Introducción

Sábado. Habitación 33, residencia Almond.
Hannah
Antes de abrir los ojos, ya siento el olor a hierro.
Es tan fuerte que me hace arrugar la nariz y llevarme una mano a la cara para aminorar el hedor, pero el olor parece estar impregnado en la habitación.
Abro los ojos con esfuerzo. La luz del sol entra a raudales por la ventana, pero todo a mi alrededor se ve borroso. Me duele la cabeza.
Todo es confuso; por más que trato de enfocar algo, los objetos parecen multiplicarse cuando intento reconocerlos y el esfuerzo, sumado al horrible hedor, me dan náuseas.
A pesar de toda esta confusión, hay algo que tengo claro.
No estoy en mi habitación.
Me incorporo con esfuerzo apoyando las manos en el colchón, sintiendo algo húmedo. Miro mis manos intentando comprender... ¿Por qué tengo pintura en las manos?
No… no es pintura.
Mi cerebro funciona más lento, pero funciona. El olor, la humedad, el color… Es sangre.
Intento pedir ayuda, pero no hay nadie más. Ahora que mi visión se ha normalizado, logro ver el panorama con más claridad.
No solo mis manos están cubiertas de sangre. La ropa que llevo, las mantas y el colchón también lo están.
La respiración empieza a ser errática e intento pedir ayuda.
El sonido atronador que desgarra mi garganta es lo único que puedo oír, mediante las vibraciones que sacuden mi cuerpo mientras grito.