Capítulo I: Sano
Tenía en la mano una taza de café mientras miraba por el ventanal de la residencia, recordaba su pasado, cuando era una niña sumamente estúpida y pensó que tenía más opciones que las imposiciones de su padre.
Ella no quería suceder el puesto de la mafia, ella no quería tener que ver con cosas ilegales. Le asustaba estar envuelta en esa vida tras el secuestro que sufrió cuando tenía doce años; odiaba las armas, odiaba la violencia y más que nada odiaba haberse enamorado con todo su estúpido corazón de Manjiro Sano.
—Señora— le llamó una mujer de cabello púrpura.
—Te escuchó— habló sin quitar su vista de los cerezos del jardín.
—Todo está listo para la comida, únicamente hay que avisar al señor Sano.
—Gracias— dejó la taza de café sobre el mueble y se abrió camino hasta la segunda planta. En el trayecto observó la mesa donde descansaba un jarrón lleno de camelias junto a la fotografía de una boda, una boda nada memorable donde lució un vestido precioso que le obsequió el joven Mitsuya pero que quedó echo jirones en la noche de bodas. Sintió un escalofrío, tras el tiempo logró comprender que fue violada, que no importaba si amaba o no al violador. Fue abusada porque le repitió innumerables veces que parara y él no lo hizo.
Respiro profundamente antes de abrir la puerta de la recámara de su esposo. Desde que se mudó a su lado ambos dormían en habitaciones separadas y más temprano que tarde entendió la razón.
—Manjiro— le llamó con una voz monótona, cansada de todo aquello —Por favor, baja a comer— pidió recogiendo las prendas del suelo —Señorita Kaori, ¿Podría por favor irse a su casa?— colocó la ropa de la mujer sobre el diván junto a la del azabache.
—Isobel, no molestes— la intrusa se dio la vuelta quedando por encima del cuerpo de su marido —Lárgate.
—Ya escuchaste, Kaori— El azabache la empujó a un lado —La que se tiene que largar de aquí, eres tú.
La mujer rodó los ojos, le molestaba que Mikey hiciera eso, ellos eran amigos desde la infancia y no podía soportar ser tratada de esa manera. Entendía su matrimonio arreglado con Isobel Bernardi porque el padre de esta fue quien le abrió las puertas al extranjero pero no se amaban y eso era más que obvio, por tanto no debía tenerle el más mínimo de respeto a esa mujer. Pasó junto a Isobel empujándola con su hombro para salir de la habitación.
—¿Cómo estas?— Mikey se acercó a la morena dándole un beso sobre la frente —¿Dormiste bien?
Soltó una risa ligera —Estoy alcoholizada... solo así puedo vivir a tu lado— lo empujó hacia atrás pero él le tomó la mano tirándola a la cama.
—¿Cuántas veces te tengo que coger para que me des un hijo? Kaori ya ha tenido dos abortos.
Ella lo fulminó con la mirada —Tal vez simplemente no puedo tener hijos... Manjiro— detestaba sus comentarios sobre tener descendencia.
Rodó los ojos de nuevo —Eso sería más divertido si no tuviera que dejarte preñada para cumplir el capricho de tu padre.
—¿Desde cuando te importa darle gusto a alguien más que no seas tú?
—Oh— se colocó por encima de su cuerpo —Me gusta cumplir con mi palabra y si el viejo quiere un nieto le daré un nieto— metió la mano por debajo del vestido que llevaba su esposa hasta tocarla por encima de la ropa interior —¿Qué te ha pasado? Antes al menos tu cuerpo me gustaba— le molestaba que ella ya no se excitara con ninguna de sus caricias, que no se mojara ni un poco al sentir sus manos sobre su piel, al inicio se esforzó para que su esposa lo disfrutara pero ahora Isobel era como un témpano de hielo, ni siquiera conseguía una reacción de su rostro más que desprecio habitual en sus ojos.
—Mi cuerpo ya se acostumbró a tus manos, no esperes mucho— ella abrió las piernas —Anda follame y bajemos a comer.
—Ya ni siquiera es placentero— soltó un suspiro incorporándose y tendiéndole la mano para ayudarla a ponerse de pie.
—Lo mismo digo, antes al menos mi cuerpo reaccionaba, contra mi voluntad pero lo hacía— camino hasta la puerta, ¿Por qué? ¿Por qué tenía que ser ella la que siempre se sacrificaba?
—Izzie— le dio una nalgada —Intenta ser más sexy... igual que Kaori.
—Anda a cogerte a Kaori o a Sakura, Mai, Alice, Ayane, Yuki, a quien tú quieras Manjiro y déjame de molestar...— sonrió mirándolo de reojo antes de soltar un suspiro pesado —Tal vez yo también me debería de coger a alguien más para...
No pudo terminar pues sintió un tirón que le golpeó la espalda contra la pared —¿Para qué?
Guardo silencio no era tan tonta como para responderle que ella era humana y tenía tantas ganas de coger como cualquier otra persona. Que se cansó de masturbarse en la soledad de su alcoba y prefería el calor de otro cuerpo sobre el suyo.
Él le sonrió —No serias capas de hacerlo... si lo hicieras tal vez despertarías algo de interés en mi.
Mikey bajo las escaleras, él no era feliz, se casó solo por un negocio al que Koko le vió beneficio y ser esposo de alguien en aquel momento le resultaba un precio insignificante, pero no contempló que debía vivir con una mujer como la suya; una que lo rechazaba, que lo odiaba, que le daba asco cada vez que él la besaba y que sentía repudio cuando él la tocaba. Se había convertido en un suplicio compartir su vida, siempre esperó otra cosa de esa mujer tan hermosa pero ella se negó a abrir su corazón. Llegó a pensar que si le daba un hijo cambiaría pero le mataba que no pudiera embarazarse cuando sus amantes ya se habían embarazado por lo menos una vez... no entendía una mierda, se negaba a creer que realmente no pudiera tener hijos pues un médico descartó la posibilidad, sin embargo, Emma le dijo «Tal vez ella no se embaraza porque inconscientemente su cuerpo te rechaza». Empujó la fotografía de su boda, deseaba que su querido suegro muriera y él poderse divorciar o aún mejor que su esposa muriera y de ese modo quedar en libertad, esa libertad que ella le quitó cuando se apareció con esa hermosa mirada y le hizo sentir que todo podía funcionar si se quedaba a su lado.
Izzie detuvo su camino recogiendo la fotografía del suelo, se quedó agachada mirándola unos segundos, definitivamente fue una estúpida al enamorarse de ese hombre —Kana-san, podría tirar esto a la basura.
Mikey apretó los puños retrocediendo sobre sus pasos, le quitó la fotografía de las manos rompiéndola en dos —Ahora sí que la tiren a la mierda— extendió su mano devolviendo ambos pedazos.
—Idiota, yo hablaba del marco— se puso de pie dejando tiradas las cosas y sin tomar la fotografía rota. Manjiro Sano era un completo desgraciado.