ONE
Aquel día de primavera, el salón de clases se desbordaba de los murmullos de los estudiantes de primer año, Suguru y Satoru no dejaban de hablar estupideces mientras Shōko descansaba sobre su pupitre en espera de la llegada de su profesor. A Masamichi Yaga se le había hecho tarde, lo que no era muy común de ver, pero a penas el profesor de la clase cruzó el umbral mandó a callar a sus estudiantes.
Y a pesar del puchero de Gojō, todos guardaron silencio cuando notaron como su maestro había llegado acompañado de una hermosa joven de cabello azabache y una sonrisa amigable en su rostro.
—¡Mi nombre es Hanamori Ume, soy estudiante de segundo año y desde hoy estaré para ayudarlos! —los ojos de Suguru se posaron inmedtiatamente en la nueva llegada, su cabello azabache largo brillaba con cada movimiento al igual que sus llamativos ojos de color verdes y su pálida piel contrastaba con sus coloradas mejillas que de cierta forma la hacían ver un poco tierna.
—Ella es su senpai así que más le vale que la traten con respeto —soltó mirando explícitamente al peliblanco que solo se hizo el desentendido —Hanamori maneja la técnica de maldición inversa, por lo que vino para ayudar a Shōko con su entrenamiento.
Los susurros de admiración se esparcieron por el aula, debido a Shōko, quien estaba más que feliz por tener a otra chica con la que poder hablar y que no soltara estupideces cada vez que abriera la boca como sus dos compañeros.
—¡Pueden contar conmigo también para curarlos después de sus misiones! —la chica no tenía ni una gota de timidez, pero desbordaba amabilidad por cada poro de su cuerpo y de cierta forma eso solo la hacía ver más deslumbrante—. Me gusta ayudar, así que no sean tímidos para acercarse.
—Solo no abusen de su amabilidad, ¿entendieron?
Los usuarios de técnicas malditas inversas eran muy raros y, por lo tanto, valiosos para la institución, razón por la que Ume solo podía asistir a misiones de bajo rango y siempre debía ser acompañada. Por lo que a veces ni siquiera valía la pena mandarla a perder su tiempo y se la pasaba dando vueltas por la escuela o entrenando, razón por la que ella misma se ofreció para ayudar a los nuevos ingresados de primer año, al igual que lo hacía con sus senpais y a Yaga no le pareció mala idea de que sus alumnos se influenciaran un poco de la amabilidad de la chica.
A la pelinegra no le costó mucho integrarse a la dinámica del trío durante su tiempo libre, Shōko la adoro en seguida y Ume adoraba abrazar a Shōko quien siempre era linda y tierna con ella. Al principio Gojō le parecía algo molesto, pero pronto se encontraron ambos haciendo bromas tontas, puesto que las ocurrencias del peliblanco siempre le alegran el día y el hecho de que la chica siempre llevaba dulces con ella también era un punto a favor.
Pero, por otro lado, desde el punto de vista de Ume, Suguru parecía ser un chico tranquilo y amable, pero aunque la pelinegra se mostraba interesada en conversar y compartir momentos con este y sus compañeros, Suguru parecía reticente a abrirse. Observaba a Ume desde la distancia, apreciando su amabilidad y la forma en que se llevaba bien con los demás, pero nada más.
No obstante, las cosas comenzaron a cambiar un día de verano, Suguru regresaba de su primera misión en solitario, más exhausto que herido, solo quería descansar, pero cuando su profesor vio su lamentable estado, casi lo lanzó por los aires de vuelta al pasillo para que fuera en busca de la chica de segundo experta en técnica inversa.
—¡Ve con Hanamori para que te cure antes de volver a tu habitación! —con cierta brusquedad y urgencia, lo envió casi de manera obligatoria a Ume para que recibiera atención médica. A pesar de su incomodidad inicial, al chico no le quedó de otra más que obedecer ante las risas de sus compañeros.
—Pero qué lamentable, Suguru —la sonrisa de Satoru buscaba provocarlo, pero el pelinegro no cayó ante su juego.
