El príncipe criado por esclavos: destino de gloria

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Summary

Alexis Calek, el príncipe del Reino de Cretonia, era considerado un niño débil para el cruel mundo calizo, pero era secretamente muy manipulador. Poseía la enfermedad de la empatía, la cual le permitía leer los sentimientos y pensamientos de la gente. Gracias a eso, pudo percibir que el comandante Saul Border, el amante de su padre, planeaba usurpar el trono y asesinar a la familia real. Por tal motivo, se vio forzado a huir a los cinco años totalmente solo, después de enterarse de que habían esclavizado a su hermana mayor. Alexis Calek terminó siendo criado por el peor enemigo de su padre, un esclavo humano llamado Leonel Rox, con quien tenía un pésimo vínculo, aunque era el único en quien confiaba realmente. En la vida en el exilio, experimentó los sufrimientos de la gente común y corriente. El príncipe, un joven profundamente narcisista, logró ocultar su verdadera identidad y ponerse la máscara de chico bueno e inocente para engañar al mundo entero; pero lo único que anhelaba era establecer alianzas estratégicas, vengarse del usurpador y recuperar el trono. Sin embargo, su destino estaba encadenado a la tragedia y la traición; porque sus peores enemigos estaban destinados a ser las personas más cercanas y, poco a poco, fue descubriendo que los caminos del ascenso al poder y la gloria estaban teñidos de dolor y oscuridad.

Status
Ongoing
Chapters
58
Rating
5.0 5 reviews
Age Rating
18+

Cap. 1: La princesa cautiva en el campo de esclavos

El día de mi nacimiento, los brujos del Reino emitieron la profecía que me perseguiría por el resto de mi vida: “Alexis Calek está destinado a la gloria y la tragedia, a tener grandes aliados y poderosos enemigos, a la lealtad y a la traición, a la doble naturaleza de su propia mente”.

Por un lado, había nacido con un gran don: era el príncipe de pura raza caliza de Cretonia, uno de los Reinos más poderosos del mundo. Por el otro, tenía la maldición de la “empatía”, una enfermedad que me volvía débil frente al enemigo.

Los empáticos éramos seres muy inteligentes: podíamos percibir las emociones de los demás; leer algunos pensamientos y teníamos visiones del pasado, presente o futuro potencial. Habíamos sido históricamente temerosos y vulnerables emocionalmente, por eso el Senado nunca había nombrado un rey que padeciera esta condición. Debíamos mantener nuestro rostro oculto al mundo con el yelmo dorado, un incómodo casco que nos cubría la cara y la cabeza, ya que podíamos ser blancos del ataque de los humanos.

El universo de la raza caliza era demasiado cruel para alguien como yo: estaba construido por hombres militares fuertes, conquistadores de tierras y esclavistas.

A la edad de cinco años, mi sueño era pertenecer a ese mundo cruento en el que no encajaba. Yo era el típico niño empático: débil, compasivo y “sin carácter”. No me gustaba la violencia, detestaba entrenar y me la pasaba leyendo libros sobre la raza caliza, soñando con ser un poderoso rey.

La realidad era que todos me subestimaban con justas razones, excepto el pueblo. Por alguna razón, la gente me amaba y ni siquiera conocía mi rostro. Yo aparecía en el balcón del palacio y daba grandes discursos con elocuencia: me transformaba en otra persona.

Siempre visitaba hospitales y escuelas, por pedido de la población. Escuchaba a todos los habitantes del Reino y les prometía ayudarlos cuando creciera. No había hecho nada por ellos, pero les caía bien. Agotados de la dureza caliza, el adorable chiquillo le brindaba alegrías al castigado pueblo de Cretonia, harto de la opresión de los hombres poderosos y vivir en la pobreza. Había una gran desigualdad social que yo había jurado corregir en el futuro. Pronto me volví “el príncipe de la gente”.

Como todo empático, era un ser sumamente sentimental y adoraba a mis padres: Ariana y James Calek, los reyes más poderosos del mundo. Ambos eran muy distintos físicamente: mamá era morocha y papá, rubio de ojos celestes. Yo era idéntico al rey. Tocaba el piano y cantaba las canciones de la dinastía Calek, mientras ellos me escuchaban sentados en los tronos del Salón Dorado. Oía sus anécdotas, los admiraba, pero tenía diferencias con ellos.

Mis padres eran autoritarios por naturaleza: arrasaban las aldeas de humanos y otros pueblos, capturaban a los civiles y los mandaban a los campos de esclavos, a trabajar para el Reino. Yo creía en las alianzas, no en las cadenas. Después de todo, ¿qué lealtad podía tener un esclavo con su amo?

