Capítulo 1. Ojos Negros.
PRIMERA PARTE
—¡Fíjate por donde vas, pedazo de imbécil!, ¿eres ciego? —rugió desde su enorme motocicleta roja, aquel chico de piel blanca y gafas de sol—. ¡Di algo, cabronazo!... seguro serás un retrasado —gruñó con el ceño fruncido. Se bajó del vehículo en un movimiento ágil.
En el suelo estaba tirado boca abajo un chico muy menudo. El chico de la motocicleta lo tomó del cuello de la camisa y lo alzó como si nada, tenía los ojos llorosos y enrojecidos. Algunas personas veían con curiosidad la escena. Aquel chico pequeño se había atravesado en el camino y casi resulta atropellado, pero afortunadamente el otro supo reaccionar a tiempo apenas dándole un pequeño empujón.
—¿No me oyes o qué? —el jovencito parecía estar ignorando sus palabras. Bajó al menudo chico, se tambaleó un poco, pero seguía sin hablar—. ¡Ey, tú! ¿Qué cara...? ¿Qué te pasó? —el chico tenía la cara molida, el labio le sangraba y tenía la manga de la sudadera manchada de sangre, ¿se había herido al caer al suelo? Se preguntó por un instante—. ¿Estás bien? —dijo a centímetros de aquel demacrado rostro.
Como el chico de la motocicleta roja era muchísimos centímetros más alto tenía que inclinarse un poco. Sin embargo, el otro seguía sin hablar. Lo miró a los ojos y aunque las gafas de sol impedían verse directamente sus miradas conectaron causándole una sensación extraña; como si un instinto de protección se activara, esos ojos eran de un profundo color negro, unas lágrimas más cayeron y sin decir nada más comenzó a correr.
—¡Oye, no!, ¡espera! —pero el chico de ojos negros desapareció al doblar en una esquina—. Qué loca está la gente —murmuró mientras se montaba en su motocicleta de nueva cuenta y con una patada encendió el motor para continuar su camino; pero no lo hizo solo, pues la tristeza de esos ojos negros lo acompañó en cada kilómetro.
El viento acariciaba el rostro del guapo hombre sobre la motocicleta roja, devoraba kilómetros como si nada, adoraba esa sensación de libertad, sólo sobre ella él se sentía vivo. La luz del semáforo cambió a amarillo por lo cual redujo la velocidad, mientras esperaba a que la luz volviera estar en verde golpeaba sus manos sobre los muslos al ritmo de lo que fuera que estaba oyendo, pues llevaba puesto unos auriculares. Una persona corriendo por la acera llamó su atención, se quitó los lentes oscuros para ver mejor, se trataba del mismo muchacho que casi atropelló días atrás, y se sorprendió de haberse grabado ese rostro. Iba corriendo, miraba cada tanto por encima del hombro, como si alguien lo siguiera y lo vio doblar en la misma esquina de la vez pasada. Algo no estaba bien, siguió mirando en aquella dirección olvidándose de donde se hallaba.
—¡Mueve el culo! —le gritó un tipo de aspecto lobuno y con cara de malas pulgas desde atrás sonando el claxon, él reinició la marcha (no sin antes enseñarle el dedo medio), pero divisó a tres tipos que corrían por la misma dirección que había tomado el chico anterior, parecían buscar a alguien y tuvo un mal presentimiento, pero no era asunto suyo. Renovó la marcha y tras unos segundos gruñó y giró repentinamente bajando por aquella calle.
Se estacionó a la entrada de un callejón sucio y descuidado y oyó gritos de desesperación y risas a lo lejos. Sintió un frío en las entrañas «¿qué estoy haciendo y si tienen armas?» pensó y se dio la media vuelta, pero solamente dio un paso, era como si sus pies se negaran a irse y pesaran toneladas, oyó un ruido sordo seguido de varios sonidos secos y supo que aquel chico tan menudo debía estar en el suelo y que estaban pateándolo. Una sensación de calor le subió hasta la cara. Corrió hacia un baldío que estaba en dicho callejón y sus sospechas resultaron ciertas. El pobre chico chillaba en el suelo hecho un ovillo, tres chicos al menos del doble de tamaño lo rodeaban, la sangre le hirvió aún más y enfurecido se lanzó contra esos matones sin importarle nada, en su mente sólo la idea de salvarlo ardía como el infierno.
