Crónicas de los errantes: Niebla y dagas en la arena

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Summary

Adéntrate en un mundo devastado por la guerra y sumido en las profundidades de las sombras, donde las vidas de Kalidhro y Cealus convergen en destinos inciertos y decisiones inquebrantables. Kalidhro, una joven guerrera de la niebla, forja su camino en las desoladas tierras de Shauthan, donde la supervivencia se gana en el ardor del combate y cada paso está teñido por el misterio. Cealus, por otro lado, se desliza en las sombras como un joven asesino, enfrentado a la pregunta esencial de qué significa la lealtad en un mundo donde la moral cede ante la necesidad de sobrevivir. A medida que una guerra despiadada se cierne sobre ellos, Kalidhro y Cealus se encuentran en lados opuestos del conflicto. En medio del caos, se ven arrastrados por las olas de un enfrentamiento que ninguno de los dos deseaba, y se ven obligados a confrontar la verdadera naturaleza de la lealtad, el honor y la lucha por la supervivencia en un mundo donde las líneas entre el bien y el mal se han desvanecido. “Niebla y dagas en la arena” es un relato que explora la fuerza del carácter humano en medio de la adversidad y la oscuridad, mientras los caminos entrelazados de Kalidhro y Cealus los conducen a una verdad que podría cambiar el curso de la guerra y redefinir el significado mismo de la lealtad.

Status
Ongoing
Chapters
2
Rating
n/a
Age Rating
18+

El último duelo

La guerra entre los habitantes de Shautho y los Rym persiste como una constante inquebrantable en la lógica de nuestro mundo.

El origen de Zyvalryk es enigmático, pero en nuestros momentos más oscuros, ha demostrado ser el arma más letal y eficaz que poseemos.

Decenas de aprendices se agolpaban alrededor del círculo de combate en el quinto barracón de las aspirantes a guerreras de la niebla. Estaban a punto de presenciar un evento casi sagrado en su cultura, aunque en aquel barracón era casi una rutina diaria. En Shauthan se valoraba únicamente la fuerza, y en la enseñanza no era distinto. Normalmente, estos enfrentamientos eran eventos esporádicos, puesto que pocos aprendices eran lo suficientemente capaces como para desafiar a sus instructores. Pero en el quinto barracón, hoy era un día igual a tantos otros: Kalidhro, una vez más, desafiaba a Reedal.

A pesar de que nunca había logrado vencerlo, Kalidhro persistía en su desafío casi a diario. Después de derrotarla la primera vez, Reedal no estaba obligado a aceptar cada uno de los desafíos posteriores, pero lo hacía sin falta. Sin embargo, el desafío de hoy no sería igual a los anteriores. El reducido grupo de veinte aprendices estaba a punto de completar su entrenamiento. Reedal, su instructor marcial, partiría de esas tierras aquel día. El pelotón, que acababa de concluir su formación, se encaminaría hacia la guerra pronto. Aquel duelo no sería como los anteriores; sería el último enfrentamiento entre ambos.

Kalidhro ya se encontraba en la arena. Blandió sus dos espadas hacia los lados, haciéndolas brillar a la luz. Su piel oscura había sido marcada con una línea blanca que avanzaba por debajo de su ojo, y su pelo había sido trenzado cuidadosamente, para no obstaculizar sus movimientos.

Reedal había accedido a enfrentarla con las armas de su elección, dispuesto a concederle cualquier ventaja posible. Sus ojos escudriñaron el círculo de expectantes espectadores. La noticia de que un instructor se disponía a librar un duelo con armas de filo había corrido como un reguero de pólvora, atrayendo a aprendices de todos los barracones. Entre la multitud, divisó a Kadirha, su hermana mayor, y una sonrisa de complicidad se dibujó en sus labios. Kadirha, con varios años de experiencia y numerosas batallas en su haber, había traído honor a su pueblo y a su dios, ganándose el título de “Portadora”. Su presencia en este duelo significaba el respaldo que Kalidhro anhelaba.

