¡Que patetico soy!
—Arrggg!... ¿que crees que estás haciendo?
Gritó enojado mi padre.
—lo siento padre, no sabía que podías estar en ese lugar.
Corrí a esconderme para no salir herido por los látigos que pueden caer sobre mi, después de que mi padre me encontrará en el ático de la casa.
Llevaba rato buscándome y yo no podía salir, por qué estaba alimentando a un gato callejero que encontré de camino al cementerio. Ya que estos son lugares solitarios, que son muy poco frecuentados por los humanos. A no ser que hayan tenido un entierro, en todo caso, los humanos solo vienen a depositar los cadáveres de sus difuntos y se van, no les ponen mucha más atención, que la que le ponen a publicar en sus foros de internet. En ese aspecto, los humanos son la raza más patética que haya visto a lo largo de mis 700 años de vida.
Soy Alexander, y justo yo y mi familia vampírica, nos mudamos de Europa, a las calidas tierras americanas.
Aquí podíamos pasar desapercibidos por nuestro color de piel, los nativos americanos no sospecharon nada, cuando nos vieron cazar en sus alrededores y mucho menos nos dijeron nada o nos trataron de dar caza, para ellos la vida en sus diferentes formas era igual de fuerte y respetable que, no hicieron nada más que hacer oídos sordos. Es algo de admirar de parte de los humanos americanos.
Sin embargo,cuando los primeros europeos pisaron tierras americanas, y comenzaban a explorar, se dieron cuenta de que había más personas viviendo en estos lugares y fue que iniciaron su tan preciada reunión con los nativos, entonces supimos que ellos vendrían a poner piedra de tropiezo sobre nosotros, ya que no habíamos hecho algo al respecto para ocultarnos de los nativos. Ellos simplemente pensaban que éramos dioses caminando sobre la tierra y nos tendieron ofrendas, solo así nosotros no haríamos estragos con sus tribus, y ellos seguirían siendo oídos sordos a nuestros hábitos de caza.
Hasta que llegaron los peregrinos.
Ahí supimos que nuestros hábitos alimenticios tendrían que cambiar o aferrarnos a nuestros hábitos y mermar sus hijos. Yo me opuse, pensé que dialogar con mi padre serviría, pensé que los nativos americanos dialogarian con los peregrinos y les harían ver qué nosotros no éramos amenaza para ellos. Pero dicen que no hay peor ciego, que el que no quiere ver.
Como habíamos huido de Europa, nuestro padre había optado por ser más cautelosos, no cazar cuando se nos diera la gana, si no controlar nuestra sed, y aparecer solo a los humanos que ya habíamos visitado anteriormente. Ellos seguían dándonos ofrendas, y de eso comíamos cuando no había mucho que cazar en las madrugadas.
A veces nos teníamos que conformar con animales, para no llamar mucho la atención.
Pero los peregrinos se dieron cuenta de nosotros y enviaron refuerzos a los lugares donde solíamos cazar y alimentarnos, y comenzaron a darnos caza, ofreciendo 10 chelines por la cabeza de un demonio.
Tuvimos que huir de nuevo, y escondernos en las montañas.
Ahi es cuando inicia la trágica historia de amor de mi hermana Karenina.
Karenina se paseaba por los campos de cultivo de los nativos americanos, mientras estos dormían, sin embargo, una noche, mientras vestía uno de sus más hermosos vestidos, y a la luz de la luna, un niño nativo la vio, y ella a él, entonces ella observo de lejos al jovencito. El rondaba la edad de 16 años, y ella, con sus más de 800 años, aparentaba ser de la misma edad que el; entonces el joven, aturdido por semejante belleza, no pudo evitar verle a los ojos.
Mi hermana tenía unos ojos azul profundo, y cuando cazabamos, nuestros ojos se hacían rojos como la sangre y nuestras uñas crecían, nuestros caninos se hacían más prominentes y la piel se hacía más gruesa para protección. Nuestra fuerza y rapidez aumentaba al doble y la habilidad de leer los pensamientos de los demás, se hacía más intensa, de tal modo que nuestros sentidos se agudizan, a manera de que nosotros pasáramos inadvertidos para los demás y si nos llegarán a ver, por mínima que fuera la situación, nuestro objetivo cambiaba y el pobre incauto que nos veía, no sobrevivía para contarlo.
El jovencito vio entonces a Karenina, y cayó de rodillas ante ella, totalmente hipnotizado por su belleza, con sus ojos marrones expectantes y su piel tersa y suave se le hizo llamativa a Karenina.
Mientras ella se acercaba, se iba preparando para dar el golpe final, sin embargo, Karenina se dió cuenta de algo y era que la metamorfosis que sufríamos no se hizo presente.
Ella levíto por entre el maizal y se acercó al jóven, entonces se dió cuenta que el chico estaba de caza, y al verla a los ojos quedó hipnotizado. Ella entonces también le vio a los ojos, esos ojos chocolates le demostraban que ella era lo más hermoso que había visto en toda su vida.
A partir de ahí, Karenina se convirtió en su protectora y no lo dejaba solo, ella incluso se trasladó a un bosque cercano para verse después de anochecer. Hasta que sucedió lo impensable. Se habían entregado al amor y al deseo, y Karenina había quedado encinta.