—¡No, hijos de puta! —tomándolos por sorpresa lanzó a uno contra unos botes de basura cuando su puño chocó contra su horrible cara y a otro contra unos arbustos, al tercer chico no lo tocó pues huyó tan rápido como una rata (los otros le siguieron inmediatamente)—. Oye... oye... ¿estás bien?... ¡espera, tranquilo, no te haré daño!... ¿te duele alguna parte?, ¿puedes pararte?, ¿estás herido?, ¿por qué estoy preguntando como idiota y no respondes? —alzó la ceja pensativo—. ¿No entiendes español?
Se sentía raro pues el menudo chico parecía no estarle entendiendo, sólo señalaba al lugar por donde habían desaparecido los matones y emitía ruiditos raros como si algo le impidiera articular palabras. Lo ayudó a ponerse de pie, escasamente le llegaba al pecho, era muy pequeño, notó que llevaba un viejo y raído uniforme escolar de algún colegio. Lo ayudó a sacudirse un poco el polvo.
—A ver... —comentó dubitativo—. Yo... querer... ayudar... ¿ayudar? ¿Entiendes? —dijo mientras hacía movimientos raros y teatrales para intentar comunicar la idea—. Ay, creo que no entiendes.
El chico sonrió dulcemente y aunque tenía de nuevo varios moretones su moreno rostro era hermoso. Le hizo una seña como si escribiera en algo invisible.
—Ah... ¡ah!, no puedes hablar claro, eso lo explica... ten —le entregó su móvil—. Escribe ahí. Vale, a ver.
En la pantalla decía:
Yo no hablar. No oír. Yo Dante ser.
—¡Caray! Eres sordo... debí parecer un idiota. Yo me llamo Joe... ash, no puedes oírme, claro.
Escribió en su móvil y se lo pasó al pequeño Dante, le ofreció llevarlo a su casa y que él podría curar sus heridas. Joe parecía saber de cosas médicas. Una hora más tarde estaban llegando a su casa, era una colonia muy pobre y descuidada, la casa de Dante era muy vieja y en malas condiciones situada en un viejo habitacional. Ambos entraron (Dante tenía una llave) a una habitación pequeña y muy poco amueblada: sólo una vieja cama, una destartalada mesita, estufa y un televisor que Joe juró debía tener cien años. Dante se metió al baño para quitarse la ropa y echarla en la ropa sucia. Sólo se quedó con la deportiva y un pantaloncillo corto, mostrando una anatomía fina y delgada.
—Ah, gracias —murmuró Joe cuando Dante le hizo señas para sentarse—. Bueno ven, te curo —puso en la cama un botiquín pequeño que había comprado de camino.
Mientras limpiaba sus heridas no pudo evitar pensar que Dante vivía solo, probablemente era huérfano y eso le contrajo las tripas. Usando su móvil entabló una conversación o más o menos, porque Dante no escribía del todo bien aparte que no sabía usar lengua de señas, pero logró enterarse que la edad del chico era diecisiete años y que en pocas semanas cumpliría la mayoría de edad, aunque parecía más chico y que únicamente vivía con su padre pues su madre los había abandonado hacía muchos años cuando supo que era sordo, eso y que se fue con otro hombre. Así que casi no la recordaba. Su padre era obrero y estaba todo el día fuera hasta la noche.
Cuando intentó averiguar porqué esos chicos lo habían golpeado, Dante se negó a responder, pero sus ojos se llenaron de lágrimas que intentó ocultar. Y al preguntar sobre sus amigos, Dante le regaló una triste sonrisa y con la mano dibujó un cero en el aire. Joe pudo imaginarlo sentado en una banca al fondo del salón sin que nadie se acercara, completamente solo.
—Perros... —cuchicheó entre dientes.
Dante le indicó mediante señas que se quitara las gafas negras, pero Joe se negó. Le comunicó que tenía migraña y la luz le molestaba demasiado e inmediatamente le cambio el tema de la conversación; sin embargo, Dante notó lo que parecía ser una pequeña mancha morada cerca del pómulo. Dante suspiró con molestia ya que quería ver los ojos de su héroe.
El chico le comunicó que no podía ofrecerle comida porque debía esperar a que su padre volviera para ver que comían, parecía que le pagaban muy poco por su trabajo. Joe sintió que su corazón se apachurraba. Un poco más tarde mientras veían la televisión Dante se quedó dormido.
—Vaya, este chico es muy confianzudo —se dijo, Joe quiso esperar al padre para conocerlos mejor. Por alguna extraña razón ese pequeño chico le interesaba. Cogió con gran facilidad a Dante que estaba babeando la vieja mesita y le pareció muy pequeño entre sus brazos, lo acostó en la cama y lo cubrió con una sábana raída, poniendo énfasis en dejarlo lo más cómodo posible.
