Capítulo 1-Mamá y papá
—A veces es tan difícil amarte—dijo Alberto mientras observaba con asombro y perplejidad su propia mano. No sabía cómo había llegado a sentir tanto odio por una persona a la que quería con tanta dedicación, no lo había notado antes, pero aquella mujer a la que había amado con tanta pasión en el pasado, se convirtió gradualmente en una fuente que le propinaba un sufrimiento constante, estaba exhausto. Ya no podía seguir fingiendo que de alguna forma lograría cambiar a la mujer que tenía enfrente, por la hermosa y vivaz que alguna vez amó.
Entonces se dio cuenta, él se había convertido en su madre; aquella mujer que permitió que un hombre destrozara su vida mientras mantenía la ingenua ilusión de que algún día cambiaría. Siempre supo y ahora se encontraba más seguro, de que lo que mantenía a su madre unida a su padre no era amor, era la simple y mera necesidad de no quedarse sola. Lo que más agobio le traía era que él entendía claramente lo que su madre pasó, ahora más que nunca, pues se encontraba exactamente en la misma situación.
Catalina salía velozmente de su casa esperando no retrasarse de nuevo para llegar a su trabajo de medio tiempo, Rodrigo había llegado como de costumbre muy tarde la noche anterior y las cosas no fueron bien desde su llegada.
Él era un hombre de aspecto tosco y un tanto senil, con prematuros rasgos desgastados otorgados por su liberal estilo de vida. Tambaleante entró en la pequeña sala mientras su esposa lo observaba con preocupación, ella estaba acostumbrada a verlo en ese estado, pero esta noche se sorprendió al notar la navaja que Rodrigo tenía incrustada en su espalda, se acercó a él y como un reflejo su reacción más honesta fue sacar la navaja, en segundos, el iracundo hombre se volteó y con absoluto desprecio la abofeteó fuertemente. Al observar la navaja en manos de su querida esposa no logró controlar su ira y hablo con dificultad con una lengua ebria y ligeramente trabada en un tono de voz que retumbó por todos los orillos de la casa.
—¡Estúpida perra! ¡Ahora me quieres matar!, si de aquí sale un cadáver no va a ser el mío—dicho esto agarró a la asustada mujer del cabello, quien acostumbrada al maltrato no logró defenderse a pesar de la navaja que apretaba fuertemente en su mano. El enorme y acabado hombre la llevó arrastrando hasta la cocina mientras la mujer gritaba y chillaba suplicando piedad.
El pequeño Alberto se encontraba exhausto, había tenido un duro y arduo día de trabajo en la escuela, por fin logró terminar sus deberes y pudo dedicarse a realizar las labores de la casa. Al pequeño niño le gustaba y disfrutaba mucho ayudando a su dedicada madre, quien siempre se encontraba en casa con él, ella solía decir “Para que mi niño tenga toda la atención que necesita”.
La angustia más grande de su madre radicaba en no lograr hacer todo el aseo del hogar, en especial las ventanas, siempre se le olvidaba limpiar las ventanas y como decía papá. “Las ventanas son parte del rostro de la casa, jamás deberían estar sucias”.
El pequeño se colocó los enormes guantes de caucho negro que se resbalaban en sus delicadas manitas, tomó el limpiavidrios de la gaveta y con mucho ahínco y entusiasmo empezó su ardua labor, le llevó toda la tarde acabar, pero lo logró, se sentía orgulloso de su trabajo; observaba como la luz penetraba a través del vidrio mientras el agua mezclada con limpiavidrios se secaba, luego de eso espero por una señal de aprobación de mamá, que jamás llegó, ella se encontraba demasiado ocupada organizando la ropa de papá.
Alberto decidió que era momento de descansar subió a su habitación, comenzó a arreglar cuidadosa y meticulosamente su uniforme para el día siguiente, estaba muy emocionado pues competiría contra los compañeros del grupo de tercero, evidentemente su juego favorito el fútbol, mientras estaba profundamente concentrado escuchó el llamado de su madre.
—¡Alberto ven a comer!—decía la voz proveniente de la cocina.
Inmediatamente bajó y vio cómo se encontraba la comida perfectamente servida, con el humo que se balanceaba danzante sobre el plato, se sentó con rapidez a la mesa, miró a su alrededor y se dio cuenta de algo.
