Todo Comenzó | La historia de Alma

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Summary

Cuando Alfonsina y Cristóbal deciden dar el siguiente paso en sus vidas románticas e involucrar a su familia, la situación en la casa Valladolid y en la casa de los Blanco se tornará un poco caótica. Alma tendrá que afrontar una nueva vida, convivir con nuevas personas y por si fuera poco, ayudar a reavivar el jardín de rosas secas que dejó atrás un pasado nostálgico entre los Valladolid. Entre la boda, la nueva secundaria, la nueva casa y la separación de su mejor amiga, Alma comenzará una historia que cambiará su vida para bien o para mal. ° Libro: Cuando Todo Comenzó Saga: La Historia de Alma

Status
Ongoing
Chapters
2
Rating
n/a
Age Rating
16+

PREFACIO

Científicamente, el ser humano sufre desde que nace. La primera palmadita en el trasero como indicador de que está sano, la primera rabieta por no querer lo que se espera, los primeros pasos cuando caes y duele.


Ciertamente, los humanos siempre son propensos a ser desestabilizantes e inadaptados, pero con el paso del tiempo y el aprendizaje, eso puede cambiar.


Puedes aprender a vivir con el dolor y gozar muchas veces de él. Recordar aquel acontecimiento como un momento de victoria, donde pudiste soportar de él y salir vencedor o muchas veces, ese dolor simplemente no se va y terminas acostumbrando, adaptado a esos golpes físico y emocionales.


Alma lo sabía, lo tenía muy presente, en todo momento.


Cuando era pequeña, Alma comprendía el mundo como un niño de su edad, tenía entendido que todos a su alrededor funcionaban y eran como ella era.


Tenía una familia promedio en Aguazul, una pequeña comunidad en Argentina. Vivía junto a su madre, a su hermana y a su padre. Una mañana de verano, volvía a despertarse como de costumbre, escuchando la melodía de los pájaros que reposaban sobre una rama de un árbol cerca de su ventana, los rayos del sol no acostumbraban a entrar por ella, gracias al árbol que tapaba la ventana y le permitía a Alma levantarse sin la necesidad de ser quemada por esos reflejos, los pájaros cantaban melodías que Alma amaba escuchar, era una melodía mañanera, podía sentir el olor del pasto recién cortado que su padre realizaba cada primer día de los meses, cuando el césped ya crecía demasiado que atenta con entrar a la casa, mientras el sol amablemente empezaba a irritar la piel del señor de la casa, cuando él trataba de luchar por mantener al margen las hierbas malas que siempre tendían a nacer.


La madre de Alma, Alfonsina Blanco, era una mujer muy cálida y preocupada por su familia, siempre entraba por la puerta con el mínimo disturbio posible, con su cabello amarrado y su vestimenta habitual de jeans y suéter largo, sus mejillas se ensanchaban cada que veía a su hija durante la mañana y trataba de hacer siempre un ambiente tan alegre como fuera posible. Alfonsina amaba a sus hijas, las amaba con todo el corazón.


— buenos días lucero —se acercaba a la cama de Alma y susurraba las buenas nuevas— es hora de levantarse —mientras acariciaba el rostro de su hija y agradeció que siempre estuviera de buen ánimo.


Alma sonreía ante su comentario, como un girasol al sol en la mañana, porque amaba sentir la calidez de su madre, estiró su pequeño cuerpo y liberó toda la energía que había estado cargando durante toda la noche.


Como cada mañana el camión de la leche pasaba entre las casas para intercambiar las botellas de leche vacías de cada vecino y poner unas nuevas, el camión de la leche siempre traía una canción pegajosa y alegre, todos podían escucharla, incluso servía como alarma para muchos vecinos que debían levantarse para trabajar, dejaba la leche que cada vecino había pedido con anterioridad y se marchaba.


Alfonsina se levantó de la cama de Alma y rebuscó entre las gavetas de su hija el atuendo perfecto para el día, buscaba todo lo apropiado por ella preparándose para un nuevo día, buscaba la toalla en el perchero especial para llevar a Alma al baño, mientras la pequeña se acercaba al borde de la cama para levantarse.


Alma tenía nueve años, siempre cargaba una coleta delicada que caía en su cabello, se ponía las pantuflas de conejo que su madre le había comprado y que siempre permanecía en el mismo lugar, justo en frente de su cama, donde siempre la dejaba antes de irse a dormir. Las amaba mucho, porque sabía que su madre se las había regalado con mucho amor, aunque para ella era imposible verlas, podía sentirlas.


Porque Alma no era como una niña cualquiera, era una niña con sus propias cualidades, con sus propias elecciones y con sus propias decisiones, Alma tenía un corazón de oro y una sonrisa que alegraba la casa, Alma no veía, pero Alma sentía, sentía los rayos del sol, sentía un abrazó, sentía el pasto bajo sus pies, olía el pie de frambuesa, la manzana podrida, olía el jabón y escuchaba las voces, sus músicas favoritas y la armoniosa voz de su madre.


Alma era invidente, pero era única a su manera.


Con sus pantuflas de conejo, blancas como la nieve y las orejas sobresaliente rosada dulces, con su pijama de unicornios y con su rostro recién levantado, Alma salió de su cama cuando sintió a su madre cerca, extendió su mano cuando su madre lo hizo y Alfonsina la guio hacia el baño.


