que Atlas le sostenía y quitandose unos anteojos negros que le cubrian los ojos carmesi, el salón de entrada se sentía igual de acogedor que siempre, con sus suelo de madera oscuro, paredes beige y sus varias decoraciones, que iban de múltiples cuadros a preciosas vasijas.

—No, salió temprano hoy, así que no le pude preguntar a dónde iba—dijo cerrando la puerta y subiendo las grandes escaleras de madera del vestíbulo. Lucio dejó salir un suspiro, realmente estaba nervioso de contarle todo a su padre, siendo él su más grande apoyo, ayudando a entrenar desde pequeño, su apoyo se volvió incluso más grande cuando Lucio recibió su amuleto a los trece años, incluso le regaló una espada nueva para el examen una semana antes del evento. Las expectativas de su padre y su atención, aunque muy preciadas para él, rápidamente se le volvieron abrumadoras al recordar su error en la examinación.

—Ajá,¿pero cómo te fue?— preguntó Atlas quien lo esperaba atentamente en la cumbre de las escaleras.

—Bien,¿Supongo?— Atlas frunció el ceño y lo miro estoicamente al recibir su respuesta, —¿Entonces porque andas por ahí como si quisieras que la tierra te trague?—

—Bueno, yo— las palabras no le salían, estaba consciente de que se estaba empezando a sonrojar, pero la vergüenza lo tenía ahorcado y no podía escaparle.

—¿Fue en resolución de problemas no?— dijo Atlas caminando hacia una de las salas que se encontraban en el piso superior. Lucio no podía verle la cara pero intuyo que su hermano tenía una sonrisa de satisfacción al haber dado en el clavo.

—¿Si ya lo sabes entonces para qué me preguntas?— Dijo el rubio sentándose de mala gana en uno de los reconfortantes sofás de la sala.

—¿Y para que me lo confirmas?— dijo sentándose en el sofá opuesto cruzando las piernas y los brazos, fue ahí que su se dio cuenta que Atlas no había sonreído en lo absoluto hace un momento, sino fue justo cuando Lucio le respondió que sonrío. —¿Aja, pero que hiciste exactamente?—, Lucio gruñó como respuesta, si había algo que su hermano hacía bien era leer a la gente, indagaba en los pensamientos de las personas de una manera extrema, y aunque esto llegaba a beneficiar a ambos en varias situaciones, era sumamente vergonzoso cuando se lo hacía a él, mucho más porque como eran cercanos tiraba toda su sutileza por la ventana.

—Me preguntaron cómo manejar una situación horrible— dijo metiendo la cara en sus manos, no lograba entender qué hizo mal, pero recordar las caras de las personas a su alrededor le daba una sensación que le pesaba en todas partes, quería acostarse en su cama y dormir por una semana.

—Y se te salio la honestidad— dijo Atlas, para suerte de Lucio este no lo miro a los ojos ni sonrío en burla, sabía muy bien qué quería decir algo mas juzgando su expresión, pero por alguna razón desconocida este no dijo nada más, solo se reservó a abrir un libro que estaba en la mesita del medio.

Lucio se hundió incluso más en el cómodo sofá y cuando menos se lo espero, sus ojos se cerraron y cayó en un sueño profundo.

Al despertar se dio cuenta de que estaba lloviendo y de que había oscurecido por completo, le dolía la espalda de estar dormido sentado, se levantó y miró por el balcón hacia el vestíbulo, estaba tenuemente iluminado, indicando de que ya el sol se había ocultado por completo pero que no habían entrado ningún tipo de visita importante para prender todos los faroles.

Se paró y navegó los pasillos para llegar a su cuarto, al prender las luces su ojos inmediatamente se fijaron en el pequeño tanque de vidrio al fondo de la habitación que estaba encima de su escritorio, al acercarse al tanque Lucio sacó una pequeña botella de uno de los cajones y hecho un poquito de su contenido en el agua del tanque. No tardó mucho para que su apreciada tortuga saliera de su escondite y empezara a comer. A juzgar por la claridad del agua no le habían dado de comer desde que él se fue en la mañana, así que decidió echarle un poco más de comida de lo normal.