—Mami... ¿Papá no va a venir hoy?—observó atentamente el niño a su madre esperando una respuesta. La madre que se encontraba de frente a la estufa sirviendo su comida en pequeñas y tristes porciones, exhalo con tristeza.
—No Alberto, tu padre tuvo que trabajar hasta tarde hoy— esbozó una sonrisa y se acercó con delicadeza al niño mientras con una mano acariciaba su fina cabellera y con la otra sostenía su pequeño plato, se sentó suavemente en su silla como si quisiera evitar cualquier movimiento rápido o impreciso. Alberto imaginó que se debía al golpe que papá le había otorgado en el estómago hace un par de días.
—Mami...¿Estás bien?—cuestionó el pequeño con sincera preocupación.
—Claro que sí mi niño, solo es un pequeño dolor de estómago por algo que me comí, estaba dañado—agitando su mano hizo una señal para no preocupar al pequeño.—Todo está bien—.
Catalina ignoraba totalmente que Alberto sabía perfectamente cuál era la verdadera fuente de su dolor. El niño añoraba que la escena no se repitiera ese día; estas cosas solían pasar solo cuando papá llegaba tarde de trabajar, por lo menos eso era lo que el pequeño pensaba.
Después de una silenciosa cena Catalina sostuvo la suave mano de Alberto para ayudarlo a levantarse de la silla, él siempre fue un niño muy pequeño, el más pequeño de su clase; lo alzó y abrazó con ternura, esa ternura que solo una verdadera madre puede dar, llevó al niño a su dormitorio, lo colocó en su cama y lo arropo con las cobijas. Él adoraba ese momento del día en que mamá lo llevaba a dormir, solo ella podía brindarle esa sensación de que todo iba a estar bien y brindarle un ameno descanso.
Mamá tomó un libro y empezó a leerle a su pequeño, era una excelente narradora, lograba transportar al pequeño con cada una de sus palabras. Al finalizar la historia el pequeño ya se encontraba en el más profundo sueño.
Eran las tres de la mañana, un fuerte ruido que provenía de la cocina, despertó al pequeño Alberto quien bajó lo más rápido que sus pies le permitieron, al llegar a la cocina vio como su padre golpeaba fuertemente a su madre contra la mesa, una y otra vez mientras decía:
—Tonta inútil, te dije que limpiaras las malditas ventanas—.
Inmediatamente el pequeño observó las ventanas, se veían turbias, al secarse el exceso de limpiavidrios mezclado con el agua logró ese efecto, pero él no lo sabía.
El pequeño grito:
—¡No papá espera, yo fui quien limpió las ventanas!—.
El hombre miró en dirección al pequeño con ojos rojos y desviados.
—Pero mira quien nos acompaña hoy Catalina, es ese mocoso inútil que tienes por hijo—dijo mientras levantaba el rostro de la mujer jalando de su cabello.
El pequeño vio como la sangre escurría por la frente de su madre y no pudo soportar el llanto. Sus gritos y protestas se escuchaban por toda la casa:
—¡Por favor no le hagas daño a mamá! ¡Detente!—.
En eso el sadico ebrio le dice:
—Aparte de inútil, marica—sujeto con más fuerza el desordenado cabello. —Mira que lo has criado bien Catalina, criaste a un marica que le gusta limpiar ventanas y comportarse como una señorita—.
La cabellera de la mujer parecía que podría desprenderse en cualquier momento, la liberó con odio fuertemente contra el suelo y empezó a acercarse con pasos pocos precisos hacia el pequeño.
—Hoy no te vas a salvar pequeño marica—el niño estaba consumido por el miedo, se paralizó totalmente al ver como su padre se acercaba poco a poco hacia él.
La madre miraba con lágrimas en los ojos como la escena se hacía cada vez más cruel y en el ambiente se esparcía el miedo del pequeño, quien horrorizado miraba a su padre acercarse. Ella no lo soporto más y atravesando esa capa de miedo que se cernía en la habitación logró levantarse, corriendo con el puñal apretado en su mano y cuando fue el momento justo lo clavó en la espalda de la bestia que acechaba a su criatura, no se detuvo, hundiendo con torpeza la navaja una y otra vez hasta que no detectó ningún movimiento.