Corona y daga.

All Rights Reserved ©

Summary

"Kiara Waldorf es la heredera al trono de Heavenly, reino de elementales y uno que otro ser mágico. Hansel...es solo un chico perdido en el bosque. La base fundamental de Heavenly son los secretos y pronto descubrirán que no son los únicos que se mueven entre las sombras". ¿Quieres conocer este mundo lleno de magia y misterio? ¿Conocer la historia de Hansel y Kiara? ¡Te invito a leer Corona y daga!

Genre
Fantasy/Romance
Author
—J
Status
Ongoing
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
16+

Capítulo uno: El bosque muerto.

Heavenly, reino mágico oculto de los ojos curiosos por un hechizo tan antiguo como poderoso.

En el corazón del reino, se encontraba un bosque imponente, fuerte y muerto. Sus habitantes, almas en pena que fueron atrapadas en cascarones secos, fríos y sin un ápice de vida; árboles sin hojas, arbustos secos y flores marchitas.  Y, en medio de ese lúgubre lugar, en donde ni los rayos del sol se atrevían a acercarse, se situaba un pozo. El portal, la única puerta hacia el exterior, hacia el presente o el universo.


Porque, si bien Heavenly existía, a la vez no lo hacía. Estaba oculto, en otro lugar, en otro mundo. Hace muchos años se había elevado más allá de la dimensión conocida y se separó, quebrando el lazo del tiempo. Convirtiéndose en un reino estancado, quebrado y seguro. Por ahora.




Extracto de “La creación de Heavenly”.






Kiara Waldorf.



—¡Señorita Waldorf, deténgase en este instante!—La voz de Marice sonaba amenazadora, los animales que momentos antes descansaban plácidamente en el bosque corrieron despavoridos en dirección contraria a la mujer. Marice era aterradora cuando se lo proponía a pesar de su baja estatura y delgada complexión, lograba causar ese efecto con su voz hostil y mirada fría.

Los músculos de mis piernas me exigían descansar, estaba exhausta. Había drenado más de la mitad de mi energía en las pruebas, no iba a lograr huir por más tiempo.


El sudor caía deliberadamente por mi rostro, mi cabello flotaba en el aire debido al frío viento del otoño, se pegaba y me impedía ver con claridad el camino.

Aunque, de poder ver, no habría mucha diferencia, estaba rodeada de cientos de árboles que se veían exactamente igual: Gigantes, hostiles y sin vida. Todo a mí al rededor podría describirse con esa tres palabras, no esperaba menos del bosque muerto.


Oí un pequeño crujido a mi espalda, lo que me indicaba que Marice se encontraba cerca, demasiado cerca. 


—No haga esto más difícil, tarde o temprano deberá volver a la academia—su voz se oía como el filo de un cuchillo, siendo arrastrado una y otra vez por el suelo, como advertencia de lo que sucedería al momento de volver. Sin duda, si lograba atraparme, estaría encantada de darme un castigo ejemplar.


La academia. Aún podía sentir la música retumbando en mis oídos, el calor de los miles de velas que se extendieron por todo el patio, el pergamino arrugado sobre mis dedos, mi corazón saltando dentro de mi pecho y, sobre todo, los ojos de todos sobre mí; expectantes, ansiosos, preparados para verme fallar. No fui capaz de terminar el ensayo de la Ceremonia de Unión.


En Heavenly, al cumplir los diecinueve años, todos los elementales que hemos estado preparándonos por años en la academia debemos realizar el rito de unión. En donde nos enfrentamos a diversas pruebas en una especie de campo de batalla en medio del patio principal, desafiando nuestro poder, los elementos que corren por nuestro cuerpo exigiendo salir. Frente a todos los altos mandos del reino, hasta que se desate nuestro Eterio, nuestro elemento predominante por sobre todos los demás. Luego, se debe realizar el juramento.


Ni siquiera creo poder pasar las primeras etapas del rito, pero si por la gracia de la diosa se me permitiera llegar hasta el final, no sería capaz de llevar a cabo el juramento. No sin desilusionar a mis padres y sembrar el caos en el reino.

Los pasos de Marice, la instructora encargada del ensayo, se escuchaban cada vez más lejos. Estaba jadeando, buscando desesperadamente llenar mis pulmones. Definitivamente, fue una terrible idea faltar a tantas clases de entrenamiento físico.