Cuando cumplí cinco años, escuché accidentalmente una conversación entre varios diplomáticos: me enteré de que tenía una hermana mayor. La noticia fue un baldazo de agua fría para mí. Yo tenía alma de hijo único, me gustaba la exclusiva atención de mis padres y anhelaba desesperadamente la corona de rey. ¿Quién era esta desconocida para arrebatarme mis sueños de grandeza? Furioso, fui a confrontar a mi madre, mientras ella leía en la biblioteca del palacio.

―¿Por qué no me dijiste que tenía un hermana?― la cuestioné.­­­­­­­­­­­

―Porque no es verdad― respondió la reina, azorada.

―Se rumorea que tienes una hija de quince años llamada Jessica. Por favor... ¡Dime la verdad!― demandé, con ira.

―Son solo habladurías, no les hagas caso a los charlatanes del Reino― susurró mi madre. Mi empatía me indicaba que ella mentía y que estaba furiosa conmigo. Podía visualizar las llamas rojas de su ira, razón por la cual me alejé de ella.

Indignado y fuera de control, fui a hablar con el rey, que estaba sentado en el trono mirando unos documentos. Traté de utilizar un enfoque más diplomático para obtener la información que deseaba.

―Hola, papá, ¿cómo estás? ¿Puedo hacerte una consulta?

―Sí, claro, Alexis. ¿Qué pasa?― murmuró mi padre, sin despegar la vista de los papeles.

―Escuché que tengo una hermana... ¿Es cierto?― pregunté, con tono inocente. El monarca abrió los ojos de par en par y me miró atentamente.

―Por supuesto que no. Eres mi único hijo. No escuches las tonterías que dicen de nuestra familia, por favor. Recuerda lo que te digo siempre: envidian nuestra gloria caliza. Por eso, siempre nos injurian e inventan cuentos... Ahora salieron con esta historia de la hija ilegítima― dijo mi padre, en voz baja.

Mi madre se acercó a nosotros. Los reyes se tomaron de las manos y sonrieron.

―Alexis, olvidemos todo esto. ¿Quieres que vayamos al Museo del Palacio del Norte?― preguntó mamá, con hipocresía.

De repente, tuve una mala sensación. Mi empatía golpeaba mi mente y me indicaba que no confiase en mis padres, como siempre. Yo los amaba y necesitaba creer en ellos, como todo niño, pero no podía... Veía que los monarcas tenían mucha oscuridad adentro, la cual visualizaba como un volcán de lava roja.

Sabía que los reyes mentían y habían hecho algo muy malo con su propia hija. De repente, no pude respirar y me agarró pánico. Ya no la odiaba por arrebatarme mi sueño del trono: en ese momento, estaba preocupado por ella, aunque ni siquiera lo conocía... De repente, todo se volvió negro.

Tuve una visión de mi hermana: era una joven que tenía pelo castaño, ojos marrones claros y semblante sombrío. Estaba en una celda. Me pregunté si estaba presa. Tal vez había cometido un crimen horrible, pero sabía que no era así. Tenía la marca violeta alrededor del cuello con el símbolo de la dinastía Calek... ¡El maldito estigma de la esclavitud! Un estremecimiento recorrió mi cuerpo. ¿Cómo habían sido capaces mis padres de mandar a su propia hija a un tenebroso campo de esclavos? ¿Qué clase de persona podía hacer una cosa así?

Mi empatía me fallaba, seguramente. Decidí hablar con mi niñera Paula. Ella tenía buena esencia, según mi percepción. Tal vez me dijese la verdad. Después de un rato, finalmente decidió contarme el cruel secreto familiar.

―Lo siento, Alexis, es verdad. Tu hermana está en un campo de esclavos.

―¿Por qué nuestros padres la enviaron allí?―expresé, con dolor. Sentí que el corazón se me rompía en pedazos. No podía asumirlo. Definitivamente, yo era débil para el mundo calizo. Por algo, los empáticos nunca llegaban a ser reyes...

―Jessica es hija de tu madre y un sargento humano. Los senadores y los nobles estaban horrorizados cuando la niña nació: fue un escándalo. Tu madre decidió brindar “una prueba de lealtad” al rey e hizo ejecutar a su amante. Sin embargo, esto no fue suficiente para tu padre, ya que le dio vergüenza que hubiese una criatura de baja estirpe en la familia. Por lo tanto, decidió darle el destino que le da a todos los humanos: la esclavitud. La pobre niña tuvo que pagar por la infidelidad de la reina con su libertad. Se la llevaron cuando tenía tu edad... Yo la quería muchísimo― explicó la niñera, con amargura.

Sentí una puñalada en el pecho mientras Paula me relataba el cruel destino de mi hermana y le dije la frase que repetiría muchas veces a lo largo de mi vida: “Bienvenida a los horrores del mundo calizo”.