Princesa por la fuerza

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Summary

¿Valdría la pena renunciar a tu libertad para vivir en una jaula de oro, con vestidos caros, joyas, y un ejército de sirvientas a tu disposición? Ésta es la historia de Eliseo, un jovencito un poco ingenuo que, por un descuido suyo, termina viviendo en la mansión de un multimillonario que le ofrece todo eso y más, pero que demanda de él algo que el chico no está dispuesto a entregar: su cuerpo.

Status
Complete
Chapters
23
Rating
n/a
Age Rating
18+

Prólogo.

Yo nunca quise ser una princesa: tener vestidos caros ni vivir en una lujosa mansión, con cocineras que se encargaran de preparar los más exquisitos manjares para mí, meseras que me atendieran durante el desayuno y el almuerzo, ni mucamas que se encargaran de limpiar mi habitación. Yo nunca quise ser una princesa, ni siquiera era una mujer; yo era un hombre, un chico buscando mejores oportunidades que las que me ofrecía el barrio con olor a mierda en el que me había tocado crecer; tener una nueva vida, en los Ángeles o en Nueva York, lejos de este asqueroso país. Ya algunos de mis familiares y amigos se habían ido a los Estados Unidos y yo esperaba poder también cumplir mi sueño americano.

Fue así como me puse en las manos de un traficante, un contrabandista. Dijo que me pondría en suelo norteamericano y le creí. Ni siquiera me pidió dinero; dijo que le pagaría todo en cuanto comenzara a trabajar. Aquello parecía muy sospechoso; eso era lo que solían decirles a las chicas para embaucarlas y obligarlas a trabajar como prostitutas en algún país de Europa; pero era algo que no me iba a pasar a mí porque yo no era una chica. Claro que nunca desapareció de mi mente la idea de que podía estarme metiendo en algo ilegal, pero no me importó demasiado. Cualquier cosa era mejor que la pobreza y la precariedad que me habían agobiado durante los primeros dieciséis años de mi vida.

Eso es lo último que recuerdo. Cuando desperté me encontraba en un lugar desconocido, un cuartucho deteriorado y caluroso, en compañía de otros chicos de mi edad. Eran de varias nacionalidades como pude notar: dos de ellos eran africanos, había también varios chicos rubios y hasta uno asiático; cada uno hablaba un idioma distinto por lo que no pude preguntar dónde me encontraba o qué lugar era ése.

De lo que sí me di cuenta de inmediato fue de que estaban asustados, muy asustados. Oímos un ruido afuera del cuarto a lo que todos se colocaron de espaldas contra la pared; yo no entendí lo que estaba pasando, lo que me valió un culatazo en el estómago en cuanto aquellos sujetos armados entraron en la habitación.

Entraron también dos maricones que arrojaron sobre la cama lo que parecían ser unos vestidos de varios colores: rojos, negros, dorados. A cada uno nos entregaron un vestido y nos ordenaron que nos lo pusiéramos; luego fuimos pasando uno a uno frente a los maricones quienes nos maquillaron y nos arreglaron el pelo. A mí, por ser el novato, también me rasuraron todas las piernas y el trasero, me perforaron ambas orejas para colocarme un par de enormes arracadas, y me pusieron unas enormes uñas acrílicas de color rojo.

Por último, nos entregaron a cada uno un par de sandalias de plataforma, de esas que usan las prostitutas o las strippers en los clubes para caballeros y nos ordenaron que nos las pusiéramos. Nos escoltaron después hasta la salida del edificio para subirnos a un camión.

Llegamos así a nuestro destino: una lujosa mansión en la que estaba teniendo lugar lo que parecía ser una fiesta, o una reunión. Había muchos hombres, casi todos mayores, todos vestidos con costosísimos trajes, corbatas impecables y relucientes zapatos, que jugaban a la ruleta o al póker mientras nos miraban pasar. Había también muchas chicas, todas hermosas y jóvenes, todas vistiendo unos cortísimos vestidos, tan cortos como los que llevábamos, o en su defecto en ropa interior, que acompañaban a aquellos hombres, se sentaban en sus piernas o les servían champán.

Uno de ellos, al parecer el anfitrión de la fiesta, hizo un anuncio y todos los allí presentes pusieron atención. Entonces nos hicieron desfilar delante de aquellos sujetos como si fuéramos chicas, llevando esos vestidos diminutos. La forma en la que aquellos lujuriosos hombres nos devoraban con la mirada nos tenía temblando de miedo y de pudor y, dado que ninguno de nosotros sabía siquiera caminar con esas cosas en los pies, algunos tropezamos en más de una ocasión. Si el objetivo era hacernos pasar por chicas no lo estábamos logrando, éramos sólo unos niños vestidos como putas, llorando de terror. Sin embargo, parecía que era precisamente eso lo que tenía tan excitada a aquella multitud.

No entendí nada de lo que estaba pasando sino hasta tiempo después, cuando el anfitrión de la fiesta dio un fuerte martillazo cerrando la puja: acababan de venderme al mejor postor.