Cada paso que daba me adentraba más al bosque, todo se volvía más oscuro a mi alrededor. Cuando una rama que no estaba ahí hace unos momentos me tomó el cabello y tiró levemente de él, decidí que era momento de detenerme. Era bien conocido que a los espíritus que habitan el bosque muerte les encanta jugar con las personas.


Jamás había llegado hasta aquí, este parecía ser el límite en donde aún estaba a tiempo para retroceder y largarme. Podía sentir el burbujeo en mi interior, el zumbido de la magia que pedía desatarse. Oscuridad y caos, eso era el bosque muerto.


Definitivamente, debería dar la vuelta…


—Kiara, no te recomiendo seguir avanzando. ¡Ven aquí!—Gritó, entre jadeos y respiraciones aceleradas, Marice. Quién al parecer me pisaba los talones.

Nunca me ha agradado que me digan que hacer, aunque tampoco era idiota como para seguir avanzando en dirección al corazón del bosque, por lo que mi mejor opción en estos momentos es ir hacia mi derecha, sin sobrepasar el límite entre la luz y la oscuridad absoluta.


Toda esta cacería es una estupidez, ¿Qué buscaba escapando? En algún momento debía volver, aunque pasarían días hasta que alguien notara mi ausencia. Y, claramente, si Marice quisiera que alguien más se enterara de que escapé de la ceremonia, crucé un portal sin una autorización formal y me adentre a una zona prohibida, todo esto bajo su cuidado, no sería solo ella persiguiéndome. Estarían los guardias reales rastreando como sabuesos y ya estaría de vuelta en mi habitación.


Casi podía sentir el miedo de la mujer en mis propios huesos. No dudaba que en unos minutos más comenzaría a rogarle a los dioses que me hicieron recapacitar.


Pero necesitaba estar a solas. Despejar mi mente en un espacio abierto en donde no pudiera dañar a nadie.


Ya no podía soportarlo. Todo mi cuerpo temblaba y  un incesante hormigueo se expandía por mis articulaciones. Trataba de controlar la magia en mi interior, pisoteando fuertemente hacia abajo, una y otra vez.


No deje de correr, en ningún momento. Vigilando no desviarme mucho hacia la izquierda, seguí el camino iluminado. No sabía cuánto tiempo había pasado, pero no era capaz de ordenarle a mis pies detenerse.


Hasta que, desafortunadamente o afortunadamente, no vi una gran raíz en el suelo y mi pie se enganchó en ella, llevándome a caer a lo que esperaba que fuera el suelo, pero no era la tierra húmeda lo que podía sentir bajo mi cuerpo y, ciertamente, no estaba muerto. Sentía como respiraba muy rápidamente.


Desconocido.


Al abrir los ojos, no lograba reconocer el lugar en donde me encontraba.

Observé mis manos detenidamente, estaban manchadas con tierra y lo que parecía ser sangre seca. Y me di cuenta, no lograba reconocer esas manos. Grandes, con cicatrices y heridas que aún no cerraban del todo.


¿Qué demonios estaba sucediendo?


Levante la cabeza y trate de recordar cómo había llegado a ese sitio, como me hice esas heridas, debía recordar algo. Cualquier cosa.


Pero, tras observar a mí alrededor, solo encontré árboles, arbustos y tierra. No se trataba de un paisaje tranquilizador en absoluto. De hecho, sentía como esos árboles secos me observaban con impaciencia, exigiendo que me retirara de su hogar. Estoy perdiendo la cabeza.


Puse mis manos sobre el suelo y traté de impulsarme hacia arriba para ponerme de pie, pero algo me lo impidió, un dolor agudo en mi tobillo izquierdo. Inmediatamente, posé mis ojos ahí y solté un pequeño grito al ver la posición antinatural en que se encontraba mi pie claramente fracturado.


Traté de recordar, con todas mis fuerzas, pero solo lograba que apareciera un dolor punzante sobre mi sien. Todo me daba vueltas, mi vista se volvió borrosa y antes de caer inconsciente pude jurar que oí como esos árboles sin vida se reían de mí.


Oscuridad. Inmensa y profunda.



Estaba por todos lados, no era capaz de ver mis manos frente a mí, aunque tampoco estaba seguro de si podía moverlas. Sentía todo mi cuerpo pesado, el solo hecho de abrir mis párpados me provocaba un dolor agonizante.



La oscuridad que me envolvía parpadeo, o eso pareció, este manto negruzco se tambaleó y poco a poco se fue disipando. Pequeños destellos de luz aparecieron a mi izquierda, tan solo duraron escasos segundos, pero fui capaz de observar el lugar bajo mis pies atrapados en grilletes de acero oxidado, un desgastado piso de madera cubierto de sangre. Mi sangre, que caía gota a gota desde mi torso.