Reedal ascendió al centro del escenario con las manos reposando en su espalda, su mirada fija en Kalidhro con una confianza palpable. El joven era una rareza entre todos los demás instructores. Bajo el abrasador sol de Shauthan y rodeados de los cuatro desiertos, era raro ver a alguien con la piel clara y el cabello castaño, a excepción de algunos esclavos de poco valor, debido a que no podían trabajar mucho tiempo bajo el sol. Reedal era un viajero, pero había residido en aquellas despiadadas tierras durante años.

Kalidhro frunció el ceño al ver como su instructor se presentaba al combate sin ningún arma. Si vencía, los demás argumentarían que no tenía ningún mérito, ya que su oponente estaba desarmado, y si resultaba derrotada, de nuevo, sería ridiculizada. Sin embargo, no se retractaría de su desafío. De alguna manera, se impondría en este último enfrentamiento. Adoptó una postura agresiva, empuñando sus dos espadas, mientras que Reedal se alineaba en una posición defensiva.

- No esperes piedad sólo porque estés desarmado, Jhaarkari -declaró Kalidhro con vehemencia.

- No voy desarmado, Lid. Es sólo que mis armas son distintas -respondió Reedal con un tono cargado de confianza.

Las palabras de Reedal dejaron a Kalidhro desconcertada, pero sus ojos se fijaron en su oponente, cuyos ojos parecían resplandecer. Sin previo aviso, se lanzó hacia él, su espada derecha trazando un amplio arco. Aunque la hoja impactó con fuerza en Reedal, no se hundió en su carne; en cambio, se topó con la palma de su mano desnuda. Kalidhro observó con asombro mientras Reedal sostenía su espada sin ningún atisbo de miedo.

- Como te dije, mis armas son otras -explicó Reedal ante la expresión atónita de Kalidhro.

La perplejidad invadió a Kalidhro, pero antes de que pudiera continuar, Reedal la interrumpió con una onda de energía formidable. Aunque no la derribó por poco, Kalidhro se vio forzada a protegerse con ambos brazos.

- Fuiste tú quien me pidió darlo todo en este último duelo —añadió Reedal con voz imperturbable.

Reedal estaba empleando el Enlace en su contra. Kalidhro había optado por las espadas en su duelo, pero su adversario había convertido el Enlace en su arma. Jamás había imaginado que Reedal poseyera un poder de tal magnitud. Había retado al instructor de combate cuerpo a cuerpo, sin embargo, el Reedal que ahora manejaba el Enlace ante ella con una facilidad pasmosa era completamente desconocido. El pulso de energía de su mentor se desvaneció por un instante, y Kalidhro aprovechó ese breve respiro para arremeter nuevamente con un poderoso tajo.

Justo antes de que su ataque conectara, notó cómo la sonrisa en el rostro de Reedal se intensificaba y sus ojos cambiaban de tono. Detuvo su movimiento y retiró su espada a tiempo, observando asombrada cómo un muro de fuego surgía ante Reedal. No estaba violando las reglas del combate. Las reglas las había establecido ella misma: ambos contendientes solo podían emplear un arma de su elección, y Reedal había escogido el Enlace como su arma. Kalidhro había ingresado al duelo con espadas, por lo tanto, bajo las normas que ella misma había fijado, solo podía hacer uso de ellas en el combate.

El muro de fuego se desvaneció, y el fuego que lo había compuesto se fusionó en tres esferas danzantes alrededor de Reedal. Aquel desgraciado estaba jugando con ella. La guerrera se lanzó hacia adelante una vez más, ejecutando un tajo con ambas espadas, con la esperanza de que, al menos, no pudiera atrapar ambas. Reedal se movió con agilidad, saltando hacia un lado para esquivar una de las espadas, mientras atrapaba con la mano la otra. Kalidhro ejerció fuerza, intentando recuperar la espada que Reedal tenía en su mano, pero en ese instante, una de las esferas de fuego salió disparada hacia ella, obligándola a soltarla. Reedal tenía ahora una de las armas de Kalidhro. La agarró por el mango y la contempló brevemente antes de lanzarla fuera de la arena. Kalidhro no podría recogerla hasta que el combate terminara, ya que abandonar la arena resultaría en su descalificación inmediata.