—Lamentable, lamentable —repitió Shōko sin siquiera apartar su mirada del libro que llevaba toda la mañana leyendo.
Luego de recorrer el área residencial, Suguru se encontró frente a la puerta de la habitación de Ume, había recorrido casi todo el campus y ese era el único lugar al que no se acercó, dudo unos segundo antes de tocar, pero cuando lo hizo, no pasaron ni cinco segundos para que la puerta del cuarto se abriera de par en par, dejando ver la esbelta silueta de su senpai.
—¡Ah! Geto-kun, te estaba esperando —el parpado del chico comenzó al saltar por la impresión y la enorme sonrisa de la chica que lo invitaba a entrar casi lo hizo arrepentirse por haber aceptado ir en primer lugar—. ¡Satoru me avisó por mensaje que vendrías!
Y Suguru no sabía si molestarse o sentirse agradecido por el “gesto de su mejor amigo” así que solo sonrió en respuesta antes de ingresar a la habitación de la mayor. Tomó asiento de manera despreocupada sobre la suave cama de Ume y de cierta forma se sintió un poco fuera de lugar mientras observa disimuladamente a su alrededor.
El suave y esponjoso cobertor de plumas de color rosa le causaba cosquillas en sus muñecas, las paredes de un lila suave decorado con fotos y stickers adorables iban totalmente acorde con la personalidad suave de la chica. Pero de cierta forma, contrataban con la madurez que esta siempre demostraba.
La belleza y el encanto de Ume eran innegables, y Suguru no podía apartar los ojos de ella. Su cabello azabache caía en suaves ondas sobre sus hombros, y sus ojos brillaban con una determinación que parecía ir de la mano con su amabilidad. La forma en que interactuaba con sus compañeros de clase demostraba su calidez y simpatía, y Suguru no pudo evitar sentirse atraído por su personalidad.
Pero se sentía un poco asqueado de admitir que lo que más llamaba su atención de la chica, era su apariencia física. Reconocía que su enfoque en sus atributos físicos no era lo más respetuoso ni profundo, y eso lo hacía sentir incómodo consigo mismo.
Cada vez que la dulce Ume pasaba el rato con ellos, entrenando o simplemente haciendo el tonto, Suguru intentaba concentrarse en el piso, evitando con todas sus fuerzas mirar el cuerpo de la pelinegra, evitando que sus ojos se desviaran al escote de aquella casi transparente blusa de su uniforme o a las llamativas caderas que se contorneaban con elegancia a medida que se alejaba, o en como en las mayorías de las ocasiones, hacia las largas y blancas piernas que lucían tersas y firmes y que se perdían bajo la ajustada falta negra que siempre lucia.
—¿Estás disfrutando de la vista, Suguru? —el recuerdo de las palabras que Gojō le susurró con una sonrisa traviesa, notando hacia dónde se dirigía su mirada, golpearon su mente, sacándolo de su trance, recordando en donde se encontraba, solo para encontrarse con aquellos verdes ojos peligrosamente cerca de su rostro.
—¿Te sientes bien, Geto-kun? —Ume se encontraba a escasos centímetros, con una expresión que denotaba su preocupación por su Kōhai y estirando su mano, la llevó hasta la frente del chico solo para comprobar que todo estuviera en orden—. ¿Tienes fiebre o recibiste un golpe muy fuerte?
—No, estoy bien —pero la sonrisa confiada no abandonó el rostro del chico más popular entre los jóvenes hechiceros—. Solo fueron unos cuantos rasguños, senpai.
—Me alegró que no hayas resultado herido de gravedad —Ume sonrió con calidez, dejando de lado su preocupación—. Solo me tomará unos segundo y estarás como nuevo.
A pesar de su incomodidad inicial, el proceso de curación rompió la tensión y Suguru ahora más que recuperado, comenzó a pensar que si lograba pasar más tiempo con la chica, quizás aquellos impuros pensamientos desaparecerían. Por lo que se dejó llevar cuando la chica inicio una conversación superficial, que pronto se fue haciendo más profunda, compartiendo sus gustos y preferenciaS. Pero no paso desapercibido por el menor, como el rostro de la chica se encendía en curiosidad cada vez que le contaba sobre sus misiones.
