EL BOCETO DE TUS IDEAS

All Rights Reserved ©

Summary

Matteo Graham es un estudiante de arquitectura, su objetivo desde siempre ha sido diseñar los mejores proyectos de la clase, sin embargo, es todo lo contrario, sus bocetos han sido un desastre. Sin darse cuenta, su principal problema es Alex Fisher. Son polos opuestos, como el agua y el aceite. Aunque, Matteo desde que lo conoció, sabía que algo iba a salir mal entre los dos. Con un mal inicio en la universidad rodeado de arquitectos egocéntricos y un chico entrometido, Matteo verá que el boceto de su vida idealizado meses antes no fue lo que esperaba. Ahora le tocará enfrentar diversos obstáculos que llegarán a cambiar el boceto de sus ideas y deberá elegir entre el amor, un importante premio universitario y la amistad.

Genre
Drama/Romance
Author
Manuel
Status
Ongoing
Chapters
11
Rating
n/a
Age Rating
18+

Capítulo 1

Mi alarma despertador sonó y ahí estaba yo, acostado mirando hacia el techo, como si esperara alguna respuesta de el. Hoy era el día más importante, al fin había logrado entrar a unas de las universidades más importantes del país, aunque estaba nervioso también. Casi siempre me hacía la misma pregunta:


«¿En verdad serviré para esto?»


Pero, siempre encontraba la repuesta al ver mis colecciones de libros en mi estantería arquitectónica, en la cual también conservaba los diseños que hacía en los días lluviosos o grises que me servían de inspiración. Estaba claro, amaba la arquitectura, solo faltaba demostrarlo para obtener mi título.


Luego de darme una ducha y arreglarme, recibí un mensaje de mi madre en mi teléfono. Siempre enviaba un lindo mensaje para empezar el día, aunque esta vez envío dos por ser un día especial.


Sonreí, pero estaba muy apurado como para agradecerle, lo haría al llegar de la universidad. Arreglé los últimos detalles de mi cabello que observaba a través del espejo y fui hasta la cocina a preparar mi desayuno. La universidad estaba a treinta minutos desde mi apartamento, la misma cantidad de minutos que faltaba para mi primera clase. Tomé mi mochila y salí, por suerte el bus había llegado a tiempo.


La universidad Mimar Sinan, con el mismo nombre del increíble arquitecto turco, era unas de las más prestigiosas del país. Casi todos los grandes arquitectos del país salían egresados de aquí.


Me sorprendí al ver el gran campus, aunque estaba nervioso. Si pudiera cambiar algo de mi, sería el miedo a ser social. Podía sentir que todos los chicos me observaban y mis pensamientos intrusivos empezaban a tomar el control en mi.


Caminé hasta el salón donde tocaba mi primera clase. El aula era grande, construido aproximadamente para 40 estudiantes, pero solo habían dos y había llegado uno más, yo. Se encontraba una chica, en el asiento de adelante, muy concentrada en su dibujo, aunque la forma era rara, era claro que dibujaba un pez. Tomé asiento a dos puestos detrás de ella.


Un chico se le acercó, con tanta confianza, como si la conociera desde hace tiempo.


—¿Sabes si la profesora llegará tarde?


Ella se detuvo en lo que hacía, dejó el lápiz que tenía en su mano derecha, lo miró y contestó:


—No lo sé, ¿acaso crees que trabajo aquí, Roberto?


—Bueno —él trato de no reír —. Creí que tu madre trabaja aquí, Dalia.


—Ya no lo hace.


—Bien... —suspiró —. ¿Sabes como será nuestra profesora de Taller Integral?


—Hará que nuestras vidas sean un infierno. ¿Quieres saber algo más o me dejarás seguir con mi dibujo?


Roberto no dijo más y regresó a su puesto.


Aclaré mi garganta de forma involuntaria, lo cual hizo que ambos voltearan a verme, aunque los tres nos incomodamos al vernos, lo que hizo que apartaramos nuestras miradas rápidamente.