Reedal era formidable, de eso Kalidhro estaba segura desde el momento en que lo conoció. Sin embargo, había albergado la esperanza de que al usar armas podría nivelar el campo de juego. Con la espada en la mano, Kalidhro se percató de lo precaria que era su situación. Reedal simplemente atraparía su espada y la arrojaría de nuevo fuera de la arena. En el mejor escenario posible, el enfrentamiento se limitaría a una lucha cuerpo a cuerpo, sin armas, una batalla que Kalidhro tenía la certeza de no poder ganar.

Dos esferas de fuego seguían orbitando a Reedal. Debería haber un costo por mantenerlas bajo control. ¿Sería posible que simplemente esperara a que agotara sus recursos? Si Reedal no pudiera usar el Enlace, bloquear su arma sería imposible. Kalidhro adoptó una postura más relajada y dirigió una mirada más confiada hacia Reedal. Comenzó a moverse por la arena, rodeando a Reedal sin acercarse demasiado. El instructor notó el cambio en la postura y una leve sonrisa asomó en su rostro. Su aprendiz era audaz, pero no carecía de sentido común. El pequeño espectáculo que había montado con las esferas de fuego le estaba pasando factura, y ella lo comprendía.

- ¿Sabes que solo me he estado limitando a bloquear golpes, ¿verdad? Podría lanzarme al ataque en cualquier momento -dijo Reedal.

- ¿De verdad? Pensaba que únicamente estabas practicando cómo hacer bailar el fuego.

Una parte de los espectadores rió ante el comentario de la chica. Reedal pareció relajarse, consciente de que pronto abandonaría aquel lugar que tanto añoraría.

- En guardia! -anunció Reedal.

Las dos esferas de fuego flotantes en el aire se lanzaron hacia Kalidhro, quien las eludió con relativa facilidad. Reedal avanzó hacia ella, resuelto a poner fin al combate. La guerrera alzó su espada en una posición defensiva, aparentando un intento de ataque cuando Reedal se aproximó lo suficiente. Sin embargo, en lugar de atacar con su arma, lanzó una rápida patada que Reedal bloqueó sin esfuerzo. Aun con la pierna en contacto con Reedal, Kalidhro saltó desde el otro lado, intentando conectar una patada alta directo a la cabeza del instructor.

A pesar de haber estado cerca, la patada falló por muy poco, haciendo que Kalidhro se precipitara al suelo y rodara ágilmente para evitar la caída. Una vez sobre sus pies, intentó ejecutar un golpe rápido con su espada, pero esta vez Reedal dirigió una pequeña onda de energía concentrada hacia su muñeca, desarmándola hábilmente. Desprovista de su arma, Kalidhro pasó al combate desarmado, aunque con pocas esperanzas de prevalecer. Lanzaba golpes veloces con sus puños y rodillas, que Reedal bloqueaba sin aparente esfuerzo, hasta que finalmente uno de sus rodillazos logró impactar en el estómago de Reedal debido a un pequeño error por su parte.

Después del impacto, Kalidhro esbozó una sonrisa radiante. Sabía que la victoria no estaba a su alcance en ese enfrentamiento, pero al menos había logrado asestar un buen golpe. La multitud dejó escapar exclamaciones de sorpresa. Reedal mostró una mueca de dolor, pero en su interior sentía un profundo orgullo. Era la primera vez que la joven lograba conectar un golpe contra él. Con más años de experiencia, estaba seguro de que Kalidhro podría superarlo algún día.

El instructor cambió su enfoque a la ofensiva, y después de intercambiar varios golpes con la joven, finalmente la derribó.

- Está bien, me rindo -dijo la chica con una sonrisa.

La multitud estalló en un sonoro aplauso, celebrando la intensa contienda. Reedal extendió su mano hacia Kalidhro en un gesto de camaradería, pero ella la rechazó. En lugar de eso, la chica se tendió en el suelo, recuperando el aliento mientras la multitud comenzaba a disiparse hacia el exterior de la arena. Sin embargo, Kadirha, su hermana, no se unió a la retirada. En cambio, atravesó el círculo de combate y se acercó a Kalidhro, preocupada por su estado.

Cuando sólo los tres quedaban en la arena, Reedal se sentó en el suelo, al lado de su alumna.

- Ha progresado mucho -dijo Reedal, dirigiendo sus palabras a Kadirha.

La mujer volvió su mirada hacia su hermana menor, quien aún tenía una sonrisa iluminando su rostro.

