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En un mundo donde el más débil era pisoteado hasta la muerte y el poderoso temido, ser permisivo y silencioso no era una opción, pero cuando ha vivido como los dragones, pensando solo en sobrevivir, eso no importaba.
A ella no le importaba
—¿Por qué no puedes vivir como el monstruo que eres y solo esconderte? ¡¿por qué no puedes tomar ejemplo de los dragones y vivir en silencio?!
¿Vivir en silencio?
¿Qué era esa mierda exactamente?
Los dragones habían sido seres majestuosos alguna vez, pero con los cazadores de dragones solo se volvieron débiles y fueron masacrados hasta que los últimos que quedaron vivían ocultos.
Pero para ella, aquello no era vivir, estaba bastante segura porque ella había estado viviendo así.
Y sabía que esa palabra carecía de sentido cuando pasabas la mitad de tu vida sobreviviendo. Para empezar esa palabra carecía de sentido cuando nunca lo había hecho, cuando nunca había vivido.
Eso era lo que Maverrick esperaba, allí delante de la directora de la academia, quien solo la insultaba. Su ropa marrón estaba desgastada y mojada de una orina que bajaba desde su cabello rojo picoteado hasta sus hombros.
—No deberías estar solo por allí a estas horas— dijo la directora, más calmada.
—¿La vejez le ha dañado la vista o no es capaz de oler?— levantó la vista del suelo y la miro.
La directora, totalmente enojada por su respuesta y como le había mirado a los ojos, la golpeó con un fajo de hojas en la cabeza.
—Mal hablada, no vuelvas a dirigirme la palabra de esa manera.
Maverick volvió a mirar al suelo con desdén. —No sabía que era de la nobleza, mis disculpas.
Una vena saltó en la frente de la mujer de lo enojada que esta estaba.
—¡Largo!— terminó bramando.
Maverick entonces se puso de pie saliendo de allí con ese caminar lento, pero tan seguro que le caracterizaba. Ella era una muchacha joven de apenas diecisiete años de edad, con un cabello rojo natural. Tenía el ojo derecho de un rojo intenso y el izquierdo de un negro muy oscuro.
Ella caminaba con la barbilla al frente, era de esas personas que no miraban a los lados, de no ser estrictamente necesario.
Pronto llego al baño de chicas que era un espacio grande con una piscina en medio llena de agua caliente y compartimentos, una pared con cubetas llenas de agua, las ropas dejaban más allá, en un muro largo de hormigón con palos de madera en la pared donde se enganchaban las toallas.
No había casi nadie allí, a excepción de Luken la chica que le odiaba y una de sus amigas, ella solo las ignoró, se desnudó e ingresó de esa misma manera al agua.
No tenía como comprobarlo, pero era casi segura que las personas que le habían tirado orina desde una de las ventanas mientras ella pasaba habían sido Luken y sus dos achichincles. Asimismo, la semana anterior le habían jugado otra broma que había ido demasiado lejos, y que, para ellas, no había tenido represalias.
Maverick se encontraba en las duchas, salía de allí cuando un pie se le atravesó, pero sin verlo, lo esquivó con total naturalidad.
Allí estaban todas las chicas del internado, ella no era muy bienvenida por casi nadie de ese lugar a decir verdad, justo por esa razón intentaba ser silenciosa, siempre callada pese a que le gustaba responder cada que podía, le encantaba llevar la contraria.
Pero no era estúpida, alguien como ella no podía responderle a cualquiera si no deseaba la muerte.
—Maverick— la llamó una chica.
Ella solo se volteó, recibiendo una bofetada, para luego, ser tomada de los brazos por dos jóvenes sin que ella mostrara ninguna resistencia.
—¿Cómo te atreves a esquivar mi pie?
—¿De qué pie me hablas?
La joven delante de ella apretó los dientes, extendiendo una de sus manos y obteniendo una tijera.
De inmediato Maverick frunció el ceño, ella, por otro lado, recogió su largo cabello rojo que le caía hasta la espalda baja y sin remordimiento alguno lo cortó.
Eso era lo que había sucedido y la razón por la cual su cabello se encontraba en pésimas condiciones. Maverick suspiró y se dio la vuelta en el agua, solo para ver como la amiga de Luken salió a toda prisa con su ropa y como si fuera poco, con todo lo que pudo haberle servido de vestimenta también.
—Al menos son más inteligentes— Murmuro recordando que una vez había hecho lo mismo, solo que habían dejado toallas.