—Sabes, Geto-kun, te envidio bastante —la chica hizo un puchero acompañado de su afirmación y Suguru solo abrió los ojos lo que más pudo por la impresión—. A mí no me dejan salir mucho de este lugar, por lo menos no a misiones, por lo que es interesante escucharte hablar sobre ellas.
—Puedo contarte más cosas, si así lo deseas —ofreció el pelinegro y los ojos de la chica brillaron por la curiosidad.
El sol comenzó a caer en el horizonte, dando paso a la luz anaranjada que se filtraba por las ventanas. La conversación fluía de manera natural y ambos parecían estar disfrutando de la compañía del otro.
La dulzura y la atención de Ume comenzaron a romper lentamente las defensas de Suguru. Su conversación fluyó de manera natural mientras compartían sus gustos y experiencias. La paleta de limón que Ume le ofreció como un gesto amistoso fue aceptada por Suguru, y ella tomó asiento con las piernas cruzadas sobre el borde de su escritorio, justo frente a donde se encontraba su Kōhai.
Y mientras escuchaba las palabras salir de los labios del chico, Ume no pudo evitar notar como la mirada de este se desviaba insistentemente hasta sus muslos. Hanamori Ume era una chica dulce, pero no era tonta ni tenía las intenciones de fingir que lo era.
Aquella no era la primera vez que sentía la intensa y pesada mirada recorrer su cuerpo, aquellos ojos negros solían seguirla y posarse sobre lugares un poco obscenos, pero extrañamente eso nunca le molesto, al contrario, le gustaba captar la atención de aquellos oscuros ojos que la escudriñaban sin vergüenza alguna.
La imagen de Ume sentada sobre su escritorio, con las piernas cruzadas mientras disfrutaba de su paleta, había atrapado la atención de Suguru, quien no se resistió a observarla con más detalle. Sus ojos se posaron en las piernas cruzadas de Ume sobre el escritorio. La falda negra ajustada de su uniforme resaltaba y apretaba sus muslos, por lo que se encontró inexplicablemente atraído por la vista y aunque intentaba mantener la compostura, la sonrisa de la chica de ojos verdes se extendió sin demora en su rostro.
Ume, con una sonrisa juguetona en los labios, decidió cambiar la posición de sus piernas para distraer un poco a Suguru. Al cruzar las piernas hacia el otro lado, la atención de Suguru se desvió abruptamente. La reacción de Suguru fue instantánea. Se atragantó con la paleta y su rostro se tornó ligeramente rojo de vergüenza por la vista que acabada de tener. Ume, por su parte.
Ume no pudo evitar reír suavemente ante la reacción del chico. Se sentía mal por jugar con su pobre Kōhai de esa manera, pero esa podría ser su única diversión en mucho tiempo y no pensaba desaprovechar la ocasión.
Por otro lado, Suguru Geto encontró su mente cada vez más ocupada por la imagen de Ume, su encantadora senpai, cuyos suaves y tersos muslos lo intrigaban más de lo que se atrevía a admitir provocaba una sensación en sus pantalones que lo mantenía inquieto.
Sintiendo la tensión en el aire, Ume decidió tomar la iniciativa.
—Geto-kun, podrías acercarte un poco —pidió con suma amabilidad, pero la sonrisa traviesa de su rostro no desaparecía.
Suguru pareció desconcertado por el pedido, pero de todas formas se levantó y avanzó lentamente, como si temiera acercarse demasiado, pero la curiosidad terminó por empujarlo en dirección a su bella senpai y se detuvo antes de que sus piernas chocaran con la rodilla de la pierna más elevada de la chica.
Y Ume, sin miedo ni decoro, tomó las grandes manos del chico entre las suyas, transmitiendo un contacto cálido y significativo. El corazón de Suguru latía con fuerza mientras sus manos eran sujetadas por las de Ume y quizás se hubiera sonrojado por el inocente gesto, si no fuera porque antes de poder procesarlo, ella las pegó a cada lado de sus muslos.