Se quitó su gruesa chaqueta negra y las botas, dejándolo solo con la camisa blanca de botones que llevaba abajo los pantalones color negro y el collar que contenia su amuleto, dejo colgando la chaqueta en su armario y las botas a un lado de la cama. Se miró al espejo y deshizo la cola alta de caballo que tenía hecha para hacerse otra más baja, su cabello no obedecía a nadie y las horas que tenía que pasar cuidándolo para que se viera bien era largas y exhaustivas por lo que casi siempre lo llevaba amarrado. Finalmente sacó otra botella del cajón y se hecho algunas gotas en los ojos, parpadeó rápidamente y salió de la habitación.

Al salir de su habitación notó que las luces seguían igual que en la tarde, eran muy tenues para la oscuridad que ahora envolvía la casa y no estaban ayudando a calmar el frío que trajo la lluvia, caminó por un rato por los oscuros pasillos hasta que encontró una luz sobresaliendo de la sala de la planta baja. Bajo las escaleras y entró al cuarto, Adel estaba sirviendo una taza de té para Atlas quien estaba sentado en la esquina de un sofá leyendo un libro.

—Ah Maestro Lucio, ¿quiere una taza de té?— dijo amablemente mirándolo entrar en la habitación, Adel era la principal ama de llaves de la mansión, era la más vieja de todas las sirvientas evidenciado por los pequeños mechones blancos que ya se hacían presente en su castaña cabellera que era sostenida por un moño.

—Si por favor— dijo sentándose en uno de los asientos más cercanos a la chimenea. Adel le sirvió una taza y se la dio amablemente. —Si necesitan algo más diganme— dijo saliendo de la habitación.

—Papá no ha llegado aún— dijo Atlas sin apartar la mirada de su libro.

—Ya es muy tarde, debió haber llegado hace horas— le respondió Lucio mirando el gran reloj de madera que se paraba en la parte de atrás de la sala. Era la una de la mañana, debió haber llegado a las seis de la tarde.

—La lluvia no es muy fuerte, así que dudo que haya tomado refugio— Tenía razón, Servella se caracterizaba por sus grandes tormentas nocturnas, pero esta noche solo estaba lloviznando, no habían rayos o truenos.

—Lleva haciendo esto desde hace mucho tiempo— dijo Lucio recordando todas las noches en las que su padre regresaba extremadamente tarde a casa, obviamente no descartaba que se debiera a su trabajo como el dueño de la empresa más grande de vino en la región, pero la mayoría de veces al menos le avisaba a una persona en donde se iba a encontrar. Sin embargo había noches que se desaparecia así sin más, nadie sabía dónde estaba ni qué estaba haciendo, lo que sabían era que llegaba a la mansión en la madrugada y se iba a dormir, para después pararse a su hora habitual y actuar como si nada hubiese pasado.

—Me da mala espina— dijo Atlas parándose de su asiento para dejar el libro que estaba leyendo en una de las estanterías, se quedó allí parado un momento pasando su dedo por los libros —Capas se aparece con otro huérfano—.

Lucio dejó salir una carcajada —Esperemos que este no muerda— dijo para poco después ser golpeado por un libro en la parte de atrás de la cabeza, el golpe sólo hizo que se riera más fuerte.

—Esperemos que no lo mates de miedo—dijo Atlas con una sonrisa tratando de esquivar el libro que Lucio le devolvió.

Pasaron un buen rato arrojándose objetos e insultándose cuando de repente alguien tocó la puerta de la entrada principal, ambos se congelaron por un momento para después salir corriendo a toda potencia a la puerta. Al abrirla se encontraron con la familiar silueta de su padre. Pero en vez de ver al normalmente pulcro y sofisticado caballero de siempre, vieron como el miembro más viejo de la familia Vitamre colapso en el piso de la entrada, su sangre manchando el pulcro piso de su propia mansión.