Ella salió del baño sin prisa, en algún momento debía hacerlo, no podía solo quedarse allí, caminó por los oscuros pasillos con cuidado y evitando mirar mucho a los lados. Pronto llegó al pasillo principal que era bastante amplio y abierto, con ventanas. Solo que para desgracia y alguna razón que no podía explicar, estaba repleto de personas.
Unas que no escatimaron el verle pese a que estaban pegados a la pared como moscas, abriéndole el paso a alguien que iba hacia ella. Maverick no se detuvo, aunque las miradas de algunos le decían que debía hacerlo, solo lo hizo cuando estuvo a punto de chocar con aquel chico, ya que ninguno se detuvo antes.
—Hazte a un lado.
El joven delante de ella solo le observaba con frialdad en sus ojos.
—¿Qué?
—Que te hagas a un lado —dijo lentamente—. Hace frío.
Él frunció levemente el ceño. Era un chico alto, de cabello oscuro y ojos extraños como los de Maverick. Eran de un azul pálido y en su órbita derecha se veían dos iris juntos, como si de dos gotas de agua invertidas se tratase.
Ella pudo notar con facilidad algo que no se notaba a simple vista, una gota era más oscura que otra, incluso contenía manchas negras.
Por otro lado, él parecía menos interesado, como si mirara a un insecto, como si le prestara la más mínima atención. Eso parecía.
—¡Por Bestian!— exclamó una de las mujeres del internado mientras llegaba.
Corrió hacia Maverick y la cubrió con un abrigo, visiblemente alarmada, miró escandalizada al chico e hizo una reverencia de 365 grados.
—Mira el frío que hace y ni se inmuta— murmuró alguien por allí.
Y tenía razón, hacía un frío mortal y ella ni siquiera lo sentía.
—¡Maverick! —exclamó el director llegando bastante apurado y furioso—. ¡¿Cómo te atreves a faltar le el respeto a un invitado?!
—Yo no he hecho nada.
El hombre levantó la mano, predispuesto a abofetearla, pero la empuño en el aire y se volteó hacia el joven.
—Su al...
El chico levantó su palma haciéndolo callar al instante.
—Impertinente— murmuro pasándole por el lado.
El director apretó los dientes, ofendido por las palabras del joven, siendo que en realidad habían sido dirigidas a Maverick.
El director la miró con resentimiento, desde su punto de vista ella era la única culpable del bochorno que acababa de sufrir, de lo contrario nada ni nadie lo iba a convencer.
—Voy a la habitación— dijo ella en vista de que él no decía nada, pero solo se ganó una mirada asesina de parte de él.
—Largo de aquí todos —ni un alma le hizo caso—. ¡Que se larguen!
Maverick, quien se iba a ir junto a los demás, fue detenida por el director.
—¿A dónde crees que vas?
—Bueno... nos ha echado a todos.
El hombre apretó los dientes hasta tal punto que estos rechinaron, con furia la tomó del codo y la arrastró consigo hacia afuera, allí la lanzó hacia el lago congelado.
—Denle cien azotes.
Las mujeres del internado se escandalizaron.
—Pero señor.
—Ni comida ni agua por dos días —sentenció—. Quien la ayude o me desobedezca, sufrirá el mismo destino... tal vez peor.
Las tres mujeres detrás de él se miraron entre ellas con miedo y sin saber muy bien cómo proceder una vez que el director ya se había marchado, todo mientras Maverick seguía de rodillas, sin inmutarse.
El abrigo que le habían puesto se le había caído y aunque la nieve poco a poco la cubría, ella no sentía frío.
A la escena no tardó en llegar la señora Elisabetta, la esposa del director y la mujer con más autoridad allí. Una mujer sin escrúpulos que seguía las reglas al pie de la letra, detrás de ella dos jóvenes, ambos con largos palos de madera, se acercaron.
No perdieron nada de tiempo y posicionándose detrás de ella empezaron a golpearla con la madera, Maverick no hizo ningún sonido mientras aquello sucedía, no lo hizo cuando la espalda se le estaba poniendo roja y no lo haría para no darle el gusto a nadie. Por eso solo se mantuvo con la vista totalmente al frente.
Un golpe tras otro le siguió luego del primero y para el Nonagésimo noveno golpe su espalda sangraba y estaba hecha mierda a decir verdad. Sus ojos estaban rojos y de sus puños salía sangre de lo apretado que los tenía, haciendo presión con sus uñas, pero pese a aquello, de su boca no salía ni un sonido.
—Cien— dijo uno de los chicos.
Maverick al fin aflojó sus puños.
Elisabetta se dio la vuelta y las tres mujeres junto a los jóvenes le siguieron hasta el complejo, solo que ellos quedaron vigilando que Maverick no se levantóa de allí hasta que su castigo fue revocado.