Los dedos de geto podían sentir la textura del borde de la falda y mezclarse con la calidez de la suave piel de Ume. La sorpresa inicial hizo que sus ojos se abrieran de par en par, y su instinto fue alejarse. Sin embargo, la firmeza y la tranquilidad de Ume lo detuvieron, y un escalofrío recorrió su espalda ante la proximidad y la tensión del momento.
—No hay razón para ser tímido, has estado mirando mis piernas un buen rato —sonrió de manera juguetona, sus verdosos ojos brillaban con complicidad mientras arrastraba sus palmas un poco más arriba—. Puedes acariciarlas con libertad, si es lo que quieres, claro.
Ume sonrió de manera juguetona, sus verdosos ojos brillaban con complicidad mientras la osadía de Ume dejó a Suguru sin palabras por un momento, pero en lugar de retroceder o responder con torpeza como la chica pensó que haría, él le ofreció una sonrisa atrevida, antes de jalar los muslos de la chica para apegarlo más a él.
Ahora fue el turno de la Hanamori de quedarse perpleja por unos segundos, con esa atractiva sonrisa aún en su rostro, Suguru dejó que sus manos se posaran suavemente sobre los muslos de Ume. La suavidad y la cálidez de su piel bajo sus dedos lo cautivaron, y una sensación eléctrica se extendió desde sus manos hasta su corazón. Ume soltó un suspiro involuntario, incapaz de contener su reacción ante el tacto tan brusco del pelinegro.
Las caricias de Suguru iban subiendo de intensidad, hasta el punto que sus dedos de vez en cuando rozaban la ropa interior de la muchacha, provocando un par de respingos y suspiros en ella. A medida que la tensión se acumulaba, el aire parecía cargado con una anticipación palpitante. Los latidos de sus corazones parecían sincronizarse mientras se permitían compartir este momento húmedo.
Mientras las manos de Suguru recorrían sus muslos de arriba abajo, Ume cerró los ojos por un momento, disfrutando de la sensación y dejándose llevar por los toques de las palmas callosas del contrario. Había una honestidad y una vulnerabilidad en ese gesto, una apertura emocional que ninguno de los dos había experimentado antes.
Así mismo, las emociones de Suguru eran un torbellino interno. La situación lo tomó por sorpresa, pero también despertó un deseo profundo y latente que había estado guardando y la reacción de Ume le indicaba que no era el único que estaba disfrutando el momento.
A medida que sus dedos exploraban, los suspiros suaves se hicieron más intensos, Suguru Geto, en su primer año de preparatoria, se consideraba un chico tranquilo y calmado, pero cuando se trataba de su querida senpai de segundo, no podía evitar sentir como sus hormonas se alborotaban.
La chica, por fin, se había rendido al acto de Geto y separando sus rodillas, abrió sus piernas lo suficiente para dejar que Suguru se acomodara entre ellas, dando permiso para que el chico hiciera lo que quisiera con ella.
—Eres más atrevida de lo que imagine, Hanamori-senpai... —Ume podía sentir la respiración de Geto chocar con su rostro ahora que ambos estaban tan bien acoplados y pronto los dedos traviesos del menor continuaron su camino. Ume ya no podía contener que pequeños gemidos escaparan de sus labios.—. Nunca pensé escuchar sonidos tan obscenos salir de su pequeña y linda boca.
Las grandes manos de Geto ahora se encontraban en su trasero, apretándolo y amasándolo, a la vez que su apuesto rostro se acomodaba entre el cuello la su clavícula de la pelinegra. La respiración de geto sobre aquella zona tan sensible le provocaba pequeñas corrientes eléctricas que viajaban por su columna y sus piernas se movían inquietas intentando juntarse, pero el pelinegro no lo permitió y pronto ambos se encontraban buscando el cuerpo del otro, frotándose de manera indecente mientras sus labios se acercaban peligrosamente.
