Capítulo 0: Estigmas Invisibles
Halina se cubrió los oídos con las manos, para no escuchar los aullidos de furia que lanzaba su padre, pero ni siquiera las paredes de yeso alisado y empapelado de flores rosas, que separaban su habitación del pasillo, lograban silenciar el estruendo de sus reproches.
Su madre se defendía con la voz ahogada por el llanto y la impotencia; su padre la acusaba con voz atronadora y enojada, la misma que solía ser tan dulce y melodiosa al cantar mientras regaba el jardín durante las tardes de domingo, y tan cruel y aterradora cuando se enfurecía.
Ignoraba el motivo de su nuevo enfrentamiento. Tal vez su mamá había demorado en responder sus llamadas, le habría contradicho en algo o quizás... él se había enterado del viaje clandestino que habían hecho a la casa de Olivia esa mañana. Ya daba igual. Cada vez que escuchaba el crujido de los objetos haciéndose añicos en el suelo mientras forcejeaban, la niña se mordía el labio inferior, rogando entre sollozos que cesaran de pelear. No quería volver a ver a su mamá con un ojo amoratado.
Oyó el portazo de su madre al encerrarse en la habitación que compartían, pero su padre no cesaba de exigirle a voces y golpes que la abriera. La niña se estremeció bajo las sábanas ante las palabras horribles que pronunciaba; otra vez amenazaba con que su mamá no escaparía con vida después de haberle sido infiel.
A pesar de sus amenazas, su mamá siempre lograba escapar; su padre, arrepentido del daño que le había hecho, le suplicaba que regresara. Le enviaba emotivas cartas prometiendo que cambiaría, que solo actuaba por miedo a perderla. Su madre le consultaba si quería que volviera; Halina asentía entre lágrimas; Adelina regresaba; todo se calmaba por un tiempo; volvían a discutir; reiniciaban el ciclo. Ese día, él se oía tan furioso y los golpes contra la puerta eran tan espeluznantes, que le hacían pensar que quizás lo mejor era que su mamá no volviera nunca.
Los pasos enfurecidos de su padre retumbaron en la sala. Arrastraba los muebles y lanzaba maldiciones en su camino hacia afuera. Halina solo escuchó el silencio por un rato, roto por el llanto de su madre en la habitación contigua. Murmuraba lo mucho que le dolía que, después de tantos años juntos, su esposo siguiera sospechando de ella.
Se oyeron pasos apresurados en el pasillo y luego un estruendo. Halina casi saltó de la cama al oír la puerta de la habitación contigua crujir tras un golpe. Su padre no intentaba quitar la cerradura con el destornillador como en otras ocasiones, usaba el machado que había pedido prestado al vecino, con el objetivo de podar las ramas rebeldes del árbol del frente, para irrumpir a la fuerza y castigarla de nuevo.
La puerta se resquebrajaba con cada hachazo. Adelina imploraba que se detuviera. Halina sentía que estaba atrapada en una pesadilla.
Supo que su padre había logrado hacer un agujero lo suficientemente grande para entrar a la habitación, al escuchar a su madre rogar que la soltara con voz temblorosa. Halina salió de su escondite debajo de las sábanas y empezó a caminar de un lado a otro con indecisión. Quería salir y pedirle que se detuviera, pero ¿y si su papá le pegaba por interponerse? Sollozó ante la idea. El pecho le ardía de pura impotencia.
Un grito desgarrador proveniente de aquella habitación en penumbras fue el impulso que necesitó para correr a la puerta de su cuarto y atravesar el pasillo.
No era la voz de su madre, ella había enmudecido. Sollozaba su papá, vociferaba a voz en cuello. Decía su nombre mientras le pedía perdón; le pedía perdón por última vez.
La débil luz matutina golpeaba su rostro apoyado contra la ventana del asiento del copiloto. Halina soltó un sollozo, un suspiro y finalmente se deshizo en llanto en silencio. Por más que aquellas imágenes siguieran atormentándola a través del tiempo, no había aprendido la lección.
¿Cuándo había olvidado que el amor, eso de lo que muchas personas hablaban y tantos más querían encontrar, podía ser perjudicial y aterrador, podía ser... lo más espantoso que hubiera existido jamás?
—¿Hal, estás bien?
Giró un poco la cabeza para observar a Olivia, la mujer de pelo castaño recogido, que frenó el auto para tomarle la mano al notar que los ojos se le habían anegado de lágrimas.
En ese momento era casi otoño, y se encontraban a más de novecientos kilómetros de Quebec, doce años después, pero el pavor que experimentó en esos minutos le abrasaba las entrañas con la misma intensidad de aquel día. El estigma que había dejado en su corazón, el que su propio padre arrebatara la vida de su madre, y que ella, aun estando a unos pocos centímetros de ellos, no hiciera nada para impedirlo, la seguiría martirizando mientras tuviera vida.
Aun así, Halina se enderezó en el asiento y le dedicó una sonrisa. No podía preocupar más a una de las únicas personas que creía que su condición aún tenía remedio.
Intentó mantener la calma leyendo los rótulos de las calles, una vez Olivia hubo reanudado la marcha, fijando la mirada en el frondoso árbol de arce que había en la entrada de la escuela en la que pronto trabajaría. Sus hojas de lóbulos dentados irregulares empezaban a teñirse de rojo brillante, en total contraste con los delgados pinos de la zona, que se resistían a abandonar su eterno vestido esmeralda.
Vivir en Charlottetown junto a la mejor amiga de su madre durante los últimos meses, y ahora trabajar en una de las escuelas primarias de Summerside, la segunda ciudad más grande de aquella provincia canadiense, presagiaba un cambio positivo en su rutina diaria, rutina que hasta ese momento consistía en dormir, leer y ayudar con los quehaceres de la casa.
En ese entonces no le apetecía otra cosa más que permanecer recluida en la seguridad de su hogar. Estaba tan aterrada del mundo y de sí misma, que su vida y futuro se habían paralizado... hasta esa mañana del primero de septiembre del 2016.








