Prólogo
En ese momento, el impulso de lanzarme al canal de cabeza y desaparecer, se apoderó de mí. Aquella situación me estaba matando, y seguro que en medio de toda esa gente, nadie se daría cuenta de que había saltado al canal mugriento que tenía delante.
Me parecía irónico estar rodeado de aquella muchedumbre que celebraba el amor en todas sus formas, mientras yo intentaba mantener unidos los pedazos de mi corazón.
Las cervezas junto con las magdalenas de marihuana que habíamos comprado en el Bulldog me estaban jugando una mala pasada. Ya nos avisó el dependiente de la tienda de que no las mezcláramos con alcohol de ningún tipo, pero no de que sería tan mala idea tomarlas si tenías delante a la chica que te gustaba, abrazada a otro tío que nadie sabía de dónde había salido, ni por qué la miraba con esos ojos llenos de lujuria y deseo.
—¿Qué te pasa, Enzo?
Su voz me dejó paralizado y mis pensamientos se detuvieron, pero al mismo tiempo, me empujaba a saltar al vacío cuanto antes, para perderla de vista para siempre. No me podía creer que me estuviera haciendo aquello, sobre todo porque sabía de sobra lo que yo sentía, porque siempre había sido sincero al respecto. Y mucho menos, después de todo lo que habíamos vivido juntos.
Sabía que si me daba la vuelta, me encontraría con aquella intensidad tan suya, reflejada en sus ojos verdes, y que no sería capaz de disimular el temblor de mis piernas. No podría evitar que mis ojos volasen directos a esos labios gruesos, pintados con carmín rojo, y a sus rizos revoloteando alrededor de su cara. Sabía que me seguiría pareciendo la chica más sexy que había conocido jamás, a pesar de que ya tenía claro el porqué de su decisión de romper lo nuestro.
—Déjame Mía, por favor.
Estaba claro que iba a ignorar mi petición, y por supuesto, hizo todo lo contrario. Sentí su mano en mi hombro izquierdo, obligándome a darme la vuelta y a enfrentarme a sus ojos verdes que me atravesaban, viendo más allá de lo que me hubiese gustado.
—Enzo, te lo voy a volver a preguntar y vas a responderme. ¿Qué te pasa?
—Tú. Eso es lo que me pasa.
Su rostro reflejó incertidumbre y no supo cómo reaccionar. La entiendo, aún a día de hoy, la entiendo. Solo podía pensar en que anhelaba sus labios paseando de nuevo por mi cuerpo, y al mismo tiempo, quería que se alejara de mí. Pero sobre todo, quería que el tipo con el que había venido, se esfumara y que me eligiera a mí. Porque eso era lo único que había querido desde que la conocí.
Si tuviera que ponerle un color a mis sentimientos, sería el verde de sus ojos, reflejados por la luz del sol y afectados por las cervezas que llevábamos en el cuerpo. Brillaban de un modo especial, y aquel brillo hizo flaquear mis fuerzas.
Se apartó el pelo de la cara con las manos y enredó un mechón entre sus dedos, como hacía siempre que se ponía nerviosa. Me miró a través de sus pestañas infinitas, y juro que sentí que podría quedarme a vivir en su mirada para siempre.
Toda mi vida había estado rodeado de chicas, pero ninguna me había mirado de esa forma, como si pudiera ver cada parte rota de mí, e intentase repararla con el mayor cariño del mundo. En ese momento, no supe descifrar el significado de esa mirada, y tampoco supe cómo actuar.
—Lo siento, no debí decir eso, Mía.
—Será mejor que me vaya —sentenció dándose la vuelta sin dejarme tiempo para reaccionar.