La puerta tronó apareciendo un señor de edad avanzada, de baja estatura como Dante, pelo blanco y aunque tenía rostro hosco sus ojos eran idénticos a los de Dante. Por un momento el señor lo ignoró creyendo que era Dante al lado de la cama, pero reaccionó al notar que Dante estaba en la cama y como una fiera se lanzó sobre Joe tomándolo por el cuello.
—¡No, espere! —chilló sintiendo el fuerte agarre. Para su edad era un hombre muy fuerte y ágil—. Soy amigo de Dante... por... favor —Joe hizo un sonido semejante a un ratón.
Tragó aire cuando el señor soltó su agarre.
—Dios, que fuerza —comentó tallándose el cuello. Tosió un poco.
—¿Quién es usted? —exigió saber poniéndole mala cara aún con los brazos listos para atacar.
Joe relató en menos de dos segundos todo lo que había pasado, que lo había rescatado, curado y luego había permanecido cuidando a Dante cuando este se durmió, desde una esquina de la casa, no fuera que aquel hombre le rompiera el cuello.
—Gracias joven —dijo el señor. (sentados en la mesita)—. Lo siento, creí que querías hacerle daño... —comentó apenado acercándole una taza de café—. Él es lo único que me queda —dijo suspirando y mirando con amor a Dante quien seguía inmóvil durmiendo—. Me llamo Tlacaélel, por cierto.
—No se preocupe, es su padre. Dante me estuvo contando algunas cosas —Joe también miró hacia la cama, Dante hecho bolita parecía un pequeño montoncito de ropa.
—¿Cómo?, si él no puede oír y escasamente habla.
—Escribiendo en el móvil, más o menos, no fue fácil claro.
—Ya. Nosotros pues, por señas. Es difícil ¿sabes?, soy un viejo y tengo que trabajar todo el día y no puedo cuidarlo tanto como quisiera, él es un chico frágil.
—¿Y sabe por qué lo golpearon?
—No.
—Él tampoco quiso decirme nada —frunció el ceño.
—Mmm —suspiró—. No estoy seguro, pero creo que es porque él es... es... la gente puede ser un asco —ladeó la mirada.
—¿Es cómo?... ¿a qué se refiere?
—No quiero sonar como un mal padre, pero creo que... porque él no es rudo como otros chicos, es diferente. Quiero decir, bueno, es pequeño, suave, delicado y no le gusta tener conflictos... o sea, no hace lo que los chicos de su edad... quiero decir, es obvio, tiene un problema, pero la gente no lo ve así. No lo entienden. Es más fácil atacar y joder que interesarse en él.
—¿Piensan que es una nena?
—Sí, eso creo —tomó con fuerza la taza de café.
—¿Y si lo fuera? —Joe entrecerró los ojos.
—Pues nada. Es lo único que me queda en la vida. Pero no sabría cómo protegerlo, es difícil de por sí. Pero lo intentaría. Como sea, siempre se han metido con él desde pequeño. Esta es la quinta vez que lo cambio de colegio, pero afortunadamente le falta poco para terminar. Ya luego veremos. Aunque... —tragó saliva.
—Aunque, ¿qué?...
—Me preocupa su futuro, si la escuela es dura para él, ¿qué será allá afuera? El día que yo le falte... ¿qué será de él? —sus ojos se humedecieron.
Joe miró con mucho sentimiento a Tlacaélel, ese sentimiento de protección de un padre por su hijo. Se sintió extraño.
—Vaya, que tarde es —comentó Tlacaélel dando un gran bostezo como quien no quiere la cosa.
—Sí. Es tarde —Secundó Joe mirando su reloj de pulsera—. Debo irme —de un trago se bebió el contenido de su taza.
—Bueno. Muchas gracias por todo. Que el cielo lo proteja joven. ¿Sabe? Me alegra que estuvieras aquí, eres el primer amigo que Dante tiene.
—Claro —Joe sintió como sus ojos se humedecían por alguna extraña razón que supo descifrar—. ¿Y en cual escuela estudia?
—La de la calle trescientos diez.
—Uf. Lejísimos. Bueno adiós.
—Joe...
—¿Sí? —dijo volteando desde el marco de la puerta.
—Eres bienvenido siempre.
—Bu... buenas noches —tartamudeó Joe sonrojado.
—Se... fue... —Tlacaélel informó a Dante mediante señas cuando lo despertó para cenar. Dante puso cara triste. Su padre lo abrazó con fuerza—. Algún día, hijo, todo tiene que mejorar.
Pero Dante no fue el único con una sensación extraña, totalmente ajena, hormigueando en el pecho, Joe tampoco pudo conciliar el sueño, pues unos tristes y cristalinos ojos negros pululaban en sus pensamientos.