Y sin poder resistirlo más, Ume unió sus labios de manera hambrienta, dejando que chasquidos y otros sonidos húmedos salieran del incesante contacto de ambos. Sus lenguas danzaban en la boca del otro, enredándose e intentando dominar a la contraria. Cuando el oxígeno comenzó a escasear, ambos se separaron dejando un hilo de saliva conectando sus bocas y las miradas de ambos escudriñaban la expresión del otro hasta que los movimientos de caderas de ambos los obligó a cerrar sus ojos y disfrutar de la fricción de sus cuerpos.
Ume podía sentir como su ropa interior se humedecía provocando sonidos lascivos en el cuarto y oía de igual forma, fuertes suspiros salir de su compañero, quien ya no soportaba la presión de sus pantalones.
—Ya... Ya no puedo más, Ume —Suguru ni siquiera notó como el dulce nombre de la mayor escapaba de su boca por primera vez, puesto que tan pronto como lo hizo esta ataco sus labios con violencia nuevamente.
—Tu querida, ah... Senpai tomará la responsabilidad... —respondió entre besos y suspiros.
La chica expuso su cuello dejando a la vista sus clavículas y de un tirón, Geto terminó abriendo parte de su blusa, exponiendo así por fin los suaves y redondos pechos de Hanamori cubiertos por aquel brasier color morado. Geto no dudó en hundir su rostro en el pecho de la chica y esta se dejó hacer mientras acariciaba y jalaba los largos mechones de Suguru.
La nariz del chico escudriño, el escote de la muchacha y no dudo en llevar sus manos hacia los broches del brasier para intentar quitarlo, sin separar su rostro de la suave piel, mientras el pelinegro luchaba con los molestos broches, Ume llevo sus pequeñas manos a la hebilla del cinturón que chocaba contra su pelvis y de manera hábil lo quitó para por fin liberar la violenta erección del pelinegro.
Geto dio un paso atrás por la sorpresa y un gemido acompañado de una maldición escaparon de él, pero las piernas de Ume no le permitieron alejarse, llevó su cabeza hacia atrás al sentir como su pene ahora se frotaba en el estómago de la chica, dejando que los fluidos que escapaban de la punta mancharan su blanquecina piel.
Ume sonrió con confianza antes de lamer su mano derecha, cuando creyó que estaba lo suficientemente húmeda y resbalosa, la llevó hasta el miembro del impresionado pelinegro para dar movimientos suaves, de arriba hacia abajo y apretando ligeramente de vez en cuando, todo bajo la atenta mirada de Suguru.
Geto se dejó hacer, soltando gemidos e insultos involuntarios que aumentaban con cada movimiento de la joven y solo bastaron unos movimientos más para que el chico se corriera sobre el estómago de la chica, manchando de paso sus pechos y su estrecha falda que ya poco cubría.
El cuerpo del pelinegro se relajó y su rostro cayó sobre el hombro de la muchacha, quien ahora volvía a sonreír con malicia por su acto.
—Se sintió bien, ¿verdad? —preguntó de forma burlona, pero cuando Geto notó que la chica tenía intenciones de alejarse, no puedo evitar empujarla suavemente. Ume cayó hacia atrás en el escritorio, provocando que libros y documentos cayeran de este y se desparramasen por el suelo.
—¡¿Q-Qué haces, Geto?! —ahora que había quedado recostada sobre la madera del escritorio, la sensación de estar indefensa fue inevitable al ver la oscura mirada de Suguru mientras acomodaba su cuerpo sobre el de ella.
—No creo que sea justo para mi querida senpai que solo yo disfrute, ¿verdad? —los ojos de Geto brillaban como los de un depredador observando a su presa y Ume uno pudo ni siquiera formular una respuesta coherente cuando este llevó sus frías manos a su cintura—. ¿Acaso no estás decepcionada de acabar de esa manera?
Sintiendo nuevamente la erección del chico en su muslo, la muchacha trago fuerte y se sintió casi desfallecer al notar como Suguru comenzaba a bajar. De manera impaciente, Geto subió el brasier de la chica, dejando al descubierto por fin los suaves pequeños y rosados pezones de Ume.