—Vaya, has despertado—dijo una voz masculina que se aproximaba.


Abrí mis ojos abruptamente, desconcertado y aterrado por las imágenes que se reproducen en mente. Una extraña sensación se instaló en mi pecho, me produjo náuseas y podía sentir como mis pulmones luchaban por nutrirse de oxígeno.


Estoy en peligro, estoy en peligro, estoy en peligro…


Mi mente daba vueltas, mientras sentía la necesidad de correr y ocultarme.


Me encontrarán. Ellos me encontrarán y-


—¡Basta!—el grito salió de mí sin siquiera darme cuenta, noté como mis mejillas se humedecieron, una señal de que había comenzado a llorar en algún momento.


Mi cabeza daba vueltas y vueltas, las náuseas se intensificaron. Traté de contenerme, mantener el contenido de mi estómago dentro de mí, pero fue imposible, comencé a sentir como un líquido caliente ascendía hacia mi garganta y era expulsado abruptamente sobre la hierba a mi lado.


Un fuerte pinchazo en mi pierna izquierda desvío mi atención, inmediatamente enfoqué mi mirada en ese lugar y mi corazón se detuvo ante lo que vi; sobre mi pierna, la parte desnuda que el pantalón no lograba cubrir, se encontraba el insecto, o más bien monstruo, más horrendo que haya visto jamás.


La extraña criatura, de un color negro intenso, parecía estar hundiendo sus colmillos en mi piel, mientras me observa con sus cien… No, mil ojos.

Estaba cubierta de un pelo y ojos y en el centro un gran agujero del que sobresalen dos colmillos, parecía tener seis largas y peludas patas.


La cosa horrenda hundió nuevamente sus colmillos en mí, mi piel quemaba y ardía, pero era incapaz de moverme para sacarlo de ahí. Parecía estar hipnotizado observando.


—¡Fuera, vete de aquí!


El monstruo solo me observó, claro que me observaba, con sus cientos de ojos podría estar mirando a todas las direcciones posibles. Mientras que yo no podía despegar mi mirada de sus colmillos que desgarraban hábilmente mi pierna.

El dolor parecía subiendo por mi extremidad, quemando todo a su paso. Mi sangre parecía hervir. Al parecer la mordida de esa criatura me paralizó, ya que era incapaz de mover siquiera un músculo de mis extremidades inferiores.


Maldije, al monstruo, al bosque, a los árboles que reían a mi espalda, a quien fuera que me haya dejado aquí. A cualquiera, a todos, daba igual.


Busqué a mi alrededor un arma, realmente no recordaba si era capaz de utilizar alguna, pero deducía que de alguna forma debía acabar con la criatura, tan solo encontré una piedra pequeña y redonda.


Genial. Moriría sin siquiera recordar mi nombre y mi única arma era una jodida piedra. De todos modos, la tomé y la atraje hacia mí.


—Por favor, piedra, necesito que seas de ayuda—susurré, sintiéndome ridículo, mientras abrazaba la piedra contra mi pecho.


Y la arrojé, sin ver bien, sin esperanzas de que funcionará de algo. Pero, para mí asombró, la piedra le dio directamente en la cara del monstruo, provocando que bajara de mi pierna, haciéndome cosquillas con sus patas peludas, y huyendo lejos sin mirar atrás.


Una sonrisa se dibujó en mis labios, pero decayó inmediatamente cuando percibí como el calor avasallador continuaba ascendiendo por mi organismo, hasta que llegó a mi caja torácica, específicamente mis pulmones y todo lo que podía ver fue oscuridad.


Kiara Waldorf.


Al levantarme noté que no era el suelo lo que se encontraba debajo de mí y, ciertamente, no tropecé por culpa de una raíz.


Si no que fue una pierna, proveniente de un muchacho tumbado en el suelo. Su cabello rubio se encontraba despeinado, apuntando a todas las direcciones, parecía que le llegaba por la barbilla. Su rostro, con magullones y cicatrices, se encontraba sucio con barro y algo rojo, podría apostar que era sangre seca.

Pero lo que llamó mi atención fue el color negruzco de su piel, la mayor parte de ella al menos. Desde lo que podía observar de sus piernas hasta su cuello, una oscuridad absoluta parecía ir subiendo deprisa, contrastando la palidez de su rostro.