Minutos después, estaba rodeado de desconocidos. Una mujer, no muy alta, con tacones y cabello rubio entró al salón. Se veía muy bien vestida, pero su cara indicaba claramente que era el terror de ese lugar. Todos quedamos callados, se sentía la ansiedad de todos frente a la temible mujer.


Tomó un marcador, pero antes de escribir algo en la pizarra, se volteó y dijo:


—Buen día a todos, bienvenidos —echó su cabello hacia atrás con su mano —. Soy Fiorella Russo, seré su profesora de Taller —hizo una pausa y se fijó su mirada al fondo.


No hubo una expresión en su cara, dejó su marcador en el escritorio, bajó del podio y caminó hasta el final.


—Usted —señaló a un chico que se encontraba con sus brazos cruzados sobre la mesa y su cabeza abajo —. ¿Quiere que le traiga té? ¿Desea algún café? —se acercó al oído del chico —. Salga de mi clase, esto no es para dormir.


—Le recuerdo que esta es una universidad, no es un colegio —respondió él.


—Y también le recuerdo que esta es mi clase —comentó Fiorella a punto de estallar su molestia —. Por lo tanto, aquí mando yo.


Ella caminó al podio de nuevo.


—Les recuerdo a todos que si estan en mi clase, en mi taller, estaran bajo ciertas reglas. Esta no es su casa —habló con un tono de voz muy alto.


Volvió a caminar hasta el puesto del chico.


—¿Cuál es su nombre?


—Israel Casias.


—Israel, seré sincera contigo, no quiero comenzar mal el primer día —sonrió —. ¿Qué es la arquitectura para ti?


El chico miró a todos, quedó sorprendido.


—Demuestrame que eres digno de entrar a mi clase —continuó ella muy sonriente.


Israel no sabía que decir.


Toda la atención de la clase estaba en él, pero ya empezaba a sentir presión, sus nervios comenzaron a apoderarse de él.


—Arte —soltó por fin una palabra, la primera que se le vino a la mente.


Fiorella suspiró y se alejó de él.


—Para todos —se volteó —, busquen el significado de Arquitectura, lo hablaremos la próxima clase.


Una larga hora pasó desde esa sorpresiva clase de taller integral y aun faltaba una clase más. Mientras caminaba y conocía los verdes alrededores de la universidad, revisé mi teléfono como de costumbre, tenía varias notificaciones de Elena.


Elena Altagracia, o simplemente Elen como todos sus amigos le decimos, era mi amiga desde hace varios años. Nos conocimos en plena discusión sobre quien era el dueño de la masa para moldear en educación inicial, al final le cedí mi parte a ella, pero también la compartió conmigo. Elena se mudó con su padre a 6 horas de la ciudad, un año antes de entrar a la universidad. Desde ese día solo hablamos mediante videollamadas y mensajes, aunque algunas veces viene de visita por unos días, principalmente lo hace para visitar a su abuela.


Elena :)


E: Buen día <3


E: Hoy será tu mejor día.


E: Espero que encuentres el amor de tu vida en la universidad, ya es momento de tu romance adolescente y me dejes en paz.


—Está loca —sonreí mientras leía los mensajes.


Elena :)


M: Buen día, gracias.


M: Lamento informarte que no he conseguido a ningún amor, por lo tanto,  tendrás que seguir aguantandome.


M: Seguiré informando.


M: Omg. ¿En qué momento nos convertimos en tías solteronas?


E: Desde que dejaste a...


M: ¡No lo digas!


M: Además, también desde que tu...


E: No te atrevas a decirlo...


M: Bien, ¿estamos a mano?


E: Ahora sí.


