La separación.
Hoy, hace seis meses, vi tu carita por última vez. Cumplí lo que te prometí y lo que me prometí: que si volvíamos a discutir todo terminaría. Ese día, esa noche, ni tú ni yo decepcionamos al destino: fue nuestra última pelea. Lo recuerdo muy bien...
“Ya no puedo ser tu héroe. No puedo cargar más, me está aplastando”, te dije de la forma más sincera que pude. “¡Es que solo te necesito a ti, ¿no lo entiendes?!“, me dijiste con lágrimas en los ojos.
“Si conmigo no puedes ser feliz, encuentra a alguien con quién puedas serlo, en verdad que te deseo lo mejor”, te dije mirándote fijamente a los ojos. “¡Noooo!“, me dijiste con una voz temblorosa, mientras arrojabas una botella de agua al piso. “Que solo te amo a ti. Que no entiendes que si te vas, es como si muriera en vida”, continuaste y te abrazaste fuertemente a mi brazo.
“Dime, entonces, que ya no sea tuya y que tú ya no serás mío”, me pediste que te dijera. “Ya no seas mía y ya no seré tuyo”, te dije. “¡Noooo!“, me volviste a decir sujetándote ahora de todo mi cuerpo. “Adiós”, fue mi última palabra. Una que resonó por todo nuestro mundo: acabándolo; despedazándolo. Entonces, te solté de mi mente, de mi cuerpo, y salí de la habitación, de la casa, de tu vida, de todo lo que era nuestro.
Recuerdo, a pesar de los seis meses que han pasado, lo que pensaba esa noche, mientras caminaba entre la gente y los autos. Sabía que te había destruido; que me había destruido; que nos había destruido. Sabía que sería un peso enorme sobre mi espalda, pero acepte esa carga; esa responsabilidad. Sabía que jamás seríamos felices juntos, aunque tú no lo aceptaras.
Recuerdo estar caminando, por un vía interminable. Recuerdo desearte lo mejor: la felicidad que todos anhelamos. Recuerdo irme desvaneciendo entre luces, entre recuerdos, entre sueños, entre la luna, entre las estrellas, entre la gente, entre el todo y entre la nada.
Alberto Pascual