Había sido infectado, no hace mucho, por lo que deduzco que tan solo le quedaba uno o dos minutos de vida.


—No… Puedo… Respirar—dijo con dificultad el chico.


Ante mí tenía dos opciones: alejarse rápidamente del lugar sin mirar atrás o podría acabar con su sufrimiento, ayudarle a ascender sin dolor. Había visto a algunos guardias hacerlo antes, cuando me escabulle a las excursiones al bosque, vi como ayudaron a un campesino infectado. Recordaba exactamente el momento en que su pecho dejó de subir y bajar frenéticamente y se detuvo por completo.


—Por favor… Ayúdame…


No era capaz de asesinarlo, pero tampoco podía alejarme sin más y dejarlo ahí solo. La otra opción era imposible, no era siquiera una opción. No debía pensar en eso.


—No puedo hacer nada por ti, lo siento.


De pronto, sus ojos se abrieron, dejándome ver dos pequeñas esferas azules como el cielo, pude ver el terror, la desesperación y una inmensa tristeza en ellos.

El chico trató de hablar, pero de su boca escurrió un extraño líquido negro, mientras convulsionaba.


—Por… Favor.


Sus palabras, el dolor y sufrimiento que se sentía palpable en ellas me llevó a recordar otros ojos agonizantes, un día lluvioso, una mano que sostenía la mía mientras un corazón dejaba de latir. Aún me pregunto si ese corazón fue el mío.

Suficiente. Ya tuve suficiente. No podía seguir pensando en esos recuerdos que hace tanto tiempo guarde en un baúl con llave en mi corazón.


Sin detenerme a pensar en las consecuencias me arrodillé a un lado del muchacho, ensuciando mi vestido con lo que parecía ser vómito seco. Había tomado una decisión.


Las palabras se vierten de mis labios de forma natural, las recito con devoción, rogándole a la diosa de la compasión que me permita seguir adelante.


Si unos ojos curiosos me vieran en este momento, estoy totalmente segura que no bastaría con unos meses en el calabozo para disipar la ira del rey y la reina.


—Por los hilos del tiempo y del espacio, por la sabiduría y gracia de los dioses. Invoco a los destinos, entrelazados en danza, para unir nuestras almas en esta alianza—Comienzo a mover mis manos, formando un nudo invisible ante mí que atraigo a mi pecho, necesito esforzarme un poco más de lo que creí, al parecer el lazo se resiste. Pero logró que este quede justo sobre mi corazón.


El chico, quien aparentemente había dejado de luchar hace unos segundos, abrió abruptamente sus ojos. Parecía que el aire volvía a sus pulmones, sus manos se aferraron a su cuello mientras comenzaba a toser. Cuando sus ojos notaron mi presencia a su lado, el miedo los invade, trató de retroceder y alejarse, pero al parecer no poseía la fuerza suficiente, por lo que solo logró arrastrarse unos centímetros.


—¿Quién eres?


Su voz, que resultaba ser más profunda de lo que imaginé al ver esos ojos asustados y su escuálido cuerpo, me provocó un escalofrío. Había cometido un error, me precipité, pero era demasiado tarde para retractarse.


—No tienes mucho tiempo, el veneno de la mordedura del aracnofatalis se ha retrasado por unos minutos, pero-


—¿De qué estás hablando? ¿Dónde estoy?


El sudor cubría la frente del muchacho, probablemente la fiebre seguía presente. Debe de estar en estado de shock, pero no hay tiempo para dar explicaciones, su vida sigue en peligro.


—Si no me escuchas morirás en dos minutos o menos. Te mordió una aracnofatalis, su veneno se extendió por casi todo tu organismo, lo detuve por unos minutos para que tomes una decisión.


—¿Moriré? No quiero… No quiero morir.


—Bien, tampoco me gustaría eso. Escucha, sé que no está permitido, pero comencé con una unión. Si decides proseguir, tienes que estar consciente de todo lo que implica, ¿Deseas seguir adelante con la unión?


—No entiendo, no entiendo absolutamente nada. Solo ayúdame, por favor.


—Debes estar en shock, está bien. Te guiaré, observa lo que hago con mis manos y luego recréalo mientras recitas conmigo el hechizo. Pero recuerda, una vez creada la unión, no habrá vuelta atrás.


—De acuerdo, solo dime que debo hacer.