Despegué la mirada de la pantalla de mi teléfono y ya tenía delante de mi el aula de la siguiente clase. No había nadie, quizás porque aún faltaban diez minutos para iniciar. Saqué una rebanada de panqué marmoleado para comermelo durante la espera. Desde pequeño era mi merienda favorita, destapar el empaque era la más grande felicidad. Aunque, en ese momento, mi felicidad fue interrumpida cuando sentí que alguien me miraba fijamente desde el otro lado.


Miré al chico. Tenía jeans y una camisa manga corta con un diseño de cuadros rojos y negros: Cabello negro, corto, como si estuviéramos en un servicio militar.


—Esa marca es buena —comentó —, unas saben a jabón, otras a esponja...


Si él nombraba otro producto de limpieza más, me iba a empezar a preocupar.


—Por suerte —siguió hablando, mientras se acercaba más a mi —, esta marca es exquisita. De verdad sabe a un panqué real y no a uno artificial.


Lo miré confundido, sin decir nada. ¿De verdad este chico le está dando una clase a un desconocido de como debe ser el panqué perfecto?


—A veces, solo basta sacarlos unos minutos antes para que quede esponjoso y no secó. También, influye en la materia prima de la industria. Esta empresa se destaca por usar productos de primera calidad, quizás eso sea la razón por la que son tan buenos —seguía explicando. Yo solo quería comerme mi panqué —. En fin —sonrió —, soy Lucas, Lucas Sevilla.


—¿Cómo la ciudad? —estrechamos nuestras manos mientras sonreía.


—Sí, así es. Siempre dicen lo mismo —encogió sus hombros.


—¿Quieres panqué? —pregunté.


—Oh, sí, por supuesto —tomó un trozo —. Gracias.


Ambos nos sentamos a esperar la clase.


—Mi padre trabajó en esa empresa, por eso sé tanta información al respecto de ese famoso panqué —comentó —. A veces iba a con él hasta la producción, era increíble ver todo el proceso.


—Vaya, ¿por qué estas en arquitectura?


—Mi padre dijo que debía seguir con la tradición familiar. Casi toda mi familia está formada por arquitectos, excepto él.


—¿Y qué es él?


—Es ingeniero en producción. A todos les dió pánico al saber que no sería un arquitecto o ingeniero civil —explicó —. Sí, lo sé, es una locura.


Quedé sorprendido. Aunque el chico no se veia tan feliz, no dudé en preguntar:


—¿Te gusta la arquitectura?


Él pensó por un momento y contestó:


—Sí, me gusta estar aquí


—¿Por obligación?


Lucas iba a contestar la pregunta con sinceridad, pero fue interrumpido por la profesora y demás estudiantes que entraron al salón.


—Me... Me tengo que ir, no me gusta estar de primero, te veo al final la clase.


—¿Seguro?


Asintió con su cabeza, tomó su mochila y se fué.


Saque mi cuaderno de la mochila y guarde un trozo de panqué que aún quedaba en el empaque. Noté que dos chicas se sentaron al lado de mi. Parecían hermanas. Una tenía el cabello liso y la otra tenia un cabello ondulado. Hablaban en secreto entre ellas, mientras se reían.


—¿Ya viste al chico de adelante?


—¿El de barba? Es feo, no me enamoraría de alguien así, además esta muy viejo.


—Estamos en el geriátrico amiga.


Intenté no reír, pero no pude evitarlo. Ambas me vieron, casi fulminandome con la mirada.


—¿Qué te parece gracioso? —preguntó la chica de cabello liso.


—Idiota —dijo su compañera en voz baja, pero logré escucharla


—Sí, quizás soy un idiota, me volví así por sus comentarios.


—Sara, olvídalo, no le hables a este.


—Relájate Mia, tu empezaste diciéndole idiota. A ver, creo que empezamos mal. Soy Sara, ¿y tu?


—Matteo.


—Genial, Matteo. La de atrás es mi amiga, Sara —sonrió —. ¿Quieres saber algo? Es medio amargada con los desconocidos —susurró en mi oído.