El cuerpo de la pelinegra tembló inevitablemente al ver como el chico humedecía sus labios y atrapaba uno de sus pezones con su boca, los dulces gemidos ahogados volvieron a invadir el cuarto mientras sentía la lengua y los dientes del chico jugar con sus botones mientras que con sus manos masajeaba sin pudor.
Ume llevó sus manos a la gran espalda del chico e intentó contener los gemidos, sin mucho éxito, solo esperaba que nadie los escuchara, puesto que no tenía intenciones de contenerse. La mayor casi hizo un puchero con su boca cuando su compañero hechicero se alejó de sus pechos, pero al sentir como los desordenados mechones negros bajan con lentitud por su abdomen a medida que Suguru repartía besos hasta llegar a su ropa interior, apretó sus piernas más por la impresión que por otra cosa.
Podía sentir el aliento sobre sus bragas y cuando Geto la miró con súplica, como pidiendo permiso, su mente casi en blanco la hizo asentir casi de inmediato, provocando que la sonrisa del chico creciera a medida que sus dedos empujaban su ropa interior por sus piernas. Ume jamás se había sentido tan expuesta antes, pero con Suguru de cierta forma se sentía segura, por lo que cuando la tibia lengua del chico jugueteó en aquel punto que la hacía retorcerse, no pudo evitar que el nombre del contrario escapara de sus labios con cada espasmo y vibración que sentía recorrer su cuerpo.
—Ah... Suguru... —llamó la chica de forma incesante—. Su..guru.
—¿Qué sucede senpai? ¿Acaso no se siente bien? —la mirada de satisfacción en el rostro del chico, como demostraba que sabía que ese no era el caso, pero ver a la dulce Ume en aquel estado lo estaba volviendo loco.
—Llévame a la cama, Suguru —demando la muchacha con su rostro totalmente sonrojado por el placer, y Geto, ni lento ni perezoso, obedeció la orden de inmediato y alzando a la chica de sus muslos la acomodó en su regazo una vez que se sentó en el suave colchón de la habitación.
Ume no dudo en empujar al chico hacia el centro y Geto con una sonrisa se dejó hacer, la chica iba a acomodar sobre este, pero de repente su cuerpo se desvió hasta el borde de la cama mientras rebuscaba en su mesita de noche. La chica le enseñó un par de sobrecitos que al parecer tenía escondidos. Suguru levantó una de sus cejas interrogante, pero la chica ya estaba sobre él, intentando colocarle el condón con algo de dificultad.
—Un regalo de mi fastidiosa tía —fue la respuesta de la chica —. Al parecer no quiere que la vergüenza de la familia quede embarazada antes de siquiera terminar la escuela.
—Lamento que... —Geto intentó decir algo para arreglar el ánimo de la chica, pero esta lo mando a callar.
—Solo cállate y metémelo, Suguru —a estas alturas Ume creyó que ya habían agarrado la suficiente “confianza” como para llamarse por sus nombres.
Ume se estaba acomodando sobre el erecto miembro del chico, pero este la detuvo, ganándose una mala mirada de su senpai, quien no deseaba detenerse.
—Creo que debería prepararte un poco antes... —se explicó el pelinegro, quien no tenía intenciones de detenerse, aunque tampoco deseaba hacerle daño a la pequeña pero atrevida chica sobre él.
—Ya hiciste suficiente con esa encantadora lengua tuya —se quejó Ume volviendo a encaramarse sobre la pelvis del menor—. Además, estoy tan ansiosa que ya no puedo esperar más.
La chica tomó el dotado miembro del chico con una mano mientras ella se acomodaba con dificultad para intentarlo hacer entrar en su mojada cavidad.
—Solo... Avísame si te duele... Aah... —Suguru sostuvo sus caderas con delicadeza para ayudarla en su tarea, pero al sentir como su pene se abría paso por las calientes paredes de la chica no pudo continuar la oración.
Ume se sentía tan llena, tan inmoral, pero tan bien que no pudo evitar comenzar a mover sus caderas de forma rítmica, y se sintió casi orgullosa al sentir como el miembro de su Kōhai se contraía en su interior con cada uno de sus movimientos.