—Por los hilos del tiempo y del espacio, por la sabiduría y gracia de los dioses. Invoco a los destinos, entrelazados en danza, para unir nuestras almas en esta alianza—Mientras recitaba el hechizo, movía las manos exactamente como hace un momento, formando el lazo en el aire para luego atraerlo hacia mi corazón. El chico repetía mis palabras en voz baja entre tartamudeos mientras débilmente movía sus manos.


—Que el lazo que nos une sea firme y verdadero, que brille con el resplandor de mil estrellas, que nuestras almas se reconozcan, en luz y en sombra—Elevó mis manos hacia el cielo y levanto mi cabeza, pidiendo el permiso de las estrellas para continuar.


—Por el poder de la diosa Fatumara, que nuestras almas se unan hasta que la deuda sea saldada. Este es nuestro deseo, nuestro sueño, nuestro anhelo—Sé que en esta parte será difícil, comienzo a dudar si esta unión llegará a concretarse.


—Ahora debemos realizar la conexión, no te asustes, ¿Sí?—Levantó mi falda para sacar la daga que siempre llevo conmigo escondida, para luego hacer un pequeño corte en la palma de mi mano, espero que pequeñas gotas de sangre salgan para enseñársela al chico —Debes tomar, solo un poco y luego debo hacer lo mismo.


Veo como duda, la vacilación en su mirada es notable, pero la oscuridad vuelve a extenderse poco a poco sobre sus piernas, lo que hace que asienta y tome mi mano, sus manos son ásperas y heladas, acerca la palma de mi mano hacia la comisura de sus labios y deja caer unas cuantas gotas de mi sangre en su boca.


—Por el destino que compartimos, por el lazo que nos une, benditos seamos por la diosa.


Vacilante, toma la daga y se realiza un pequeño corte en su mano izquierda, me acerca el brazo y lo tomó desde la muñeca. Dejó caer unas cuantas gotas de sangre sobre mis labios y saboreó el sabor metálico.


—Que nuestras almas sean una. Hoy y siempre, por toda la eternidad—digo para finalizar, tomando un fuerte suspiro.


—¿Qué sucede ahora? ¿Viviré?


Antes de que pueda responder, el resplandor lo envuelve, mientras la tierra a nuestro alrededor se sacude levemente. Está hecho.


El color vuelve a él, sus ojos brillan un poco más. Definitivamente, no se ve como hace un momento, como un cadáver andante.


—¿Qué fue todo eso? ¿Qué está sucediendo?


—Te encontraste con una aracnofatalis y su veneno se expandió con rapidez, no fue tu día de suerte al parecer.


Realmente aquel chico rubio debía tener una pésima suerte, era difícil encontrarse cara a cara con uno de esos pequeños monstruos. Se rumoreaba que estos insectos habitan el bosque muerto desde antes de los asentamientos de los primeros elementales, se alimentaban directamente de la oscuridad que desprendía el pozo y, por alguna razón desconocida, hacían una aparición cuando la sangre de alguna criatura llamaba su atención. Inyectan su veneno a través de picaduras y luego se quedaban a observar mientras su víctima moría poco a poco, jamás encontraron los cadáveres, al menos no completos, aunque nunca pudieron saber como esos insectos pequeños lograban destrozar tan vilmente los huesos.


—¿Una qué? ¿De qué demonios hablas? ¿Qué me hiciste?


—¿Qué te hice? Acabo de salvar tu vida, cuando agonizabas estabas de acuerdo. Te dije que no podrías arrepentirte.


Como corroboración de lo que acababa de suceder, levantó mi brazo izquierdo, dejando expuesta mi muñeca en donde ahora un nuevo hilo rojo la envuelve, el cual se une directamente al que envuelve la muñeca del muchacho frente a mí. Sin poder evitarlo, observó un poco más abajo, en donde otro hilo, más descolorido, envuelve mi muñeca, pero este está cortado, no se conecta a nada, a nadie. Ya no más.


Estoy acabada, no debí haberme escapado, esto jamás hubiera sucedido, no debía suceder.


—¿Cuándo se me irá el efecto de esa cosa?


—¿De qué hablas? Estás curado, la unión debió de curarte por completo, ¿Te sientes mal?


—¿Uno de sus efectos es la pérdida de memoria?


—No… ¿Qué cosa no recuerdas?


—Yo creo que todo. Ni siquiera puedo recordar mi nombre, ¿Nos conocemos? ¿Sabes cómo me llamo?


Antes de siquiera poder responder, el muchacho se desmaya. Dejándome con muchas interrogantes, pero sin dudas la más importante de todas es ¿Con quién acabó de unir mi destino?