Clandestino.

All Rights Reserved ©

Summary

El pasado podía ser como un purgatorio repleto de demonios que buscaban la manera de volver a la vida con tal destruirte de una u otra forma y eso Athena Dillinger lo tenía más que claro. Cinco años no habrían bastado para hacerla olvidar, sin embargo, todo parece derrumbarse cuando sus más oscuros secretos comienzan a florecer el día que se reencuentra con un hombre de su pasado: Gabriel Lansky, el mejor amigo de su exnovio. Relaciones conflictivas y prohibidas llevarían a Dillinger a lo más alto del firmamento, pero también a lo más profundo del infierno. Amar y odiar era algo a lo que ya estaba acostumbrada, no obstante, no estaba preparada para volver a dirigir dichos sentimientos a una sola persona, pues la vez que lo hizo le costó su libertad.

Status
Ongoing
Chapters
4
Rating
n/a
Age Rating
18+

Libertad.



Cárcel Federal de Mujeres. Sur de California, EE.UU 



Las imágenes pasan como flashes delante de mis ojos a medida que golpeo el saco de boxeo. Siento que el pulso se me acelera y es inevitable no ver mis manos que un poco más y chorrean sangrelas vendas apenas me logran cubrir los nudillos, es como si no tuviera nada en ellas y los puños me arden con el roce del cuero. Las trenzas se me vienen al rostro y los recuerdos no paran de avasallar mi mente, por lo que le doy con aun más fuerza al saco. Las memorias siempre son las mismas y por más que quiero olvidarlas, no lo logro:


Manos ensangrentadas, mi cuerpo rodeado por manos de gente que no conocía y que hasta ese entonces no paraban de gritar que lo dejara porque lo podía matar, para más tarde traer el flashback de oficiales arrastrándome a un auto policial; rejas siendo abiertas dándome ingreso y luego yo, ahí varada tras unos barrotes que me separarían por años del mundo luego de que un juez dictara la condena. Los recuerdos pasan tan rápido que mi cerebro lo asimila como si todo hubiese sido ayer. No son imágenes continuas, pero sí momentos puntuales en los que mi vida cambió para siempre. Me metieron presa por cometer tal acto, no obstante, nunca me sentí más libre que aquella vez.


Sigo atacando al saco y el sudor me hace sentir pegajosa por lo que bajo un poco la intensidad de los puños. El sonido de las botas tras de mí suenan como un eco ensordecedor cuando se disfrazan con el bullicio del metal. Trato de concentrarme, pero no puedo, las malditas imágenes no salen de mi mente y el tiempo ya se me está acabando.


—Dillinger —lanzo un último golpe antes de detener el saco para oír lo que tienen que decirme. 


Tomo la botella con agua y bebo un poco para luego tirarme el resto del líquido en la cara, no pronuncio ni una sola palabra a la persona que se encuentra al otro extremo de la habitación mirando fijamente como me quito el vendaje que cubre la piel de mis manos magulladas. El overol naranja lo traigo atado a las caderas dejando a la vista la tinta que reluce sobre mi vientre, cintura y brazos. 


—Dillinger, te estoy hablando —habla nuevamente la oficial Grant con su tan serio e impoluto rostro de siempre. Sonrió a regañadientes cuando veo las cadenas que trae. 


—Se acabó el tiempo lo sé —camino hacia ella, extendiendo mis brazos para que pueda colocarme las esposas. El pecho aun lo tengo agitado y eso se nota en mi respiración descontrolada.


—Te dejé un poco más de tiempo...


—No se nota —comento mientras ella asegura las maniotas en mis muñecas. —Ah y Leanne dejarme estar un segundo más de las horas habituales, no es darme más tiempo, es simplemente ilusionarme.


No responde nada y solo me saca del cuarto para trasladarme por los pasillos del centro penitenciario. Los gritos y abucheos son de esperarse cuando me mueve por medio de las reclusas del sector B. Soy una de las pocas prisioneras a las que aun pasean con esposas dentro de estas cuatro paredes y que encima tiene a una carcelera personal observándola veinticuatro-siete. 


—¿Qué se siente que todas estas te miren e insulten por última vez, Dillinger? —averigua Leanne cerca de mi oído cuando las demás presas no paran de aullar incoherencias; no les agrado mucho y ellas a mí mucho menos.


Miro a la oficial por sobre mi hombro y sonrió con suficiencia, ya era hora que sacara a tema esto.