El chico apretó sus grandes manos sobre la cadera de la chica, empujándola sobre su miembro y moviendo sus caderas a la par con pelinegra, los sonidos obscenos que salían de la boca de ambos eran música para sus oídos y el chapoteo de sus cuerpos chocando y su piel frotándose no lo dejarían resistir mucho más.
Ume por su parte, continuaba saltando y meciéndose sobre el pene de Geto, soltando gemidos sin vergüenza alguna cada vez que el miembro del otro entraba y salía de su interior y cada vez que golpeaba con poca delicadez aquel punto que la hacía perderse en el placer.
Sus labios fueron atrapados, por los de Suguru, su boca amortiguaba ahora sus delirantes gemidos y balbuceos, podía jurar que en cualquier momento se desmayaría por el calor de sus cuerpos y por la deliciosa sensación que se estaba liberando en su estómago y a pesar de que sus piernas ya casi no le respondían y sus caderas comenzaban a doler por sus movimientos cada vez más salvajes, no se detuvo.
Solo se sostuvo de los hombros del chico, dejando que sus fuertes brazos continuaran empujando y levantando su trasero para ayudarla a llegar más profundo en su interior. El sudor de sus cuerpos les impedía separarse y continuaron así hasta que Ume sintió como la corriente de placer del orgasmo recorría su cuerpo y con un par de embestidas más que volvían loco el ahora tan sensible cuerpo de la chica, Geto terminó en su interior.
Ambos se mantuvieron unos segundos más en aquella posición, mirándose jadear con violencia antes de volver a unir sus bocas y dejarse caer sobre el colchón. Ume ya no podía más su cuerpo, ya no le respondían como quería y cuando Geto salió de su interior un extraño sentimiento de vacío la invadió.
A medida que el año escolar llegaba a su fin, la presencia de Hanamori Ume en la vida de los chicos de primer año se había vuelto una constante ante vista de todos. Su energía contagiosa y su dedicación a apoyar a sus queridos Kōhai había dejado una impresión duradera en todos. Los días pasaban y cada vez parecía más claro que Ume se había convertido en una parte integral de aquel pequeño grupo.
Yaga no podía evitar sentirse satisfecho con la forma en que las cosas habían resultado. La relación entre Ume y sus alumnos había superado todas las expectativas. Incluso los dos hechiceros más poderosos de la generación, Suguru y Satoru, se mostraban respetuosos hacia su superior y Shōko se estaba volviendo una hechicera muy hábil en la técnica inversa.
Era una lástima que los ancianos desearan enviarla a Kyoto para sacarle más provecho a sus habilidades, ahora que la escuela de Tokio tenía a Ieri Shōko, aunque no tenía intenciones de decírselo a sus alumnos para que no hicieran un berrinche con los altos mandos.
Ensimismado en sus pensamientos, Masamichi no se percató de la llegada de sus alumnos hasta que estos ya estaban frente a él y al levantar la mirada, observó con preocupación como Suguru era el único que había resultado herido nuevamente.
—¡Suguru! —llamó Yaga con voz autoritaria, lo suficientemente fuerte como para aturdir a los tres.
—¿Qué sucede sensei? —preguntó Suguru con una mezcla respeto y desconcierto, sabiendo que podría estar a punto de recibir una reprimenda.
—¿No crees que estás siendo demasiado descuidado últimamente? —Yaga frunció el ceño, claramente molesto por la actitud relajada del más cuerdo de sus alumnos—. Esta es como la tercera vez en este mes.
Geto se rascó la nuca sin saber muy bien como responder. El director suspiró y cambió su tono de voz.
—Solo ve con Hanamori de una vez y discúlpate por hacerla trabajar de más —soltó con cansancio el hombre mientras masajeaba su sien—. Shōko debe estar exhausta después de la misión.
Después de recibir las indicaciones de Yaga, Suguru se retiró en dirección a los dormitorios y no puedo evitar que una sonrisa de satisfacción apareciera en su rostro cuando la puerta fue abierta por su querida y traviesa senpai.