Dentro del baño, Alma no paraba de hablar con gran entusiasmo.


— ¿Qué hay de comer hoy? —preguntaba entusiasmada. Cuando su madre la soltaba y Alma se desvestía sola y se metía a la tina con la precaución de su madre, la tina ya lista y calentita siempre era preparada por Alfonsina y el olor dulce que emanaba siempre traía de buen humor a Alma, porque el olor de ámbar era el más dulce y delicioso.


Alfonsina ayudó a su hija a bañarse mientras charlaban— Pancakes con tocino —era los favoritos de Alma y abrió su boca asombrada, amaba los pancakes que hacía su madre, Alfonsina siempre que Alma necesitará algo, estaba pendiente, sentada a un lado de la bañera esperando a que Alma le pidiera ayuda, la bañera era lo suficientemente grande como para dos personas.


Cuando Alma estaba lista para salir de la bañera, Alfonsina la ayudaba, de inmediato la pequeña ágilmente se vestía con nueva ropa y bajaba a la cocina sobre los hombros de su madre simulando ser un avión, a ambas le encantaba pasar tiempo juntas, ya fuera bajando las escaleras como avión o de la mano.


El señor de la casa, el padre de Alma no era un hombre de mucho expresar, porque siempre prefería guardarse todo. Entró a la casa y los pasos resonaron en la recepción mientras Alfonsina bajaba con su hija sobre sus hombros.


— Alfonsina ¿está listo el desayuno? —


Sonaba agotado y apagado, como casi siempre, porque siempre se encontraba ocupado, haciendo algo, pensando en algo, mirando algo, con tal de desconectarse de su hogar. Porque el señor no era un hombre atento a su familia, no tanto como uno esperaría de su padre.


— sí, lo está, iré a servirlo, si quieres, ¡AMPARO BAJA A COMER, CIELO! —


Desde lo bajo de las escaleras, la señora Blanco llamaba a primera hija de doce años para que desayunaran. Amparo bajaba saltando por las escaleras, una niña energética y una hermana protectora. La mirada del padre de Alma repasó en ella sentada en la mesa y por un momento sintió la sensación incómoda de verla y desvió su mirada de inmediato.


— no es necesario, tú hazte cargo de la niña, yo iré a buscar mi desayuno —


Su siempre era apagada, sin mucho contexto, para Alma y Amparo ese distanciamiento de su padre era normal, casi tan normal como levantarse por la mañana. Papá pasaba por la cocina recogía su desayuno en un plato, tomaba su taza de café y se marchaba a la sala con la televisión a desayunar.


Era una rutina a la que todos se habían acostumbrado desde la llegada de la pequeña a la casa.


Y Alfonsina no podía evitarlo, por más que intentará evitarlo, por más que reclamará a su marido que debía estar presente en la vida de sus hijas, el señor jamás lo hizo. Porque su conciencia no le permitía socializar con sus hijas, tal vez ocasionalmente con su hija mayor, pero muy escaso con Alma, porque mirarla para él era el recuerdo de que su hija no sería igual a nadie más y le recordaba que dependería por siempre de otros.


Él siempre había creído que su hija era así por culpa de su madre, que seguramente algún falló había cometido durante el embarazo, que gracias a ella la desgracia había caído sobre Alma, aunque también muy en el fondo, él también se culpaba de la discapacidad de su hija, pero no se daba cuenta que todo ello afectaba a su pequeña hija, su distancia lo hacía verse ausente en la familia y en la vida de Alma.


Alfonsina muy en el fondo, aun cuando alistaba a su hija para el día o cuando arreglaba la sala y veía a su esposo llegar, pensaba en él como una bomba de tiempo, porque en cualquier momento, él se rendiría y se iría. Las discusiones entre ambos se habían apagado, habían llegado a un punto alto, para caer en picada, ninguno de los dos pudo detener el descenso, cuando poco a poco la llama que creyeron en su juventud era un amor maduro, terminó siendo una decepción para ambos.


Cuando finalmente se quebró, los días en que el mundo de Alma se volvió gris, cuando los momentos se volvieron densos, todos se vieron obligados a ver la partida de uno de ellos.


Una noche, donde finalmente el padre de Alma, aquel señor sin rostro desapareció de sus vidas, en que salió por la puerta, con los gritos de un amor que intentaba reponerse, con los gritos de dos padres desesperados por intentarlo, pero que al final, uno de los dos no tuvo la valentía de tomar sus pantalones y seguir con su cargo, de amar a su familia pese a cualquier situación.


Y mientras la isla de la familia se derrumbaba, Amparo tomó a su hermana pequeña llevándola al cuarto para evitar que escuchará los gritos, encerrándose de la realidad, escuchando la radio y sus canciones, pero sin poder evitar escuchar aquella despedida tan amarga y retumbante que quedó entre el umbral de la puerta y dos almas que ya no se comprenden.


Y tras el fondo de música de Disney, aquella noche de verano, en el último grito de ambos y por última vez, Alma escuchó la voz de su padre. Aquella noche se había ido, se había ido para siempre, para no volver jamás.