—Se siente genial —contesto sin detenerme, mirando a la mayoría de las hijas de puta que se creen dueñas de este maldito pantano y que en realidad no portan otro título que no sea el de estúpidas. —La envidia se las está comiendo vivas —le comento a Grant —y es que cómo no, si mientras yo me voy a casa estás seguirán anhelando lo que yo ya tengo: libertad —me burlo mirando a la rubia que esta enjaulada en la celda que dejo atrás, para luego entrar a la mía.


La oficial Grant tira un bolso sobre mi litera. La pieza está vacía por lo que puedo respirar con calma, es hermoso poder irse en paz. 


—Cámbiate rápido.


Me quito y cambio la ropa bajo su mirada, la costumbre es tanta que ya ni siquiera es incómodo que otra persona me pueda ver las tetas. Me apresuro en calzarme las Jordán y se siente genial poder volver a atar un par de agujetas. Cuando ya estoy calzada, Leanne me hace seguirla nuevamente por los pasillos y se siente raro el hacerlo con mi ropa y sin esposas ni cadenas que me obstruyan el paso. Las cadenas que conectaban mis pies y manos eran mi distintivo entre tanta hija de puta que estaba encerrada aquí. Llevar eso, más allá de haberme hecho sentir como un perro, me hacía sentir como la criminal más mala del lugar aun cuando no lo era y es que sólo a los verdaderos peligros los transportaban así dentro de la correccional, las otras andaban sueltas y además de mí, en el sector B sólo había dos chicas más a las que desplazaban así.


A medida que avanzo tras la oficial Grant y las puertas de metal reforzadas con acero y fierro se nos van abriendo, es inevitable no traer a memoria todo lo que viví aquí. Pocos son los que pueden considerar una cárcel como su hogar, pero luego de cinco años cualquiera se acostumbra y ve recuerdos en cada rincón. El sector B fue el último en el que estuve y en el que más conflictos gané. La torre dieciséis fue la mejor estancia que pude tener estando aquí y el módulo nueve donde más desconsuelo y penurias viví, la muerte parecía ser la fiel amiga de esa zona de la federal.


Nos detenemos en un pórtico y siento como todo se revuelve en mi interior, las entrañas se me contraen y creo nunca haber estado tan nerviosa y emocionada como ahora cuando veo a la reclusa que está haciendo conducta en el mesón donde se guardan nuestras pertenencias el día que entramos aquí.


—Nash, las cosas de Dillinger —le pide Grant a la rea, dándole una lleve para que busque en los casilleros tras ella. 


—Así que no era mentira, la Amazonas, se va —sonrío al sentirme aludida con el apodo que me ha dado. Saca una caja de plástico y luego una bolsa de donde coge mi celular, billetera, llaves y hasta unas gomas de mascar que no recordaba. —Disfruta tu libertad, bonita —añade entregándome mis artefactos.


No contesto nada, solo reviso mis cosas y me aseguro de que la billetera tenga toda mi documentación, sin embargo, faltan los billetes que recuerdo que hasta hace cinco años estaban allí.


—¿Pasa algo? —averigua Grant haciéndose la idiota cuando ve que sigo mirando la billetera sin billetes.


—Sí, que me faltan los setenta dólares con los que me planeaba ir a casa y luego irme a comer y beber algo. —la miro mal, pero resignándome a que no volveré a ver nunca más esos billetes. —Lo peor es que después se llenan la boca diciendo que las criminales somos nosotras y son ustedes los que nos roban. Así que querida Leanne Grant, te informo que somos la misma mierda, al parecer estar tanto tiempo juntas nos vuelve lo mismo: delincuentes.


Tomo mis cosas, no me despido y sigo caminando. Cada vez falta menos y es que la entrada la tengo a solo metros. Tomo aire en reiteradas ocasiones cuando el corazón se me acelera y las piernas me tiemblan. ¡Dios Santo! El cuerpo entero me tirita cuando quedo frente a las dos grandes compuertas que me separan de la calle.


La mano de Leanne en mi hombro solo me emociona el triple y siento como todo el oxígeno vuelve a mi sistema cuando escucho un claxon del otro lado. La sonrisa aumenta en mi rostro, sobre todo cuando los dos inmensos portones se abren, dejando que los rayos de sol me encandilen por unos segundos. El alma me pende de un hilo cuando el viento golpea mi cara. 


Cierro mis ojos por unos segundos y puedo sentir como me mimetizo con el ambiente. De forma espontánea mis pies siguen avanzando y el olor de la hierba y de los árboles impregnan mis fosas nasales. Me permito disfrutar el pisar la tierra bajo mi calzado y es que es primera vez que lo hago luego de cinco años solo pisando asfalto.


—¡Athena! —de inmediato abro mis ojos cuando reconozco la voz de quien me ha llamado.


¡Oh, Dios!


Soy libre.


Realmente soy libre.