- No puedo imaginarme cómo ha sido entrenarla durante todo este tiempo.

Reedal rio a carcajadas.

- Ha sido un placer. No ha habido ni un solo momento aburrido con ella en el grupo.

Kalidhro centró su mirada en Reedal, sentado a su lado.

- Oye, Jharkaari...

- ¿Si?

- ¿Dónde vas a ir?

- Seguiré viajando. He saldado mi deuda aquí.

Kalidhro asintió mientras su sonrisa se desvanecía gradualmente.

- ¿Mereció la pena? Te detuvieron por salvarme.

Reedal observó a su alrededor, su atención recorriendo meticulosamente cada rincón del barracón. Cada centímetro del espacio resonaba con sus recuerdos: cada lección impregnada en las paredes, cada enfrentamiento latente en el aire. Rememoró con profunda emoción cada instante que había compartido en ese lugar, como si cada recuerdo fuera una herida tallada en su ser.

- No lo habría cambiado por nada —respondió con firmeza.

La sonrisa de Kalidhro regresó, y parecía que parte de su culpa se había aliviado.

- ¿Por qué nunca revelaste tu poder? A los ojos de los aprendices, solo eras nuestro instructor de lucha sin armas.

Reedal miró a lo lejos, como si estuviera observando algo que solo él podía ver. Sus pensamientos estaban en los tiempos pasados.

- Cuando me detuvieron, me convirtieron en algo que rozaba la esclavitud. Si hubiera revelado mi poder en aquel entonces... me habrían enviado a la guerra. Me ofrecí para dar clases en lucha cuerpo a cuerpo, para destacarme sobre los demás. Si no hubiera demostrado que conservarme con vida tenía algún valor...

Sus dedos trazaron una línea imaginaria justo debajo de su propia mandíbula.

- ¿Es tan terrible la guerra? —preguntó Kalidhro, esta vez dirigiendo su mirada a su hermana—. Sé que nos enviarán allí ahora.

Reedal suspiró ante la pregunta y el recordatorio. Había pasado mucho tiempo entrenando a todos, y ahora irían a la guerra.

- La guerra es terrible, hermana. Pero es de esa forma en la que honramos a Xal’Dur —dijo Kadirha mientras se ponía de pie—. Despídete de tu maestro. Te esperaré afuera.

Kadirha partió del barracón, dejando a Reedal y Kalidhro a solas en el suelo. Reedal la observó hasta que desapareció de la vista. Los momentos que ambos habían compartido parecían ahora muy lejanos. La relación con ella había terminado antes de que pudiera desarrollarse. Cuando la nombraron Portadora, fue Kadirha la que decidió cortar todos los vínculos con su pasado, a excepción de su hermana.

- ¿Puedo darte un último consejo como instructor? —preguntó Reedal de repente.

Kalidhro lo miró en silencio y asintió. Reedal desvió la mirada hacia sus piernas, que llevaban las marcas de cicatrices de quemaduras, testigos mudos de su propia experiencia como aprendiz. Su aprendizaje fue muy distinto al que habían vivido sus alumnos.

- No es en lo que te convierten, Kalidhro. Es lo que decides ser con lo que se te ha dado.

Kalidhro alzó una ceja, manifestando su intriga.

- ¿A qué te refieres?

Reedal inspiró profundamente antes de responder con sinceridad:

- Vive tu vida, Lid. Odiaría ver cómo mueres en algo tan absurdo como la guerra.

La joven alzó la mirada, con la vista perdida en el vacío.

- La guerra es lo que somos. Sin ella, viviríamos bajo el yugo de los Rym -dijo Kalidhro mecánicamente.

Reedal se puso en pie con lentitud, liberando un suspiro audible. Kalidhro no comprendía plenamente el mensaje que intentaba transmitirle, pero no podía culparla por ello.

- Me gustaría regresar al norte, hacia Aclya. Si alguna vez viajas allí, espero de todo corazón que volvamos a encontrarnos.

- ¿Sabes que el consejo dirigirá hacia allí la guerra cuando acabemos con los Rym?

Reedal respondió con una sonrisa fatigada:

- En tal caso, quizás tengas la oportunidad de derrotarme, al fin.