—Sí, acabo de darme cuenta.


—¿También estudias arquitectura?


—Sí, así es.


—Muy bien. Ya están todos aquí. Bienvenidos, yo soy Amalia Guillen, estaré a cargo de esta asignatura que es muy importante para todos ustedes —caminaba de un extremo a otro —. Un boceto sin expresión, es un boceto que no tiene nada llamativo. Jugar con las sombras es algo fenomenal. Por lo tanto, esa será su primera actividad. Quiero que para la próxima clase traigan un dibujo, de cualquier edificación. Quiero ver como son sus trazados.


×××


—Escogeré el coliseo Romano —dijo Mia mientras guardaba sus cosas en la mochila para salir.


—Yo la torre Eiffel —agregó Sara —. Matteo, ¿tu cuál escogerás?


—Emmm, no lo sé aún. Lo pensaré


—Bien te veremos mañana, adiós —sé despidió ella.


—Adiós Sara.


Miré hacia la última fila de asientos, pero Lucas ya no estaba. Quizás se le había presentado una emergencia y se tuvo que ir deprisa. No quedaba más nadie en el taller. Tomé mis cosas y caminé hacia la puerta pero, antes de cruzarla, algo chocó contra mi, mis cosas salieron por todos lados y yo caí al piso.


Sentí una pequeña molesta en mi espalda y en mi codo derecho. Tenía la mirada hacia el techo mientras trataba de asimilar lo que había sucedido.


Alguien tomó mi mano y habló:


—Hey, ¿estás bien?


Un chico, muy preocupado, estaba sentado en el suelo junto a mí. Llevaba un pantalón de color beige, una chemise blanca, además de su cabello un poco largo y peinado hacia atrás.


—Sí, eso creo —dije —. ¿Contra qué choqué? —pregunté, levantándome del suelo con la ayuda de él.


—Bueno —sonrió —. Yo tuve la culpa, venia corriendo apresurado para la clase, pero no me percaté que tu estabas del otro lado de la puerta.


—Wow —me sorprendí —. Eres una columna de concreto.


—¡Jum! Chiste de arquitectos —comenzó a reír.


También sonreí, fue un chiste muy estúpido.


—Soy Matteo.


—Alex, soy Alex Fisher.


Nos quedamos viendo fijamente, como si viéramos toda nuestra información a través de nuestros ojos. 


—¿Qué sucede? —sonreí nervioso, tratando de no sonrojarme. Sería extraño hacerlo frente a un extraño.


—Sí, tengo una pregunta... ¿En dónde están todos?


—Bueno, ya la clase terminó. Por esa razón no hay nadie


Él estrelló su mano contra la cara y puso sus ojos en blancos.


—Soy un idiota, debí confundir las horas.


—Posiblemente —caminé hacia la salida —. No te vi en la clase anterior.


—Tuve algunos problemas para llegar, ¿me perdí de algo?


—No mucho.


Alex sacó un pequeño trozo de papel, un lápiz y empezó a escribir.


—Necesitaré a alguien —me entregó el pequeño trozo de papel —. Ese es mi número, envíame todas las actividades que perdí.


—Pero, solo es una —sonreí.


—De igual forma escríbeme.


—Bien, como quieras.


Y ahí estaba, de nuevo nuestras miradas se habían quedado paralizadas.


—Bien —parpadeé —. Mi taxi me espera.


—Bienvenido al mundo de los millonarios —bromeó.


No dije nada, pero tampoco pude evitar reírme.


Subí al carro y lo miré a través del retrovisor mientras me alejaba.


No entendía nada. Había tenido una conexión rara con Alex, para ser un extraño que acababa de conocer, logré sentirme bien estando junto a él. Muy pocas veces podía lograr esa sensación con alguien. Aunque, estaba ansioso por lo que preparaba el futuro, quizas algo bueno, o malo, muy malo.